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lunes, 16 de febrero de 2026

Radical

Mi compañero y amigo Miguel Barahona nos ha dejado con hambre; con ganas de más, de mucho más, al dar por terminada su sección "Casas Radicales" en la revista Diseño Interior.

El pasado mes de noviembre la revista ha publicado la última; la última de CIEN, repartidas mensualmente durante más de diez años.


¿Qué han sido las "casas radicales" de Miguel Barahona? Todo empezó en 2012, cuando publicó en esa revista el artículo "Ocho casas raras". Gustó mucho y le pidieron más casas raras. Entonces él propuso una sección que comenzó en el año 2015, y, como digo, han salido cien.

jueves, 18 de enero de 2024

Bonito (otra vez)

Me repito mucho. Ahora iba a ponerle a esta entrada el título "Bonito" y me ha dado la vaga sensación de que ya lo había usado. He buscado y sí: aquí. Por eso añado ahora "(otra vez)", y podría seguir con ("y las que hagan falta").

Ay, lo bonito; qué bonito.


Para empezar a aclarar los conceptos diré que no voy a hablar de pez teleósteo alguno, lo que deja la cuestión reducida a algo más bien "lindo, agraciado, de cierta proporción y belleza".

Los arquitectos, en general (yo diría que casi todos), odiamos la palabra "bonito" referida a la arquitectura porque no es un término que nos sirva para nada. ¿Qué es un edificio bonito, una ventana bonita, una bóveda bonita? Nada. Bonito no es un criterio arquitectónico ni un rango de valor. Por eso nos pone nerviosos que este adjetivo tenga tanto predicamento entre la población lega, y no digamos ya que nos pregunten si tal edificio nos parece bonito. A veces contestamos, un poco (bastante) indignados: "¡Este edificio no es bonito: es bueno!".

Eso, como digo, ya lo he contado y no quiero extenderme ni repetirme demasiado. Lo que pretendo contar ahora es que para todo hay alguna excepción, y para esto que acabo de decir, y que nos parece tan claro y tan evidente a (casi) todos los estirados arquitectos, está la del brillante Bernardo Angelini, del estudio zigzag arquitectura (con su socio David Casino).

jueves, 8 de junio de 2023

... yo ya no sé qué es bonito (segunda parte)

El sábado 20 de mayo se presentó en la librería madrileña La Hora Azul el libro colectivo Arquitectura con arquitectas, coordinado y dirigido por mis compañeras y amigas profesoras de la URJC Fermina Garrido, Elena Escudero y Raquel Martínez.

El libro surge de un grupo de trabajo y de investigación de la Universidad Rey Juan Carlos y trata de un montón de aspectos, proyecciones y consecuencias del género en el ejercicio y el uso de la arquitectura y del urbanismo.

(Ni que decir tiene que la elaboración, coordinación y, sobre todo, financiación del libro ha sido una labor ardua, difícil, lenta y paciente, que ha acabado con este fruto tan hermoso y necesario editado con Ediciones Asimétricas).

No es "un libro de chicas sobre arquitectura" (de hecho en él escriben unos cuantos chicos), ni "un libro para chicas", ni un "ya estamos con la milonga del género por aquí y por allá", sino que aglutina unas cuantas investigaciones que nos interesan y nos importan a todos (y aquí uso el masculino genérico con toda intención).

No voy a desarrollar el contenido del libro (aunque merecería una entrada más que de sobra), sino que, egoístamente, voy a contar cómo vi la presentación y cómo la sentí.

lunes, 3 de abril de 2023

Un recuerdo agazapado

Tengo un mal recuerdo agazapado en mi interior desde hace cuarenta y dos o cuarenta y tres años. Es un recuerdo de una situación ridícula y vergonzosa que viví, y que -qué puñetera es la memoria- no se me olvida. Se pasa meses o incluso algún año escondido, pero respira ahí dentro, y con cualquier asociación de ideas o de sentimientos sale de repente para volver a atormentarme.

Para colmo, después de todas estas décadas de paréntesis más o menos larvado, el protagonista de este episodio, mi acusador silencioso y tal vez involuntario, se ha vuelto a cruzar en mi camino y su presencia me llena de vergüenza.

Supongo que él se olvidaría de esto unos minutos (o tal vez unas horas) después de que ocurriera, allá por el año 1980, pero yo me imagino que no, que lo sigue guardando en su interior, que atesora un desprecio e incluso un odio (más que justificado) hacia mí y que muy pronto se vengará.

No quisiera dar muchas pistas, aunque por lo que digo tal vez alguien sea capaz de averiguar de quién voy a hablar. No tiene mayor importancia, porque soy yo y no él quien queda mal parado, pero aun así prefiero evitar mencionarlo por si le incomodara aún más.

En la escuela de arquitectura de Madrid teníamos en los primeros cursos unas asignaturas de dibujo de las que ya he hablado aquí alguna vez (dibujar el alma de las gallinas, pintar el miedo, pero también estatuas, ambiente y modelo desnudo; en definitiva dibujar y pintar bien, con expresividad y control).

Ya conté que esas asignaturas se me dieron mal y me costó aprobarlas. Por esa razón lo que para muchos era una ocupación divertida y muy agradable (y más si se la comparaba con el álgebra o con el cálculo diferencial) a mí se me hacía un calvario. Me gustaba mucho y me sigue gustando dibujar, pero ante los resultados y los comentarios de los profesores me sentía muy frustrado y muy decepcionado. (Sin embargo en álgebra y cálculo era muy competente).

Las aulas de dibujo eran muy grandes y estaban llenas de caballetes. Allí le dábamos sobre todo al carboncillo, a la sanguina, al pastel y a las témperas. Nos poníamos perdidos, como no podía ser de otra manera. Adjuntos a las aulas había unos grandes aseos-lavaderos con cabinas de inodoros y (más que lavabos) pilas llenas de chafarrinones de pintura donde nos lavábamos las manos y todos nuestros equipos.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

CC

(A los profesores buenos)


En la escuela de arquitectura fui un alumno aplicado, y como además siempre se me habían dado bastante bien las matemáticas y similares iba aprobando las asignaturas por curso, parcial a parcial.

Bueno: No todas. Igual que creía (con fundamento) que yo valía para las teóricas, también había pensado siempre (sin razón) que dibujaba bien. En el colegio sacaba muy buenas notas en dibujo, pero esto era otra cosa. Suspendí desde el primer año, y a partir de ahí llevé siempre retrasadas las gráficas. Como una rémora. Como una maldición.

Por fin en tercer curso teníamos Elementos de Composición, que era la asignatura de introducción a proyectos, y ahí me tocó intentar diseñar algo por primera vez en mi vida. Qué desastre. No lo había hecho nunca y no tenía ninguna aptitud.

Durante ese curso aciago me arrastré vergonzosamente por la infausta asignatura. Un día el profesor me preguntó en un aparte qué tal llevaba las demás, y yo le dije que muy bien y le expliqué lo que he dicho antes. Me aconsejó entonces, con un tono verdaderamente amistoso y paternal, que dejara esta carrera, para la que obviamente no estaba llamado, y me pasara a alguna ingeniería, donde me iba a ir mucho mejor.

Yo le creí. Creí de verdad que lo decía por mi bien. Me vine abajo.

Ille scit quis est(1)

Llegué a mi casa hecho polvo y se lo conté a mi padre. Se me saltaban las lágrimas. Mi padre me miraba con impotencia, y acabó diciéndome que si eso era lo que me aconsejaba el profesor debía hacerle caso. Yo le dije, deshecho: "Pero es que yo quiero ser arquitecto".

Qué impotencia. Lo que yo más quería no era para mí. Me estaba negado. ¿Por qué? ¿A santo de qué quería con tanta intensidad algo para lo que no estaba dotado en absoluto? Qué absurdo. Qué pena. Qué desastre.

Mi padre se había quedado con la frustración de estudiar una carrera universitaria, y siempre había querido que sus hijos la hiciéramos. Yo era el mayor y el que estaba abriendo el camino en casa. Él era un hombre bueno, honrado y decente, que creía profundamente en la preparación, la dignidad y la sabiduría de los profesores, y juzgaba (como yo) que si uno de esos seres sublimes se había dignado a prestarme la atención suficiente como para darme esos consejos, lo que yo tenía que hacer era seguirlos agradecidamente.

A esas alturas de curso lo único que podía hacer era terminarlo como mejor pudiera, intentando aprobar las teóricas para ver si me las convalidaban al año siguiente en teleco, que era la opción que mi padre siempre había deseado para mí y que yo ya asumía como segunda, una vez que renunciaba a la primera.

Terminé el curso, aprobé todas las demás y, no sé por qué, al siguiente, en vez de irme de allí, repetí la asignatura maldita con otro profesor. Aprobé en ese segundo intento con un cinco pelado: Seguía siendo un alumno bastante lamentable y que iba a rastras. Un perdedor.

Algunas décadas después dos amigos me contaron que habían cursado con ese mismo profesor, en dos años diferentes, y a los dos les había dicho lo mismo. Y ninguno le había hecho caso. Hoy son arquitectos más que decentes y presentables.

Así que era una estrategia, una pose, una escena ensayada. Así que se lo decía a todo aquel que no era lo suficientemente brillante. Y se lo decía en el curso previo a proyectos, en la primera intentona que había tenido el alumno de diseñar algo. O sea, que o eras estupendo ya a la primera o te decía que te largaras de allí. Desde luego él no te iba a animar a mejorar, ni a enseñarte nada, ni a proponerte un camino de aprendizaje.