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miércoles, 24 de abril de 2024

Perspectiva histórica (y II)

El otro día, después de escribir eso tan bonito de que todos tenemos la opción de cambiar el futuro para mejor a base de modificar cualquier cosa del presente, se me ocurrieron varias objeciones que contradecían un propósito tan optimista.

A veces la relación causa-efecto no es la esperada.
Dibujo de Quino

Pensé que si por ejemplo alguien hubiera ayudado a Hitler a ser mejor pintor y con ello le hubiera llevado a centrarse en el arte y no interesarse por la política, probablemente las cosas habrían incluso empeorado. El ambiente quería nazismo, y en cualquier caso lo habría habido. Y probablemente otro líder del partido y de la cancillería con otra personalidad, menos disparatado, menos excitado y más frío y racional, habría escuchado a sus generales y habría dosificado sus fuerzas con mayor prudencia, por lo que podría haber soslayado el desastre de la ofensiva rusa e incluso haber ganado la guerra. ¿Y cómo estaría el mundo hoy?

lunes, 4 de marzo de 2024

Miedo

Un amigo mío, de mi edad, fue a consulta del urólogo (también aproximadamente quinto suyo) y este le preguntó si se levantaba de madrugada para ir al baño. Mi amigo le contestó: "¡Pues claro; como usted!"

Y sí; yo también. Y algunas noches dos veces. Es muy desagradable abrir el ojo de madrugada, con lo a gusto y lo calentito que estoy, urgido por una presión tiránica en la vejiga.

Sin embargo el sábado me desperté de repente por otro motivo. De nuevo se me había metido en mi colodrillo (y supongo que en mi sueño) la casa de X.

El padre de Mafalda, preocupado, no puede dormir. Quino

Me ha pasado dos o tres veces en los últimos dos o tres años. Hay en esa casa algo que no me gusta, algo con lo que no estoy tranquilo. Le doy vueltas a la cabeza y no hago más que ver cosas horribles.

lunes, 20 de noviembre de 2023

Saber enseñar

A todo el plantel de docentes y discentes
de todas las escuelas de arquitectura.


Siguiendo el alto estándar de calidad y rigor de este blog hoy voy a contaros una anécdota que me ha contado un amigo y para cuya comprobación no tengo ninguna otra fuente.

Mi amigo es persona seria, y él me asegura que se la oyó hace años a un profesor que a su vez se la había oído al protagonista, o al menos a alguien que sí se la había oído al protagonista. En definitiva, yo me fío completamente de su veracidad, sin otra salvedad que la de que tal vez adorne yo aquí un poquitín lo que me ha contado mi amigo, quien a su vez seguramente recuerde con alguna magnificación lo que le contó el profesor, quien por su parte tal vez exagerara un poquito lo que le contaron a él (y que ya venía de entrada ligeramente adornado) que había contado el sujeto (quizá un poco retocado y recompuesto por la memoria). Pero en todo caso quiero creer que es completamente cierto.

Mies van der Rohe dando clase

miércoles, 17 de marzo de 2021

Por mi vida

Perdonadme quienes os asomáis a este blog esperando algún comentario sobre arquitectura o sobre temas relacionados con ella. Hoy os voy a decepcionar. Yo quisiera tener otro canal para contar lo que sigue, pero solo tengo este y voy a utilizarlo traicionando su línea habitual (si es que la hay). Lo siento.

Esta historia tiene bastante de morbosa porque me ha hecho apostar contra mi vida, y me parece curiosa. Su resolución, hoy mismo, ha sido rotunda y me ha sentado muy bien. A ver si sé hacer que os interese.

Hace una pila de años, siendo aún bastante joven, contraté un seguro combinado de vida y pensiones, que consistía en que si me moría por cualquier causa antes de cumplir los sesenta y cinco años les darían un buen dinero a mis herederos, pero si conseguía cumplir los sesenta y cinco me darían mucho más (prácticamente el doble) a mí.

Año a año se ha ido consolidando el capital y ahora, a un mes de cumplir los sesenta y uno, lo tengo ahí esperándome como una fruta madurada con los años.

Hago un solo pago anual, del que casi ni me entero porque está domiciliado (mejor dicho, me entero a posteriori cuando miro los movimientos de la cuenta) y aquello se va revalorizando solo, sin que yo le dé mayor importancia ni le preste atención.

Mejor dicho, no le prestaba atención hasta octubre del año pasado, cuando me llamó un agente comercial de la compañía de seguros. El muy canalla supo meterme el miedo en el cuerpo. Me dijo la suculenta cantidad de dinero que yo iba a cobrar cinco años después, pero me hizo ver que si, lamentablemente, no llegaba vivo a esa cita, mi mujer y mis hijos recibían apenas la mitad, los pobres.

Me habló del COVID y me dijo sin pudor que yo ya tenía una edad de riesgo y que ay de mí si lo pillaba. En fin, una fiesta. Una juerga. Y me propuso un seguro puente para estos cinco años. Por solo sesenta euros al mes yo podría hacer que mi familia cobrara íntegramente la cantidad gorda aunque yo palmara antes de tiempo.

Me dio muy mal rollo. Además yo soy de esos perezosos que están a lo que están (a lo mejor calculando una viga o a lo mejor leyendo un cómic o escribiendo en este blog) y que cuando les llama un comercial de lo que sea contándoles una película le dicen que no, que no les interesa en absoluto, y cuelgan. (Normalmente por la molestia que supone intentar entender la película que les están contando).

Más o menos hice eso, pero me quedó el runrún. Se lo conté a mi mujer. Por tres mil seiscientos euros (más o menos) aseguraría todo el capital. Me reconcomía apostar por morirme, pero al fin y al cabo eso es un seguro: En el de incendios ganas si se quema tu casa; si no lo hace estás pagando por nada. Y en el de vida ganas más cuanto más pronto te mueras.

Quino. Apostando entre la vida y la muerte

Por estos tres mil y pico euros yo ganaría una pasta si me moría. (Bueno, la ganarían mis hijos). Pero es que además si palmaba no iba a ser precisamente el último mes de la apuesta. Si fuera antes no habría llegado ni a pagar los tres mil seiscientos y ya estarían mis herederos agarrando el premio a mi previsión y a mi amor patriarcal. (Es que me emociono y todo. Qué buen padre y esposo soy).

Mi mujer y yo decidimos que sí, que lo iba a contratar. Yo fui quien más insistió. Después de haber planteado el asunto ya me parecía una cerdada retraerme y perjudicar con ello a mis hijos.

Llamé al comercial y le dije que sí. Se puso muy contento y me felicitó por mi sensata decisión. Me dijo que en breve se pondría en contacto conmigo el departamento correspondiente y me mandaría la póliza para que la firmara. También me dijo que probablemente me pasara un cuestionario de salud para que lo respondiera, pero que era un mero formalismo sin ninguna importancia.

Le dije entonces que cuatro años antes había tenido un episodio oncológico, ya felizmente superado pero del que me seguía haciendo revisiones periódicas, y me dijo que eso no tenía la menor importancia. Vamos, que me tendría que estar muriendo ahora mismo para que me rechazaran.

-Vale, pues muy bien. Me espero a que me llegue la póliza y el cuestionario, lo cumplimento, lo firmo y lo devuelvo.
-Estupendo. Pues desde ya mismo lo damos por hecho y te empezamos a pasar los recibos.

Estuve de acuerdo, y empecé a pagar el uno de noviembre.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Misión imposible

El otro día ha ocurrido una de esas cosas que nos hacen sonreír con excitación, darnos un codazo cómplice y decir: "¡Estos artistas!"
Ay, qué divertido.
Qué chispa tienen.

Y es que el supuesto artista callejero Banksy la ha liado parda: Se ha subastado un cuadro suyo en Sotheby's por un millón y pico de euros y nada más dar el martillazo final se ha autodestruido.

Así lo han dicho en todas las teles y radios: "Se ha autodestruido". Esa palabra me lleva, inevitablemente, a Misión Imposible: "Este mensaje se autodestruirá en cinco segundos". Qué bien me lo pasaba de niño con esa serie de televisión (y qué decepción y qué vergüenza ajena con las películas del guapito bajito, que la traiciona impúdicamente).

La admiración seguía en mi memoria muchos años después,
cuando entre las decenas de personajes a quienes dediqué mi
tesis doctoral estaba "el negro de Misión Imposible"

Hace años empecé a oír hablar de Banksy (y muy bien) en la radio. Contaban su anonimato voluntario y férreo, que en seguida me sedujo y me llevó al Coyote (sí, de acuerdo, soy más del Coyote que de Batman, podéis insultarme, podéis repudiarme), que el artista aprovechaba para criticar la sociedad, para lanzar un rápido mensaje de lucha y de esperanza y desaparecer. Eso me llenaba de curiosidad. Era como un superhéroe. ¿Le perseguía la policía? Por supuesto. Y además su arte era nuevo, revolucionario. ¿Cómo serían sus pintadas? No me las podía imaginar.

Así que cuando por fin vi una obra suya se me cayeron uno a uno todos los palos del sombrajo. El mensaje era bastante light, y en cuanto al estilo y al nivel de su arte pictórico cualquier dibujante de cómic es bastante mejor.
Sus supuestos dibujos reivindicativos y admonitorios no le llegan ni a la suela de la suela del zapato a Quino, a Schulz, a Watterson, a Chumy, a Mingote, a Forges... a nadie.

No lo entendí y no lo he entendido desde entonces. No le veo la gracia. Nunca se la he visto. Me parece un ilustrador correctito con un mensaje facilón. Nada más. Supongo que, como de lo que se trata es de quedarse con el público, de "contar una historia", su gracia es el anonimato, pero no lo usa para subvertir el orden, sino tan solo para decirnos: "Chicos, no seáis malos". Me parece el típico enfant terrible que engatusa a las marquesonas.

jueves, 30 de abril de 2015

Que se la queden

Esto de vivir en un despropósito continuo hace que uno se acostumbre, que compruebe día a día que la bajeza que creía insuperable es superada de nuevo y que ya no le sorprenda nada de nada.
Hace tiempo glosé aquí cómo la ínclita Doñaespe deseaba la muerte de los arquitectos en general y de los buenos en particular.
Pues ahora que esa personaja aspira a la alcaldía de Madrid y que, por lo tanto, se presupone que quiere lo mejor para la ciudad y sus habitantes, descubrimos que no, que lo que quiere es que la ciudad quede cuca para los turistas. Los habitantes, especialmente si son pobres, harían bien en morirse o, al menos, en marcharse a otro sitio.


No entro en la cuestión de fondo, en la falta de empatía y de com-pasión de esta politicastra por sus (supuestos) congéneres y conciudadanos. No profundizo en su carácter psicópata, que le impide ponerse en el lugar de los demás y "sentir" sus sentimientos. Tampoco menciono su bajeza moral ni su desfachatez, su maldad y su crueldad.
Tampoco quiero valorar el sistema económico y moral que primero ha dejado gente a merced de la intemperie, y después les pide que se escondan, que se mueran, que se desintegren porque hacen mal efecto.

Quino. Mafalda

No. Cierro los ojos y no quiero ver eso. (Mucha gente mucho mejor que yo ya ha comentado esos aspectos del problema). Yo quiero hablar de urbanismo.

¿Qué es la ciudad? ¿Qué son los espacios urbanos? ¿Son residuos que quedan entre los edificios? ¿Son espacio? ¿Son espacio público? ¿Son sitios? ¿Son fértiles o estériles?
Civilización viene de civis. En la ciudad es donde nace la relación social, el intercambio de ideas, el enriquecimiento social, el progreso. Y eso no ocurre en la casa de Fulano o de Mengano, sino en el ágora, en el espacio público.

Manuel Delgado, El espacio público como ideología
(Clica aquí y lee la reseña)

Para muchos, el espacio privado es nido y refugio, morada segura, y el espacio público es selva y peligro. Y, todavía peor, para muchos el espacio público es innecesario. Las casas están cada vez más dotadas para no necesitar nada exterior. Una vida plácida y feliz es la que no te exige salir a la calle.
En la calle sólo pasan cosas malas y la gente huele mal.
Además, el espacio público no es lucrativo.