jueves, 16 de septiembre de 2021

Hoy no me puedo levantar

Hoy es un día especial, uno de esos raros en los que una historia que venía fraguándose desde hacía tiempo cierra con una guinda, con un perfect. Hoy es un día de alegría para la arquitectura, porque es precisamente ella la que engarza ese broche de oro.

Todo encaja como en una  trama de una novela policíaca, y se resuelve con una solución tan inesperada como coherentísima que nos deja con la boca abierta, pasmados, admirados.

La historia empieza hace ya un par de décadas: El ayuntamiento de Madrid le cedió una parcela en el distrito de Hortaleza al gran emprendedor José Luis Moreno para que construyera en ella el fantástico proyecto empresarial del Coliseo de las Tres Culturas. (Perdonad: No sé qué tres culturas. Supongo que la del pelotazo, la del mamoneo y la del abuso). Parece ser que el ayuntamiento le dijo: "Toma, Moreno", y ya.

El insigne empresario presentó su proyecto y todo parecía ir bien (aunque despacio) hasta que de repente, vaya usted a saber por qué, el gran hombre cayó en desgracia. Ya sabéis cómo va esto: Eres una persona encantadora y en un momento, porque haces negocios con la mafia o porque tú eres la mafia(1), te empiezan a mirar mal y te hacen de lado. Tiquismiquis.

El caso es que la parcela de patrimonio público que el ayuntamiento de Madrid le había puesto a su disposición se quedó sola y abandonada, con toda su pública patrimonialidad desatendida.

Acaso la asociación de vecinos de Hortaleza pudo llegar a pensar que con esa parcela hicieran algo infame como un edificio público: un centro social, un centro de salud, una biblioteca... Esas estupideces.

Pero menos mal que otro prohombre se prestó a recibir ese suelo y rescatarlo de la mediocridad de lo público-vecinal. Un héroe: "Si no puede ser para Don José Luis Moreno yo mismo me puedo hacer cargo de él". Benefactor.

lunes, 30 de agosto de 2021

Dámaso Alonso y el hurbanismo

Para el concepto de "hurbanismo" véanse las
dos entradas dedicadas a él en este blog:
"Hurbanismo (I)" y "Hurbanismo (y II)"


Me acaban de llamar para hacer un certificado de una casa. Al preguntar la dirección me han dicho que es la calle de Dámaso Alonso. "Dámaso Alonso", he pensado, y se me han venido a la mente las tres experiencias que tengo del poeta, que son:

1.- Durante mi infancia, adolescencia y primera juventud (desde mis ocho a mis veintidós años) fue el director de la Real Academia de la Lengua. En aquella época todos los cargos parecían eternos. Salía de vez en cuando en la tele y era un hombre pequeño, calvo, casi insignificante. Un vejete inofensivo.

2.- Hacia mis veinte o veinticinco años leí el Retrato del artista adolescente de Joyce traducido por él. Lo leí, cómo no, instado por la cita tan repetida por Oiza de que el artista permanece fuera de su obra, despreocupado, cortándose las uñas. Y me pareció que el vejete inofensivo había estado muy atento a la vanguardia en su juventud.

3.- Finalmente, entre mis veinticinco y mis treinta años leí su Hijos de la ira (que era el típico libro que tienes que citar en el bachillerato y que ni se te pasa por la cabeza que algún día vayas a acabar leyendo). ¡Joder con el vejete inofensivo! ¡Qué pedazo de libro! ¡Qué pegada!

domingo, 22 de agosto de 2021

Friki, maniático y a lo mejor un poco tonto

(Entrada agosteña: Muy ligerita y vacacional).


Me gustan mucho muchos objetos relacionados con la arquitectura. Me gusta incluso, en la medida de lo posible, atesorarlos.

Ya os he contado alguna vez que colecciono sellos de arquitectura moderna, pero también me fascinan las monedas, las medallas y todo tipo de chorradillas no solo como objeto de conocimiento, sino más bien de veneración. [El síndrome del coleccionista está ampliamente descrito en la bibliografía psiquiátrica, pero ya he dicho que esta es una entrada vacacional y no quiero entrar en honduras].

Teniendo esta manía, cuando tengo una tarde tonta soy un peligro, porque me pongo a buscar por internet libros dedicados, pisapapeles, vitolas de puros... y siempre acaba cayendo algo. Menos mal que propendo a la tacañería y que esta expansión no supone una merma en los medios de supervivencia de mi familia.

Bueno, pues el otro día vi que la compañía de jabones Larkin, de Buffalo, NY, Estados Unidos, emitió una medalla en 1925 para conmemorar su 50º aniversario, y venía esta imagen de un ejemplar en venta:

El retrato del fundador de la empresa: El señor John D. [Durrant] Larkin, quien además de eso, y sobre todo, fue pionero en la venta por correo con entrega a domicilio, lo que la hizo crecer y prosperar muchísimo.

Lo que no venía de una forma inmediata era el reverso. Tuve que abrir dos o tres pestañas para verlo. ¿Y qué esperaba ver en esos segundos que tardé? Bueno, yo creo que a cualquier arquitecto le hablas de la fábrica Larkin en Buffalo y piensa en lo mismo: Frank Lloyd Wright.

martes, 17 de agosto de 2021

Razón de ser

El otro día el siempre atento David García-Asenjo, arquitecto, profesor y comunicador de la arquitectura, se hizo eco de este tuit:

Quien lo publicó tiene un perfil cuyo nombre completo es Architects Against Humanity (Arquitectos contra la Humanidad) y cuyo nick es @arch_crimes (@arqui_crímenes: crímenes de los arquitectos, o de la arquitectura).

El tuit muestra una imagen de Nueva York de un tiempo pasado y, a lo que se ve, añorado por el autor, en el que aparecen las sedes de tres periódicos: The New York World, The New York Times y The New York Tribune. Y el texto que acompaña a dicha imagen dice algo así como: "Una época en la que (aparentemente) solo sabían construir de manera bella en la ciudad de Nueva York". 

De todo ese texto quizá lo más interesante para mí sea ese apparently entre paréntesis, porque de lo que habla, ciertamente, es de apariencia. Vemos mansardas parisinas, torres góticas, arcadas renacentistas, pero lo que más me llama la atención es la cúpula de San Pedro. Nada menos que la miguelangelesca cúpula de San Pedro de Roma en un periódico de Nueva York de finales del siglo XIX (1890). (Por no decir cuánto más me llama la atención que se siga añorando y deseando eso en 2021).

No quiero escribir (una vez más) sobre autenticidad, mentira, ética, adecuación y todas esas cosas, pero es que el ejemplo que esgrime @arch_crimes me parece de lo más aleccionador, pues muestra un momento de especial desorientación y confusión en la arquitectura, y también a la vez de enorme energía y esperanza, y me gustaría decir apenas dos palabras sobre ello. Tengo la gran suerte de que me lean no solo arquitectos, sino también no arquitectos con curiosidades variadas, y pienso especialmente en estos porque el ejemplo es muy interesante para hablar de una cuestión seguramente demasiado trillada por los arquitectos, pero de la que siempre se sacan nuevas reflexiones.

martes, 10 de agosto de 2021

1789

Mil setecientos ochenta y nueve. A lo mejor os pensabais que me refería a un año. ¿Qué pasó en 1789? Obviamente, La Revolución Francesa.


Jacques-Louis David, Le Serment du Jeu de Paume
(El Juramento del Juego de Pelota), 1790-94.

¿Podría escribir en este blog sobre la Revolución Francesa? Hombre, por poder... Sí, aunque no tenga ni idea. (Me paso la vida escribiendo sobre cosas de las que no tengo ni idea, así que, por poder...)

Pero no. No va de eso. Va de algo bastante más anodino. Se trata de que, después de anunciarlo varias veces (y de que siguiéramos a nuestra bola sin querer enterarnos) por fin hoy, 10 de agosto de dos mil veintiuno, se ha publicado en el Boletín Oficial del Estado el Código Estructural. ¡Bien! ¡Bravo! ¡Aleluya! ¡Que suenen las trompetas de Cafarnaúm y que el tío Anselmo se invite a unos tintos!

Este código (podéis consultarlo clicando donde lo acabo de mencionar, en el párrafo anterior a este) sustituye a las Instrucciones sobre el hormigón (EHE) y sobre el acero (EAE) que estábamos manejando mejor o peor.

Es el Real Decreto 470/2021, del 29 de junio de este año, que como se publica hoy entrará en vigor dentro de tres meses; es decir, el 10 de noviembre. Así que tenemos tres meses para estudiárnoslo. Bien. Todo perfecto. Todo controlado.

A mí, además de que soy un arquitecto que siempre se ha calculado las estructuras de sus proyectos (tan solo con puntuales ayudas y colaboraciones de mi amigo Emilio), en estos momentos me pilla (siempre eventualmente, por supuesto) dando clases de estructuras. Así que, por una razón y por la otra, me toca estudiármelo a fondo.

Voy al enlace para descargarme el pdf del BOE. Voy incluso con optimismo y alegría, pero veo que tiene... ¡1789 páginas! No puede ser. Pienso que hay un error, que habrá muchas páginas en blanco, corruptas, gráficos desformateados, tablas rotas, de esas 

q
u
e
s
e
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p
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e
s
t
o

o algo así. Pero cabalgo al galope con el ratón y no. Pasan a toda velocidad decenas, cientos de páginas compactas, llenas, pletóricas de fórmulas y de mala leche.

El Gobierno de España -sí, amigos- ha actuado con vacacionidad y alevosía. Esto es un abuso, un atraco. ¿Cómo se puede dominar una norma fundamental que tiene 1789 páginas? Y necesitamos dominarla. No basta una breve noticia de que eso está ahí y ya lo consultaré cuando quiera algo.

Bah, nos decimos. No es para tanto. Hay mucha paja, muchos anexos, muchas tablas. Ya. Pero va a ser en una de esas pajas, en uno de esos anexos, en una de esas tablas donde se va a agarrar como una lapa y donde se va a hacer fuerte el perito contratado por el abogado de la parte contraria para hundirte a ti en el fango a la primera fisurita que te salga.

"No, si al final es un refundido de las normas anteriores y poco más". De eso nada, monada(1). Para producir 1789 páginas tienes que refundir la EHE con la EAE, con la trilogía del Señor de los Anillos y con la guía telefónica de Soria. Y, lo que es peor: Esto es igual que antes, esto también, y esto, y esto, y esto... pero esto no. Esto no, y ahí camuflado te lo has tragado. El coeficiente de incremento de carga revertida indirecta sustancial no fenoménica (vamos, el ptsí de toda la vida) te lo han cambiado y ni te enteras. Sigues aplicando el de antes y la has cagado. No has tenido en cuenta que ahora han añadido un caso más de mantenimiento de carga insostenible accidental verborreica flatulenta(2) que antes no existía. Un desastre, porque por pereza has seguido usando el programa que tenías y, sobre todo, la mentalidad que tenías y eres reo de lesa tracción. Lo siento, amigo: Has pandeado pero bien.

Échate sal por la cabeza, ponte solo un saco sobre tu trémula desnudez y sal a la calle a mostrar tu vergüenza y tu humillación. Eres un ser despreciable, un profesional nefasto. Porque preferiste pasar el mes de agosto de dos mil veintiuno jugando con tus hijos o (¡qué asco!) leyendo una novela policíaca en la tumbona, con una cerveza fría y unos mejillones al alcance de tu mano en vez de estudiarte a fondo las mil setecientas ochenta y nueve páginas del nuevo y flamante Código Estuctural.

Laus Deo.


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(1).- ¿Cuánto tiempo hacía que no oía eso? Lo debía de tener ahí en el fondo de mi cabeza, anclado con la EH-80 y con las MV.

(2).- Estaréis pensando: "¿Pero de verdad a este tipo le dejan dar clase de estructuras?" "¿Pero de verdad confían tiernas criaturas a su discurso ignorante y disparatado?" Sí. Así están las cosas. Ya lo veis.

martes, 3 de agosto de 2021

Al tren

Hace tiempo que no escribo sobre jazz y hoy toca. Estamos de vacaciones, hace calor y nos apetece salir esta noche a bailar. ¿No es cierto?

Hoy, en vez de un quinteto duro e intelectual (que nos pone la piel de gallina) escogemos una gran orquesta de baile; una de las mejores, y para algunos la mejor: La del Duque Edward Kennedy Ellington.

Llegamos pronto, nos acomodamos en una mesa de las primeras filas, pedimos un par de whiskies, y esperamos a que empiece el show. Vamos a escuchar con alegría las primeras canciones y en seguida iremos a la pista de baile.

Los músicos se colocan en sus puestos ante sus atriles y finalmente entra el líder, que recibe una salva de aplausos, se sienta ante el piano y marca el inicio de su pieza-bandera: Take the A Train (Toma el tren A).

Esta era la pieza con la que abrían todas sus actuaciones y, cosa extraña, teniendo Duke Ellington tantas composiciones buenísimas, adoptó como emblema esta que no era suya. ¿Por qué lo hizo? Pues por líos de derechos y conflictos raros.

La ASCAP, sociedad de autores a la que pertenecía Ellington, mantenía un larguísimo conflicto con las emisoras de radio, de manera que Duke Ellington no podía emitir ninguna de sus composiciones, así que se acostumbró a tocar esta (por otra parte magnífica), y se hizo popularísima. Tanto que incluso cuando tocaba en un local y ya sí podía interpretar las suyas empezaba por esta, que acabó siendo su seña de identidad.

El autor de este exitazo era Billy Strayhorn, uno de los músicos colaboradores de Ellington, quien llevaba años trabajando esa pieza, puliéndola, sin atreverse a enseñársela al maestro, ya que le parecía indigna de su gran orquesta.

El título y la letra están basados en las indicaciones que le dieron cuando, paleto y despistado, fue a Nueva York a encontrase con Ellington, de modo que es un homenaje de admiración al maestro y un emotivo recuerdo a un muchacho lleno de ilusiones que quería triunfar en la música y no sabía ni qué tren tenía que coger ni dónde tenía que ir.

Billy Strayhorn y Duke Ellington

Cuando Ellington vio la composición de su subordinado se quedó estupefacto. Era una maravilla llena de posibilidades. Toda la sonoridad de su orquesta estaba para lucirse ahí. Todo el ritmo, todo el swing, toda la frescura y la potencia del mundo estaba en ese tren A, que había que tomar como fuera.

Él mismo la tocaba a menudo de una forma más íntima y le hacía arreglos y variaciones.

La canción había llamado mucho la atención porque ya en su frase inicial tenía una disonancia llamativa, aterrizando en la quinta bemol, la más moderna e inestable de las blue notes(1). Pero en este nuevo arreglo Duke Ellington se mete en muchas más disonancias. Aparte de que modifica el tempo y le da un swing muy curioso. (Y para colmo el cabrito no remata en la tónica, sino que deja el desequilibrio en el aire para siempre).

martes, 27 de julio de 2021

Otro búnker (y II)

(NOTA PREVIA.- No preveía yo los comentarios de la entrada anterior. Pensé que era bastante suave y nada polémica. Es más, comentando que uno había dicho "es un búnker nuclear" no me puse fanático ni le dije nada feo. Por el contrario, escribí: "Eso es normal y hay que aceptarlo: El hormigón armado es intolerable para muchos". Creo que no me comporté como "un santurrón y sectario de cojones" ni "un sectario meapilas del hamparte". Pero, claro: Yo qué voy a decir sobre mí mismo. En todo caso continúo con lo que pensaba añadir a mi anterior entrada. Tengo las orejas escocidas, sí, pero sigo con lo mío).


Un compañero mío, Holoturio Quesofresco Camonbeibi, tenía un estudio pequeño pero muy efectivo. Hacía un montón de proyectos con solo tres empleados; pero qué tres empleados:

Benigna, la secretaria, le llevaba al día la contabilidad, las relaciones con los bancos, las bases de datos de los clientes y los trabajos realizados, la facturación, las nóminas, las declaraciones fiscales, el material de la oficina... Todo. Gracias a ella la empresa funcionaba como un reloj. Holoturio le podía preguntar por un proyecto que había hecho hacía muchos años, el nombre de cuyo cliente no recordaba, y del que solo podía dar una vaga pista sobre su ubicación, que Benigna le encontraba el expediente en segundos.

Hermógenes, el delineante, era el acróbata del Autocad, el sprinter de la polilínea, el rayo de la acotación. Manejaba simultáneamente el ratón con la mano derecha y el teclado con la izquierda. Se sabía todos los atajos del programa y además dibujaba con tal pulcritud y economía que resolvía los planos con enorme precisión y en un tiempo inconcebiblemente rápido.

Matilde, la aparejadora, que hacía las mediciones al milímetro cúbico, calculaba las ventilaciones, los diámetros de las tuberías, hacía todos los anexos de la memoria, las tablas, los pliegos de condiciones... Y encima conseguía que los distintos documentos fueran coherentes entre sí. Tenía una cabeza calculadora y exacta.

Los tres eran unos portentos. Holoturio tenía mucha suerte. Aunque los pagaba bien, siempre estábamos alguno de nosotros caracoleando por allí para tirarles los tejos como si fueran futbolistas. Quién los tuviera en su equipo.

Solo tenían una pega: Eran feos. No horriblemente feos, pero tenían unas caras y unos cuerpos sin gracia, como de empleados antiguos llenos de polvo y sabañones. Deslucidos. Algo raquíticos, encorvados, con los dientes torcidos, la mirada un tanto legañosa, la ropa descolgada de los hombros, la grupa más bien prominente y renqueante... La verdad es que eran un cuadro.

Pues bien: Holoturio tuvo una vez unos clientes fabulosos, de un grupo hotelero nacional, que le encargaron un proyecto de un hotel que tenía que ser el primero de unos cuantos. Los croquis iniciales les gustaron mucho, el presupuesto de sus honorarios, aunque era alto, les pareció aceptable, y le pidieron ir al estudio para terminar de concretar unos detalles, lanzar el proyecto y firmarle el contrato de un segundo hotel.

Holoturio había recibido a menudo a clientes en su estudio; estaría bueno. Era lo natural. Pero esta vez, con esta gente tan importante, se sintió muy avergonzado de Benigna, de Hermógenes y de Matilde. Estos clientes eran "otra cosa", y si veían a sus colaboradores se iban a desencantar.

Se inventó una excusa absurda y con suficiente antelación anunció a sus empleados que tal día lo tendrían libre, por supuesto que pagado y sin descontarlo de las vacaciones. Con ese mismo tiempo de margen acudió a una agencia de modelos y contrató los servicios de un chico y dos chicas, estipuló el tipo de ropa que debían llevar y los citó en su estudio a primera hora del día D para que se ambientaran y se familiarizaran antes de que vinieran los clientes.

Llegado el día les mostró sus puestos de trabajo, les encendió los ordenadores y les explicó una serie de gestos que tenían que hacer -como si trabajaran- cuando él entrara con los clientes y les enseñara el estudio. El resto del tiempo, cuando él estuviera reunido en la sala de juntas, ellos debían permanecer en sus puestos sin hacer nada y sin hablar, haciendo como si trabajaran. (Podían ir al servicio con naturalidad e incluso levantarse a hacerse un café cuando quisieran. Les enseñó el funcionamiento de la cafetera y les mostró el minifrigorífico).

Hermógenes por un día

Todo salió según lo previsto. Los clientes le encargaron el segundo hotel e incluso le hablaron de un tercero, con los que, a partir del día siguiente, se pondrían a trabajar los auténticos Benigna, Hermógenes y Matilde, quienes nunca supieron nada y, efectivamente, hicieron unos proyectos más que estimables en un tiempo récord.

¿Os ha gustado la historia de Benigna, Hermógenes y Matilde? Pues es la historia del hormigón armado. Tal cual.

(Hay que ver lo que me enrollo en los prólogos. A este paso ni en esta segunda parte termino lo que quería decir).