El término "postmoderno" (o "post-moderno", o "posmoderno") surgió en el campo de la arquitectura. Tuvo un gran éxito y de ahí se extendió a todos los demás campos de la actividad humana.
En arquitectura fue fácil trazar la raya porque el concepto "moderno" estaba muy claramente adscrito a una época, a unos ideales y a un estilo. (Cuando se acuña el título de "moderno" para un movimiento o una época, inmediatamente deja de significar "lo actual", porque se va quedando más y más atrás según pasa el tiempo. De esta forma, en ciertos contextos y ante ciertas comparaciones, "moderno" acaba significando "antiguo").
Pero al final, habiendo sido el campo donde se acuñó el término, es en la arquitectura donde más difícil se me hace entender la post-modernidad. Hay otros campos, principalmente la literatura, donde la veo mucho más claramente y, sobre todo, donde la encuentro más fértil, más inteligente y más útil.
Todo lo que se hace hoy que aporte algo y comente algo sobre el mundo y la cultura, tiene que ser necesariamente post-moderno. Ser hoy moderno (como ser románico, gótico o renacentista) es adoptar una mera pose historicista e inútil.
(Un problema inesperado es que muy a menudo se ha usado y se usa "post-moderno" como "anti-moderno". No me refiero a eso).
Borges decía que era moderno, pero que eso no constituía ninguna elección suya, sino que no podía ser otra cosa. Esto era así necesariamente en su juventud ultraísta. Pero del mismo modo, con el paso del tiempo y con su actitud atenta y creativa, acabó en post-moderno. No puede ser de otra manera. Todo lo demás es refugiarse en el pasado y hacer academicismo estéril.
Hay datos y elementos postmodernos innegables en la obra de Borges: El palimpsesto(*), las referencias en capas superpuestas, los juegos de ida y retorno, el lenguaje como objeto en sí y como mensaje en sí, la pérdida del sujeto (Borges y yo), la autorreferencia, el humor, etc.
Pues bien, dando una nueva vuelta de tuerca al post-modernismo borgiano, Agustín Fernández Mallo lo pliega, lo dobla, lo desdobla, lo estira y lo reescribe, en una compleja operación, exquisitamente intelectual, que nos lo trae hasta la actualidad, salvando las varias décadas de distancia, re-tonificándolo y expandiéndolo en este mundo loco y desvariado, riquísimo, complejísimo y sutil.
(Un problema inesperado es que muy a menudo se ha usado y se usa "post-moderno" como "anti-moderno". No me refiero a eso).
Borges decía que era moderno, pero que eso no constituía ninguna elección suya, sino que no podía ser otra cosa. Esto era así necesariamente en su juventud ultraísta. Pero del mismo modo, con el paso del tiempo y con su actitud atenta y creativa, acabó en post-moderno. No puede ser de otra manera. Todo lo demás es refugiarse en el pasado y hacer academicismo estéril.
Hay datos y elementos postmodernos innegables en la obra de Borges: El palimpsesto(*), las referencias en capas superpuestas, los juegos de ida y retorno, el lenguaje como objeto en sí y como mensaje en sí, la pérdida del sujeto (Borges y yo), la autorreferencia, el humor, etc.
Pues bien, dando una nueva vuelta de tuerca al post-modernismo borgiano, Agustín Fernández Mallo lo pliega, lo dobla, lo desdobla, lo estira y lo reescribe, en una compleja operación, exquisitamente intelectual, que nos lo trae hasta la actualidad, salvando las varias décadas de distancia, re-tonificándolo y expandiéndolo en este mundo loco y desvariado, riquísimo, complejísimo y sutil.
Ya Borges juega continuamente con las sombras suyas y de los otros, con los rastros, con las presencias y los ecos; con los espejos y las alusiones, con los tigres y el agua de sus rayas. Fernández Mallo juega al juego de Borges y palimpsestea los palimpsestos, espejea los espejos y refiere las referencias.
El juego es sencillamente brillante. Las capas de significado se multiplican hasta no se sabe dónde. Las referencias, como los jardines, se bifurcan.
Borges habría disfrutado enormemente con este libro. (La eterna obsesión de Borges por "el otro", "el doble", de "Borges y yo" se multiplica cuando AFM se hace eco y dice "Borges y yo" (Borges y AFM), y siente respecto a Borges la fascinación especular que sentía el propio Borges respecto a sí mismo).
El juego es sencillamente brillante. Las capas de significado se multiplican hasta no se sabe dónde. Las referencias, como los jardines, se bifurcan.
Borges habría disfrutado enormemente con este libro. (La eterna obsesión de Borges por "el otro", "el doble", de "Borges y yo" se multiplica cuando AFM se hace eco y dice "Borges y yo" (Borges y AFM), y siente respecto a Borges la fascinación especular que sentía el propio Borges respecto a sí mismo).
Borges y Fernández Mallo
No encuentro en la arquitectura un ejemplo tan brillante de superposición, de reelaboración, de recarga de contenidos y significados, de fisiones semánticas y explosiones varias, como lo veo en esta reconstrucción-desconstrucción del libro de Borges.











