Le ha recordado concretamente lo que conté aquí. No debería repetir lo que ya dije (y menos después de haberos puesto el enlace a aquello, para que lo leáis si queréis), pero es que precisamente Carlos (¿o Karlos?)(1) Garmedia es amigo virtual mío de las redes y le sigo y le admiro desde hace tiempo. Primero lo admiré como fotógrafo (todas las fotos de esta entrada son suyas, y pueden verse, con otras cuantas más, en su web), y después, casi simultáneamente, por sus tremendas obras de arquitectura y por su formidable abuela.
Vi una reforma que hizo en una oficina de Bilbao que convirtió en vivienda y me quedé entusiasmado, y recuerdo perfectamente cuando me enseñó esta obra recién terminada y ya me maravilló. En ambos casos, muy audaces, no paraba de alabar a sus clientes. Parece que este no le ha pagado con la misma moneda.
Carlos es un arquitecto brillante, lleno de talento y de valentía. Optimista, creativo, feliz. Creo que estas cualidades son buenas para todo el mundo, pero si eres arquitecto con más razón, porque siempre estás proponiendo cosas inciertas, dudosas, arriesgadas, y necesitas una enorme dosis de optimismo y de confianza para hacerlas realidad logrando el apoyo y concertando el entusiasmo de todos los demás, especialmente de los clientes.
Carlos Garmendia trabaja con Álvaro Cordero Iturregui, a quien no conozco, pero no es justo que no lo mencione. Ambos se meten en unos proyectazos que le dejan a uno sin aliento.
En esta ocasión se enfrentaron a la ardua tarea de meterle mano a una muy pequeña iglesia (muy poco más que una ermita) en ruinas, en el municipio de Sopuerta (Vizcaya). Fue construida a finales del siglo XVI y reformada y ampliada en el siglo XVIII. Cuando ellos llegaron allí no tenía tejado (bueno, sí lo tenía, pero todo caído en el suelo), estaba abandonada y sus muros se encontraban en una situación muy inestable. El edificio estaba desacralizado y completamente arruinado, y a su nuevo propietario le sedujo la idea de convertirlo en una vivienda de fin de semana y vacaciones.
Aquí hay que decir que bravo por el propietario, que olé por su visión -no a todo el mundo se le ocurriría hacerse una casa en las ruinas de una iglesia; da un poquito de repelús-, que Carlos siempre ha valorado y agradecido, y llamó a su amigo para que le hiciera el proyecto.
Por supuesto, en una cosa tan especial la colaboración entre arquitecto y cliente es fundamental, la confianza ha de ser ciega y el trabajo conjunto y muy fluido, pero cabe preguntarse qué habría logrado este ingrato sin Carlos. Dice que todo es suyo: "jefe de obra, planos, pisos, escaleras..." Ya, claro que sí, majete. Y añade: "Se me fueron ocurriendo a mí sobre la marcha". Los cojones.
-Perdona, cariño. Me he cegado.
-¡Pues no se ciegue!





