Mostrando entradas con la etiqueta Jardiel Poncela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jardiel Poncela. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de octubre de 2021

Madre de Dios

A David García-Asenjo y a todos los
que tienen su constructiva paciencia.


He visto en twitter este clip de vídeo (clicad aquí) y después este otro (aquí) y me he quedado bastante desazonado.

Por si no se ven los enlaces que acabo de poner, o se pierden, os cuento lo que dicen:

Un simpático presentador de televisión (de la televisión pública del estado español, que gozosa y orgullosamente sostenemos con nuestros impuestos), ataviado de camisa cocheada de colores y de sonrisa irresistible, guapo y potente él, pone una foto de un edificio estrafalario -una iglesia- y se escandaliza con sus alegres contertulios de semejante insulto a la inteligencia y a la sensibilidad humanas.

Y, como debe ser en todo programa televisivo desenfadado que se precie, hay un descojone cruzado, total, exuberante, ante semejante despropósito.

Primer clip:

-Vamos a Francia. Atentos a esta "capillita" de territorio francés. El arquitecto dijo: "Yo quiero diseñar algo que no haya diseñado nadie", y, oye, ha triunfado, porque nadie ha diseñado algo tan feo como eso.

Así dice el presentador, y su gallinero cacarea de risas y de comentarios sobreabundantes. (Uno protesta tímidamente y dice que no es feo, pero se queda solo). Se escuchan risas.

El líder, crecidito, añade:

-Yo creo que el cura cuando (no entiendo el verbo, porque le pisan) la iglesia dijo: "Al arquitecto esto no se lo perdona Dios ni con sesenta padrenuestros ni con ochenta avemarías".

Segundo clip:

-...el arquitecto que ha hecho esto, porque Madre de Dios.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Bienaventurado el que lee

Bienaventurado el que lee.
Apocalipsis, 1, 3.


Alguien ha dicho esa frase en la radio y me ha encantado. Me ha encantado porque yo leo (sí, mucho menos que de adolescente y de joven, pero aún leo) y quisiera ser bienaventurado por ello. Mejor dicho: Me siento bienaventurado por ello.

En la radio han dicho que así empieza el Apocalipsis: "Bienaventurado el que lee", y me ha gustado tanto que un libro tan terrible empezara con esas bellísimas palabras que he ido a consultarlo por ese prurito tiquismiquis de atesorar la cita exacta.

Qué plancha: Lo primero es que el Apocalipsis no empieza así, sino que eso lo dice nada menos que en su versículo tercero, y, como diría Walter Burns, el director del Chicago Examiner en Primera Plana, ¿quién llega hasta el versículo tercero? Pero eso da igual. Lo peor peor es que ese versículo dice justo lo contrario de lo que me habían sugerido en la radio.

Lo que dice el versículo tercero del primer capítulo del Apocalipsis es: "Bienaventurado el que lee, y los que escuchan las palabras de esta profecía, y los que observan las cosas en ella escritas, pues el tiempo está próximo"(1). Es decir: Bienaventurado quien lee ESTE LIBRO, y quien escucha al que lo lee (en las asambleas), y quien observa (es decir: guarda y cumple escrupulosamente)(2) lo que hay escrito en él.

Y, naturalmente, eso es justo lo contrario que celebrar los libros y la lectura, porque muchísimo peor que no leer nunca nada es leer un solo libro en el que se considera que reside toda la verdad. Leer y releer un solo libro (el que sea) es estúpido y peligrosísimo.

No: Por el contrario, quienes leemos amontonamos libros, nos sumergimos en ellos caóticamente, sin orden, por mero impulso, por pura ansia. Y nunca tenemos bastante.

Libros en doble fila, libros horizontales haciendo cuña, libros
de canto, libros buenos y malos, baldas combadas... el paraíso.

lunes, 1 de enero de 2018

El lomo de mi tesis

Dedicado a los cinco amigos que menciono
al final. Muchas gracias, majetes.


A veces (demasiadas) utilizo este blog para desahogarme y limpiarme de mis múltiples mierdas y vosotros sois tan pacientes como psicoterapeutas, y además sois gratuitos. Perdonad que abuse una vez más de vuestra paciencia para quitarme de encima otra espinita justo al empezar el año.

El caso es que para algunos asuntos me considero inteligente, pero para otros soy el más tonto del mundo. Por ejemplo, para lo burocrático soy de lo que no hay. En ningún curso de la ETSAM conseguí matricularme bien: Un año no había rellenado bien las asignaturas, otro había olvidado poner la cuenta bancaria (la de mis padres), otro había escrito lo que no era y donde no era... El caso es que todos los años, TODOS, o aparecía en una lista oprobiosa de torpes o incluso recibía una cartita para que me pasara por secretaría a corregir lo que fuera. Parece una exageración, pero lo digo completamente en serio: Ni una sola vez hice bien  la matrícula.

Esta actitud tiene un efecto perverso, y es que a la hora de cumplimentar cualquier trámite ya sé de antemano que lo voy a hacer mal, y entonces leo las instrucciones nervioso, o me salto párrafos... Y acabo autocumpliendo mi autoprofecía: "Me va a salir mal"; "lo voy a hacer mal". Y me sale mal.

Hace ya muchos años que he entrado en una espiral sin solución.

Bueno, pues os quiero contar hoy una de mis innumerables meteduras de pata. Que no son sólo eso, meteduras de pata, sino humillaciones, penas, vergüenzas, amarguras y arrepentimientos.

Cuando me disponía a presentar mi tesis doctoral, conociendo esta deficiencia mía me informé con todo cuidado sobre cómo tenía que encuadernarla. En la secretaría de doctorado me dieron unas normas que -de verdad que sí- estudié a fondo.
Con todo lujo de detalles se indicaba qué tenía que poner en la portada. Lo repasé todo mil veces para no olvidar ningún detalle ni poner ninguno de más.

Mi tesis doctoral, que os recuerdo que podéis descargar si
queréis clicando el icono de arriba a la derecha de este blog.

Universidad, escuela, título de la tesis y después "tesis doctoral", mi nombre y mi título ("arquitecto") y la fecha. (La presenté en 1991 y la leí en marzo de 1992). Todo ello en letra negra sobre fondo gris.
La única frivolité que me permití fue escribirlo todo con la tipografía de Van Doesburg, que tenía importancia en mi tesis. (Bueno, si a eso vamos también la tenía la de Frank Lloyd Wright, pero no me atreví a dibujar en vegetal todo eso con la letra de Wright. La de Van Doesburg era mucho más fácil). Hasta me compliqué la vida pensando cómo poner las tildes sin desvirtuar mucho el modelo del holandés, que no las tenía.

A ese nivel de paranoia estaba.

Bueno, pues en ese nivel de paranoia leo en las instrucciones que "en la parte superior del lomo se inscribirá el número de la escuela técnica superior", y luego una lista en orden alfabético en la que a Arquitectura le correspondía el 03.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Algunas consideraciones sobre el blog

Martina, una estudiante de arquitectura, me dice que tiene que hacer una presentación sobre algún tema, libro, arquitecto, movimiento, crítica, etcétera, para suscitar un debate en clase, y que ha elegido este blog.
La idea me emociona y me vuelve aún más pasteloso de lo que lo soy habitualmente. (Ni "no me lo merezco" ni narices: Las cosas vienen de la forma más inesperada y hay que celebrarlas; todas. Yo lo celebro; claro que sí).
Me pide que le cuente cómo surgió el blog, qué "ideología" tiene, etcétera, y que haga una "lectura crítica" de él.
Las circunstancias sobre cómo surgió Arquitectamos locos? ya las he contado aquí alguna vez, así que me temo que me voy a repetir.
No obstante, esto es lo que le he contestado:



ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL BLOG “ARQUITECTAMOS LOCOS?”, por su autor.

Hola, Martina:
(Esto que te cuento ya lo he dicho en el blog. Me repito).
Siempre he sido muy discutidor (o muy bocazas), pero limitaba mis diatribas a los bares y sitios similares, con un reducido número de amigos.
Empecé a oír hablar de los blogs, y me puse a leer algunos, sobre todo de libros y de cine. Me iba haciendo gracia la idea de tener uno, pero no tenía ni idea de cómo se hacía eso.
Coincidió con el cierre de mi estudio y con la peor situación profesional y anímica que he tenido en mi vida. Mi hermana tenía un blog y me dijo que era muy sencillo. Me metí en blogger y, sin tener ni idea, acepté las plantillas que se me ofrecían, sin plantearme nada en cuanto al diseño o a la imagen del blog, y me lancé a escribir.
Esto ocurrió en julio de 2010, y yo escribía pensando en cinco o seis personas concretas (que al final son las que menos me leen) y no podía ni sospechar que en cinco años iba a tener más de medio millón de visitas.
El blog nació con un título que ni supe poner bien. Ahí se ve el nulo conocimiento que tengo de estas cosas. No me gusta la moda de escribir en español las interrogaciones con un solo signo, y hasta con el teléfono móvil las abro y las cierro, pero en el blog me diseñé un logo (que luego ni supe insertar) que jugaba con un solo signo de interrogación.
Yo quería dar un grito de indignación contra la pérdida de sensatez y de criterio en la arquitectura de relumbrón y de disparate, y titulé: ¿Estamos locos?, que a la segunda vuelta (¿Estamos locos con la arquitectura? ¿Hacemos arquitectura locos? ¿Arquitecturamos locos?) se quedó en “¿Arquitectamos locos?” Me gustó el título, pero iba con dos signos de interrogación.
Sólo tenía claro que lo que me gusta es la literatura, el cine, la música (especialmente la de jazz), y que un “blog de arquitectura” se debía abrir a esos campos. Vamos, que la sola idea de un “blog de arquitectura” me parecía un poco tonta y corta. Por eso puse el lema (que no es mío): “Quien sólo sabe de arquitectura no sabe de nada, ni siquiera de arquitectura”.
(Hace muchos años, siendo estudiante, me bajé del autobús con un libro del grandísimo Jardiel Poncela bajo el brazo. Me vio un compañero de clase, cogió con curiosidad el libro y en cuanto vio la portada me lo devolvió casi con asco, diciéndome: “¡Pero esto no es arquitectura!” Pues eso: Me ha enseñado mucha más arquitectura Jardiel Poncela que Aldo Rossi, porque Jardiel me ha hecho reír, pensar, coger ritmo, contrastar… etcétera).
Mi blog no tiene criterio, ni línea editorial. Hay algunas entradas más serias sobre algún arquitecto o movimiento, o sobre el concepto de espacio moderno o de fisión semántica, en la que me veo más profesor (aunque sin decir palabros y sin avasallar ni agobiar). Y hay otras de mero cabreo ante algún atropello. Hay otras sobre jazz. Hay otras más bromistas. Etcétera.
Cuando publico una entrada creo que ya no voy a ser capaz de publicar ninguna más. No tengo más que decir. No sé nada más. Y sin embargo al cabo de unos días me sale una nueva. Salgo más o menos a una entrada por semana, y nunca tengo la menor idea de cuál va a ser la siguiente.
(Mira: Ahora que lo digo, este texto va a ser el siguiente).
Creo que mi blog es un auténtico blog en cuanto a “diario personal”. Soy yo mismo, y se me nota mucho. Pero por ese mismo motivo adolece de falta de línea argumental o expositiva, de falta de programa.
A mucha gente le gusta leer lo que dice este bocazas, y a mí me gusta mucho escribir. Suelo hacerlo además con algún ligero tono humorístico (a veces es más descarado) y caricaturesco.
No me debo a nada ni a nadie. No cobro de nadie. No le debo obediencia a nadie. Así que lo que pongo en el blog son chorradas, pero son las que me salen libremente y sin mayor pretensión ni alcance.
Quería hacer alguna autocrítica, pero me releo hasta aquí y observo que estoy encantado de haberme conocido. Lo siento. En general no soy así, y acepto mis limitaciones y carencias con bastante deportividad y aun con cierta elegancia.
Por resumir, esto es sólo un blog. Son mis obsesiones y mis cabezonerías machaconas. Aún me sorprende que le interese a alguien.
Por favor: Si haces algún trabajo previo de presentación sobre este blog pásamelo, y si en tu clase debatís hazme un resumen.
Abrazos

José Ramón

sábado, 25 de septiembre de 2010

Ornamento y distinción


Cuando yo era niño (en los remotos años sesenta y setenta) todo el mundo vestía igual, según su ambiente y profesión. Todo era gris o marrón, o azul marino. Los oficinistas vestían chaqueta de uno de esos tres colores y corbata igual, con rayas. (En corbatas se admitía también el rojo burdeos amarronado). Las mujeres podían añadir verdes no muy chillones y flores discretas.
Los chicos llevábamos jersey azul marino o verde oscuro, y pantalón de tergal.
Los zapatos sólo podían ser negros o marrones. (En niños se podía añadir el azul marino).
Los hombres iban afeitados o con bigote (mejor si era finito), y con el pelo corto, peinado a raya o con ondas (el que las tuviera) a lo Robert Taylor. (Según Jardiel Poncela, quien no las tuviera podía conseguirlas embadurnándose el pelo con fijador y estampándose repetidamente contra el cierre de algún comercio). Las mujeres se peinaban con mucha laca, construyéndose una especie de casco sobre la cabeza.

No había variedad, no había originalidad. Nadie pensaba en esas cosas. Sólo había una forma de ir por la calle: "Como Dios manda".
Una vez cometí el error de ponerme una camisa naranja de manga corta. Mi primo Carlos se burló de mí porque llevar camisa rosa era de maricas. Yo insistía en que era naranja, pero no hubo manera. (Hay que verle ahora a mi primo, con polos lilas, rosas o azul celestes. Cómo ha cambiado la vida).