He visto un vídeo en Facebook, pero no lo sé poner aquí, así que os lo contaré mientras muestro algunos pantallazos.
Se trata de la subasta que hace Sotheby's del cuadro Brown and Blacks in Red de Mark Rothko.
Quien sólo sabe de arquitectura no sabe de nada, ni siquiera de arquitectura.
He visto un vídeo en Facebook, pero no lo sé poner aquí, así que os lo contaré mientras muestro algunos pantallazos.
Se trata de la subasta que hace Sotheby's del cuadro Brown and Blacks in Red de Mark Rothko.
La arquitectura estará dotada de todas las intenciones que queráis, será un "hecho intelectual" e incluso "espiritual"; tendrá propósitos, programas, manifiestos, ideas, potencias y lo que se os ocurra decirme, sí, naturalmente, pero es algo físico, material. Es un cuerpo.
No solo es un cuerpo como nosotros(1), sino que a menudo se inspira en nuestros cuerpos para tener unas proporciones bellas, armoniosas, divinas(2). (Si el cuerpo humano es la imagen de Dios, cómo no hacer que nuestros edificios sean la imagen del cuerpo humano)
Tras darse un garbeo por la Feria de Nuestra Señora de la Salud el pasado viernes 29 de mayo, discutiendo probablemente de metafísica, y a lo mejor probando algún producto típico de la tierra, fermentado o destilado, que les ha debido sentar mal, tres jóvenes se han subido a sendas columnas y han orinado ante y hacia la Puerta del Perdón de la mezquita de Córdoba.
Lo primero que se me ocurre es que su situación fenomenológica no les ha impedido trepar ahí, cosa que me parece dificilísima, ni, lo que aún me parece mucho más meritorio, bajarse los pantalones (uno de ellos, según vemos, solo se ha bajado la bragueta) y encontrarse el elemento (aunque también parece que solo se lo ha encontrado el de la bragueta, obviamente el más hábil, centrado y ecuánime; según se ve, los otros dos han dejado fluir la cosa como saliera).
Uno piensa, emocionado, que ambas cosas son puro patrimonio de la humanidad, pura base y estructura de toda nuestra existencia: por una parte una mezquita asombrosa, construida en 786 por Abderramán I y ampliada sucesivamente, y por otra la alegría desatada de la juventud. ¡Ay, juventud, divino tesoro! ¡Qué chisposos los muchachos!
A finales de febrero o principios de marzo de este año leí la convocatoria de los Premios de Arquitectura y Urbanismo de Castilla La Mancha 24-25, que convoca el COACM. Era la tercera edición. Habitualmente estas cosas me entran en la bandeja del correo electrónico, o aparecen en las redes, o las comenta alguien, y yo las veo como las vacas ven pasar los trenes: sin fijarme.
Ya estoy más que acostumbrado a ser un arquitecto del montón, cutre y completamente ajeno a estos oropeles. Sí que miro siempre a posteriori la lista de premiados, porque tengo bastantes amigos muy buenos y a menudo ganadores, y disfruto viendo sus éxitos y felicitándoles.
Ya sé que también estoy solo (o casi solo) en esta batalla, y también sé de sobra que la tengo perdida: la de la fiebre del muralismo:
Sí, es una batalla perdida porque los murales gustan a casi todo el mundo, y además porque se realizan en medianeras perdidas o en fachadas de edificios obsoletos, sosos, feos o incluso ruinosos. Y a menudo ni siquiera en edificios, sino en tapias. ¿Quién se puede oponer a eso? Es hacer "arte urbano" donde hasta ese momento solo había roña y abandono.
Pero aunque no tenga ninguna esperanza contra tales evidencias, me gustaría decir algunas cosas:
Este concepto de "flecha del tiempo" es debido al físico británico Arthur Eddington, que dijo algo que nos parece muy evidente, pero que tiene mucha enjundia: que el tiempo solo va en una dirección, y que es irreversible. Jamás se para y jamás da la vuelta. Lo arrolla todo a su paso.
En esta misma línea, el filósofo Oswald Spengler ya había dicho en su célebre obra La decadencia de occidente que "lo trágico es el tiempo". En el espacio no hay tragedia. Yo puedo ir a tal sitio y perderme, y dar la vuelta, y meterme por otra calle, y volver a perderme, y volver a probar por otro ramal, y volver a equivocarme. Pero sea como sea, tan torpe como soy, si me lo propongo siempre conseguiré llegar. Haré el recorrido más enrevesado y más estúpido del mundo, pero acabaré llegando. Sin embargo, si la cita de mi vida era a las cuatro de la tarde y llego a las seis y ya se ha ido para siempre no hay nada que hacer. O, dicho con otro ejemplo, siempre acabaré llegando a la estación, e incluso siempre conseguiré aparcar, pero lo que no es seguro es que siempre sea capaz de coger el tren que tenía que coger.
En el espacio puedo maniobrar y corregir, pero en el tiempo no. ¡Demasiado tarde! Esta idea evidente de la flecha del tiempo se basa en la segunda ley de la termodinámica, que nos dice que la entropía (el desorden, el caos, la muerte...) siempre aumenta. Pues estamos apañados.
Bueno, ¿y a qué viene toda esta disquisición tan plasta y tan desasosegadora en un blog de arquitectura? (o casi principalmente de arquitectura). Pues a que acabo de estrenarme como abuelo. Acabo de tener una nietecita pequeñita pequeñita de la que estoy perdidamente enamorado.
-Ah, bueno. Entonces sí.
Una de las veces que he proclamado que me jubilo un amigo se ha enfadado bastante conmigo, y con voz y gesto muy serios me ha dicho que estoy cometiendo un grave error.
-José Ramón, tú no puedes jubilarte. ¿Cómo se te ocurre decir eso? Tú tienes un tesoro que te ha costado mucho trabajo y mucho tiempo conseguir: experiencia. No puedes dejar que esa experiencia se pierda y se borre. No puedes hacer esto. Eres un profesional muy cualificado, y tienes que seguir siendo útil.
Que conste que le agradecí mucho sus palabras, sobre todo por el mal rato que estaba pasando y lo tan a pecho que se lo había tomado. Pero no me creí nada. ¿Experiencia? Permitidme que os cuente lo que entiendo por experiencia.
No es experiencia, en el sentido de sabiduría, conocimiento, dominio. Es vejez. Sencilla y mera VEJEZ. Son cosas que no tienen nada que ver.
Sí, ya sé que antiguamente los dos conceptos se relacionaban. Los viejos eran los jefes de la tribu, los consejeros, los oráculos, los patriarcas. El senado era la cámara de los viejos ("senator" viene de "senex"="viejo"), y se entendía, como quiere mi amigo, que el viejo era el que sabía de la vida, el que las había conocido ya de todos los colores y estaba de vuelta, y su consejo era utilísimo para los jóvenes, que recién empezaban el camino de ida.