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miércoles, 20 de agosto de 2025

Una casa (3)

(No pensaba añadir ninguna entrada más a las dos anteriores, que di por concluidas, pero me he encontrado con esta historia y creo que tiene mucho que ver. Además, en las anteriores me refería a la importancia de los habitantes y a la muy poca de la arquitectura, y aquí, para compensar un poco, sí quiero señalar que la arquitectura puede tenerla, y mucha).


EL ÚLTIMO CLIENTE

A mi contacto de bluesky C6H4(CH3)(NO2),
@nitrotolueno.bsky.social, que me dio esta
preciosa información: el último cliente.


Roland Reisley ha cumplido ciento un años en mayo pasado y es el último cliente vivo de Frank Lloyd Wright.


Ahí lo tenéis, en la terraza, bajo el voladizo, de su casa de Pleasantville, NY, que la Frank Lloyd Mopnograph fecha en 1951(1).

Ronald no solo es el último cliente vivo de Wright, sino que además lleva viviendo setenta y cuatro años, ininterrumpidamente, en la casa que el arquitecto le diseñó.

jueves, 31 de julio de 2025

Una casa (2)

Tengo una imagen muy viva de mi tía Pepa asomada a ese balcón (el que está marcado con una elipse roja).

Llevaba un  jersey de color azul eléctrico, que he evocado tantísimas veces en mi vida que me vuelve a parecer que lo estoy viendo, y nos hacía señas, muy contenta.

He dicho que la imagen es muy viva, y también que llevo toda la vida rememorándola, pero no por eso ha de ser cierta. La memoria es una traicionera. No obstante, lo voy a contar como creo que lo recuerdo.

Mis padres acababan de comprar ese piso en Madrid. Yo tenía tres años (siempre he pensado que ese día que vi a mi tía Pepa en el balcón yo tenía tres años, pero vete a saber). Por lo tanto era (o debía de ser) el año 1963.

Veníamos de la Estación de Radio de Pozuelo del Rey, en cuyo poblado para empleados habíamos estado viviendo unos años. (Según me contó muchas veces mi madre, yo había dicho allí mi primera frase(1) y también, por lo visto, me daban unos enormes zumos de tomate en un vaso de cristal con lunares rojos. Y ya está. No puedo decir más de mi paso por la estación de radio).

Yo iba con mi abuelo Vicente, pasajeros en la cabina del camión de la mudanza, y cuando enfilamos la calle (que entonces era de dos sentidos) vimos a mi tía y nos pusimos muy contentos, seguramente porque nos sirvió de indicación de cuál era la casa, que no conocíamos.

jueves, 24 de julio de 2025

Una casa (1)

¿Habéis pensado alguna vez qué es una casa? Por supuesto que sí, y habréis obtenido un montón de respuestas y de ideas. Podríamos estar hablando horas y horas. Pero yo hoy no tengo ganas de hablar (de escribir), y veo que Jean-Jacques Sempé me da la entrada hecha. Voy a poner una secuencia de dibujos suyos y ya está.

Yo conocí a Sempé, supongo que como nos ha pasado a tantos, como el ilustrador de los relatos del Pequeño Nicolás, de René Goscinny. Venerador de Don René desde que me alcanza la memoria, leía las divertidas historias del pequeño escolar por el placer del texto, y veía los dibujos como agradables aderezos, pero nada más. Qué ignorante. Poco a poco fui descubriendo obras de Sempé en solitario, y comprobando que es uno de los mayores poetas visuales que he conocido. Tiene un poder de observación y de evocación, un tacto y un cariño verdaderamente prodigiosos.

Hoy me voy a limitar a poner diez dibujos suyos en secuencia. Cuentan una historia al mismo tiempo triste y feliz, plasman con nitidez lo que es la vida, pero concretamente, para lo que aquí me ocupa, nos explican extraordinariamente qué es una casa.

Por favor, id viéndolos en orden, despacio, paladeando cada elemento que aparece, cada gesto, y no escatiméis ni sonrisas ni lágrimas.

Qué preciosidad.

sábado, 16 de noviembre de 2024

Una sola casa

Soy un pésimo lector de poesía. Mi mente me castiga a no alimentar evocaciones, a no dejarme llevar, a no disfrutar de la mera sugerencia, de la mera ensoñación, del mero estímulo. Mi mente quiere comprender, hacer un esquema, una estructura, un argumento. Estoy mucho más cómodo, mucho más en mi ambiente con la narrativa que con la poesía. En la narrativa sí admito, e incluso disfruto, saltos en el tiempo y en el espacio, tramas divergentes, voces variadas e incluso contradictorias: Las intento encajar en una estructura y a menudo lo logro. Pero con la poesía no suelo entender nada. O, mejor dicho, nunca lo entiendo todo.

Me intento convencer a mí mismo de que en la poesía no hay que entender. Hay que percibir y sentir. Hay que disfrutar de la belleza y de la sorpresa. Hay que tener el valor de asomarse a la maravilla y de dejarse atravesar por ella. Sí. Lo sé. Pero mi yo mezquino, mi yo racionalista (y funcionalista) se pregunta: "¿y entonces qué?", "¿y esto qué significa?", "¿y por qué?", y se queda insatisfecho.

Si frecuentáis este blog os habréis dado cuenta de que me gusta explicar tanto lo que muestro como lo que pienso, a veces incluso con alguna pesada prolijidad. De la misma manera me gusta que me expliquen las cosas, y la poesía no suele explicar nunca nada. 

Aun así leo poesía; no tanto como leo novela, ni mucho menos, pero la leo. (Algo. Poco). Y la subrayo. La subrayo pensando con arrogancia que señalo lo más evocador y fantástico, pero me temo que lo que señalo es lo que entiendo, que no solo no es lo mismo sino que seguramente sea lo contrario. Lo evocador y lo fantástico debe de ser lo que no entiendo, y precisamente porque no lo entiendo.

Ilustración de Pere Joan

sábado, 29 de octubre de 2022

La casa de John Wayne

A Emilio


Acabo de ver por internet esta magnífica foto de John Wayne y me he quedado loquísimo.

No sé nada de ella, y me sugiere (quiero que me sugiera) que está tumbado en el sofá de su casa, aunque bien podría ser una foto de estudio, de promoción, de publicidad o de quién sabe qué. En todo caso quiero seguir suponiendo que sí, que esa es su casa; que sí, que así vivía él en su intimidad.

Sí, ya sé que un actor tiene muchas vidas y muchas caras, pero se le ve tan natural, tan cómodo, tan en su salsa que me lo quiero creer. (Ay, si de verdad lo fuera. Yo apuesto que sí).

martes, 25 de agosto de 2020

La casa

Este verano es un buen momento para releer el cómic La casa, de Paco Roca, porque es una obra estupenda y porque las casas de verano son eso, como las bicicletas: para el verano.

Os destripo el cómic. Perdonad:

Trata de que, tras la muerte de su padre, tres hermanos, que son por orden de edad José Ramón ("Mon"), Fernando ("Nando") y Gema (quien tras "Gemusléibol" y otras gracias que le decían sus hermanos cuando era niña quedó sencilla y definitivamente en "Gema") van a la casa de Seseña, que se encuentra en un estado de abandono, para deshacerse de muchísimos trastos y ponerla en orden encargando la limpieza, la pintura y la reparación o sustitución de algunos aparatos.

Sus padres, Vicente y Elvira ("Viri"), seseñeros, nada más casarse se fueron a vivir por ahí. Él era empleado de Telefónica y estuvo destinado en varios sitios, pero durante poco tiempo. En seguida se establecieron en Madrid y allí se quedaron.

No tenían casa en Seseña, y por lo tanto iban allí muy de cuando en cuando a visitar a sus hermanas, y se volvían en el día. Mon, el mayor de sus hijos, recuerda haber pasado una navidad en la casa de su tía Celia. Aún siente vívidamente la alegría de despertarse en casa ajena: esa sensación de euforia y de aventura. Pero pasar una noche en el pueblo era algo excepcional. Las molestias eran considerables para todos.

Hacia 1969 o 1970 uno de los cuñados de Viri (el marido de su hermana Carmen) se lio la manta a la cabeza y se puso a hacer unos pocos chalés porque parecía que el pueblo, bastante cercano a Madrid, iba a tener tirón. Vicente y Viri reservaron el primero. De modo que casi se podría decir que ese boom de Seseña que décadas después devino en locura lo estrenaron ellos.

La casa era modestísima y baratísima: un pequeño rectángulo de planta baja con solera directa de hormigón y muros de carga de medio pie de ladrillo. Justo entonces Vicente se sacó el carnet de conducir, se compró un SEAT 850 (M 562358) y ya no dependieron más de la AISA. A partir de entonces pasaban todos los fines de semana, las navidades y, sobre todo, los veranos, en la flamante casa de Seseña.

A Vicente le tocaba levantarse a las seis para ir a Madrid a la oficina, y Viri trabajaba con muchas más incomodidades que en su casa de Madrid, pero los tres niños, o, mejor dicho, los dos adolescentes y la niña pequeña -Gema había venido cuando ya no se estilaba- se lo pasaban en grande.

Las tardes eran lo mejor: Vicente, después de la siesta, se ponía a regar los setos y los dos chopos, e incluso los tres árboles de la calle que correspondían a la cerca de la casa. Dejaba la manguera correr y se sentaba a leer en una mimbrera ante la puerta, en una zona que por dar al norte estaba casi fresquita. Ante esa puerta cayó casi todo Frederick Forsyth y casi todo Lapierre y Collins. Viri lo dejaba regando y leyendo y bajaba al pueblo (el chalet estaba un pelín retirado y en alto) y pasaba la tarde con sus hermanas: O bien en la ventana de la casa de Carmen (la mejor ventana de Seseña, con dominio absoluto de toda la plaza Bayona y al mismo tiempo en un retranqueo discretísimo, desde donde se podía gacetear a placer sin descaro), o bien en la plaza de la iglesia, ante la casa de su hermana Nandi. Siempre había novedades y, sobre todo, muchas visitas y mucha tertulia.

Mon y Nando salían con sus amigos (cada uno con los suyos, porque se llevaban dos años y eso era un abismo), montaban en bici, jugaban al fútbol, y Gema, la pobre, como era tan pequeña, tenía que ir con su madre a estar con sus tías.

(Inciso: Al seto inicial Vicente le fue añadiendo unas adelfas y unos rosales. Los chopos fueron talados porque causaron un pequeño desastre: Sus raíces invadieron el pozo negro y una especialmente atrevida llegó desde él al manguetón del inodoro, provocando un tapón y una avería considerable(1). Tras aquello, en uno de los alcorques huérfanos nació espontáneamente una higuera, y menos mal, porque según la tía Mercedes el año en que se planta una higuera muere alguien de la familia. Esta no había sido plantada, por lo que ella dijo que la familia estaba a salvo; y en efecto: Se cumplió el año y no murió nadie. En el otro alcorque Vicente plantó un ciruelo, este sí que aposta y a conciencia).

La casa tuvo años de gloria, de esplendor y de alegría, pero Vicente y Viri se fueron haciendo mayores y cada vez iban menos. Vicente conducía ya muy mal (nunca había sido muy bueno, pero ahora era un peligro) y Viri no sobrellevaba bien las incomodidades de la casa, aunque reunirse con sus hermanas le daba la vida. Pero el caso es que por una cosa o por otra les daba cada vez más pereza, con lo a gusto que estaban en su piso de Madrid. Y los hijos, excepto el mayor, iban haciendo su vida por otros sitios.

En resumen: La casa de Seseña fue decayendo poco a poco y acabó por quedar semiabandonada. Gema vivió una temporada en ella, pero no terminó de consolidarse.

viernes, 18 de agosto de 2017

En casa

A Mapila, que me enseñó el ingenioso
adminículo que aquí cuento.

Los arquitectos hacemos casas y para ello aplicamos algunas técnicas de oficio, algunas destrezas y cada vez más normativa, pero hay algo que está por encima de todo eso: Cuando alguien se hace su casa o se la compra busca su lugar en el mundo, su castillo, su sitio a salvo, su hogar.
"Estar en casa". "Estar como en casa". "Ponte a gusto. Estás en tu casa". "Jugar en casa". "Como en casa no se está en ningún sitio". "La casa de los Tal". La casa es la familia, la estirpe, es el núcleo de los míos, y es mi baluarte. En mi casa no me puede pasar nada malo.
Vienes de la calle, de la lucha diaria, y al llegar a tu casa sientes cada día como cuando eras un niño y jugabas con tus amigos al escondite o al rescate: "¡Casa!" Y ya no te podían agarrar. Ya podías burlarte en la cara del que se la ligaba (en mi pueblo "la hincaba"), que no podía hacerte nada.

De madrugada abres los ojos por enésima vez. "Ya está tardando mucho mi hijo. ¿Dónde estará?" Qué alivio cuando por fin oyes la llave en la cerradura. "Ya ha llegado. Ya está en casa". Y entonces el sueño inquieto, el duermevela porque faltaba uno en casa, se puede convertir ya en sueño placentero "a pierna suelta". Ya estamos todos. Estamos a salvo.
Toda la familia está en la sala, viendo la tele, sesteando, y de pronto suena el timbre. Sobresalto. ¿Quién será? Por unos instantes todos temen que sea algún portador de malas noticias, alguna complicación, algún intento de invasión al santuario familiar.

Cuando intentan asesinar a Michael Corleone, lo que más le indigna en definitiva (y así se lo dice a su consigliere y cuasi hermanastro Tom Hagen) es que haya sido en su casa. "¡En mi casa! ¡En mi propia casa!"
En efecto, el mundo es peligroso, pero la propia casa ha de ser segura. Es su obligación.


El otro día paseaba por la calle Mayor de Alcalá de Henares y mi amigo Mapila me hizo notar que en el techo del soportal, ante las puertas de muchas casas, había un agujerito cuadrado de unos diez centímetros de lado y de unos quince o veinte centímetros de profundidad, terminado en una especie de remate o tapa superior.
Me preguntó que qué creía que podían ser esos agujeros. (Esto de ser el arquitecto del grupo le pone a uno en muchos compromisos. Menos mal que no soy médico).
Le dije que no tenía ni idea. (Pensé en algún tiro de ventilación, en alguna especie de estufa que se colocara antiguamente en la calle junto a la puerta y cuyo tubo pasara por ahí, pero me abstuve de decirlo porque Mapila tenía una mirada traviesa de "no lo vas a acertar en la vida").
Había varios iguales, ya digo, así que no se podía pensar en una casualidad o una excepción.