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jueves, 21 de mayo de 2026

El premio

A finales de febrero o principios de marzo de este año leí la convocatoria de los Premios de Arquitectura y Urbanismo de Castilla La Mancha 24-25, que convoca el COACM. Era la tercera edición. Habitualmente estas cosas me entran en la bandeja del correo electrónico, o aparecen en las redes, o las comenta alguien, y yo las veo como las vacas ven pasar los trenes: sin fijarme.

Ya estoy más que acostumbrado a ser un arquitecto del montón, cutre y completamente ajeno a estos oropeles. Sí que miro siempre a posteriori la lista de premiados, porque tengo bastantes amigos muy buenos y a menudo ganadores, y disfruto viendo sus éxitos y felicitándoles.

Sin embargo esta vez se me encendió una lucecita: como arquitecto diseñador-constructor, rehabilitador y/o todolodemás soy un desastre, pero en la categoría de "Difusión de la Arquitectura" igual podría presentar este blog, a ver qué pasaba.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Vanidad

En la escuela de arquitectura todos nos teníamos por artistas, hasta los más torpes. De alguna manera el ambiente nos ayudaba a creérnoslo.

Incluso yo, que era un alumno aseado y resultón, pero no brillante, acariciaba esa vanidad, y eso que siempre he sido una persona muy realista. Los rascacielos y los palacios de ópera que entregábamos en clase eran más provocativos y más cachondos que los que se ven en el mundo real, así que por qué no íbamos a hacerlos fascinantes cuando nos los encargaran. (Y ya sabíamos que en la puerta de la escuela había montones de promotores esperando que saliéramos con el título para echarse en nuestros brazos).

Nos veíamos destinados al brillo profesional, al despliegue apabulllante de obras maestras y, naturalmente, y solo para empezar, al número monográfico de El Croquis.

(Aquí, y solo para vacilaros, os diré que un número monográfico no tengo, pero sí un proyecto publicado en El Croquis. Claro, que sería mentir contando la verdad; como si os digo que tengo tatuajes. Las dos cosas son verdad, pero no significan lo que podríais inferir de ellas. O sea, que son mentira).

Conozco casos de gente que sí que ha estado realmente en el disparadero de que le publicasen su obra, y lo que ha llegado a hacer ha sido a veces vergonzoso. También conozco la estúpida pretensión de un estudio con bastante obra que le pidió a una prestigiosa editorial que le publicase una monografía, comprometiéndose a comprar todos los ejemplares que no se vendieran. Conozco casos que harían sonrojar a cualquiera, y siempre la puñetera vanidad.

¿Y todo para qué? Se dice que el periódico de un día sirve para envolver el pescado del día siguiente. Las revistas de arquitectura duran un poco más, pero manifiestan de la misma manera la futilidad y la fugacidad de estas vanidades. Yo tiré al contenedor azul casi todas las que tenía cuando cerré mi estudio en 2010, y ahora un amigo mío tiene así las suyas:


Está pensando donarlas a alguna universidad, porque ya le estorban, y ante la remodelación de su estudio no sabe ni dónde ponerlas. Además las revistas caducan. Llega un momento en que no sabes ni qué buscar en ellas, ni qué sacar en claro de ellas. La ya citada El Croquis (la más cara de todas) lleva bastantes años haciendo monográficos, que es una forma de disimular el carácter de publicación periódica y convertirla en libro, algo mucho más estable y duradero.

Pero de todas formas acaban estorbando. Y por no hablar del dinero que han costado. A ojo ahí me da para un Skoda Fabia o para un Dacia Logan. Y me dice mi amigo que tiene repartidos varios montones similares por diversos rincones para no concentrar el peso, que hablamos mucho de las piscinas en las terrazas pero nada de las revistas en los estudios de arquitectura. O sea, que sumando todos los montones sí que le da para un cochazo alemán.

La foto que me ha mandado mi amigo me ha traído todo esto a la mente: La vanidad de salir publicado en una de esas revistas termina en el suelo, y la constancia de irlas comprando una detrás de otra y de irlas colocando y clasificando durante años termina en el hastío. Vale que ya no son útiles, ¿pero cuándo y, sobre todo, cuánto lo han sido? ¿Cuánta enseñanza han producido y cuánto placer han dado? En mi estudio estuvimos suscritos a varias revistas durante unos años y llegó un momento en que las hojeábamos con prisa según llegaban, las colocábamos en la estantería y a otra cosa. Y al final acabaron en el contenedor azul.

Este amigo es un estudioso, y seguro que les ha sacado jugo y provecho, pero aun así terminan molestando, sin saber dónde estar, sin ser capaces de seguir soportando en alto las vanidades de sus protagonistas. Los talentos; claro; por supuesto. Pero las vanidades.

lunes, 21 de enero de 2019

Polvo, hormigón, vanidad

A mi padre.



Algo que deberíamos repetirnos los arquitectos todos los días es que los edificios que hacemos están en la ciudad o en el paisaje, y que lo agradables que puedan ser depende de su capacidad de diluirse en su entorno, de "estar bien" allí.
El edificio que diseñemos no va a salvar nunca a la humanidad, ni va a arreglar la calle en la que esté, ni va a darle sentido al entorno. Sí que puede, por el contrario, causar dolor o estropear el ambiente circundante.
Esto es bueno que nos lo digamos a menudo. Tenemos que ser conscientes de que los arquitectos no somos los protagonistas de la jugada ni los reyes del mambo. Somos -debemos ser- unos profesionales útiles que hagan discreta e inteligentemente su trabajo. Es que, de verdad, no sé qué nos hemos creído.

Vivimos en un entorno construido y estamos constantemente viendo edificios. Edificios anónimos. Edificios no muy buenos, pero en general aceptables siempre que no digan "aquí estoy yo". En ese caso, uf, qué jartibles.
La mayoría de nosotros somos capaces de hacer cosas decentes, bien pensadas, sensatas y agradables. Pero a veces se nos va la olla intentando hacer la obra maestra, el gran cacharro epatante. No somos capaces de reconocer nuestras limitaciones, y ahí metemos la pata hasta el fondo y obsequiamos al mundo con un nuevo bodrio. Y anda que no hay. Demasiados.

Los edificios son como las personas. Hay pocos realmente apasionantes. Con la mayoría ya nos vale (y nos vale muy bien) con que sean educados, respetuosos y correctos. Pero siempre están los zafios pesados que interrumpen cualquier conversación para decirnos que les han operado de la vesícula, y nos explican su operación y sus dolores y sus síntomas con pelos y señales, y nosotros estamos deseando que terminen y que se vayan o nos dejen escapar: Pues esos son los edificios con ringorrangos y jeribeques, los edificios que se creen importantes y lo eructan. Qué cansancio.

Madrid. Una calle cualquiera con edificios cualesquiera.
(Imagen anodina sacada del Google Street. Y sin embargo yo fui muy feliz ahí).

A este respecto, el otro día hablé de un cardenal rimbombante y hoy quiero hablar muy brevemente de mi padre, si soy capaz.

Mi padre fue un hombre honrado, serio, cordial, juicioso y cariñoso. Sí, era serio -y levantaba la ceja-, pero tenía un sentido del humor muy especial.
Mi padre era de la generación que pasó de vivir la guerra civil y la miseria en su infancia a descubrir la lavadora, la tele, el utilitario y las vacaciones en la playa. A mis hermanos y a mí nos inculcó el amor por la lectura y por el cine, y a ser honrados y decentes.
Jugaba mucho con nosotros. Nos hizo un campo de fútbol de chapas con unas porterías... qué porterías; y con un marcador...

sábado, 13 de noviembre de 2010

Vanitas vanitatis

Hay una herramienta de Blogger que me permite saber cuánta gente entra en mi blog cada día, cada semana, cada mes... y de qué países, y con qué buscadores, y con qué palabras de búsqueda.
Confieso que miro esos datos fascinado y un poco vanidoso. Me leen en México, en Argentina, en Chile... También entran bastantes desde EE.UU. y Canadá. Y un día, no sé por qué, entraron un buen puñado desde Rusia.
Me siento como aquel periodista español de los años cincuenta-sesenta a quien sus burlones amigos convencieron de que los agentes americanos seguían muy de cerca sus artículos, que enviaban subrayados y glosados a la Casa Blanca. Y ese periodista entraba en el café con la cabeza muy alta y el gesto altivo diciendo: "¡Hoy se van a enterar los yankis! ¡Cómo los he puesto!"
Pues así estoy yo: pensando que mis opiniones y resoplidos sobre arquitectura y sobre todo lo demás son muy seguidos desde América hasta Asia (en África no; en África me leen menos). Y me siento tan ufano y tan tontito.
Y resulta que el post que más se visita, y se sigue visitando bastantes veces cada día, es el de "Ornamento y delito", y entonces durante un instante me parece como si el espíritu de Adolf Loos siguiera vivo y su mensaje de sensatez ornamental tuviera aún fuerza, y me caigo del guindo comprobando que las palabras de búsqueda que han dado por error con mi blog han sido tatuajes, tatuajes guapos, tatuajes en el cuello, tatuajes de terror... y recuerdo que para ilustrar aquel post puse una foto flipante de un tío que se había tatuado un trampantojo en el cuello, como si lo tuviera cortado y cosido.
Es decir, que puse aquello para argumentar por qué no me sentía muy partidario de los tatuajes, y resulta que son los amantes del tatuaje quienes más me visitan. Me imagino que van buscando fotos chulas y ni se molestarán en leer mi artículo, porque si lo hacen va a ser peor.
En fin; siento que el buscador les mande aquí y les haga perder su valioso tiempo. Y me imagino que de entre todos los que registran los contadores, los que de verdad leéis algo de esto que escribo seréis "cuatro gatos". Pues os doy las gracias de corazón. Me siento muy acompañado y muy querido por vosotros.

(Tengo que decir también que entran muchos buscando datos sobre Louis Armstrong, y eso sí que me lleba de satisfacción).