Mostrando entradas con la etiqueta EL CROQUIS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EL CROQUIS. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de octubre de 2024

Los malos arquitectos

"Los malos poetas son malas personas, gente cobarde"
José Avello, Jugadores de billar


Acabo de leer esta frase en esta magnífica novela (injustamente olvidada durante muchos años y que ahora, reeditada, tiene una nueva oportunidad) y me ha llamado mucho la atención. ¿Malas personas?

Me hace reflexionar, porque yo me tengo por mal arquitecto pero no por mala persona. A no ser que le dé una vueltecita al concepto, que es lo que pretendo hacer a continuación.

Yo en principio diría que el mal poeta, como el mal arquitecto, es una persona torpe en su oficio y en su pasión, un desatalentado, incluso un plasta, pero que eso no tiene nada que ver con la maldad. ¿O sí?

jueves, 10 de septiembre de 2020

Vanidad

En la escuela de arquitectura todos nos teníamos por artistas, hasta los más torpes. De alguna manera el ambiente nos ayudaba a creérnoslo.

Incluso yo, que era un alumno aseado y resultón, pero no brillante, acariciaba esa vanidad, y eso que siempre he sido una persona muy realista. Los rascacielos y los palacios de ópera que entregábamos en clase eran más provocativos y más cachondos que los que se ven en el mundo real, así que por qué no íbamos a hacerlos fascinantes cuando nos los encargaran. (Y ya sabíamos que en la puerta de la escuela había montones de promotores esperando que saliéramos con el título para echarse en nuestros brazos).

Nos veíamos destinados al brillo profesional, al despliegue apabulllante de obras maestras y, naturalmente, y solo para empezar, al número monográfico de El Croquis.

(Aquí, y solo para vacilaros, os diré que un número monográfico no tengo, pero sí un proyecto publicado en El Croquis. Claro, que sería mentir contando la verdad; como si os digo que tengo tatuajes. Las dos cosas son verdad, pero no significan lo que podríais inferir de ellas. O sea, que son mentira).

Conozco casos de gente que sí que ha estado realmente en el disparadero de que le publicasen su obra, y lo que ha llegado a hacer ha sido a veces vergonzoso. También conozco la estúpida pretensión de un estudio con bastante obra que le pidió a una prestigiosa editorial que le publicase una monografía, comprometiéndose a comprar todos los ejemplares que no se vendieran. Conozco casos que harían sonrojar a cualquiera, y siempre la puñetera vanidad.

¿Y todo para qué? Se dice que el periódico de un día sirve para envolver el pescado del día siguiente. Las revistas de arquitectura duran un poco más, pero manifiestan de la misma manera la futilidad y la fugacidad de estas vanidades. Yo tiré al contenedor azul casi todas las que tenía cuando cerré mi estudio en 2010, y ahora un amigo mío tiene así las suyas:


Está pensando donarlas a alguna universidad, porque ya le estorban, y ante la remodelación de su estudio no sabe ni dónde ponerlas. Además las revistas caducan. Llega un momento en que no sabes ni qué buscar en ellas, ni qué sacar en claro de ellas. La ya citada El Croquis (la más cara de todas) lleva bastantes años haciendo monográficos, que es una forma de disimular el carácter de publicación periódica y convertirla en libro, algo mucho más estable y duradero.

Pero de todas formas acaban estorbando. Y por no hablar del dinero que han costado. A ojo ahí me da para un Skoda Fabia o para un Dacia Logan. Y me dice mi amigo que tiene repartidos varios montones similares por diversos rincones para no concentrar el peso, que hablamos mucho de las piscinas en las terrazas pero nada de las revistas en los estudios de arquitectura. O sea, que sumando todos los montones sí que le da para un cochazo alemán.

La foto que me ha mandado mi amigo me ha traído todo esto a la mente: La vanidad de salir publicado en una de esas revistas termina en el suelo, y la constancia de irlas comprando una detrás de otra y de irlas colocando y clasificando durante años termina en el hastío. Vale que ya no son útiles, ¿pero cuándo y, sobre todo, cuánto lo han sido? ¿Cuánta enseñanza han producido y cuánto placer han dado? En mi estudio estuvimos suscritos a varias revistas durante unos años y llegó un momento en que las hojeábamos con prisa según llegaban, las colocábamos en la estantería y a otra cosa. Y al final acabaron en el contenedor azul.

Este amigo es un estudioso, y seguro que les ha sacado jugo y provecho, pero aun así terminan molestando, sin saber dónde estar, sin ser capaces de seguir soportando en alto las vanidades de sus protagonistas. Los talentos; claro; por supuesto. Pero las vanidades.

lunes, 22 de junio de 2020

Desaparecer

Acabo de enterarme por casualidad (como pasan estas cosas) de que una piscina que hice en un pueblo toledano hace muchos años lleva ya tiempo convertida en un skate park. (En español podríamos llamarla "pista de patinaje acrobático" o algo así).
Primero he sentido un poco de pena y de nostalgia, pero en seguida un gran alivio, y esa sensación es la que voy a intentar contaros hoy.

Imagen de un skate park en Zaragoza. (No tiene nada
que ver con el que yo digo, del que no quiero dar pistas).

Me cuentan que mi obra llevaba años sin tener el tirón que tuvo. Cada vez había más piscinas particulares y la gente tenía menos ganas de ir a la pública. (Así nos va con todo: En vez de disfrutar con algo colectivo grande y bien dotado lo repetimos incansablemente en sucedáneos privados, pequeños y peores, pero de uso exclusivo). El coste de mantenimiento era muy alto para el poco partido que se le sacaba. El ayuntamiento ponía a concurso su explotación, con su bar-restaurante correspondiente, y nadie se presentaba. Un desastre. Al final ya ni la abrían. Así que han hecho esto del patinaje que parece que tiene más tirón.

Habría que hablar del alivio que le supone a un arquitecto que demuelan o alteren profundamente su obra, extinguiendo así su responsabilidad civil sobre cualquier cosa desagradable que pueda pasar de ahí en adelante, pero ese no fue, esta vez, mi caso. Hice la piscina hace muchísimos años y el período decenal estaba ya más que extinguido, e incluso doblado.
No; no era eso. Fue una especie de limpieza interior: Una obra menos, una resta, un aligeramiento de peso. Sentí el placer de ir tachando.

Sin embargo, en el inicio de la profesión, en el inicio de la vida, lo normal es que uno intente dejar huella, llamar la atención, hacer muchas cosas y muy espectaculares. Cuesta mucho ir desocupando esa vanidad, irla vaciando, y casi nunca es un acto libre y voluntario, sino la consecuencia de las decepciones y bofetadas que te va dando la vida. Y el cansancio. Y el hastío. Y la única ansia que al final te queda es la de que te dejen tranquilo, la de vivir en paz lo que te quede y no marear demasiado.

viernes, 31 de enero de 2014

¿Algún voluntario para defender a Calatrava?

Hasta hace cuatro días Santiago Calatrava era el orgullo de la profesión, el objeto de deseo de los alcaldes, el yerno perfecto, el mago de la forma, el artista genial.
Era el gran arquitectingenierescultor del mundo. El megaestrella de las estrellas. El alfa y el omega.
¡Guau! ¡Cómo era! ¡Qué tío!
Y ahora, como por ensalmo, ha pasado a ser un apestado, el peor arquitecto del mundo, el ingeniero impresentable, el horror.
Nadie le quiere (ahora), y nadie pierde la ocasión de mencionarle para ponerle a parir, venga o no venga a cuento.
(Por ejemplo, en un ruborizante artículo de Vicente Verdú en el que se elogia a Foster hasta la vergüenza ajena -se menciona incluso lo bien que folla-, se aprovecha de paso, sin ton ni son, para decir que Calatrava es "un gran masturbador". Y así todo).

Uno se queda de piedra leyendo estas cosas.
Y constata, por enésima vez, lo miserable que es la gente.
Ya sabemos que siempre, bajo cualquier circunstancia, todo el mundo acude corriendo en socorro del vencedor. Nunca hay suficientes alabanzas, suficiente coba, peloteo y baboseo. Calatrava conoció esto y lo disfrutó. ¡Mas ay de ti si caes! Todo lo que era adulación y repugnante halago se vuelve un no menos repugnante insulto, desprecio, burla.

¿No era tan bueno Calatrava? ¿Dónde estáis los que llenabais páginas de ditirambos, los que le dedicabais monografías laudatorias? ¿Dónde os habéis metido los que le disteis el Premio Príncipe de Asturias? ¿Los que llorabais porque no estaba en vuestra mano darle el Premio Nobel, la UEFA Champions League o el Oscar? ¿Dónde os escondéis ahora?
¡Ah, que no os escondéis! ¡Que no sólo no os escondéis avergonzados sino que ahora hacéis chistes sobre él y le sacáis motes! ¡Ah!
Claro: Sois los mismos. Quienes corréis siempre presurosos a socorrer al vencedor sois los mismos que le tiráis a la adúltera la enésima piedra. Nunca la primera piedra; eso jamás; eso es arriesgado. La trigésima quinta, y sólo cuando ya esté muy malherida y, a poder ser, moribunda.
Así sois. Qué asco.

La prestigiosa revista EL CROQUIS -para una explicación urgente de lo que entiendo por "prestigiosa" en este contexto puedo decir "cara"- le dedicó a Calatrava dos números monográficos tipo tochaco: El nº 38 y, años después, el nº 57.


Dos monografías elogiosas, en las que sólo había unas palabras tímidas (y valientes) de Fernández Ordóñez que hacían alguna leve crítica (por otra parte bastante contemporizadora, pero es que le llamaron para que alabara, y al menos no lo hizo descaradamente).
Bueno, pues después de esos dos números monográficos llegó el éxtasis cuando EL CROQUIS los fundió en uno solo. El magno (y ya carísimo) 38+57.


Todo un despliegue editorial.
Fue hace tiempo. Tanto que no les queda ni un ejemplar. Nada. Si clicáis aquí y escribís CALATRAVA en el buscador no aparecerá nada. Sólo falta que os conteste: "¿Quién es ese? Por aquí no le conocemos de nada". Está descatalogado. Hombre: Era entonces tal objeto de deseo, y el colectivo de arquitectos tenía entonces tanta pasta, que supongo que se vendió absolutamente todo. Pero también imagino que si quedó algún ejemplar en el almacén lo habrán tirado por el váter.
Quienes antes le jaleaban ahora le niegan no sólo tres veces: Mil veces.