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miércoles, 16 de septiembre de 2015

Final

Estos días he descubierto, pasmado, esta escultura:


Es La Virgen del velo (c.1850), del escultor italiano Giovanni Strazza (1818-1875)
Es algo verdaderamente admirable: Una pieza de mármol sólida, maciza. No es un retrato al que luego se le haya superpuesto una gasa que se haya enyesado (o "enmarmolado") posteriormente. No. De eso nada. Es una talla en piedra. Es pura talla. Todo ello está hecho con la técnica de sustracción: Tomar un bloque de mármol y quitar material.
No se puede tener más maestría, ni ser mejor escultor que Giovanni Strazza.
¿Pero quién fue Giovanni Strazza? Ni idea. No había oído hablar de él en mi vida. Lo busco ahora en Google y no lo encuentro. De esta escultura si hay varias entradas, pero de la biografía del autor nada. Ni siquiera tiene entrada en la wikipedia. O sea, que este gran escultor no aparece clasificado ni como de tercera división. Vaya.


¿Por qué la historia, la memoria, no aprecia a este escultor? Pues porque su obra es deliciosa, inmejorable, perfecta... pero ya no aporta nada nuevo, y no va a ningún sitio.
Su autor es un excelente conocedor de la técnica, un maestro, un Don Nadie. Parece que no tiene nada que decir.

Fuera de los círculos más o menos próximos a la arquitectura tengo un grupo de amigos muy cultos y con una gran formación y un criterio certero, pero que no aman el arte contemporáneo. No les interesa especialmente. A veces discuto con ellos de estas cosas, y me aportan puntos de vista muy interesantes e inteligentes desde fuera de este mundo endogámico en el que nos incrustamos los arquitectos como lapas contumaces.
Naturalmente, todos ellos me dijeron que estas imágenes les gustaban mucho. ¿Y a quién no? Sobre eso no hay discusión posible. Es una obra de una gran delicadeza y de un carácter extraordinariamente bueno y bello.
Pero yo, que no puedo estarme callado sin meter la pata, les decía que esta obra es fruto de un conocimiento absoluto de la técnica, y de un dominio total del oficio. Pero nada más. (Ni nada menos, de acuerdo. Pero nada más).
Ah, ¿es que es poco dominar el oficio y la técnica? Naturalmente que no. En eso consiste la profesionalidad. Y esta escultura es, obviamente, obra de un profesional.


Pero yo creo que es la obra de alguien que conoce magníficamente su oficio pero que ya no tiene nada nuevo ni nada especial que decir. Me refiero a que es un académico que sabe aplicar académicamente su profesión, que lo hace con una gran perfección, pero que se limita a repetir lo que ya sabe. Prueba un efecto exquisito, tal vez novedoso como tal, pero no prueba una nueva forma de expresión. No arriesga. Se queda en lo trillado. Ya sabe cómo le va a salir y ya sabe que su obra va a ser admirable desde antes de empezarla. Su única originalidad es precisamente el efecto, el adjetivo prescindible.
Veo a ese escultor como a un competentísimo profesor de Bellas Artes y como a un dignísimo miembro de la Academia (no sé si lo fue; no sé nada sobre él).
También lo veo, sí, como un escultor ya aburrido, necesitado de estímulos laterales o tangenciales a la propia obra, a su consabida esencia.
Porque saberlo ya todo y dominarlo ya todo aburre mucho.
Pero para entretenerse juega con variables accesorias.
Veo el final de un camino, veo el estancamiento de este arte en una vía que ha llegado a su máxima perfección y no puede dar más de sí.
(Lo que, por supuesto, no quita, y lo repito una vez más, que vea una obra perfecta).


Este escultor podría enseñar el oficio a los jóvenes (seguramente lo hizo) y ser el adecuado eslabón de la cadena para que ésta continuara. Pero la propia cadena no podía continuar. Estaba cerrada en círculo, acabada, y ya no iba a ningún lado. ¿Continuar hacia dónde? Hacia ningún sitio. Era repetir eso eternamente y no poder mejorar ya nada ni explorar nada. Tan sólo probar nuevos alardes técnicos (por ejemplo, otra Virgen Velada pero con un tejido calado como de ganchillo) y acabar en el puro kitsch.
En el fondo, esta obra magnífica que muestra su innegable perfección pero no arriesga nada ni busca nada está ya entrando en el kitsch.
Cuando digo estas cosas los amigos a quienes me he referido antes se cabrean. Y yo los entiendo: Hay algo que se rebela profundamente en el interior de uno cuando un tocapelotas ataca una obra que es no sólo irreprochable (no hay más que verla) sino ejemplar.

miércoles, 22 de abril de 2015

Smart-todo

En este mundo de smart-phones, domótica, coches que aparcan solos, smart-tv, asientos ergonómicos, autocorrectores de textos, etcétera, las personas ya no tenemos que hacer nada. Tampoco tenemos que saber nada: Si escuchamos el nombre de un filósofo húngaro del S.XII lo tecleamos en nuestro smart-phone y en el acto leemos en la wikipedia la fecha de su nacimiento y de su muerte, sus escritos más notorios y un resumen de sus principales ideas. Y cerramos el aparato y seguimos sumidos en nuestra vastísima y bastísima ignorancia.
Todo es inteligente, todo es smart; menos nosotros. Tenemos tantas cosas programadas para pensar por nosotros que nos hemos quedado sin la necesidad (ni las ganas) de pensar.
Recuerdo cómo conocí la palabra smart. No sabía que era un adjetivo. La conocí como apellido: el de Maxwell Smart.

Maxwell Smart, el Superagente 86

Cuando lo entendí al fin (décadas después, y gracias a un modelo de automóvil) me gustó mucho retrospectivamente la elección del nombre de uno de los mayores héroes de mi infancia.
Como vengo diciendo, hoy todo es smart, pero hay unas smarts que quizá no conozca aún mucha gente, y que a mí me fascinan por lo que tienen de metáfora de nuestras cada vez más estúpidas vidas: las smart-windows.

Retrocedamos unos años, y vayamos a un país extraño, remoto, casi mítico (o tal vez mitológico), cuyo nombre no diré porque pertenece al mundo de los sueños y de las ilusiones más entrañables y recónditas.

En ese beatífico y mirífico país el gobierno mandó redactar un código técnico de la edificación, que compendiara todo lo compendiable de todas las arduas materias que tenían relación con la construcción de edificios.
Para hacer tan monumental código partieron de dos premisas no sólo plausibles, sino emocionantes:

1.- El código abarcaría todos los campos posibles, y de cada campo se encargaría un equipo de sabios.
2.- Los equipos estarían separados entre sí. No habría ningún contacto entre ellos.

¿Se puede ser más listo? ¿Puede haber un país con mayor smart-government?

Así, un equipo empeñado en que los edificios no perdieran calor por ningún sitio exigió que las ventanas (en ciertas zonas climáticas) fueran herméticas, mientras que otro consagrado a que la calidad del aire fuera idónea y a que se renovara continuamente y no se produjeran condensaciones exigió agujeros siempre abiertos en las fachadas de todas las habitaciones.

Como había que cumplir ambas condiciones, era necesario instalar ventanas herméticas en una pared con agujeros. ¡Sólo con recordar ese momento se me saltan las lágrimas! Es una de las experiencias más poéticamente surrealistas que he vivido. Un país que legisla esas cosas merece un puesto de honor en la historia.

Como los agujeros no tenían por qué estar necesariamente en las paredes, se pensó hacer ventanas herméticas pero con agujeros en los marcos.


Y luego dicen que el urinario de Marcel Duchamp es una obra maestra del surrealismo. ¡Pues anda que la ventana hermética con bujero!


El equipo de sabios que velaba por que no perdiéramos calorcito exigía (ya lo hemos dicho) que la ventana fuera hermética, mientras que el otro equipo que quería que respiráramos aire limpio y que no se produjeran condensaciones prohibía que esas rejillas pudieran cerrarse.
Solución: Unas ventanas carísimas que no servían para nada.