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viernes, 18 de octubre de 2019

Nueva Forma

Hoy voy a aprovechar mi blog para hacer un llamamiento a todas las personas de bien que os pasáis por aquí de vez en cuando e incluso lo leéis.

Entre mis múltiples frikadas (manías, extravagancias...) está la de coleccionar la revista NUEVA FORMA.

Mi colección, por ahora, es esta:


(Sí: Ya sé que tengo que adecentar esos revisteros, diseñar una etiqueta para tapar esa lomera, pero lo debería hacer cuando la ubicación de las revistas en ellos fuera definitiva y, por lo tanto, cuando acabe la colección; es decir, nunca).

Os pongo aquí los números que tengo (sombreados en salmón-ocre) y los que me faltan (con fondo blanco) para que si tuvierais a mano alguno de estos últimos os pusierais en contacto conmigo inmediata y urgentemente. (Mi correo es arquitectamoslocos@gmail.com).


Obviamente, admito preferentemente regalos, pero también os propongo intercambios o incluso (¡ay, Señor!) compras (a precio de arquitecto contemporáneo, se entiende).

Como veis, el primer número que tengo es el 12. Antes nada. Y ya del resto voy bastante bien  servido excepto un puñado de números al final. Por el centro el 39 es el único agujero que tengo.

Bueno, pues esta entrada ya está. Lo dicho: Si tenéis alguno de los que me faltan o conocéis a algún arquitecto mayor (lo digo por las fechas de la revista) que por jubilación o por aburrimiento quiera desprenderse de su biblioteca decídmelo.

Muchas gracias.

jueves, 11 de octubre de 2018

Fragilidad

En clase de Fullaondo hicimos una sólida amistad Juan Pablo de Bidegáin, Marta Buenaventura, Juan Torres y yo.
Una vez terminada la carrera nos seguimos viendo, pero, lo que son las cosas, cada vez menos.
Tuvo que morirse Juan Pablo a principios de este año para que los otros tres volviéramos a quedar. Y la verdad es que, después de tantos años (gracias otra vez, Juan Pablo), lo hemos tomado con cierta seriedad y estamos juntándonos a comer cada tres o cuatro meses, que no está nada mal. Esperemos que la costumbre arraigue y se consolide.

Ayer tocó, y Marta nos dijo que, después de llevar un tiempo queriendo hablar con Paloma (la viuda de Fullaondo) se había enterado de que había fallecido hace poco. Naturalmente, Juan y yo no sabíamos nada y nos quedamos muy tristes.
Le teníamos mucho cariño. Siempre se portó muy bien con nosotros, como su marido.

Volvimos, como siempre, a evocar aquellos tiempos lejanos de cuando éramos primero estudiantes y después incipientes profesionales, en los que seguíamos en contacto con ellos. Tantas historias, tantas bromas, tantas batallitas. Tantos compañeros, tantas maniobras buenas y malas de unos y de otros, tantos dimes y diretes, pequeñas intrigas y grandes generosidades. Me imagino que lo normal, lo de todo el mundo, la vida de cada uno. Sí, ya, pero es que esta es la mía y me toca muy dentro y me conmueve.

Les conté que la última vez que estuve en contacto con Paloma fue a cuento de haber ido con Ochandiano a conocer la calle de Juan Daniel Fullaondo en Madrid. Nos fotografiamos bajo las placas con su nombre y le mandamos las fotos a Paloma. Siempre tan amable, tan cariñosa, nos agradeció el gesto y nos deseó lo mejor.

Les dije a mis amigos que estaba terminando de leer este libro (lo saqué de la mochila y se lo mostré):


Ya en casa por la noche lo acabé. Todo cuadra, así que lo fui a terminar justo unas horas después de haberme enterado de la muerte de Paloma.

El libro es magnífico, pero no estoy ahora para hacer una reseña de él (o tal vez sí, pero de otra manera).