Quienes ya conocéis este blog sabéis que es muy poco de fiar, muy falto de rigor en general. Pero si a eso le añadís que estamos en el período vacacional y con un calor escandaloso y muy lamentable, y que además ayer hubo eclipse total y aún estoy conmocionado y emocionado, tenéis que alejar de vuestras mentes y de vuestras conciencias cualquier aspiración a la exactitud y al buen criterio y ser muy tolerantes conmigo y mis divagaciones(1).
Esto que digo es para pedir excusas, porque me parece muy fuerte lo que voy a escribir a continuación: EL ÚNICO AUTORRETRATO DE LEONARDO DA VINCI DEL QUE TENEMOS ABSOLUTA SEGURIDAD ES ESTE:
Vale, es un poco una boutade, pero tiene su parte de razón. Intentaré explicarme (en la medida de lo posible).
La arquitectura estará dotada de todas las intenciones que queráis, será un "hecho intelectual" e incluso "espiritual"; tendrá propósitos, programas, manifiestos, ideas, potencias y lo que se os ocurra decirme, sí, naturalmente, pero es algo físico, material. Es un cuerpo.
No solo es un cuerpo como nosotros(1), sino que a menudo se inspira en nuestros cuerpos para tener unas proporciones bellas, armoniosas, divinas(2). (Si el cuerpo humano es la imagen de Dios, cómo no hacer que nuestros edificios sean la imagen del cuerpo humano)
(1). ¿Y el alma? ¿Dónde dejas el alma, criatura descreída y deleznable? (2). ¿Qué cuerpo, el tuyo o el de Charlize Theron?
Llevamos unas cuantas décadas viviendo un urbanismo loco, unas ciudades hostiles que nos expulsan a los extrarradios cada vez más lejanos, y, en ellos, unos pueblos que lo eran y que ahora ya ni son pueblo ni son ciudad, sino unos inmensos aparcamientos de personas.
En la ciudad siempre ha habido barrios ricos y barrios pobres, pero desde hace años es sencillamente imposible que los menos pudientes puedan vivir en ellas; en ningún barrio. Los que eran menos boyantes se han ido empijando y ahora da gusto: Donde estaba el Bar Manolo hay ahora un laboratorio gastronómico que expende unas tostadas hechas con harinas de cereales que no has oído en tu vida y rociadas con espuma de albahaca. Nos han gentrificado a nosotros mismos de las calles de nuestros padres y nos han expulsado a cuarenta kilómetros de distancia, a unos lugares que han crecido metastásicamente: no hay más que ver los absurdos nombres de sus calles, debidos a la velocidad y a la falta de motivos.
Vivimos en unos extrarradios cada vez más remotos y también más abstractos. Y dependemos del tren de cercanías, del autobús interurbano o del coche para todo.
Una de las facetas de las que más orgulloso estaba Miguel Fisac era de la de inventor. Todos recordamos y celebramos sus vigas-hueso pretensadas, sus encofrados blandos y sus ladrillos con ceja.
Estos últimos los empleó, entre otros, en el edificio del CSIC, en la proa de las calles de Velázquez y de Joaquín Costa, en Madrid.
De ese edificio me parecen muy atractivas las dos entradas, una por cada calle, que atraviesan las respectivas alas y llegan al jardín central, permeándolo y haciéndolo fluir. Esas dobles columnas en V, que sustentan unas vigas con grandes voladizos, hacen levitar los acogedores techos de esos dos enormes zaguanes.
Pero lo más llamativo del CSIC son los citados ladrillos con ceja. En mi opinión son el invento perfecto en el sentido de que, como pasa muy a menudo con los arquitectos, esos seres zalameros y embaucadores, nace supuestamente para solucionar un problema técnico y constructivo pero su alcance final y su fin último son plásticos.
Me refiero a que la ceja fue diseñada para echar fuera el agua de lluvia y que no se filtrara por los tendeles, pero lo que logra por encima de eso es resaltar las líneas horizontales de la fábrica de ladrillo y hacerla temblar sacándola de su plano, casi como si fuera un tejado de tejas planas puesto de pie, o la piel escamosa de un pez o de un reptil.
¿De verdad es un problema muy grave y frecuente que el agua de lluvia se filtre por los tendeles de las fábricas de ladrillo? Y si lo es, ¿por qué ningún otro arquitecto ha usado la patente de Fisac? (Es posible que alguien lo haya hecho, pero yo no lo conozco. En todo caso deben de ser escasísimos).
El otro día os conté la insostenible condición de La Gioconda, que amenaza con matar de éxito al museo del Louvre (si es que no lo ha hecho ya), y os anuncié que había pensado una brillante solución.
Pues bien: No sé si el director del museo lee este blog, pero si lo conocéis hacedme el favor de decírselo. (Creo que el presidente de la república sí que me lee, y espero que él, bien directamente o bien a través de la ministra de cultura, tome medidas al respecto).
Vamos con ello: ¿Cómo resolver el problema de la incomodísima obra fetiche del museo del Louvre, permitir que sea vista con comodidad, que no interfiera con el resto de obras del museo para que también puedan ser visitadas tranquilamente y sin aglomeraciones, y todo ello no solo sin mermar, sino acrecentando el número de visitantes (y de ingresos por taquilla) de la institución?
Pues bien: Constrúyase una nueva sede en un descampado a cincuenta kilómetros de París, y una línea férrea que mande trenes lanzadera cada quince minutos.
En esa nueva sede (unos 15.000 m2 construidos) no habrá más que Giocondas. Cientos. Miles. Una de ellas será la original, que habrá sido trasladada allí, y las demás copias buenísimas, perfectas.
(Por cierto, Monsieur le Directeur, Monsieur le Président: Je suis architecte, y puedo hacer una nueva sede fantástica. No hace falta ni que la saquen a concurso. Con los truquitos esos de que al ser mía la idea yo sería el único arquitecto capaz de hacerla realidad, por aquello de la adecuación objetiva y tal, me la pueden encargar a dedo y si eso ya tal).
La cosa es idónea para los turistas que solo quieren ver La Gioconda y no perder el tiempo con el resto del museo, pero igualmente lo es para quienes quieren ver todo lo demás sin ser arrinconados ni apabullados por los giocondamaníacos. Todo arreglado. Se puede crear todo un abanico posible de entradas: Gioconda + tren lanzadera, Gioconda + tren lanzadera + resto del Louvre, Louvre sin Gioconda y sin tren, bonos con varias combinaciones para cinco días...
Bueno: Pero aun así serán decenas de miles quienes quieran ver la Gioconda a diario. (Actualmente son unos 20.000 visitantes/día). Pues ningún problema. Ahí está la gracia de mi idea.
Los turistas, que no sabrán cuál es la auténtica, se repartirán por todo el Giocondeum y se harán selfies ante cualquiera de las Monalisas. Ninguna tendrá una cola especial; todo fluirá muy cómodamente. Algunos mirarán una, la que sea, se harán una foto ante ella y quedarán satisfechos. Otros, según su gusto y apetencia, se podrán pasar horas y horas haciéndose fotos al azar ante muchas de ellas.
Pero en ningún caso valdrá dejar un día el corte en tal Gioconda para volver en otro momento y seguir desde ese punto, y así, al cabo de unas cuantas visitas, tener la certeza de que entre los miles de fotos tienen el selfie con la auténtica. No, porque quien sabe cuál es la buena (un pequeñísimo grupo de conservadores; o tal vez incluso una sola persona) la cambiará de sitio cada día, permutándola por una cualquiera de las copias.
Cada día se podrá publicar en la web del museo, a toro pasado, dónde estuvo la Gioconda hace diez. Así, los turistas que quieran podrán buscar la fecha de su visita y saber si acertaron. Quienes no atinaran (la mayoría) podrán volver a probar fortuna en otra ocasión.
Imaginaos una situación idílica: Tenéis suficiente dinero y tiempo libre para ir a cualquier lugar del mundo a ver y disfrutar lo que os dé la gana. Podéis montaros en un coche, en un tren, en un barco, en un avión y dirigiros a cualquier punto que se os ocurra marcar en un mapa, y ver cualquier cosa que exista.
Podéis ir al cañón del Colorado, a la estepa rusa, a la sabana africana, a las selvas de Nueva Zelanda. Podéis ver el Empire State, el monte Fuji, el Kilimanjaro, el Coliseo, la Ópera de Sidney, el Maracaná... ¿Qué elegiríais? Incluso podéis elegir varias cosas e irlas viendo ordenadamente una después de otra.
Cada uno tiene sus gustos y sus afinidades, y la prueba de ello es que todos los sitios que he dicho, y otros quinientos que dijera, están llenos de gente. Los turistas van con alegría a todos los rincones del mundo.
La cola del Everest
Pero si hay algo excelso, privilegiado, sublime, superferolítico, hipermegasensacional... en una palabra: el recopetín, es La Gioconda.
Es lo más de lo más de lo más de lo más de lo más.
-He estado en Motilla del Palancar.
-¡Que te frían un paraguas! ¡Yo he estado en el Louvre viendo La Gioconda!
No hay otra cosa como La Gioconda, ni otro pintor como... Bueno, eso ya no. (Lo aclararé en seguida).
Yo, aquí donde me veis con estas carnes tolendas que se ha de comer la tierra, he visto La Gioconda dos veces. Dos veces. La primera en 1980 (aproximadamente). Me decepcionó. Había una cola (tampoco demasiada) a la que te sumabas. Iba rapidita. En fila de a dos. Según iba llegando cada uno miraba unos pocos segundos, muy pocos, y se quitaba; de manera que la fila fluía. Cuando llegué al cuadro vi una urna con el frente de vidrio, me vi reflejado, intenté vislumbrar el cuadro que estaba al fondo de la oscura caja, no vi apenas nada (me seguía viendo yo) y me aparté. Eso fue todo. "¿Y esta es la maldita Gioconda? Pues vaya. Se ve mucho mejor en cualquier libro", me dije.
Al lado había otros dos Leonardos: La Virgen, el Niño y Santa Ana y San Juan Bautista. Colgados de la pared, sin urna, sin protección y sin nada. No los miraba nadie. NADIE. N-A-D-I-E. (Por eso he dicho antes que no hay otra obra como La Gioconda, de acuerdo, pero su autor no despierta mayor interés a la vista de lo que pasa en el museo parisino).
Iba con unos amigos. Vimos las salas egipcias, las griegas... Estuvieras donde estuvieras siempre había una flechita que indicaba "La Joconde". Si estabas viendo El escriba sentado y te decías de repente: "Quiero ver La Gioconda; ¿dónde estará?" alzabas los ojos y veías una flecha. Salías de la sala, avanzabas por un pasillo, tomabas una escalera (siempre viendo flechas, una detrás de otra), subías dos plantas, tomabas otro pasillo... Y al cabo de cuatro kilómetros encontrabas la cola de La Gioconda.
Qué aburrimiento: El museo de arte más rico y más amplio del mundo parecía no tener ninguna otra obra de interés. Quise ver los dos esclavos de Miguel Ángel y ni los vigilantes sabían dónde estaban. Al final, en una gran sala de esculturas revueltas, se cubrían de polvo y de olvido mezclados y amontonados sin que nadie los mirara.
La segunda vez que estuve en el Louvre fue hacia 1989, con mi mujer. Lo de La Gioconda estaba exactamente igual, y lo de los otros dos cuadros de Leonardo también. Los esclavos de Miguel Ángel habían mejorado muchísimo: Les habían dado una habitación propia, para ellos solos, cuyas paredes estaban paneladas con grandes reproducciones de los dibujos preparatorios. El montaje estaba precioso. En la sala estuvimos los dos solos el tiempo que quisimos, mientras que para La Gioconda tuvimos que hacer la correspondiente cola para vernos reflejados en el vidrio durante tres o cuatro segundos.
Volví una tercera vez a París hacia 2002, con mi mujer y mis hijos, pero ninguno tuvimos ya la menor gana de ver el Louvre. Nos acercamos, sí. La cola era enorme fuera de la pirámide de vidrio. No tenía sentido perder allí un día.
Pues bien: La estúpida pero aún tolerable cola ante La Gioconda que yo viví dos veces se ha convertido en esto:
No solo no puedo entenderlo, sino que me da un asco... Un asco de psicópata asesino.
Nota previa: El otro día hice una gracia en twitter metiéndome con Leonardo, y mi amiga virtual Lidia Romero (@LidiRome) me dijo entre risas: "Parece que lo odias todo". Me dolió, Lidia. Y me dolió porque tienes toda la razón. Aunque amo tantísimo tantas cosas y a tanta gente, sólo me sale la vena de ponerle piedrecitas (y petardos) a todo el mundo. Por otra parte, otro amigo, Juan Carlos, de a+u arquitectos (@AmasUArquitecto), me animó a darle caña a Leonardo. Hombre, tampoco es eso. Esta entrada, de nuevo veraniega y juguetona, va dedicada a ambos: a Lidia y a Juan Carlos. (Las ilustraciones van por Juan Carlos, conspicuo filatélico).
Todo el mundo adora a Leonardo da Vinci. Menos yo.
A ver, puntualicemos: Creo que Leonardo da Vinci es uno de los más grandes artistas que ha dado la humanidad.
Como dibujante es sublime, y como pintor le da una nueva dimensión a la pintura-pintura. (Quiero decir a la pintura entendida como luz y como atmósfera).
Leonardo es uno de esos escasos personajes que son patrimonio de todo el mundo, de todos los países.
Estos sellos son apenas una mínima muestra de lo que hay por el mundo. Se puede hacer una amplia colección filatélica dedicada sólo a Leonardo da Vinci.
No sólo no tengo nada contra Leonardo, Lidia, sino que me parece uno de los artistas más grandes que ha habido en la historia. ¡Cómo dibuja! ¡Qué trazos más potentes o más dulces cuando quiere! ¡Qué precisión! ¡Qué potencia y qué delicadeza a la vez! ¡Sublime!
¿Entonces? ¿Qué de malo tengo que decir contra él?
Pues que era un enreda, un liante, un culo de mal asiento. Que quería experimentarlo todo y toquetearlo todo, y que iba ligando un desastre con otro.
Era el Pepe Gotera y Otilio de los frescos, el Manolo y Benito de las fundiciones, el desastre viviente. Más temible que un nublado.
Pero Leonardo, ¡estate quietecito!
El otro día vi esta foto en la página de Vaumm en Facebook:
Y me quedé pasmado. Lo primero que se me ocurrió fue: "Arquitectos, arquitectos, ¡qué listos nos creemos, y naufragamos ante un grifo!" "Toma ya". "A ver si aprendemos".
Y pensé en la eterna polémica entre nosotros y los ingenieros.
Los arquitectos solemos dejar los problemas a medio resolver, casi siempre porque los planteamos mal, mientras que estos avionacos son perfectos. En su diseño no hay un solo error.
Nuestro problema es que los arquitectos podemos diseñar hoy una plaza de toros, sin haber hecho antes ninguna y sin tener ni idea de qué necesita, y cuando ya empezamos a conocer el tema nos toca hacer un cine. Y así no se puede. Siempre estamos debutando.
En este mundo superespecializado el arquitecto sigue siendo un "humanista"; es decir, un aprendiz de todo y un maestro de nada, y no puede competir con ningún experto. Mientras que un ingeniero lleva toda su vida estudiando e intentando perfeccionar los flaps ante las entradas en pérdida, un arquitecto se plantearía qué es un avión, cómo puede volar, qué sentido tiene el vuelo, etc, y todo lo más hará un disparatado dibujo a lo Leonardo da Vinci (uno de los mayores artistas de la historia, y probablemente el peor inventor), y diría alborozado: "¡Mira, se me acaba de ocurrir! Es un helicoide para trepar por el aire. ¿Lo quieres probar?" "¿Quién, yooooo? Ni harto de vino. Ni loco de la cabeza".
Sí, amigos, así somos los arquitectos. Siempre queriendo inventar la pólvora sin saber ni cómo es exactamente una explosión.
Claro, que también estoy harto de ver proyectos de naves
industriales por ingenieros. (Hacen tres rayitas paralelas
inclinadas en cada ventana porque, según ellos, eso representa el
vidrio. Y cosas así. A veces uno diría que les da igual ocho que ochenta).
Estoy generalizando. Lo sé. Y voy a estropearlo aún más con una comparación.
Hoy no voy a lanzar otra teoría más o menos polémica y sugerente sobre las manos. Voy solamente a señalar cómo las manos han fascinado y obsesionado a los artistas de todos los tiempos.
(Valga esto como pausa y descanso antes de acometer la mano abierta del Corbu, que irá a continuación).
Las manos hacen cosas. Están llenas de articulaciones, pueden adquirir muchas posturas, muchas formas, en una prodigiosa combinación que permite todo tipo de habilidades.
Las manos casi nunca descansan y, cuando lo hacen, ofrecen una imagen preciosa, de animal salvaje descansando, a punto de saltar en cualquier momento. Son preciosas y fascinantes, y también preocupantes. Son capaces de todo. A veces hay que ponerse a salvo de ellas. Manos asesinas y manos salvadoras, según. Manos que te atan la soga al cuello o empuñan un arma, o te sacan del agua cuando te estás ahogando; manos que acarician, que golpean, que bendicen o que hacen gestos obscenos.
Los artistas las han dibujado siempre. Para más desconcierto, se dibuja con las manos. ¿Cómo dibujar mi mano si para ello tengo que usar mi mano? Es como el dibujo de Escher que poníamos el otro día: Una mano dibujando una mano. Los dibujantes diestros dibujan su mano izquierda (sólo pueden dibujar su mano derecha en el acto de dibujar, copiándola mientras dibuja, haciendo de modelo y de ejecutora a la vez). Usan espejos para captar puntos de vista diferentes. El espejo convierte su mano izquierda en derecha.
También las graban en planchas, para luego estamparlas en papel. En este caso, una mano izquierda dibujada con ayuda de un espejo pasa a ser derecha en la plancha, y al estamparse se vuelve a invertir y vuelve a ser izquierda. (Mentira por mentira igual a verdad).
Fijaos en estas manos tan hermosas que pongo a continuación. Pero, sobre todo, fijaos en que están "construidas". Quiero decir que los artistas no plasman la mera imagen plástica, la mera apariencia, sino que parece que disecan las manos, que las desarman para analizar su funcionamiento, sus mecanismos. Las manos, así, no son bellas por su forma, sino por su función. (Otra vez la discusión arquitectónica).
Me gusta consultar el diccionario de la Real Academia aunque sea un diccionario muy genérico, como el pato, que hace muchas cosas pero ninguna especialmente bien. (En estos tiempos de superespecialización me gustan los patos). Pues el DRAE define el término kitsch como “dicho de un objeto artístico: Pretencioso, pasado de moda y considerado de mal gusto”. Yo creo que están mal las tres cualidades. Si acaso puede valer la primera, porque el kitsch pretende lo que no es, y en ese sentido sí es "pretencioso". Lo de “pasado de moda” no viene a cuento, porque el kitsch ni está de moda ni se pasa de moda. (El propio concepto de moda y de estar a la moda es muy kitsch). Y lo de “mal gusto” es lo típico. En todas las definiciones del kitsch, tanto del DRAE como de otros diccionarios, tanto de esta edición como de las precedentes, siempre aparece el inevitable sambenito del “mal gusto”.
Pensemos en el mal gusto ¿Es de mal gusto este cuadro de Goya?
Para mí sí, sin la menor duda. Me parece un cuadro tremebundo, de muy mal gusto, que yo nunca pondría en mi salón. También me parecen de muy mal gusto casi todos sus grabados de Los Caprichos y de Los Desastres de la Guerra. Pero no tienen nada de kitsch.
¿Y estos dibujos de Leonardo?
También los veo “de mal gusto”.
Sin embargo, esta figurilla de Lladró me parece de muy buen gusto:
Como también me parecen de muy buen gusto el embajador y los demás invitados de Isabel Preysler y el guardarropa y demás faramalla de Josemi Rodríguez Sieiro, y también el estilo del saxofonista Kenny G. Mucho más que el de Ben Webster, de quien hablamos el otro día.
Si el otro día discutíamos sobre la pertinencia de seguir utilizando el término “belleza”, con la que está cayendo, no digamos nada de usar la expresión “buen gusto”. La mera idea de que algo pudiera ser “de buen gusto” es kitsch. Es la esencia del kitsch. El kitsch no nos repugna porque sea feo, sino porque pretende ser bonito, y a menudo (¡ay, Dios!) lo es. El kitsch es un fraude, una mentira, que suministra una buena excusa seudoestética y seudoartística a la gente a la que el arte no le interesa en absoluto, pero que quiere tener esa sensación tan agradable de la fruición estética, que, encima, les hace sentir buenos, felices y cultos. No quieren complicaciones ni dudas, ni debates, ni dolores de cabeza. Quieren sentirse como recién duchados y con un albornoz petado de suavizante. El flamenco y el jazz pueden doler, pero Luis Cobos es muy agradable. Aquí se explica mucho mejor. ¡Me aburro, Beethoven!
Al final de este último vídeo vemos otra característica típica del kitsch: el espectador, el usuario, el fruidor de la obra, es profundamente agradecido y sublima la emoción seudoestética. Obsérvense los aplausos a Luis Cobos. (Por cierto, el otro día le dieron en Madrid a Plácido Domingo un aplauso de veinticinco minutos. El tenor no está en su mejor momento, pero sus oyentes, no muy acostumbrados a la ópera, y conscientes de que no le volverán a ver jamás, no podían creer tamaño privilegio. Levitaban, y en el fondo se aplaudían a sí mismos, o, mejor dicho, aplaudían ese momento mágico, ese milagro. Por muy bien que cante un tenor, hacerle salir a saludar veinte veces es de bobos, pero esos bobos tienen que creerse que asisten a un milagro).