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lunes, 12 de marzo de 2012

Cochino dinero

El locutor de radio y comentarista político conservador Rush Limbaugh (a quien solo conozco porque salió en un episodio de Padre de Familia) llamó prostituta a una estudiante universitaria por haber pedido un seguro de salud que incluyera métodos anticonceptivos.
Montó un pollo considerable; tanto que el mismo Obama le pidió que se retractase. Limbaugh no solo no pidió disculpas, sino que se reafirmó con un chascarrillo tan elegante como cabría esperar: "Si todos los contribuyentes vamos a pagar con nuestro dinero para que esa chica folle gratis, tendremos que pedirle algo a cambio: Por ejemplo que lo grabe en vídeo y lo cuelgue en la red". (Echo de menos a Torrente).


El hacedor de opinión se quedó tan ancho. Se sentía perfecto, inamovible y triunfador. Veía que el desplante al presidente le iba a hacer ascender aún más puestos en el ranking de los teapartianos y le daría un marchamo de aquíestoyyo, de amíconesas y de bóquépasssa. Obama le había puesto el lucimiento a huevo.
Pero entonces, contra todo pronóstico, los anunciantes y patrocinadores de su programa se retiraron muy enfadados, y Limbaugh se quedó con el culo al aire. Su altivez se diluyó súbitamente, y pidió disculpas.
Me parece muy interesante que lo que no consigue una llamada al orden, a la reflexión, a la piedad, etc, lo consiga la pérdida de ingresos. Me parece tan digno de interés como de asco que nada se pueda con razones, con inteligencia, con diálogo, y que todo se pueda con la pasta. Cochino dinero.
No comparto la ideología de Limbaugh, pero si él cree honradamente (aparte de chistecitos impresentables) que los contribuyentes no deben sufragar anticonceptivos, que lo defienda con argumentos. Sin embargo, ante la perspectiva de perder pasta la única salida que encuentra es bajarse los pantalones y pedir perdón.
No hay ideología, no hay razones, no hay opiniones. Solo hay dinero.


Por la misma razón, ahora todo el mundo se ha caído del guindo con la arquitectura. Ahora, como no hay pasta, todos saben de arquitectura para odiarla, para echarle la culpa de todo. Es la causante de que estemos como estamos, de que no haya dinero para fines sociales, ni trabajo, ni expectativas, ni nada. Pues vaya. Menuda responsabilidad la de los arquitectos, que han dejado sin sillas de ruedas los hospitales, sin tizas los colegios y ya, si me apuráis, casi sin leche los senos maternos.
Ayer El Follonero dedicó su programa Salvados a criticar los dispendios de la arquitectura disparatada de nuestra pasada época de esplendor, hoy ya prácticamente olvidada en el lodazal de esta miserable roña que nos come. Ese reportaje se une al de hace unos meses de La 2, Se acabó la fiesta.
Ahora ya sí. Ahora ya todo el mundo puede poner a parir a Calatrava, a Moneo, a Norman Foster, a Isozaki, a Niemeyer, a Eisenman, a Nouvel... Pues ahora a mí no me da la gana.