Una de las veces que he proclamado que me jubilo un amigo se ha enfadado bastante conmigo, y con voz y gesto muy serios me ha dicho que estoy cometiendo un grave error.
-José Ramón, tú no puedes jubilarte. ¿Cómo se te ocurre decir eso? Tú tienes un tesoro que te ha costado mucho trabajo y mucho tiempo conseguir: experiencia. No puedes dejar que esa experiencia se pierda y se borre. No puedes hacer esto. Eres un profesional muy cualificado, y tienes que seguir siendo útil.
Que conste que le agradecí mucho sus palabras, sobre todo por el mal rato que estaba pasando y lo tan a pecho que se lo había tomado. Pero no me creí nada. ¿Experiencia? Permitidme que os cuente lo que entiendo por experiencia.
No es experiencia, en el sentido de sabiduría, conocimiento, dominio. Es vejez. Sencilla y mera VEJEZ. Son cosas que no tienen nada que ver.
Sí, ya sé que antiguamente los dos conceptos se relacionaban. Los viejos eran los jefes de la tribu, los consejeros, los oráculos, los patriarcas. El senado era la cámara de los viejos ("senator" viene de "senex"="viejo"), y se entendía, como quiere mi amigo, que el viejo era el que sabía de la vida, el que las había conocido ya de todos los colores y estaba de vuelta, y su consejo era utilísimo para los jóvenes, que recién empezaban el camino de ida.