miércoles, 4 de febrero de 2026

Dos dedos de frente

Arabia Saudita es un país que se caracteriza por tener todo el dinero del mundo. Todo lo que puedas imaginarte, pero multiplicado por el número que puedas imaginarte.

¿Emplean ese dinero para que sus habitantes vivan con comodidad y placer? ¡No! Lo emplean para, ya que están empezando a descubrir el fútbol, y parece que les puede gustar, fichar a Cristiano Ronaldo, o celebrar en su país la Supercopa de España [tal cual] y el Campeonato Mundial de Fútbol. Porque tienen todo el dinero del mundo para sobornar a quien haga falta y para celebrar lo que haga falta. Aunque en los campos de fútbol haya una temperatura de 60 ºC. Si es menester se celebra en diciembre, alterando todos los calendarios de competición de todos los participantes, y si hay que instalar un potentísimo aire acondicionado de exteriores se instala. Como las puertas de El Corte Inglés, pero a lo bestia.

El dinero es muy erótico, pues su omnipotencia da un placer indescriptible. El dinero es el verdadero dios, y todos los humanos, al parecer, tenemos que adorarlo. Todas las sociedades son fundamentalistas del dinero y hacen que esa religión sea obligatoria.

Por dinero le hacen a Rafael Nadal "embajador del tenis", y da igual que violen los derechos humanos, que ese cargo sea obsceno y que Nadal tenga ya suficiente dinero como para no tener ninguna necesidad de pasar por esa abyección. Nadie tiene nunca suficiente dinero, y por lo tanto Arabia Saudita puede hacer lo que quiera con quien quiera.

Cuando la omnipotencia se te mete entre los pliegues de la glándula pineal es como cuando las patatas Pringles hacen "pop": ya no hay stop. Ya se vuelve uno loco y puede hacer lo que se le pase por las meninges y por el higo.

Por ejemplo, una ciudad que sea un único edificio recto de 170 kilómetros de largo en el que vivan, trabajen y gocen un millón de personas (en otra fuente leo nueve millones). Ah, y todo eso en pleno desierto. Lo normal.

jueves, 29 de enero de 2026

Arquitectura de la maldad

Siempre, de una forma u otra, el poder necesita arquitectura, y siempre encuentra arquitectos que le sirvan y se la proporcionen.

Cuando el poder responde a la democracia, a la justicia y al progreso, sus arquitectos hacen un gran servicio a la sociedad, pero cuando es tiránico se lo hacen al tirano. No podría ser de otra manera. Y, desgraciadamente, siempre ha habido y hay arquitectos disponibles para ello.

Un arquitecto quiere hacer arquitectura, y cualquier cosa que le sea dado construir la hará encantado: por la fama, por el dinero, por el prestigio, por el ego, por la soberbia, por el vértigo, por la eternidad, por lo que sea, e incluso a veces por el miedo.

Un arquitecto antitaurino hará una plaza de toros, uno vegano un matadero, uno ateo una iglesia y uno ambiguo-conservador un monumento a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Lo que sea. Lo que le encarguen. Lo que pueda. Y siempre será (se dirá a sí mismo para justificarse) por la magnífica oportunidad de experimentar con un tipo arquitectónico, con un espacio, con una función, con una expresión plástica, con un emplazamiento, con lo que sea.

Hay excepciones que honran a quien las protagonizó, pero no son las más.

viernes, 23 de enero de 2026

Alegrar [jaqueo]

¿Tenéis hijos? ¿Y qué queréis para ellos? (Y aunque no los tengáis, imaginaos qué querríais si los tuvierais). Pues, claramente, que sean felices. Que estén sanos. Que sean buenos. Que sean inteligentes. Que sepan ganarse la vida para vivirla sin agobios... Tantas cosas.

Roberto Fontanarrosa (el Negro Fontanarrosa) fue un escritor, historietista y humorista (en el más amplio y alto sentido de la palabra) argentino. Gran aficionado al fútbol (fanático del Rosario Central) y formidable conversador y filósofo de lo cotidiano.

Una vez le preguntaron (y a eso iba yo) qué querría para su hijo, y él contestó: "Que sus amigos se alegren cuando lo vean llegar".

martes, 13 de enero de 2026

Contra el sentido común

Lo primero, permitidme un poco de autobombo: Hasta ahora mismo (13 de enero de 2026, 20:12 h), este blog ha sido visitado dos millones quinientas diecinueve mil trescientas cincuenta y tres veces.

Algo que yo no podía ni siquiera imaginarme cuando lo comencé hace quince años y medio. Algo verdaderamente inaudito y que me pasma.

Me di cuenta ayer y lo dije en las redes, y en seguida empecé a recibir felicitaciones. Los visitantes, tanto habituales como esporádicos, de este blog tienen una generosidad descomunal y me han dicho muchas cosas muy hermosas. Una de ellas, que sin duda es elogiosa, es que escribo sobre arquitectura de una manera bastante clara y sensata. Es decir: por una parte doy mis opiniones sin jeribeques estilísticos ni solemnidades huecas, y, por otra, lo hago con sentido común. Maldito sentido común.

lunes, 29 de diciembre de 2025

El cehomo

En mi pueblo, a alguien que va sucio, estropeado y desharrapado, siempre se le ha llamado cehomo. Mi madre, como todas, me lo dijo a mí, como a todos: "Pero mira cómo vienes; estás hecho un cehomo". Es (o era, porque ya se pierden los modismos y las particularidades del habla) un acortamiento de Ecce homo, que es lo que Poncio Pilatos dijo ("Eh aquí al hombre") cuando presentó a Jesús, flagelado, lastimado, ensangrentado y coronado de espinas, a la multitud. Y todos los muchachos que veníamos a casa después de jugar un partido o de corretear por la calle estábamos en un estado, si no tan lamentable como el de Cristo en esa tesitura, muy lejos del del niño peinadito y limpito al que nuestras madres aspiraban.

Veo que el diccionario de la RAE no contempla cehomo, y por lo tanto es una palabra que yo solo he oído, pero no puedo acudir a autoridad, por lo que no puedo asegurar que tenga la hache intercalada que le pongo. Sí recoge eccehomo, con la doble acepción de la imagen de Jesucristo como Pilatos la presentó al pueblo y también la de "persona lacerada, rota, de lastimoso aspecto".

Esa imagen de Cristo doliente es tan potente que ha sido un tema habitual en la historia de la pintura occidental, y todos los grandes pintores la han hecho. Sin embargo, desde el año 2012, para todos nosotros ya solo hay un Ecce Homo: el del Santuario de la Misericordia de Borja (Zaragoza).

viernes, 19 de diciembre de 2025

El fontanero, el calefactor, la Virgen de los Remedios y cinco céntimos de lotería

(CUENTO DE NAVIDAD)

Un grupo de amigos de una pequeña capital de provincia, casi todos arquitectos, se reunían a comer una vez al mes en un restaurante de moda. Todavía eran jóvenes, pero ya apuntaban a ese estatus de profesionales burgueses bien asentados en la sociedad y bastante prometedores e incluso incipientemente exitosos.

Eran, según los meses, entre seis y ocho. Había un arquitecto del ayuntamiento, otra de la diputación, una de medio ambiente y tres o cuatro liberales con estudio propio, alguno de ellos en la directiva del colegio de arquitectos. Siempre conocían a los miembros de una o dos mesas próximas, a quienes saludaban con afectación. Era una ciudad pequeña y ellos estaban muy bien relacionados con la crème.

Las comidas eran muy divertidas. Eran gente ingeniosa y tenían su punto ácido y crítico sobre todos los episodios que ocurrían en la ciudad. Pero también conservaban ese gusto y ese desparpajo sobre la arquitectura que les hacía creer que eran mejores arquitectos de lo que en realidad eran. Al menos se consideraban más que capaces de criticar con mucha gracia el proyecto que un famoso arquitecto portugués había hecho para remodelar el Paseo de los Olmos y el que una brillante española había perpetrado al lado de la Puerta de los Ángeles. Por lo que decían, parecía que cualquiera de ellos los habría hecho muchísimo mejor. 

martes, 9 de diciembre de 2025

Ante la muerte de Frank Gehry

El famoso arquitecto canadiense Frank Gehry ha muerto el viernes pasado a los noventa y seis años, y lo primero que he pensado ha sido: "¡Noventa y seis años!, ¡y en un estado aceptable de salud y de actividad hasta hace nada! ¡Quién pudiera! ¡Firmo por eso!" Y ya. Nada más que decir.

Pero unos amigos me han pedido mi opinión y a ver qué digo. He releído cosas que he escrito en este blog sobre Gehry y me he quedado igual: a ver qué digo. Y he pensado que, ante la muerte de Frank Gehry no me sale tanto hablar de Frank Gehry como de la muerte.

Ante la muerte de Frank Gehry o ante todas las muertes. O también ante la arquitectura y la muerte. O ante la muerte de la arquitectura.

Cementerio judío de Praga