En este blog suelo ser muy crítico con algunas obras de algunos creadores triunfantes, y no solo no me duelen prendas, sino que a veces incluso me regodeo en la suerte. Esto lo hago así por dos razones: la primera es que a un triunfador no le va a llegar ni un atisbo de lo que yo -este pobre imbécil- escriba aquí, y si le llegara le entraría por here y le saldría por there sin el menor problema ni disgusto(1), que para eso está en su nube de néctar y ambrosía; y la segunda y más importante es que cuando un arquitecto que lo tiene todo a favor -amplio presupuesto siempre ampliable, respeto e incluso veneración de los encargantes y libertad creadora- mete la pata, y especialmente cuando la mete por exceso de ego y afán de protagonismo, se merece cualquier crítica e incluso cualquier burla.
Sin embargo, con los arquitectos "mortales", y especialmente con los muy jóvenes, soy tan respetuoso y tan generoso como puedo, porque es dificilísimo proyectar nada y que los demás lo respeten y lo lleven a cabo como ha sido concebido. Las veces que eso ocurre me parecen un milagro, y entonces qué más me da tal o cual matiz ínfimo que puede estar algo peor que el resto. El mero hecho de haber llegado a puerto sin demasiadas mutilaciones ni adulteraciones me parece tan emocionante que quién soy yo para aguar la fiesta con una observación desagradable.