lunes, 21 de enero de 2019

Polvo, hormigón, vanidad

A mi padre.



Algo que deberíamos repetirnos los arquitectos todos los días es que los edificios que hacemos están en la ciudad o en el paisaje, y que lo agradables que puedan ser depende de su capacidad de diluirse en su entorno, de "estar bien" allí.
El edificio que diseñemos no va a salvar nunca a la humanidad, ni va a arreglar la calle en la que esté, ni va a darle sentido al entorno. Sí que puede, por el contrario, causar dolor o estropear el ambiente circundante.
Esto es bueno que nos lo digamos a menudo. Tenemos que ser conscientes de que los arquitectos no somos los protagonistas de la jugada ni los reyes del mambo. Somos -debemos ser- unos profesionales útiles que hagan discreta e inteligentemente su trabajo. Es que, de verdad, no sé qué nos hemos creído.

Vivimos en un entorno construido y estamos constantemente viendo edificios. Edificios anónimos. Edificios no muy buenos, pero en general aceptables siempre que no digan "aquí estoy yo". En ese caso, uf, qué jartibles.
La mayoría de nosotros somos capaces de hacer cosas decentes, bien pensadas, sensatas y agradables. Pero a veces se nos va la olla intentando hacer la obra maestra, el gran cacharro epatante. No somos capaces de reconocer nuestras limitaciones, y ahí metemos la pata hasta el fondo y obsequiamos al mundo con un nuevo bodrio. Y anda que no hay. Demasiados.

Los edificios son como las personas. Hay pocos realmente apasionantes. Con la mayoría ya nos vale (y nos vale muy bien) con que sean educados, respetuosos y correctos. Pero siempre están los zafios pesados que interrumpen cualquier conversación para decirnos que les han operado de la vesícula, y nos explican su operación y sus dolores y sus síntomas con pelos y señales, y nosotros estamos deseando que terminen y que se vayan o nos dejen escapar: Pues esos son los edificios con ringorrangos y jeribeques, los edificios que se creen importantes y lo eructan. Qué cansancio.

Madrid. Una calle cualquiera con edificios cualesquiera.
(Imagen anodina sacada del Google Street. Y sin embargo yo fui muy feliz ahí).

A este respecto, el otro día hablé de un cardenal rimbombante y hoy quiero hablar muy brevemente de mi padre, si soy capaz.

Mi padre fue un hombre honrado, serio, cordial, juicioso y cariñoso. Sí, era serio -y levantaba la ceja-, pero tenía un sentido del humor muy especial.
Mi padre era de la generación que pasó de vivir la guerra civil y la miseria en su infancia a descubrir la lavadora, la tele, el utilitario y las vacaciones en la playa. A mis hermanos y a mí nos inculcó el amor por la lectura y por el cine, y a ser honrados y decentes.
Jugaba mucho con nosotros. Nos hizo un campo de fútbol de chapas con unas porterías... qué porterías; y con un marcador...

sábado, 12 de enero de 2019

Polvo, cenizas, nada

El cardenal Luis Manuel Fernández Portocarrero Bocanegra y Guzmán (ahí queda eso) mandó que en su tumba no apareciesen ni su nombre, ni sus títulos, ni sus méritos, sino tan solo el texto "HIC IACET PULVIS CINIS ET NIHIL" (Aquí yace polvo, cenizas y nada).

Tumba del cardenal Portocarrero en la catedral de Toledo.
(Foto de Miguel Larriba en su blog miratoledo.blogspot.com)

Este gesto se tiene casi unánimemente como una muestra de profunda humildad.

La historia de este cardenal es interesantísima, pero ni me la sé lo suficientemente bien ni creo que este sea el mejor sitio para contarla. Tan solo diré que pasó sus últimos años en Toledo como en una especie de retiro forzado. (Bueno: de arzobispo, que no está nada mal). Quien había tenido gran poder e influencia política en la corte jugó mal su última carta y fue relegado a un puesto muy digno y muy cómodo, pero inofensivo. A muchos ya nos gustaría vegetar tranquila y plácidamente en un lugar agradable y no tener problemas ni apremios en nuestra vida, pero a quien ha sido un águila y un trueno esa perspectiva no le resulta nada halagüeña.

El caso es que sus antecesores se habían hecho enterrar en la catedral con bustos e inscripciones que ponderaban sus vastas virtudes y grandes títulos y honores -una actitud verdaderamente muy poco cristiana, pero muy habitual y extendida-. Especialmente el cardenal Mendoza, dos siglos antes, se había hecho un sepulcro que era casi como una catedral dentro de la catedral.

Contra ello, Portocarrero se mandó hacer esa lápida en la que ni siquiera aparece su nombre. "¿Quién está ahí enterrado?", se pregunta el visitante. "Polvo, cenizas y nada", le responde la lápida.

Pero no es así. En Toledo todo el mundo sabe que esa es la tumba de Portocarrero, las audioguías lo cuentan, los libros para turistas lo ponderan. Qué bueno, qué noble, qué humilde y qué cristiano fue este cardenal y arzobispo.

lunes, 7 de enero de 2019

Esa tierra ordenada

A Peter y a David

El otro día mi amigo virtual Peter (@Speedmaster72) publicó en twitter, bajo la etiqueta #JuevesDeArquitectura -una etiqueta que honra y enriquece para placer y enseñanza de quienes le seguimos-, la magnífica casa que Corrales y Molezún le hicieron a Camilo José Cela.

A las cuatro fotos que la red del pajarillo permite poner como máximo, y que copio por aquí, les añadió este bellísimo texto del Premio Nobel:

Porque del amor del hombre con la tierra nace la casa, esa tierra ordenada en la que el hombre se guarece, cuando pinta en bastos, para seguir amándola(1).


Me parece lucidísimo llamar a la casa "tierra ordenada". Cuando pinta en bastos nos refugiamos en un micromundo que está ordenado, que es coherente, que no nos angustia ni nos aturde con sus contradicciones y sus dramas.
La casa nace del amor que le tenemos a la tierra, pero, a diferencia de esta, está ordenada y nos mantiene a salvo.
Amamos la tierra, pero la tierra a veces nos sacude -cuando pinta en bastos- y tenemos que guarecernos en su contrapunto ordenado: la casa. Y gracias a eso podemos seguir amando a la tierra, a la vida feroz, caótica, trágica y deliciosa.



En seguida se sumó David García-Asenjo (@dgllana) a la publicación tuitera de Peter y, con su habitual erudición, aportó los comentarios que hizo Cela sobre su casa en la revista Arquitectura nº 96, 1966, páginas 52-54. (Y puso el enlace, que os recomiendo leer: aquí).

Ilustración de Lorenzo Goñi, que aparece en la citada revista

Entresacó estos dos párrafos:

La casa que me hicieron Molezún y Corrales, y que se ha publicado en el número 94 de esta Revista, es lógica, muy lógica y habitable. Es lo único que necesitaba y es también algo que las casas no suelen  ser; las casas, con frecuencia, son lujosas o aparatosas, o bellas, o de éste o del otro estilo y, al final, todo suele acabar en pastiche (en falso lujo, en agobiador aparato, en convencional belleza, en réplica de un estilo que no la necesitaba). Sé de sobras que no es una empresa fácil el levantar una casa para un escritor y, menos aún, si este escritor es como yo soy: bárbaro, elemental y cabezota (y también, a ratos, sentimental, barroco y ecléctico). Molezún y Corrales acertaron y entre estas paredes me siento a gusto para vivir y cómodo para trabajar.
[...]
Eso es todo y, para mí, no poco; mejor dicho, más de aquello a lo que jamás -hasta que sucedió- hubiera aspirado. Mi casa es un gran taller y la consigna que di a los arquitectos -ni un solo centímetro cuadrado innecesario, ni una sola pieza falsa- la cumplieron con evidente fortuna. Es lástima que sean tan holgazanes y no se decidan a dibujarme los cuatro faroles exteriores que faltan. Las fachadas son de gres o de piedra, según por donde se mire; los pisos, de gres, y las paredes van dadas de cal. Por algunos sitios hay madera.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Un éxito inesperado

Para despedir el año, y como hace mucho tiempo que no hablamos de jazz, quiero mostraros una pieza mítica que seguro que conocéis todos.
Incluso a quien no sepa nada de jazz le sonarán los primeros compases de esta pieza, y a quien no le vaya mucho este tipo de música es casi seguro que esta le agrade. (Al menos los primeros cuarenta y cinco segundos).
Tiene "algo". Escuchadlo. Seguro que ya la conocéis. ¿Qué tiene?


Tiene varias cosas raras: La primera y fundamental es que su compás es un 5/4, una cosa bastante extraña, y desde luego insólita en el jazz.
La segunda, que tiene mucho que ver con la primera, es que ese saxofonista parece un funcionario del catastro, el batería un agente de seguros y el pianista un profesor de matemáticas.

En realidad, el pianista, Dave Brubeck, lider de este cuarteto, empezó a estudiar veterinaria antes de decidirse por la música. Tuvo formación clásica y su orientación hacia el jazz vino muy mediatizada por sus estudios.
Estamos hablando, por lo tanto, de un jazz culto, un tanto cerebral, sofisticado.


Todo esto que digo tiene mucho de racial. Os he dicho que me choca el aspecto de los músicos porque son blancos. (El contrabajista, Eugene Wright, es de raza negra, y esto es otro detalle muy interesante, ya que Dave Brubeck fue un pionero en las bandas de integración racial, lo que en su momento tuvo una enorme importancia: tomar a las personas por su valía y no por su raza, y todo ello en un tipo de música tan racial como el jazz y en un ambiente tan racista como el de los Estados Unidos).

(Aclaro: No es que me choque tanto el aspecto de los músicos por su raza como por su pinta de oficinistas o de profesores un tanto grises).

El compositor de esta pieza, Take Five, fue Paul Desmond, otro músico culto y cerebral, que conoció a Dave Brubeck en el ejército, durante la Segunda Guerra Mundial. Se hicieron amigos y desde entonces tocaron juntos habitualmente.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Bienaventurado el que lee

Bienaventurado el que lee.
Apocalipsis, 1, 3.


Alguien ha dicho esa frase en la radio y me ha encantado. Me ha encantado porque yo leo (sí, mucho menos que de adolescente y de joven, pero aún leo) y quisiera ser bienaventurado por ello. Mejor dicho: Me siento bienaventurado por ello.

En la radio han dicho que así empieza el Apocalipsis: "Bienaventurado el que lee", y me ha gustado tanto que un libro tan terrible empezara con esas bellísimas palabras que he ido a consultarlo por ese prurito tiquismiquis de atesorar la cita exacta.

Qué plancha: Lo primero es que el Apocalipsis no empieza así, sino que eso lo dice nada menos que en su versículo tercero, y, como diría Walter Burns, el director del Chicago Examiner en Primera Plana, ¿quién llega hasta el versículo tercero? Pero eso da igual. Lo peor peor es que ese versículo dice justo lo contrario de lo que me habían sugerido en la radio.

Lo que dice el versículo tercero del primer capítulo del Apocalipsis es: "Bienaventurado el que lee, y los que escuchan las palabras de esta profecía, y los que observan las cosas en ella escritas, pues el tiempo está próximo"(1). Es decir: Bienaventurado quien lee ESTE LIBRO, y quien escucha al que lo lee (en las asambleas), y quien observa (es decir: guarda y cumple escrupulosamente)(2) lo que hay escrito en él.

Y, naturalmente, eso es justo lo contrario que celebrar los libros y la lectura, porque muchísimo peor que no leer nunca nada es leer un solo libro en el que se considera que reside toda la verdad. Leer y releer un solo libro (el que sea) es estúpido y peligrosísimo.

No: Por el contrario, quienes leemos amontonamos libros, nos sumergimos en ellos caóticamente, sin orden, por mero impulso, por pura ansia. Y nunca tenemos bastante.

Libros en doble fila, libros horizontales haciendo cuña, libros
de canto, libros buenos y malos, baldas combadas... el paraíso.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Parecer listo

A mí lo que me pasa es que en ciertos ambientes y ante ciertas personas parezco listo. Y culto. Bastante más de lo que soy. Eso es una bendición, la verdad.
"Cría buena fama y échate a dormir". El caso es que te tomen por inteligente, aunque no lo seas.

Hace muchos años vi una película que se titulaba Bienvenido, Mister Chance. Recuerdo que consistía en que a un jardinero con muy escaso cociente intelectual lo tomaban por error por una eminencia. Hacía carrera y acababa siendo consejero del presidente de los Estados Unidos.


La cosa consistía en que cuando este pobre hombre decía cualquier tontería, los demás, suponiendo que era un genio y que hablaba con segunda intención, o alegóricamente, le daban vueltas a lo que había dicho y lo interpretaban como una genialidad.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Contra la arquitectura

No hay escritor-pensador que se precie que no acabe escribiendo un artículo o incluso un libro entero contra la arquitectura contemporánea, y, si lo leemos con atención y amplitud de miras, veremos que es contra la arquitectura. Así, en general: contra la arquitectura como disciplina, como ocupación, como forma de ver las cosas, como pretensión, como plástica. Como todo. Contra la arquitectura.

Alegoría de la Arquitectura en la fachada del Museo del Prado, Madrid.
Obra de Valeriano Salvatierra, o de Francisco Elías, o de José Piquer y Duart,
o de Francisco Pérez Valle, o un poco de todos ellos. 1830-1852.
La foto de base es de Rafael Gómez. Los tachones rojos son míos.

No quiero citar nombres porque son muchos (y además porque no quiero "linkarlos" ni "hastagearlos" aquí; no me apetece nada), pero es fácil identificarlos. No falla: Si han destacado en tertulias televisivas o radiofónicas, si han entrevistado por extenso a un futbolista retirado en una revista cool, si son expertos en la literatura española de postguerra, si han publicado un ensayo sobre la despoblación del campo y el éxodo a las ciudades, si se han distinguido como hábiles críticos de la política internacional, si han escrito libros de ética, si han publicado reseñas de jazz... no falla: Acabarán despotricando de lo inhumana que es la arquitectura moderna, de lo fea que es, de lo alienante, agria, cara, horrible... De que produce granos, impotencia, alopecia, miopía, sarna y dengue en quienes la padecen y, sobre todo, en quienes la ejecutan.
(Bueno, en realidad quienes la ejecutan ya venían con todo eso de serie. Por eso son tan mala gente, tan hijosdeputa, y su mayor afán es propagar sus taras).

Se culpa al arquitecto, a su ego, a su vanidad, a su inconsciencia, a su avaricia, de todos los vómitos de acero cortén que arruinan nuestras vidas, de todas las rotondas con osos gigantes de gominola (aunque no sean cosa suya) y de todos los volúmenes inclinados al borde del Cantábrico, en una zona que fue tan señorial y tan bonita. Se le culpa de destrozar hipódromos históricos con ampliaciones de color caca. Se le culpa de fabricar hornos de pan en plena Plaza de Oriente de Madrid, de hacer iglesias que parecen trasteros y casas que parecen frigoríficos, de acabar con aquel mundo tan bonito y anacrónico del romanticismo. Se le culpa de haber interpuesto su criterio, su trabajo, su habilidad, su determinación, entre el ojo del paseante y el paisaje construido. En definitiva se le culpa del delito de lesa arquitectura y, prácticamente, de lesa humanidad.

Algunos de estos aguafiestas criticones saben de otras cosas, pero de arquitectura no tienen ni idea. Sin embargo, compruebo que otros sí que saben del asunto, y mucho. Es solo que no les gusta, que no lo soportan.