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miércoles, 24 de marzo de 2021

El juego como oración

Hace tiempo escribí aquí sobre una formidable ermita del arquitecto Julio César Moreno Moreno y hoy vengo a escribir sobre esta otra, suya y de Susana Velasco, que acabo de descubrir, y que está muy próxima a aquella.

He visto esta foto y mi primera impresión ha sido: "¿Qué ha pasado ahí? Eso ha colapsado". Pero ha sido un segundo.

La verdad es que si solo se ve esa foto puede dar esa impresión. Son unas tablas de madera basta en medio del campo, que componen una figura en la que no hay ninguna línea horizontal ni vertical. Nuestro instinto y nuestra costumbre tienden a pensar que aquello fue una habitual construcción horizontal y vertical, y tan precaria que se ha venido abajo, causando el retorcimiento de aquellas líneas antes derechas(1). Por otra parte, el material sugiere una construcción pobre, provisional y frágil.

Sin embargo, lo que sí podemos apreciar ya en esta foto es que el terreno no es horizontal. Ahí hay un desnivel, un repliegue. La "choza caída" no está descansando sobre el terreno; está más bien agazapada tras él. No es un soldado abatido en una llanura, sino uno resguardado en una trinchera y expectante.





Es una obra hecha sin apenas planos, una obra de espontánea adaptación a un terreno, espontánea creación de un espacio y espontánea expresión de un juego.

Colaboraron los artesanos locales y buena parte del pueblo. La obra es muy pequeña, muy barata y muy elemental, y fue acogida por sus destinatarios con felicidad.

Las maderas estaban en el taller desde hacía décadas. De estas cosas que tiene uno ahí y no tira porque "ya servirán para algo", y lo mismo los adoquines hexagonales: Estaban en el olivar de detrás del taller.

Se improvisó colocarlos sobre un mallazo para formar "fachada" y también para trasdosarlos con el propio granito que había salido de la pequeña explanación. Una especie de gaviones muy elementales y primitivos, habida cuenta de que el talud era muy firme y tampoco hacía falta mucho para sujetarlo.

Incluso dejaron visto el corte cuando salió roca.




Los arquitectos aprendieron mucho de los artesanos, se dejaron llevar por ellos y todos trabajaron juntos con un propósito común.

La obra iba pidiendo; había que escucharla y la supieron escuchar.

viernes, 13 de mayo de 2011

Una joyita (o, mejor dicho, un joyero)

Aparte de fotos de tatuajes(1), no sé bien qué buscáis en este blog, pero desde luego espero que no sean noticias de rabiosa actualidad arquitectónica. Lo digo porque voy a escribir sobre una obrita que ya tiene sus años.
Es una obra que creo que es digna del estupendo blog Arquitecturas Silenciosas, que, por cierto, trata estos días sobre una fantástica capilla con un raro espacio interior.
Voy a mostraros hoy otra capilla, pero sin espacio interior (véase Zevi: Saber ver la arquitectura), sino con un raro espacio exterior.
En el paraje de Aravalles, del municipio de Torralba de Oropesa (Toledo), se apareció la Virgen hace muchísimos años, y se celebra una romería todos los 1 de mayo. Allí van los torralbeños, padres e hijos, abuelos y nietos. Van los novios, los hermanos, los amigos. Comen en el campo y celebran su devoción y sus tradiciones.
El Ayuntamiento le encargó al arquitecto Julio César Moreno Moreno una capilla para alojar la imagen de la Virgen y para celebrar la misa en tan señalada fecha. Un altar en medio del campo, sin uso en todo el año. Callado, latente, listo para su función de sólo un día, pero qué día.
Se concibe, por lo tanto, como el joyero que aloja la más preciada joya, como una caja, un estuche.
Pero el estuche cerrado, como una crisálida, de repente estalla.