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lunes, 4 de octubre de 2021

La venganza

En el delicioso, divertido y aleccionador libro Tendencias Compulsivas, José María Echarte nos cuenta, entre otros episodios delirantes, el del contrato de Norman Foster con la Comunidad de Madrid para aportar su grano de arena a la Ciudad de la Justicia, por el que cobró una cantidad impresionante de dinero a cambio de unos meros dibujos iniciales que finalmente no cuajaron en nada(1).

El autor del libro, visiblemente emocionado por semejante heroicidad escribe: "Norman, eres mi ídolo". Yo añado: "Gracias, Norman. Nos has vengado a todos. Nos has vengado, además, ante una política que nos odia. Y, de entre todos nosotros, has vengado especialmente a Ventura Rodríguez. Solo por eso me descubro ante ti".

Ventura Rodríguez fue un arquitecto importantísimo: Lo pintó Goya, tiene sello de correos y tiene estación de metro en Madrid. Esas son tres señales inequívocas de haber triunfado en la vida. Y sin embargo... 

Sin embargo siempre me queda la sensación de que anduvo a salto de mata, tapando agujeros, poniendo parches a encargos urgentes y mucho más tontos y anodinos de lo que su enorme talento merecía. Poco más y me lo imagino proyectando la reparación de un canalón, urgido a ello por el poder, que le negaba proyectos mucho más importantes y lucidos para que no le distrajeran de estas cagadas siempre perentorias.

Tras unos inicios muy prometedores, los reyes lo apartaron de las mejores obras para dárselas a algún arquitecto francés y a alguno siciliano. Pero, eso sí, él hacía un vallado, una puerta, una isleta para plantar en ella a La Cibeles... En mi opinión, chorradas indignas de él.

jueves, 28 de junio de 2018

El carnet de conducir

Dedicado con todo mi cariño a mi amigo Ricardo.


Hace muchos años mi mujer y yo pasamos unos días en casa de un amigo en un pueblo de Asturias. Los dos lo recordamos con gran felicidad.
Nuestro amigo fue un guía excepcional. Una tarde nos llevó a una muy pequeña aldea que tenía una ermita prerrománica. Llegamos allí y fuimos a la tasca, que era el único sitio al que se podía ir a preguntar. Nos pusieron unos vinos y una inacabable avalancha de castañas y fueron a llamar a la señora que tenía las llaves de la ermita.
Al rato acudió muy dispuesta y generosa, nos abrió la ermita y nos la explicó.
Con el guarda de la cripta de la colonia Güell, esta señora es la mejor guía que he visto en mi vida. Primero nos enseñó la ermita por fuera, haciéndonos notar un agujero en una de las fachadas laterales, por el que había entrado el cuélebre, que había sido finalmente vencido por el apóstol. (No era ninguna leyenda: Nos enseñó el sitio exacto por el que había entrado el bicho y, una vez dentro, el lugar donde Santiago le había pegado el garrotazo). Siguió contándonos historias atropelladamente: Historias incomprensibles que se mezclaban y confundían, y que no éramos capaces de seguir ni de entender, pero que nos entusiasmaron.

El espacio interior de esa minúscula ermita era formidable: En tan poco tamaño había un altar en un extremo, unos pocos bancos en medio y un coro al fondo, al que se subía por una escalera de mano.
La extrema desnudez era solo paliada por una repisa lateral en la que había cuatro o cinco pequeñas esculturas de entre veinticinco y cuarenta centímetros de altura.

Todo aquello era un tesoro. Yo, que no soy especialmente religioso, sentí una rara espiritualidad arquitectónica.

La enérgica mujer se acercó a la repisa y de entre las imágenes tomó una y nos la mostró con orgullo. Era una pequeña Virgen María sentada de unos treinta centímetros de altura. La talla era románica (o me lo pareció) y sus austeras formas eran contradichas por unos colores chillones como de titanlux.

-Esta es nuestra Virgen. La ha arreglado la Araceli porque se sacó el carné.

Pocas veces he visto una imagen religiosa más chillona y chabacana y al mismo tiempo más emocionante: Era la Virgen de la aldea, la patrona, la venerada, y al parecer debía de haber estado muy deteriorada durante décadas, o tal vez durante siglos. La Araceli, a quien supongo rezando a esa Virgen desde niña, y muy especialmente en las últimas semanas antes de sacarse el carnet, debía de ser una joven muy echada p'alante. ¿Vamos a consentir que nuestra Virgen siga así de estropeada? De eso nada: Si apruebo el examen del carnet de conducir la mando restaurar.

Y el pueblo tan feliz, con su Virgen nuevecita y reluciente.

Me imagino al párroco llegando a la aldea de vez en cuando -ni siquiera un día por semana-, parando en la tasca para tomarse un vino y unas castañas con los hombres del pueblo, mandando aviso a casa de esta mujer para que fuera abriendo la ermita y diciendo luego misa para los cuatro fieles, orgullosos de su Virgen reluciente.

¿Habría sido mejor que la restauraran los técnicos y se la llevaran al museo provincial, donde, por no ser una obra de primera categoría, seguramente no habría alcanzado el honor de ser expuesta? Para el arte y el patrimonio cultural sí, sin ninguna duda. Para el culto no; por supuesto que no. ¿Cuál es su función? ¿Para qué se talló esa Virgen? ¿Para qué sirve sino para que sus fieles le recen y le pidan que les ayude a aprobar el examen del carnet de conducir?

domingo, 20 de abril de 2014

Doble (o triple) indignación

La estación del AVE de Toledo es incomprensible.
Cuando se pensó crear un AVE directo Madrid-Toledo parecía lo más lógico crear una nueva estación, pero en seguida prevaleció la idea de usar la de toda la vida, la de Cercanías (que de paso fueron suprimidas).
Ya me parece inconcebible que en su momento se construyera una estación de ferrocarril neomudéjar, que es tanto como si la Estación Espacial Mir se diseñara con papel embreado y estructura de madera de pino.
Lo mismito. (Volvemos a lo de siempre: En las ingenierías esos caprichos tontos no se pueden permitir porque las cosas tienen que funcionar, mientras que en la arquitectura da lo mismo).
Y todavía tienen la desfachatez de utilizar para la propaganda institucional imágenes tan terribles como ésta:


Yo ahí veo una máquina pasmosa que quiere correr, que sirve a su tiempo y que es útil a sus pasajeros, y me invade una innegable envidia por los ingenieros que han hecho posible esa "cosa". Y detrás veo una castaña pilonga que no se entera de nada, que no sirve para nada y que proclama la paletez de algo absurdo, antihistórico (porque lo histórico es ser de su tiempo, no perpetrar una falsificación ridícula) y antifuncional, y siento una también innegable vergüenza ajena (y en parte propia) por los arquitectos que han hecho posible esa otra "cosa".
En estos días, para colmo, el andén está lleno de carteles sobre eso de El Greco, y uno no puede por menos que retroceder esos cuatro siglos que hoy le celebran, e imaginárselo en esta terrible ciudad de este terrible reino, como un pulpo en un garaje.
La gente, como de costumbre, encantada: Haciéndose fotos en el cutrísimo vestíbulo, recargado, pringoso, absurdo. Lleno de azulejos y de arcos lobulados.


El pasmo y la indignación me dejaron petrificado, y cuando quise sacar el móvil, desbloquearlo, seleccionar la cámara, etc, para plasmar ese momento de veneración colectiva, casi todos se habían ido. Apenas quedaban éstos, a quienes no es que saque desenfocados por delicadeza, sino por pura torpeza.


Aproveché para reproducir la foto que había visto
hacer a una viajera arrobada (ya que no me había dado
tiempo a fotografiarla a ella fotografiando esto).

Los turistas, transidos de emoción ante Toledo desde el primer momento en que ponen el pie en la ciudad, son absolutamente incapaces de distinguir lo verdadero de lo falso, las obras de valor de las más repugnantes falsificaciones. Y toda la subcultura kitsch del consumo rápido, de la admiración desproporcionada y facilona y del daigualochoqueochenta perpetúa esta estúpida situación. Todavía en Toledo es muy arriesgado (y en casi todos los casos es ilegal) pretender hacer una honrada arquitectura moderna. Y, sin embargo, estos pastelitos de merengue con sirope de fresa y chocolate tienen el aplauso y la bendición de todo el mundo, empezando por los poderes públicos y terminando por la población y por el turisteo.
(Parezco un apóstol de la arquitectura moderna de principios del S. XX. Señores y señoras: Que llevamos década y media del S. XXI y aquí todo sigue igual. Que este discurso que digo tiene más de un siglo. Que esto mío es ya perogrullismo puro).


Una de las infraestructuras de las que más orgullosos se sienten todos por aquí, el AVE Madrid-Toledo, te deja tirado a varios kilómetros del casco histórico. Hay dos líneas de autobús, que no coinciden en absoluto con los horarios del tren y que son completamente insuficientes para absorber a todo el público que llega. Así que es casi obligatorio tomar un taxi (en horas punta también son insuficientes), que espera en la bonita fachada neomudéjar, sin protección alguna de la lluvia (hoy incipiente) y, sobre todo, de ese agradable calorcillo que hace en Toledo en los meses de verano.
Vamos, dicho en román paladino: Ante ese vómito de ladrillos no hay una puta sombra donde esperar a los pasajeros. Eso en Toledo y en julio puede producir casos que aboquen a urgencia hospitalaria.

Ah, otra cosilla sin importancia: De esa batería de puertas que veis en la fachada sólo es practicable la del extremo derecho. Las otras cuatro están condenadas. También es interesante el espectáculo cuando llega un tren lleno de ganad...pasajeros y tienen todos que amontonarse para pasar por esa única puerta.
(¿Cómo que si miento? Mirad los macetones por el interior de las puertas en la segunda foto de esta secuencia de horrores).

Pero esa no es mi única indignación.

jueves, 16 de junio de 2011

Las manos (3)

Hoy no voy a lanzar otra teoría más o menos polémica y sugerente sobre las manos. Voy solamente a señalar cómo las manos han fascinado y obsesionado a los artistas de todos los tiempos.
(Valga esto como pausa y descanso antes de acometer la mano abierta del Corbu, que irá a continuación).
Las manos hacen cosas. Están llenas de articulaciones, pueden adquirir muchas posturas, muchas formas, en una prodigiosa combinación que permite todo tipo de habilidades.
Las manos casi nunca descansan y, cuando lo hacen, ofrecen una imagen preciosa, de animal salvaje descansando, a punto de saltar en cualquier momento. Son preciosas y fascinantes, y también preocupantes. Son capaces de todo. A veces hay que ponerse a salvo de ellas. Manos asesinas y manos salvadoras, según. Manos que te atan la soga al cuello o empuñan un arma, o te sacan del agua cuando te estás ahogando; manos que acarician, que golpean, que bendicen o que hacen gestos obscenos.
Los artistas las han dibujado siempre. Para más desconcierto, se dibuja con las manos. ¿Cómo dibujar mi mano si para ello tengo que usar mi mano? Es como el dibujo de Escher que poníamos el otro día: Una mano dibujando una mano. Los dibujantes diestros dibujan su mano izquierda (sólo pueden dibujar su mano derecha en el acto de dibujar, copiándola mientras dibuja, haciendo de modelo y de ejecutora a la vez). Usan espejos para captar puntos de vista diferentes. El espejo convierte su mano izquierda en derecha.
También las graban en planchas, para luego estamparlas en papel. En este caso, una mano izquierda dibujada con ayuda de un espejo pasa a ser derecha en la plancha, y al estamparse se vuelve a invertir y vuelve a ser izquierda. (Mentira por mentira igual a verdad).
Fijaos en estas manos tan hermosas que pongo a continuación. Pero, sobre todo, fijaos en que están "construidas". Quiero decir que los artistas no plasman la mera imagen plástica, la mera apariencia, sino que parece que disecan las manos, que las desarman para analizar su funcionamiento, sus mecanismos. Las manos, así, no son bellas por su forma, sino por su función. (Otra vez la discusión arquitectónica).