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miércoles, 2 de septiembre de 2020

Tete Montoliach

A Emilio, quien sin ser nada dado a estas frivolidades

conserva con cariño un autógrafo de Tete Montoliu.


Se terminó agosto y llega ese momento vertiginoso en que compruebo que de todas las cosas apasionantes que me propuse hacer este verano no he hecho nada y que el tiempo se me escurrió (otra vez) en la inanidad.

Así que me pongo un disco de jazz. Qué menos. Escucho al gran Tete Montoliu y recuerdo la única vez que lo vi en directo.

Fue en la Sala Clamores de Madrid, y debió de ser en abril o mayo -o como muy tarde en junio- de 1992. (Lo recuerdo porque mi mujer estaba en un estado muy avanzado del embarazo de nuestro hijo mayor).

Tete Montoliu tenía un aspecto adusto, seco, incluso podía parecer antipático. No era nada de eso. El concierto, aparte de ser un fantástico monumento musical, fue muy cálido y amable; incluso cariñoso. Tete hablaba mucho, contaba anécdotas divertidas entre pieza y pieza, explicaba temas y era muy interesante. Los asistentes estábamos encantados.

Quien le conoció cuenta que era muy tímido -de ahí esa sensación de seco y frío-, pero que cuando tocaba se transformaba y comunicaba su disfrute. Desde luego esa noche al teclado sí que lo hizo.

Contó alguna anécdota muy divertida de Dexter Gordon, con quien tocó bastantes veces y a quien admiraba sin reservas. También nos contó que lo que hacía su gran amigo Serrat (tan culé como él) era puro jazz, y para demostrárnoslo jazzeó una de sus más conocidas canciones. Pero, claro, él podría haber jazzeado con éxito incluso a Estrellita Castro. O a Bach.

A Bach sí que lo hizo esa noche. Y a eso voy: