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viernes, 5 de agosto de 2022

Querido maestro:

(Permítame que le siga llamando así, aunque, ya próxima la terminación de mi carrera profesional, no haya realizado jamás un solo trabajo digno de que se me pueda llamar discípulo suyo). 

El año pasado, a mis sesenta y uno de edad (tres más de los que vivió usted), supe con gran alegría que le iban a hacer una exposición en la Delegación de Vizcaya del COAVN. La comisariaba Joaquín Lizasoain, otro arquitecto admirador de usted y de su entorno. (Su tesis doctoral se titula El muro de Oteiza, y seguro que le habría gustado mucho).

Tenía todo preparado para ir a Bilbao a verla con mi mujer (que le manda recuerdos) cuando un problema familiar nos impidió hacer el viaje.

Pero este año (yo ya con sesenta y dos) la ha hecho el Instituto de Arquitectura de Euskadi, y la ha hecho muy bien, con mucho cariño y mucho cuidado, y ahora ya sí que la hemos podido ver.

La sede del instituto es el antiguo convento de Santa Teresa, un lugar estupendo en la zona vieja de San Sebastián, a dos pasos del Museo de San Telmo, en el que han montado una de Oteiza y Chillida. Están ustedes tres casi juntos. (Recuerdo que usted decía que las exposiciones había que verlas de dos en dos. Pues figúrese esta vez).

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Vargas Llosa, arquitecto

Estoy leyendo La Casa Verde. Es una novela muy compleja, con una estructura fascinante. Leí hace años Conversación en La Catedral, y tiene algo en común. La Ciudad y los Perros me pareció más sencilla. Otras, como El paraíso en la otra esquina, por ejemplo, son mucho más convencionales y fáciles.
Me centraré en La casa verde y en Conversación en La Catedral para hablar de las cualidades arquitectónicas vanguardistas de Don Mario.
(Acabo de caer en la cuenta de que, por pura casualidad, en los dos títulos hay arquitectura: casa y catedral. El primero es un burdel y el segundo un bar).
En ambas novelas se cruzan varias historias en varias épocas, pero eso no es evidente. Pongamos que un anciano contara cómo en su juventud mató a un hombre, y en el párrafo siguiente una mujer, apenas una niña, se está casando. Pues bien, cien páginas más adelante nos damos cuenta de que no sólo el anciano es mucho más joven que esa niña, sino que es su hijo, y que las dos historias que creíamos simultáneas tienen sesenta años de diferencia. Por ejemplo.
O también leemos, por ejemplo, que uno le está contando a otro cualquier episodio, y de repente ese episodio ocurre al mismo tiempo que la narración, y no es ya sólo un flashback, sino una mezcla, una ensalada espacio-temporal confusa de leer, pero riquísima.
Esta literatura enrevesada y difícil no es mero capricho. Es que así se puede reflejar mejor la realidad poliédrica y escurridiza. Cuesta trabajo leer y entender, pero la recompensa merece la pena, porque se logra algo que una narración lineal no podría conseguir nunca.
Un ejemplo palmario de esto es El Ruido y la Furia, de William Faulkner, maestro de Vargas Llosa, quien siempre lo ha reconocido como guía. Yo soy un lector todoterreno, pero estuve a punto de dejar El Ruido... Estaba lleno de trampas, escrito con muy mala leche. También soy cabezota y logré terminarla. Y mereció la pena porque me abrió un mundo narrativo complejísimo y riquísimo. (La peor, con diferencia, es la primera parte. El resto ya sale muy bien). Parece una novela escrita por pura crueldad de su autor, para fastidiar a los lectores. Pero creedme: No toda la literatura es... Iba a decir un nombre, pero ¿para qué?
Otras novelas de Vargas Llosa, como La Fiesta del Chivo, componen también varias historias con gran maestría y dinamismo, pero son más convencionales. La Fiesta... me parece una magnífica novela, pero yo quiero hablar de otra cosa.