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miércoles, 19 de julio de 2023

Arquitectura con clac (y 2)

Dedicado a Eduardo Almalé, detective infalible,
y a Enrique Parra, que se emocionó en el Panteón. 


Josep Quetglas, a modo de provocación, escribió que "solo los [arquitectos] torpes viajan a ver arquitectura". Vamos, que no entendía por qué ni para qué viajamos a tal fin. Señalaba que es una pérdida de tiempo, un gasto innecesario, una confesión de incapacidad o incluso de estulticia. ¿Es que acaso no sabemos leer un plano? ¿Es que no somos capaces de hacernos una perfecta construcción mental al estudiar plantas, alzados y secciones? Pues vaya una porquería de arquitectos que somos.

El texto de Quetglas sobre los viajes.
Impagable documento conseguido por Eduardo Almalé

Yo, como todos mis colegas, sí que sé hacerme una construcción mental de un edificio viendo sus planos; lo "entiendo"; pero "vivirlo" es otra cosa. Tengo que experimentarlo. Con los planos lo entiende mi cerebro, pero al visitarlo lo siente mi corazón(1)

Por ello, y lamentándolo mucho, me voy a limitar a comentar solo algunos de los (escasos) edificios en los que he estado(2).

¿Hay arquitectura que tenga un clac, una articulación, una clave, que dé sentido a su espacio y a su idea?, preguntaba el otro día. Y me respondía que sí.

miércoles, 12 de julio de 2023

Arquitectura con clac (1)

En algunas obras "narrativas" (cine, novela, teatro...) hay un clac que articula la historia, un chispazo que o bien le da un giro a todo o bien lo hace avanzar definitivamente hacia la resolución. Es un clac lúcido, en el que el lector o espectador es sacudido por una sorpresa o por un relámpago de lucidez que de pronto lo explica todo.

(A veces este ya lo sabe, y ese clac a quien sacude es a uno de los personajes, que entonces reacciona de una forma que desencadena toda la trama).

Pongo algunos ejemplos: Empiezo por el que creo que es uno de los planos más prodigiosos de la historia del cine, en el que salta un clac gigantesco.

Se trata de El Apartamento, de Billy Wilder. El protagonista, C.C. "Bud" Baxter, asciende en su empresa (una compañía de seguros), pero no por trabajar mucho y eficientemente, como hace y merece, sino por un motivo vergonzante. Sea como sea lo consigue. Entra en el Olimpo de los directivos, y para celebrarlo se compra un sombrero hongo muy elegante. En seguida se lo muestra muy satisfecho a la ascensorista de la empresa, Fran Kubelik, de la que está secretamente enamorado. Ella se lo ladea un poco y le presta su espejito para que vea el efecto, y lo que él ve es que el espejo está roto.