Cien años de soledad es uno de los libros imprescindibles de la historia de la humanidad. Es una delicia pasmosa, una obra que construye un universo. Sin embargo, cuando García Márquez le llevó el manuscrito a Carlos Barral, éste lo rechazó.
¿Cómo es posible?, nos preguntamos. Carlos Barral era un poeta y un editor sensible, y un hombre muy culto y muy informado de las nuevas corrientes narrativas. ¿Por qué rechazó esa obra maestra? ¿Por qué renunció a la maravillosa posibilidad de editarla?
Yo creo que, principalmente, por una razón. Porque Barral recibió un denso manuscrito de manos de un joven desconocido, arruinado y desesperado, y no se dio cuenta de que aquel libro titulado Cien años de soledad de ese tal Gabriel García Márquez iba a acabar siendo Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
En cambio, cuando nosotros tomamos el libro lo hacemos ya con todo lo que ese libro tiene encima, con todo su prestigio, y nos disponemos a leer “muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota etc” con unción mística. Y, claro, no tiene más remedio que encantarnos.
Por la misma razón, la escalera de la que hablamos ayer nos emociona porque es de Le Corbusier, y porque lo sabemos. Así que asumimos con gusto la –tampoco tanta, al fin y al cabo– incomodidad de subirla y bajarla a cambio de la emoción que nos produce.