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martes, 14 de marzo de 2023

Arquitectura y pulpo á feira

que me hacen comprender cosas. 


Le acaban de dar el Premio Pritzker al arquitecto británico (quiero decir gallego) David Chipperfield, y lo primero que me he llevado ha sido una sorpresa: Yo creía que ya lo tenía. (Para que os fieis de este blog. Su autor no sabe qué insignes arquitectos cuentan con el galardón).

Quien sí está siempre al corriente de todo es mi admirado compañero y amigo Jaume Prat, y ha escrito esto tan sabia, documentada y provocadoramente que no tengo más que aportar; así que me limito a remitiros a su texto, lleno de conocimiento y de visión inteligente.

Yo solo quiero comentar una de las cosas que él dice, y que me animan a aportar mi torpe visión. 

El hostelero David Chipperfield en el Bar do Porto, Corrubedo (La Coruña)

Jaume dice que la arquitectura no son los objetos producidos por los arquitectos, sino un hecho complejo y multifactorial. La arquitectura no son los edificios, sino lo que los edificios permiten que pase. "La arquitectura se basa en las relaciones. Relaciones entre personas y su actividad, entre personas y un lugar acondicionado que les permite realizar actividades como habitar, tratarse entre ellos, trabajar, identificarse, emocionarse con un lugar".

viernes, 11 de noviembre de 2022

Esclavitud

 A Ana Asensio


Ana "la Flaca" Asensio me ha dado a conocer un artículo de Alejandro Hernández Gálvez en Arquine (el artículo es este). No conocía esta historia, y me ha impresionado tanto que os la voy a contar y a comentar:

Los grandes arquitectos Herzog y De Meuron, de fama mundial y ganadores del Premio Pritzker (ya sabéis: "El Nobel de la Arquitectura") en 2001, han diseñado un lujoso edificio de 130 apartamentos en el centro de Beirut al que han bautizado como Beirut Terraces, que es una delicia blanca, soleada y elegante.

Como dice su nombre, el edificio está lleno de terrazas. Las viviendas son luminosas y amplias, y tienen unas calidades excepcionales. No podía ser menos, tratándose de tan eximios arquitectos y en un edificio de lujo.

Mirad la planta tipo: Seis viviendas estupendas que tienen de todo; hasta ratonera.

martes, 15 de marzo de 2022

El premio

Nos acabamos de enterar de que le han dado el Premio Pritzker (sí, ya sabemos: "El Nobel de la arquitectura") a Francis Keré (Diébédo Francis Keré, para ser más completos), y nos ha hecho mucha ilusión, en general, a todo el colectivo de arquitectos. (Vamos, yo hablo de lo que estoy viendo por aquí).


Soy un ignorante. Confieso que no había oído hablar de este ilustre arquitecto hasta hace nada, hasta 2018, año en que el Museo ICO le dedicó una estupenda exposición (como todas las suyas).

Aparte de la indiscutible calidad de su arquitectura, lo que nos llama la atención y nos enamora es su película: Nacido en el pueblo de Gando, en Burkina Faso, en 1965, era hijo del jefe de la tribu, y su padre tuvo la suficiente lucidez como para mandarle a la escuela para que aprendiera a leer y así pudiera descifrarle las cartas que le llegaban y además saber algo de cuentas, que siempre viene bien.

Lo malo era que Gando no tenía ni escuela, así que a los siete años de edad tuvo que dejar su pueblo y a su familia y marchar a la capital del país, Uagadugu.

Tras terminar sus estudios primarios obtuvo una beca de una entidad alemana, unas cosas llevaron a otras, el asunto se fue liando y el niño que había ido a aprender a leer y las cuatro reglas terminó completando estudios secundarios en Alemania y entrando después en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Técnica de Berlín.

(Total: Que a su padre seguían sin leerle las cartas).

La película termina cuando el joven arquitecto vuelve a su pueblo y construye la escuela. Una música emotiva va subiendo de volumen y se ve a los niños entrar, sentarse y atender a la maestra, mientras que el arquitecto, en un plano superpuesto, saluda y sonríe. Fin. Todo hace presagiar que la creatividad y el servicio a la sociedad seguirán creciendo.

jueves, 9 de diciembre de 2021

El verdadero lujo

Los flamantes arquitectos Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal, lanzados a la carrera del éxito, de quienes casi todos sus compañeros hablan (hablamos) muy bien por su "apenas hacer nada" y últimos ganadores del premio Pritzker, tienen exposición en el Museo ICO hasta el 16 de enero.

La he visto hace un par de y yo solo y hace unos días con mi compañero y sin embargo amigo Ekain Jiménez, que me ha enriquecido lo que vi antes y me ha suscitado una o dos reflexiones que intentaré exponer a continuación.

Empecé a oír hablar de ellos con el ya famoso comentario de: "Reforman sin destruir, y haciendo lo mínimo". Muy conscientes de la huella del carbono y del nefasto impacto de la arquitectura reconstructora (a menudo tan destructora), han abordado enormes proyectos de rehabilitación arquitectónica, urbana y social sin demoler lo que había, sino añadiéndole algún elemento o algún gesto que, siendo relativamente modestos, han revitalizado y cambiado de una forma muy importante lo preexistente.

La exposición comienza por la planta baja y hace el recorrido de siempre, terminando arriba, pero esta vez ha habido algo especial que merece la pena comentar.

Empieza con láminas, y láminas, y láminas impresas y pegadas en las paredes (y dibujadas para la ocasión), que muestran su trayectoria profesional en un montón de proyectos. En todas prevalece el mismo código: Un fondo blanco para el "espacio programado" y un fondo azul claro para el "espacio libre". La cosa tiene algo de truco: Viene a significar que lo blanco es lo que responde a "intervención arquitectónica" y "cumplimiento de programa" y lo azul claro es "la propina". (Pero en algunos proyectos de reformas de edificios públicos no es exactamente lo mismo, ya que lo blanco son zonas más tocadas, más intervenidas, y lo azul las más dejadas como estaban).

En todo caso es clara su voluntad de mostrar qué poco hacen, y cuánto renta ese poco.

sábado, 20 de febrero de 2021

"Aarón" Johnson

Dedicado a Josefa Blanco Paz y a Rodrigo Almonacid
Canseco
, que me proporcionaron material gráfico y datos
básicos para esta entrada, pero que no comparten necesariamente
las opiniones que vierto aquí.


No le tengo ninguna simpatía a Philip Johnson. (Ya está. Ya lo he dicho. Se queda uno mucho más a gusto así: Declarando sus fobias para que queden claras desde el principio y escribiendo luego sin más tapujos).

Fue un joven rico y muy listo, incluso demasiado rico y demasiado listo, que sintió una gran atracción por el nazismo, cosa bastante difícil de entender en un homosexual, pero yo ya estoy curado de espanto, y a estas alturas tampoco me tiraría de espaldas una asociación de toreros afiliados al PACMA o incluso otra de futbolistas no tatuados. En este mundo hay de todo.

Philip estudió filología. Se sentía fascinado por las ideas potentes y rotundas, por el arte y supongo que por los uniformes de Hugo Boss y toda esa faramalla que encandiló a tanta gente lista y tonta. Nacido en 1906, a sus veintitantos y treinta y pocos años se propuso impulsar la agenda nazi en los Estados Unidos. Viajó a Alemania y no le pareció mal lo que se estaba haciendo con los judíos. Tampoco se opuso a las burlas al "arte degenerado", aunque él sí que admiraba a muchos de los artistas de vanguardia e incluso a algunos los ayudó a salir del infierno.

De alguna forma quería conservar una vergonzante apariencia de dignidad y de hipocresía. Era un mal bicho, pero un hombre inteligente y astuto. Cuando el partido nazi estadounidense que estaba auspiciando y en el que incluso tanteó hacer carrera política no llegaba a nada, cuando en Europa la locura del Tercer Reich se veía que no iba a triunfar, pero sobre todo cuando toda la gente guapa de Nueva York le hacía ascos a esa brutalidad, dio un descarado giro de timón, pasó a otra cosa, mariposa, y olvidó todo eso. Las ideas son hermosas cuando tienen aspecto de triunfar, pero se vuelven intolerables cuando fracasan. A él le podía valer cualquier ideología, menos la de perdedor.

En Europa le había llamado muchísimo la atención la arquitectura moderna, y a su vuelta a casa se convirtió en un ferviente divulgador y promulgador de ella. Se le escuchaba y se le atendía. También se le temía. En poco tiempo fue uno de los más influyentes popes del Movimiento Moderno. En 1930, con solo 26 años de edad, se convirtió en el primer director del recién creado Departamento de Arquitectura del MoMA. En 1932 organizó y dirigió junto al historiador Henry-Russell Hitchcock una fantástica exposición sobre arquitectura moderna en su departamento del MoMA y escribió con él su catálogo, que se convirtió en la piedra fundacional del Estilo Internacional y cuyas tesis marcaron el rumbo de la arquitectura mundial durante décadas.

En 1940, ya con treinta y cuatro años, comenzó a estudiar arquitectura. Lo hizo en Harvard, claro, y con Walter Gropius como profesor. Era lo mínimo para él.

Estaba obsesionado con Mies van der Rohe. Tanto que en cuanto el maestro alemán se puso a construir la casa Fransworth él se hizo la suya imitándolo (pero peor: Cuentan que el propio Mies pasó una noche en ella sin poder dormir por lo mal resueltos que estaban a su juicio los soportes de esquina).

Johnson escribió la primera monografía sobre Mies y le abrió las puertas de la alta sociedad estadoundiense. Puso todas sus influencias al servicio del alemán, y en 1954, finalmente, proyectó con él el edificio Seagram. (Entiendo que estuviera deseando trabajar con su admirado maestro, ¿pero por qué iba a querer Mies admitirlo como coautor? Nada de colaborador, o ayudante; no, no: coautor. ¿Tal vez porque el rico e influyente Johnson había sido quien había conseguido el encargo convenciendo a los propietarios de las bondades de Mies? Pues sí, claro; naturalmente).

Mies van der Rohe y Philip Johnson con la maqueta del edificio Seagram

No sé cuánto hay de Johnson en el proyecto(1). En todo caso se ve el talento y la finura de Mies en cada detalle, en cada tornillo. (Esto es literal: Me contaron que los miles que fijan los junquillos de las carpinterías de fachada tienen todos -todos- la ranura paralela al plano del vidrio).

En 1955 el aprendiz diseñó la casa Leonhardt, en Lloyd Harbour, Long Island, con algo más que una influencia de su maestro:




Tal vez más que "inspirada" en un croquis de 1934 de Mies para una no construida casa de cristal en una colina.

lunes, 22 de junio de 2020

Desaparecer

Acabo de enterarme por casualidad (como pasan estas cosas) de que una piscina que hice en un pueblo toledano hace muchos años lleva ya tiempo convertida en un skate park. (En español podríamos llamarla "pista de patinaje acrobático" o algo así).
Primero he sentido un poco de pena y de nostalgia, pero en seguida un gran alivio, y esa sensación es la que voy a intentar contaros hoy.

Imagen de un skate park en Zaragoza. (No tiene nada
que ver con el que yo digo, del que no quiero dar pistas).

Me cuentan que mi obra llevaba años sin tener el tirón que tuvo. Cada vez había más piscinas particulares y la gente tenía menos ganas de ir a la pública. (Así nos va con todo: En vez de disfrutar con algo colectivo grande y bien dotado lo repetimos incansablemente en sucedáneos privados, pequeños y peores, pero de uso exclusivo). El coste de mantenimiento era muy alto para el poco partido que se le sacaba. El ayuntamiento ponía a concurso su explotación, con su bar-restaurante correspondiente, y nadie se presentaba. Un desastre. Al final ya ni la abrían. Así que han hecho esto del patinaje que parece que tiene más tirón.

Habría que hablar del alivio que le supone a un arquitecto que demuelan o alteren profundamente su obra, extinguiendo así su responsabilidad civil sobre cualquier cosa desagradable que pueda pasar de ahí en adelante, pero ese no fue, esta vez, mi caso. Hice la piscina hace muchísimos años y el período decenal estaba ya más que extinguido, e incluso doblado.
No; no era eso. Fue una especie de limpieza interior: Una obra menos, una resta, un aligeramiento de peso. Sentí el placer de ir tachando.

Sin embargo, en el inicio de la profesión, en el inicio de la vida, lo normal es que uno intente dejar huella, llamar la atención, hacer muchas cosas y muy espectaculares. Cuesta mucho ir desocupando esa vanidad, irla vaciando, y casi nunca es un acto libre y voluntario, sino la consecuencia de las decepciones y bofetadas que te va dando la vida. Y el cansancio. Y el hastío. Y la única ansia que al final te queda es la de que te dejen tranquilo, la de vivir en paz lo que te quede y no marear demasiado.

viernes, 9 de marzo de 2018

El vulgar Pritzker

A todos estos amigos cultos e inteligentes:
por lo que más adelante digo.


El otro día se ha concedido, como cada año, el premio Pritzker. Y una vez más hemos oído cómo lo llamaban "el Nobel de la arquitectura". Y un año más algunos (los más "listos") hemos sonreído con suficiencia.

Pero tengo que reconocer que el año pasado me gustó mucho que se lo dieran a RCR, y que este me he quedado boquiabierto porque jamás había oído hablar de Balkrishna Doshi.

En seguida nos informó en twitter el siempre avisado y erudito Rodrigo Almonacid de que ya en el Benevolo y en el Curtis (dos de las biblias sobre la historia de la arquitectura moderna) aparece Doshi desde ediciones antiguas. Cotejo las mías (soy un antiguo) y viene. Inmediatamente David García-Asenjo, otro joven sabio, nos instruye con este artículo y Ekain Jiménez busca y publica en twitter las fotos con las que ilustro esta entrada, y las acompaña de muy serios y justos (y elogiosos) comentarios a la trayectoria de este arquitecto desconocido minuciosamente por mí hasta ahora




Pero quien me ha animado a escribir esta entrada ha sido Jaume Prat con este artículo en el blog de la Fundación Arquia.
Me ha dejado con el culo al aire. A mí, que me he reído siempre con desdén, como tantos arquitectos, del premio y de su banalidad y de su frivolidad.

Aparte de que el premio de marras haya acertado muchas veces a ser concedido a arquitectos magistrales y de que se haya equivocado (a mi juicio) otras muchas, es cierto que por un día la arquitectura sale en todos los noticiarios de la tele, en todos los periódicos y en todas las emisoras de radio, y, por un día, parece incluso una actividad decente y estimable, y los arquitectos, así, en general y como colectivo, parecemos seres dignos de respeto y aun de aprecio.

viernes, 22 de enero de 2016

De premios y vanidades

Hace unos días se ha otorgado el Premio Pritzker, que, en una muestra perenne de paletería y de provincianismo hirsuto, todo el mundo ha vuelto a decir que es el Premio Nobel de la Arquitectura.
Vamos a ver: Que la gente de la calle no sepa qué es eso del Premio Pritzker es natural (ya es sorprendente que lo sepamos los arquitectos; y yo diría que ni siquiera todos), pero que, para resaltar su supuesta importancia se diga -todos, todos, todos los años; uno detrás de otro- que es el Nobel de la Arquitectura es patético, ridículo. ¿Por qué narices va a ser el Pritzker equivalente al Nobel? ¿A santo de qué?
¿Tiene el Premio Nobel la modalidad de Arquitectura? No. Pues ya está. Pues tan a gusto. Como no la tiene de Música, de Chapa y Pintura ni de Conserva de Pescado. Reconozcámoslo con tranquilidad de espíritu, con gesto apacible e incluso con gratitud: No todas las actividades humanas son premiadas por la Academia de Suecia. Ni siquiera por la de Noruega.
No es de recibo que para intentar dignificar cualquier premio se diga sin ton ni son que es el Premio Nobel de tal o cual actividad.
Además, ¿dónde está la supuesta excelencia y el supuesto prestigio del Premio Nobel para que haya que ponerlo siempre como parangón? Solemos hablar respetuosamente del Premio Nobel sin recordar que le dieron el de Literatura a Winston Churchill (1953), o el de la Paz a Menachem Begin (1978), o el de Medicina a Ramón y Cajal (1906), sí, qué bien y qué justo, pero compartido con Camilo Golgi, su oponente científico, que negó la neurona y defendió una trama celular inexistente.
Y, por encima de todo, recordemos que no le dieron el de Literatura a Borges.
Ah, los premios. Qué tontería. Qué estúpida vanidad.

Pues una vez dicho esto, reconozcamos que el Premio Pritzker no está mal: Más de la mitad de los premiados son buenos arquitectos.
El premio lo conceden anualmente los Hoteles Hyatt (pronúnciese Jaia, que queda más chulo). ¡Qué hoteles! ¡Qué hermosura! ¡Qué amor inmarcesible por la buena arquitectura!

Hotel Hyatt Regency Cambridge Overlooking Boston
Boston, Massachusetts, EE.UU.

Hotel Grand Hyatt, Santiago de Chile

Parece ser que ese amor inmarcesible es el que legitima a los dueños de estos descomunales hoteles para otorgar el premio anual al mejor arquitecto del mundo.
Este año le ha caído la china al arquitecto chileno Alejandro Aravena.
¿Qué decir de él? Pues que es muy guapo.
Y que tiene el pelo así, a picos. Como Son Goku.

Vale: Esto que digo es muy frívolo. Pero es así. Si ponéis Alejandro Aravena en google imágenes salen sesenta y un retratos suyos antes de ver la primera obra -y en pequeñito-, y luego siguen más retratos.
[Por favor, mira la nota al final de este texto].
Claro que es frívolo. Todo es muy frívolo. Todo es un postureo tonto que se basa en que ninguno tenemos ni idea de arquitectura ni sabemos valorarla objetivamente. Así que un gran arquitecto será más y mejor arquitecto y más y mejor loquesea si sale en las portadas de revistas de moda, si viste bien, si nos vende la moto del glamour y nos sacude a todos en este mundo de oropel y mentira. ¿Para qué hablar de arquitectura? ¿Quién narices entiende algo de arquitectura? ¿Qué es eso de la arquitectura? ¿Quién sabe a estas alturas distinguir o apreciar la buena arquitectura? No es de esto de lo que estamos hablando. No es de esto de lo que habla el Pritzker.
Tan cierto es esto que el jurado del Pritzker no le da el premio (solo) por ser buen arquitecto ni por hacer buena arquitectura, sino por su "compromiso con la sociedad".
El acta dice que Alejandro Aravena "abre nuevas oportunidades a los menos privilegiados, mitiga el efecto de los desastres naturales, reduce el consumo de energía y genera nuevos espacios públicos". (Les ha faltado decir que previene la caída del cabello y que cuando hace "pop" ya no hay stop).
Es decir: Estamos ante un premio de arquitectura que no sabe valorar ni defender suficientemente la arquitectura ni quiere entrar en tan espinoso asunto y apuesta por otros conceptos y por otros valores no arquitectónicos.
Muy bien: Compromiso social.
Tenemos ya el summum: No sólo es guapo, sino que se enrolla con los pobres y necesitados. Es encantador. Es para comérselo (mi editor no me deja escribir "follárselo"). ¡Maldita sea! ¡Es el puto Richard Gere!
Quedamos en que Aravena se implica en facilitar las condiciones de habitación de las clases más desfavorecidas. ¿Y cómo lo hace? Pues muy fácil: Por ejemplo en la Quinta Monroy les hace media casa guay para que ellos chabolicen a su puta bola la otra media.

 1.- Se construyen medias casas muy pobres pero muy cool.

 2.- Entre cada dos mitades guays hay un espacio para hacer las otras mitades cutres.

3.- El estado final es muy divertido. Tanto que ya podría irse a vivir allí el jurado del premio.

(Tiene tela lo que dice el acta de que este brillante arquitecto "genera nuevos espacios públicos". Lo que hay que oír. Ved en esta última foto la calidad y el carácter de esos nuevos espacios públicos).

miércoles, 30 de marzo de 2011

El cuadrito rebelde


Le acaban de dar el premio Pritzker al arquitecto portugués Eduardo Souto de Moura. (En los periódicos, al premio Pritzker siempre lo llaman “el Nobel de la arquitectura”, lo que me parece un claro signo de papanatismo. Es como cuando llaman a cualquier premio “el Oscar de…”).
De Souto de Moura hay mucho escrito y publicado, y no es este el lugar donde explicar quién es. (Ya he puesto el enlace a la wikipedia para una documentación urgente y perentoria).
Más bien os diré lo que opino de su obra. Pero opino demasiadas cosas y, como me conozco y sé que propendo a la diarrea verbal, escribiré sólo sobre una chorradita en una celosía.


En esa celosía hay un cuadrito que se sale de madre, y en ese cuadrito, en esa boutade (en francés se dice boutade; en español se dice salida de pata de banco), quiero ver la excepción a la regla, la reserva mental, el derecho a protestar o a rebelarse. A ese cuadrito le veo vida propia y afán rebelde. Y tomo ese cuadrito para que me ayude a ver un par de cosas en la arquitectura de Souto de Moura.
Podemos decir, sin temor a equivocarnos demasiado, que la obra de Souto de Moura es racionalista, funcional, canónicamente moderna. Pero en cada uno de sus edificios hay un cuadrito cabezota y protestón, un “sí, pero”, una cana al aire fuera del rigor del conjunto.

Siempre estamos a vueltas con lo mismo: racionalismo contra intuición, orden racional contra expresionismo, contra ansia de libertad, contra vida. Souto ejemplifica muy bien esta lucha. Cree en la racionalidad, en la geometría, en el método, y su obra es limpia y clara, iluminada por estas certidumbres. Pero sabe que esta cuadrícula no es suficiente. Agradece el papel pautado para escribir cómodamente, pero se reserva el derecho a saltarse los renglones, a hacer una llamada en diagonal o a trazar una elipse o una estrella con rotulador gordo cada vez que le apetezca. El racionalismo, el papel rayado, es una herramienta, y la usa en cuanto le sea útil, pero no por ello se ve obligado a seguirla usando cuando le oprima o le fastidie.