miércoles, 17 de julio de 2019

Vida y obra

(Nota previa: Todo lo que sigue puede ser leído como una autojustificación muy mezquina del tipo "si no he hecho nunca un gran trabajo es porque soy buena persona y prefiero la vida a la obra, prefiero ser un hombre honrado y con muchos amigos que ser un monstruo déspota". Pues bien: Nada de eso. Eso es una imbecilidad y una justificación tan idiota como la de la zorra y las uvas. Para nada.
Pero leed vosotros mismos lo que sigue y opinad).


Primero estudiando la carrera y después ya ejerciendo la profesión, he conocido a algunos arquitectos excepcionales. Los que he tratado algo más de cerca me han impresionado mucho por su capacidad de organización, de mando, de control. Unos conseguían esa rara magia de hacerse obedecer y respetar siendo afables y otros eran tiránicos, pero todos ellos se tenían que enfrentar a una horda de enemigos para lograr que su obra saliera airosa. Demasiada gente le mete mano a las obras con demasiados intereses contrapuestos (costos, rapidez, chapuza...) sin que el arquitecto pueda hacer gran cosa. Los buenos sí lo consiguen, a veces quemando las naves, los amigos y a quien se ponga por delante.

Yo he aprendido que cuando una rejilla tiene todas sus lamas paralelas es un milagro, que cuando un pasamanos de madera engarza limpiamente con los anclajes metálicos es otro, y que cuando una ventana tiene sus jambas y su dintel bien perfilados ha bajado del Olimpo el mismo Júpiter Tonante para marcarse unos fandangos. En una obra hasta la cosa más tonta y más anodina es dificilísima de conseguir.

Si un arquitecto consigue todo esto es porque es capaz de vender a su madre por la satisfacción infinita de que todos los picaportes estén a la misma altura, y de arrancarle la piel a tiras con sus propias manos a quien tuerza 0º 0' 1" una hilada de ladrillo.

Si el arquitecto no es así se lo comen. La chapuza lo invade todo y la obra fracasa. Y si los clientes dicen durante la obra: "Hemos pensado que...", hay que embadurnarlos de brea y emplumarlos en el primer momento o acabarán contigo.
(Lo normal es que sea el arquitecto el embadurnado y emplumado desde el primer día).

Al final, en la magnífica obra se ha salvado el detalle de los vierteaguas: Un detalle en el que el arquitecto ha estado empeñado en cuerpo y alma durante todo el tiempo pero cuyo sublime y delicado éxito es inapreciable por cualquier otro ser vivo.
(Y, en definitiva, un detalle que va a permanecer limpio apenas unos meses, hasta que lo "arreglen" y "mejoren" los dueños).

El arquitecto (me refiero al buen arquitecto) es, por lo tanto, un ser insomne, reconcentrado, psicótico, con instintos homicidas si se le llega a contrariar, consagrado a su obra como un samurai, asesino, traidor, canalla, infiel a todos menos a su sacrosanta obra.

No hay más remedio que ser un cabrón. Interviene tanta gente que hay que ser un tirano para que se hagan las cosas como uno quiere.

Se parece a la dirección de cine: El director de cine, como el arquitecto, sabe lo que quiere y cómo lo quiere, pero no lo puede hacer él. Se lo tienen que hacer otros, y son muchos.


Al hilo de esto, me gustaría comentar dos ejemplos: uno de Orson Welles y otro de John Ford. (El primero admiraba al segundo. El segundo no admiraba a nadie).

En una entrevista le preguntan a Welles si alguna vez contrató a algún amigo en vez de a la persona adecuada para un papel.
-¡Frecuentemente! -contesta en el acto, casi sin darle tiempo al entrevistador a terminar su pregunta.
-¿Lo lamentó?
-¡Frecuentemente!
-¿Volvería a hacerlo?
-¡Sí!


¿Por qué? Pues porque, según Welles, el arte no es lo más importante, y él valora mucho más la lealtad, la amistad, la vida.

jueves, 11 de julio de 2019

San Manuel Bueno, mártir (y energéticamente eficiente)

La novela San Manuel Bueno, mártir tiene un argumento triste y descorazonador: Trata de un párroco, Don Manuel, que hace escrupulosamente su trabajo pero ha perdido la fe.

Es consciente de que puede llevar paz y conformidad a los dolientes, de que puede dar una última esperanza a los moribundos y a sus familiares, consolándolos con la promesa de una vida eterna en un mundo feliz tras este tan doloroso, pero él mismo no se lo cree. Lo sigue haciendo porque ayuda a los demás, pero él está cada vez más angustiado.

Víctima de un escepticismo insoportable, se obliga a ser un "buen profesional", a cumplir con su deber, a hacer todo lo que se espera de él.

El propio Miguel de Unamuno se retrata, porque él mismo estaba deseando creer en Dios, pero en el fondo de su ser sabía que no creía. De ahí emana su enorme monumento Del sentimiento trágico de la vida.


¿Os suena esto de algo? ¿Hacéis certificados de eficiencia energética de viviendas y locales? Yo sí, y me siento exactamente igual: Los hago, intento convencer a los indignados pagadores de que son útiles, pero yo mismo no me los creo. He perdido la fe.

Y, sin embargo, y para los ridículos honorarios que me pagan, los intento hacer lo mejor que sé. No sé por qué. No es por sentirme un buen profesional, desde luego, porque todo esto es una monumental estafa.

Los dueños de una casa están intentando venderla o alquilarla y les dicen que para ello tienen que contratar a un técnico para que haga el certificado de eficiencia energética de esa vivienda.

-¿Y eso qué es? -preguntan.
-Tenéis que hacerlo -les contestan.

Y llaman a alguien. A veces a mí.

-Buenos días. ¿Es usted el arquitecto?
-Sí -siempre me sorprende lo de "el".
-Es que tengo que hacer un... un... de mi casa... un... una cosa energética.
-Sí, sí. Un certificado de eficiencia energética.
-Eso. ¿Y cuánto me lleva por hacerlo?

Se lo digo. A veces me dicen que sí y quedamos. Y a veces me dicen que ya veremos y no me vuelven a llamar.

Cuando voy a la vivienda y empiezo a medir, los propietarios se me pegan y me acosan a preguntas:
-¿Y esto para qué sirve?
Y a afirmaciones:
-Esto es un sacacuartos.

Yo les digo que sirve para tal y para cual y que no es un sacacuartos, sino algo muy útil. Pues bien: tienen razón. Verdaderamente es un sacacuartos y verdaderamente no sirve para nada.

jueves, 4 de julio de 2019

VAD 01: "Los inicios"

Acaba de aparecer una nueva "revista científica" (indexada) sobre arquitectura. Se llama VAD (Veredes Arquitectura y Divulgación) y este número uno se titula, naturalmente: "Los inicios".


Me he enterado de su publicación ahora mismo y aún no la he leído, pero viendo los nombres de quienes intervienen se adivina un número tremendo. Voy a leérmelo de cabo a rabo.

Y sí, entre ellos estoy yo: Siempre esa vaga sensación de impostor. Pero voy a dejar de fustigarme por una vez y disfrutaré sin complejos de pertenecer a este selecto y admirable club. ¡Viva el vino!

Mi artículo "de investigación" trata sobre un detalle de las vanguardias de arte y arquitectura del primer tercio del siglo XX, que, como creo que sabéis, es un asunto sobre el que nunca nadie había escrito hasta ahora, un terreno virgen para un joven investigador como yo.

Joven, sí; al menos en esto: Resulta que he escrito bastantes cosas en mi vida, pero es la primera vez que escribo un artículo para una publicación de estas condiciones, con "comité científico", "revisión por pares" y todo lo demás. Y estoy encantado, naturalmente.

Mucha gente participa en el proyecto de una u otra forma, pero quiero felicitar muy especialmente a Alberto Alonso Oro, el alma de veredes, y a Silvia Blanco, la editora-jefe de VAD, que han realizado una labor heroica para sacarlo adelante y me han ayudado con todo, pero especialmente con todas esas puñetitas burocráticas de índices, registros y todo lo demás, que me anulan de una manera difícil de explicar. Solo les ha faltado darme la manita para ayudarme a cruzar la calle. Han hecho un trabajo tremendo, pero el fruto ha sido excelente.

Los felicito y les deseo mucha suerte (mucho ánimo ya tienen) y muchos, muchísimos números más de VAD.

lunes, 1 de julio de 2019

Madurez

A mi amigo Francis, y a su precioso lema:
"Nunca es tarde para tener una infancia feliz"


Tengo cincuenta y nueve años, y a mi edad más que maduro empiezo a estar pocho. Pero como sé que me lee mucha gente joven quiero decirle una cosa importante: La madurez es una mierda.

Sabedlo ya. Cuanto antes. La madurez es una mierda.

Los jóvenes lo quieren todo, y lo quieren ya. Se sienten con derecho a ello y no pueden concebir no merecerlo, o tener mala suerte, o no conseguirlo al final por lo que sea.
Tan intensa como ha sido la ilusión, tan fuerte como ha sido el deseo, así de vehemente es también la decepción. Qué mal se pasa. Qué frustraciones y qué rabias más impetuosas.

Lo único que te enseña la madurez es a poner buena cara cuando te dicen que el Oscar no es para ti, sino para uno de tus compañeros, el que más rabia te da, el más tonto. A lo único que te enseña es a no revolcarte por el suelo y lanzar patadas a diestro y siniestro, sino a mantener la calma, no perder la sonrisa e incluso a aplaudir al ganador. (Las cuatro o cinco primeras veces lo aplaudes forzando la mueca y deseándole la muerte entre horribles dolores, pero después te vas acostumbrando y palmoteas incluso con aburrimiento y desdén).

Cuando eres inmaduro lo vives todo intensamente. Las pasiones son muy fuertes, muy vivas. La verdad es que se disfruta mucho, pero también se sufre mucho.

No es Magaluf. Son alumnos de la Bauhaus muy maduros
haciendo una prueba de carga en un balcón

Si encima estudias algo creativo (en mi caso arquitectura, pero también puede ser arte dramático, bellas artes, música, imagen...) siempre crees que tienes algún talento. Y confías en que tarde o temprano se manifieste y te haga triunfar.
Mi esposa (por aquel entonces mi novia), que estudiaba medicina y tenía otra forma de ver el mundo, cuando venía a alguna movida de las que hacíamos los compañeros de arquitectura se quedaba siempre muy sorprendida y me lo decía:
-Hernández, usted tiene muchos pajaritos en la cabeza. Y sus amigos también.
-Bueno, es que...
-Todos ustedes se creen artistas, y no lo son.

lunes, 24 de junio de 2019

Sacacuartos

Me ha llamado un posible cliente porque le ha dado mi teléfono otro que tuve hace un par de años y a quien le hice una chorrada.

Me ha dicho que quería abrir una tienda en un pueblo que me queda lejitos, y que en el ayuntamiento le han dicho que tiene que presentar una memoria técnica.

Le he preguntado por la superficie aproximada del local (50 m2) y si tenía que hacer obra. No; no tiene que hacer nada. El local ya está acondicionado y hasta hace un año fue una frutería. Antes fue una papelería. La cosa consiste en instalarse según está (si acaso pintar) y abrir.

En vista de que me ha recomendado un cliente (razonablemente) satisfecho a quien le hice algo parecido (se está convirtiendo en mi especialidad), que seguramente le habrá dicho a su amigo lo que le cobré, y que es un trabajo sencillo, accedo a aventurar por teléfono un presupuesto aproximado (no lo hagáis nunca) que incluye ir hasta aquel pueblo más bien lejano, examinar el local, medirlo, hacer un planito de planta y una memoria descriptiva y justificativa.

Le advierto que esa cantidad que le estoy diciendo es estimada y previa, solo para que se vaya haciendo una idea, y que se la diré con exactitud cuando vea el local. (A veces esas cositas tan sencillitas son un laberinto con veinte ringorrangos y ocho niveles diferentes. Pero, por otra parte, si es verdaderamente sencilla puedo rebajar algo).
El pobre hombre resopla. Me dice que me ajuste todo lo que pueda; que me apriete.

Insiste en que el local ya ha estado funcionando tal cual, y que ha tenido todo tipo de licencias, permisos y bendiciones, y me pregunta indignado que a santo de qué le piden ahora este SACACUARRRTOS.
Solo por el desahogo que le ha producido pronunciar esa palabra, y pronunciarla así (SA - CA - CUARRR - TOS), y por lo a gusto que se ha quedado al decirla, ya le va a merecer la pena encargarme y pagarme la maldita memoria.

Lo entiendo perfectamente, y me quedo pensando: ¿En esto ha quedado mi vida? ¿En que me encarguen cosas a la fuerza, pataleando y rabiando? ¿En hacer cosas que no sirven para nada? ¿En hacerles cosas a la fuerza a mis clientes? ¿Para eso he quedado? ¿A eso me he consagrado?

Saul Steinberg, Diploma, 1950(1)

Hacer papeles absurdos que no necesitan para nada, que solo me piden porque se los exige el ayuntamiento, que tampoco los necesita para nada más que para tener una firma archivada por si acaso.

miércoles, 19 de junio de 2019

Qué cosa rara

Qué cosa más rara es la arquitectura.

Estos días -gracias al ayuntamiento de mi pueblo, que organiza las fiestas ante la fachada de mi casa de tal modo que me anima a marcharme a ver mundo- mi mujer y yo hemos pasado un fin de semana largo en Soria.

Dos eran mis metas: los torreznos y la ermita de San Baudelio de Berlanga. Todo lo demás que viniera (San Juan de Duero, San Saturio, Numancia, el cañón del río Lobos...) sería bienvenido, por supuesto, pero lo principal era eso: Torreznos y San Baudelio. Y vive Dios que los disfruté a modo.

Ni el delicado, crujiente y grasiento tacto y sabor de los tesoros del gorrino, ni el emocionante, grávido y mágico sentimiento espacial de la ermita pueden ser explicados aquí por un glosador tan torpe (aunque entusiasta) como yo. No obstante, voy a intentar contaros una sensación rara. Qué cosa rara. Qué cosa más rara es la arquitectura. (Qué cosa más rara es todo).


Voy con ello:
Los torreznos son grasos, pero se comen con ligereza. La corteza crujiente es algo inexplicable, digno de análisis. (Qué porras análisis: disfruta y no le des más vueltas). ¿Cómo es que está todo tan tierno y blando pero con una corteza tan crujiente y quebradiza? ¿Cómo puede explotar aquello de esa manera en la boca al ser masticado? ¿Cómo...?

-Hernández: Tiene usted un blog de arquitectura. Deje de hablar de comida, que además está usted oblongo, qué vergüenza de hombre, ¿qué digo de hombre?: de mamut, y escriba sobre San Baudelio.
-Voy a ello cariño.

Mi esposa tiene razón. Voy con San Baudelio. (Por cierto: A ella también le gustó mucho).

La ermita tiene eso que tienen algunas obras señeras de la arquitectura de todos los tiempos: Es algo esperado, paladeado de antemano, algo en lo que uno se ha documentado un poco antes de ir. De modo que cuando uno al final está ahí comprueba que es lo que ya había visto y leído; es en gran medida lo que esperaba; pero es algo nuevo y que le sacude a uno desde dentro y desde fuera.

Qué cosa rara.

No pretendo "explicar" San Baudelio. Entre otras cosas porque no tengo ni remota idea. Así que no voy a hablar ni de mozárabe, ni de prerrománico ni de nada de eso. Quien quiera saber, que busque a alguien que sepa. Solo pretendo contaros la sensación que tuve, si soy capaz.

miércoles, 12 de junio de 2019

Dar ejemplo

Ayer por la tarde, en un pueblo de mi comarca, vi este casoplón:


Ya me fijé en él hace muchos años, llevando a mi hijo pequeño a jugar al fútbol a un pabellón que queda al lado. (Lo vi al llegar con el coche y, ya después, mientras se jugaba el partido, me escapé -qué mal padre- para ver la casa con tranquilidad).

Hoy, como digo, tanto tiempo después, la he vuelto a ver. Me acordaba de ella perfectamente. Lo primero que tengo que decir es que está muy bien construida. En todos estos años no se aprecian fachadas churretosas, manchurrones de humedad, fisuras, desconchones... Nada. Está como nueva. Tan solo la gran puerta de madera, al fondo de ese porche de columnas seudotoscanas, se ve un poco ajada por el sol, el frío, el tiempo. Necesitaría un buen cepillado y un barnizado.

Por lo demás, la casa está perfecta.

Si clicáis la foto la podréis ver más grande y disfrutar todos los detalles que tiene. Es un híbrido tras otro y un orgullo tras otro. Cada cosa (las columnas, los aleros, la chimenea, los tejados...) son de un estilo diferente, buscando en cada elemento lo mejor. Eclecticismo sagreño.

(La comarca de La Sagra es un paraíso de la arquitectura(1). Alguien debería prestarle atención).

Toda esta calle es de casas normales, sencillas, sosas, feúchas, de pueblo. Excepto esa, que es la excelencia misma, la sublimidad. Más o menos desde donde estoy haciendo la foto, en una casa que queda a mi izquierda, un matrimonio está sentado en el porche a la sombra, tranquilos, en silencio, mirando con la mirada perdida lo mismo todos los días: nada.

En el casoplón del fondo no se ve a nadie. Está cerrado. Tiene terrazas y porches, pero no hay nadie en el exterior, no hay nadie expuesto. Hace años, cuando el partido de fútbol de mi hijo, también estaba así. Hay gente, pero no se la ve. Me los imagino como los protagonistas de la película Los otros, agazapados en el interior oscuro, con todo cerrado.

Viven en la casa, pero no se asoman. No miran. No se dejan ver. Sin embargo su presencia es evidente, pesada, ominosa. Su casa se yergue como ejemplo para la calle, para el pueblo entero, pero ellos se esconden. Desde las sombras de las celosías y de los cortinones dominan el pueblo.

Naturalmente, no sé quiénes son los dueños de ese casoplón, pero como veo cacharros de esos en todos los pueblos, a algunos de cuyos propietarios sí conozco, permitidme que haga una inferencia y hable no de estos concretamente, sino de un tipo muy característico que construye unas casas muy curiosas.

Son las casas de las familias ricas, apenas dos o tres por cada pueblo. Hay pueblos que solo dan para tener una, y otros ni siquiera una. Son los terratenientes que ya eran ricos cuando sus tierras de secano daban nada y menos por hectárea. Pero teniendo miles y miles de hectáreas las cuentas les salían.
Y ya cuando el gran pelotazo hurbanístico(2) clasificó buena parte de sus kilómetros cuadrados como suelo urbanizable aquello fue el acabose.

Tenemos que pensar, antes que nada, que esta gente es la nobleza rural, la Cavalleria rusticana, y se mueve, sobre todo, por el honor y la dignidad.
Para ellos, construirse una casa así es una obligación cívica, un deber moral ejemplificador.

viernes, 7 de junio de 2019

L-C (o "porque lo digo yo")

Una figura puede servir para esquematizar los estratos áticos de Le Corbusier: la misma que se usa para trazar la cifra del "5". Una línea que, empezando a dibujarse como un cuadrado, acaba dibujando un círculo; que, empezando con una línea quebrada convexa, acaba en una ondulación cóncava; y viceversa, desde cualquier posición en que se la tome: es esa figura la que aparece cada vez que Le Corbusier firma con sus iniciales: "L-C", el cuadrado y el círculo, el ángulo recto y el arco.
Josep Quetglas
Les Heures Claires


Alguna vez ya lo he dicho, y las que volveré a decirlo: Creo fervientemente que la crítica es una actividad creativa. A mí me parece obvio. Seguro que a vosotros también y todo lo que sigue sobra. Pero aun así tengo ganas de escribirlo. Paciencia.

Una obra de arte permanece viva en tanto que nos toque la sensibilidad y el intelecto; en tanto que nos hable a nosotros, a cada uno de nosotros. Si no nos dice nada habrá muerto como obra de arte: Quedará como testimonio histórico, como objeto anecdótico o como yo qué sé, pero ya no será arte porque el arte está abierto al ser humano y de su interior sigue manando energía.

Por eso mismo, aunque ya se hayan escrito miles de tratados sobre tal pintor o sobre tal poeta o sobre tal obra, siempre es posible que yo aporte mi versión y pueda decir algo nuevo (si es que sé) y, sobre todo, que sea capaz de llevar la contraria al gran profesor Fulánez de Tal y sean válidos a la vez lo que dice él y lo que digo yo.

La crítica es interpretación y creación, y pueden ser una interpretación y una creación personales con una sola condición para que sean válidas: que sean interesantes. Que sean divertidas, o excitantes, o provocativas, o gamberras, o emotivas. Que construyan. Que nos construyan. Que me muevan a volver a ver esa obra con una nueva mirada. La obra no solo no se agota con cada nueva visita y con cada nuevo disfrute o con cada nueva diatriba, sino que eso la hace seguir viva y ser cada vez más rica.

La historia es otra cosa: El historiador tiene que dar el dato preciso. Tampoco la obra se agota; siempre se puede aportar un nuevo documento, o relacionar dos que hasta ahora no se habían relacionado. Eso da nuevos conocimientos sobre la obra. Son conocimientos ciertos.

La crítica, sin embargo, me parece que no aporta un nuevo conocimiento objetivo sobre la obra, sino una nueva opinión y una nueva interpretación por si nos puede servir. (Si me permitís la expresión, un nuevo "conocimiento dinámico") Porque la crítica, como queda dicho, es productiva y nos mueve a actuar.

De la historia valoro si es verdad o mentira. De la crítica si es útil o inútil.

domingo, 2 de junio de 2019

Nuestros padres

Donación de Carlos Santamarina-Macho. Ni siquiera
sé si está en su casa o si lo vio por ahí y lo fotografió.

La carrera de arquitectura no es que sea especialmente difícil -la prueba es que incluso yo la pude terminar-, pero lo que sí es es muy cansina, muy exigente y a veces incluso angustiosa.

Es una carrera que tiene al alumno siempre ocupado: las veintiséis horas del día y los nueve días de la semana. Es un no parar: Prácticas de esto y de lo otro, parciales, entrega de proyectos... y muchas de esas cosas al mismo tiempo y en distintos sitios.

Uno, más que arquitectura, aprende bilocación, suplantación, falsificación, ardides varios, excusas, escurrebultismo y otras mañas que a la larga resultan bastante más útiles para desenvolverse en la vida que las materias regladas que se imparten.

Dormimos muy poco, escuchamos la radio (perdón, la escuchábamos entonces: La de horas que me he tirado yo con Pumares y con Gomaespuma en Antena 3 Radio. Ahora, con tanto espotifai y tantas historias ya ni sé cómo pasan las noches los estudiantes actuales), bebemos café, fumamos (eso, afortunadamente, cada vez menos) y hacemos cosas raras para estar trabajando noche tras noche sin caernos de bruces en la cama o sobre el tablero (que también nos caemos, y luego abrimos el ojo a las tantas y salimos corriendo a la escuela, vistiéndonos por la escalera, porque no llegamos a la entrega, o al parcial, o a la práctica, o a lo que sea).

Y así un año, y otro año, y otro año... Demasiados, hasta que podemos tachar por fin la última maldita casilla  del plan de estudios y salir de la escuela con la cabeza muy altBAJA.

Y nuestros padres (animalitos de Dios), también sufren y se angustian. Y quieren ayudar, y sienten a menudo que no pueden. Ayudan -y mucho- estando ahí, y haciéndonos la vida lo más fácil posible, pero sufren nuestros problemas y nuestras angustias y se ven impotentes.

sábado, 25 de mayo de 2019

Tres abuelas y un tío

Maria Antónia Marinho Leite nació el 25 de mayo de 1940 en una familia burguesa y conservadora. Tuvo una educación religiosa que -como la burguesía y el conservadurismo- la llenó de contradicciones y de inquietudes.
En 1957, con diecisiete años de edad, ingresó en la Escuela de Bellas Artes de Oporto, donde en seguida destacó como una de las mejores alumnas, si no la mejor, y una de las más díscolas, si no la más. Tenía un talento indiscutible que pasmó a sus profesores desde el primer momento, pero no se dejaba aconsejar ni guiar por ellos, ni se plegaba a las enseñanzas regladas. Al tercer año dejó la carrera, como estaba cantado.


Álvaro Siza Vieira nació también en el seno de una familia burguesa y religiosa, siete años menos un mes antes que Maria Antonia: el 25 de junio de 1933. Su padre era ingeniero y en principio parecía natural que él también acabara estudiando ingeniería.
No obstante, de niño padeció "una primera infección", una amenaza terrible que anunciaba un principio (o al menos un cierto atisbo) de tuberculosis. Así que sus padres lo mandaron al campo, a casa de su abuela, para que respirase aire puro y, más que curarse, no permitiese la entrada a la entonces terrible enfermedad.
En casa de su abuela, por mor de la protección, vivió dos meses prácticamente encerrado en su cuarto, mirando el campo a través de una ventana cuadrada y dejando pasar las horas y los días.
Un tío suyo, soltero y que vivía con los abuelos, le puso a dibujar para matar el tiempo.
En una deliciosa entrevista (aquí la tenéis) se lo cuenta a Anatxu Zabalbeascoa. Ella deduce: "O sea, que fue su tío quien le enseñó a dibujar", y Siza le dice que no, que su tío no tenía ni idea de dibujo, que era un negado absoluto, pero que le puso a echar horas por buscarle alguna distracción, y él acabó aprendiendo a dibujar.
El caso es que esa "primera infección", esa estancia con su abuela y ese tío pesado y férreo hicieron nacer en él la pasión por el dibujo, de manera que años después, cuando le tocó elegir carrera, Siza estaba loco por ser escultor, pero como con eso nadie podía ganarse la vida, y además su padre era muy buena persona y él no quería darle un disgusto, eligió estudiar arquitectura. (En aquella época estudiar arquitectura era algo digno y respetable; casi tanto como estudiar ingeniería).
La opción por la arquitectura fue porque le dejaba una puerta abierta para "contaminarse" de bellas artes y tal vez (solo tal vez) asistir también a alguna clase de dibujo y de escultura.

Allí, en la universidad y en el ambiente estudiantil con inquietudes artísticas, conoció a Maria Antónia (los más próximos la llamaban Totó). Le impresionó mucho su talento indiscutible y brillante, y también su alegría de vivir, su fuerza y su optimismo. Se enamoraron, y en 1961 se casaron.


Totó mostraba una gran libertad personal en una época dictatorial muy dura y muy gris. Dibujaba brillantemente y a la primera, a primer trazo. Empezaba por un extremo del papel y terminaba por el otro, de una vez, a pluma, sin encajar ni planificar. Enlazaba figuras humanas retorcidas que llenaban el espacio y lo hacían bailar y retorcerse. Sus dibujos eran atormentados, tensos, a menudo trágicos.


Totó tenía dos caras contrarias: la luminosa y la oscura, la alegría y el dolor, el optimismo y el pesimismo, la explosión de júbilo y el silencio reconcentrado. Una personalidad bipolar muy compleja.


martes, 21 de mayo de 2019

La chorraera

(NOTA.- En Málaga a los toboganes se les llama chorraeras, un nombre muy gráfico, especialmente en este caso).


El genial alcalde de Estepona es abogado del estado, notario y registrador de la propiedad. Quizá sea el único español que haya alcanzado esos tres ochomiles. (Unos me dicen que es el único y otros que ya hubo uno antes. En todo caso, es un personaje de récord). Un talento inconmensurable.

¿Se puede ser una persona inteligentísima y preparadísima y al mismo tiempo un papafrita? Es obvio que sí. Lo estamos viendo cada día. Pero en este caso, dada la excelencia inalcanzable, la sublimidad olímpica del personaje, también su papafritismo es inconmensurable. Estamos ante un ser extremo, mitológico, legendario.


Y es que al giligenio se le ocurrió instalar una chorraera para salvar el enorme desnivel(1) que hay entre dos calles de Estepona, y que obliga a un largo camino para salvarlo. ¿Por qué no tirar por la chorraera de en medio? Y así lo hizo. Apenas veintiocho mil euros resolverían un problema urbano y además le darían vidilla y cachondeo a la población. La genial idea lo tenía todo.

La chorraera no estaba pensada solo para divertirse, ni solo para los jóvenes intrépidos con muy alta condición física, sino que era una instalación urbana de uso cotidiano apta para todos los públicos y para todas las necesidades: Para ir al mercado con el carrito de la compra, para ir al ambulatorio a lo de las recetas, para comprar una bombilla, para ir al ayuntamiento a las cosas del ayuntamiento (yatúsabeh)... Para todo. Una maravilla.

martes, 14 de mayo de 2019

Tatuajes: El tiro por la culata (y II)

El otro día os dejé con la curiosidad de saber por qué me había hecho tatuajes, cómo eran, dónde los tenía...
(Bueno, dejé con la curiosidad a dos personas. Otra lo acertó desde el primer momento y ahí acabó la intriga. La verdad es que no soy demasiado bueno generando suspense).

En junio de 2016 me diagnosticaron un cáncer colorrectal, en julio me lo operaron con éxito, en agosto estuve de reposo y recuperación y en septiembre empecé con la radioterapia. Me dieron 27 sesiones entre septiembre y octubre. Y después me puse con la quimioterapia.

Todo salió estupendamente bien y aquí estoy: hecho un pimpollo.

Para la radioterapia había zonas sensibles muy próximas a la afectada y era fundamental no tocarlas; es decir: apuntar los haces de rayos con gran precisión.

Dada mi lesión, lo idóneo en mi caso era ponerme en la no muy airosa postura de tumbado boca abajo y con el culo en pompa. (Se ve uno en cada fregado...).

El primer día no hubo sesión de radioterapia, sino solamente trabajos previos de reconocimiento del terreno y replanteo.
Me hicieron pasar a un vestuario en el que me quité todo menos los calcetines y me puse una bata verde cortita con toda la parte trasera abierta. Un paripé para ir desde allí hasta el aparato haciendo el paseíllo, pero nada más, ya que una vez tumbado boca abajo me abrieron y levantaron la batita hasta la espalda.

La foto que sigue me va a ayudar en mi explicación. Este paciente está boca arriba y vestido, y yo estaba boca abajo y casi desnudo (con calcetines, eso sí), pero lo que os voy a contar se ve perfectamente. (Podéis clicar en ella para verla más grande).


Me hicieron ponerme boca abajo, como digo, sobre una pieza que hacía un montículo (esa cuña azul oscuro bajo las piernas del paciente de la foto) para quedar con el culo en pompa.
Esa pieza era estándar. La tenían que suplementar con otra a mi medida. Para ello, entre la cuña y yo metieron una bolsa de plástico (la de color azul claro que se ve en la foto) y la llenaron de una pasta muy fluida de fraguado rápido. Me hicieron moverme un poco hacia delante, apoyarme un pelín en las rodillas para mover un poco las caderas... Me menearon los muslos... Y también las nalgas... (Sí, amigos. Pero yo ya había hecho dejación total de dignidad y de vergüenza) ...hasta dejarme en una postura que les pareció adecuada. Entonces me dijeron que me quedara muy quieto y esperaron a que la pasta fraguara e hiciera el molde duro de mi abdomen y mi pelvis.

jueves, 9 de mayo de 2019

Tatuajes: El tiro por la culata (I)

Antes de entrar en el tema quiero declarar lo siguiente: Acabo de cumplir cincuenta y nueve años. Me crié viendo a Locomotoro, a Matías Prats, a José Bódalo, a John Wayne, al Cordobés, a Mariano Medina, a Tony Leblanc, a Amancio, a Bugs Bunny, a Gila y a Torrebruno, entre otros muchos.
Fui a un colegio de curas. El profesor de gimnasia (educación física) y política (formación del espíritu nacional) era falangista y muchos días iba a clase con la camisa azul y la insignia del yugo y las flechas. Quien no jugaba al fútbol era marica... Si tenéis menos de treinta años dudo que podáis haceros una idea del panorama.
Y sin embargo tuve una infancia feliz y además, para mi suerte, siempre he sido muy curioso, he leído mucho y he tenido la mente muy abierta. Así que poco a poco he ido afinando mis criterios, acaso demasiado simplistas en su origen, y me he ido haciendo a casi todo.
Digo esto como excusa y a modo de justificación de lo que sigue. He evolucionado algo, incluso bastante si nos ponemos como referencia los años sesenta y setenta, pero se me notan los ramalazos de rancio, machista, etc., que aún me quedan y que en esto que cuento se me notan.

Bueno: Vamos con ello.

Una de las entradas más frecuentadas de este blog, con más de quince mil visitas, es la que dediqué a glosar el artículo "Ornamento y delito" de Adolf Loos. Pero tanto a él como a mí nos salió el tiro por la culata.

El artículo (y mi glosa) trata de que una arquitectura ética y racional no debe llevar adornos. El adorno es un despilfarro de dinero y de diseño, demuestra primitivismo, no sirve para nada, no aporta nada y lastra la obra de arquitectura. El adorno no es ético.

Buscando ejemplos y pruebas de ello, Loos llegó a una que consideró irrefutable: los tatuajes. "¿Quién se hace tatuajes?", se preguntó. "Los primitivos y los delincuentes", se contestó.


Pues ya está: Asunto arreglado. Queda demostrada la tesis. Así como ninguna persona moderna, culta y ética se hace un tatuaje, así la arquitectura moderna, culta y ética no debe llevar adornos. El adorno es un delito.

Durante unas décadas ese ejemplo le sirvió. Pero finalmente le ha salido el tiro por la culata. Ahora todo el mundo, sobre todo la gente moderna, culta y ética, se hace tatuajes.

Y a mí también me salió el tiro por la culata. Hice mi "famosa" entrada glosando el artículo de Loos y desde el primer momento recibí un aluvión de visitas. Eso me tupió de satisfacción. Pero pronto me di cuenta de que tal afluencia no era por lo que yo contaba, sino por todo lo contrario: Había puesto una impactante imagen de un tatuaje que rodeaba el cuello de un hombre como si fuera una horrible raja cosida de mala manera. La gente buscaba tatuajes llamativos y molones en la sección de imágenes de google y le aparecía la de mi blog entre las primeras. (Lo sé porque blogger me brinda una herramienta para que sepa qué busca la gente que da con mi blog).
La imagen que yo puse como ejemplo del sinsentido de los tatuajes pasó a ser el motor por el que los curiosos me visitaban. Vaya fracaso.

Como google es como la máxima del evangelio que dice: "al que tiene se le dará", cuanta más gente entraba a mi blog por ahí, mejor se colocaba mi imagen y más aparecía en las búsquedas, así que cada vez entraba más gente. Era un círculo vicioso.
Supongo que de los quince mil que visitaron esa glosa loosiana apenas doscientos o trescientos la leerían. Los demás buscaban más fotos, veían que no había y se iban.
Así que en unos cuantos meses el flujo fue remitiendo, y, como google sigue aplicando aquella misma sentencia evangélica: "...y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene", la imagen y el enlace a mi blog fueron sumiéndose en la sima infinita de los desterrados y hoy ya puedes teclear "tatuajes impactantes", "tatuajes molones", etc., que mi blog no sale y ya nadie visita aquella vieja entrada. Sic transit gloria mundi.

viernes, 3 de mayo de 2019

La sala de cristal

(De alguna forma, esta entrada continúa la
anterior. ¿Para qué sirve la arquitectura?)



Acabo de terminar de leer la novela La casa de cristal, de Simon Mawer.
(Nota previa: No voy a destripar nada del argumento. Podéis leer esta entrada tranquilamente. Incluso es posible -ojalá- que os anime a meteros con el libro).


Trata sobre la casa Tugendath, de Mies van der Rohe, pero al ser una historia de ficción el autor crea los personajes y sus circunstancias, y por lo tanto cambia los nombres de todos y de todo.

El matrimonio encargante de la casa no son los Tugendhat, sino los Landauer, pero también son judíos ricos (él es judío, ella no, y sus hijos son "mestizos"). No se dedican a la industria textil, sino a la automovilística. El arquitecto de la casa no es Mies, sino Rainer von Abt (que en un momento dado, a modo de guiño y de cameo, menciona a Mies como un gran arquitecto a quien conoce), y la ciudad donde se construye la casa no es Brno, sino la inventada Mêsto(1), también en la recién creada República de Checoslovaquia.

Sin embargo la casa, aunque ahí se llame Landauer, es la Tugendhat: No solo se describe minuciosamente en todo momento y en todos sus detalles, sino que se muestran sus cuatro alzados en las portadillas de cada una de las cuatro primeras partes, y una axonométrica en la de la quinta y última.


(Lo que es una pena es que para la portada hayan escogido otra casa. Incluso se aprecia que el ventanal es en arco. La imagen va muy acorde con una sensación de luz y de dominio de las vistas desde arriba que se menciona y se siente mucho en la novela, pero yo habría buscado una foto de la casa auténtica).

Las fechas de construcción son las mismas, las circunstancias muy parecidas, y la casa es esa. No cabe la más mínima duda: La parcela en pendiente, el jardín, la gran sala dominando desde la altura, con unos cristales que se escamotean en el sótano mediante unos motores, el acceso por arriba, la curva en el porche superior... Todo es igual.

lunes, 29 de abril de 2019

El noble valor de la arquitectura

En la antepenúltima entrada de este blog escribí sobre el dudoso valor de la arquitectura a raíz de que un amigo mío no encontrara demasiado consuelo espiritual en una magnífica iglesia.

El episodio quedó abierto: "¿Para qué sirve la arquitectura?"

Anuncié que continuaría y matizaría lo que allí dije, pero primero se me cruzó Peter Ensaimad y después el incendio de Notre-Dame, así que -de nuevo- me fui por los cerros de Úbeda. Continúo ahora lo que dejé pendiente, ya que estoy recibiendo un auténtico clamor de voces (es que ni una, tú) para que lo remate.

Lo primero (y tal vez lo único) que puedo decir al respecto es que no se le pueden pedir peras al olmo. No se le puede exigir a la arquitectura que resuelva los problemas de sus usuarios y que llegue más allá de donde puede llegar.

Por ejemplo, la casa Robie, del arquitecto Frank Lloyd Wright, siendo una de las mejores viviendas de la historia de la arquitectura, no pudo evitar que sus encargantes solo vivieran en ella poco más de un año, mientras atravesaban todo tipo de problemas económicos, personales y matrimoniales.

La arquitectura no pudo hacer nada para paliar esos problemas, ni siquiera para brindar algún apoyo o algún consuelo. ¿Para qué sirve entonces la arquitectura?

Los arquitectos queremos creer que la arquitectura sirve para vivir mejor, para trabajar mejor, para rezar mejor... Pero no es así.

Entonces, ¿para qué sirve la arquitectura?

Hace dos años y medio me operaron del colon, y, como podéis comprender, di y sigo dando muchísimo más valor a que el equipo médico fuera muy eficaz y competente que a que el hospital fuera arquitectónicamente interesante(1). ¿Para qué sirve la arquitectura?

Sí, vale. Ya sé: No se puede dar a elegir entre buen equipo médico con mala arquitectura y buena arquitectura con mal equipo médico. Es una falacia de primero de goebbelismo. Pero sí me atrevería a deciros (no me peguéis), que entre dos hospitales igualmente válidos y eficaces en los aspectos médicos, administrativos y de gestión, pero uno arquitectónicamente bueno y otro malo, la gente no distingue. Les da igual mientras les traten bien.

¿Para qué sirve la arquitectura?

Conozco de cerca y desde hace tiempo una residencia de ancianos provista de propíleos toscanos y de otras cuantas delicatessen arquitectónicas, y por otra parte hace poco he descubierto una de las más hermosas de las que tengo noticia.


En esta imagen doble las vemos. La de arriba es un edificio de planta rectangular, compacto, que ocupa una manzana entera. Es un concepto de edificación de alta densidad y concentración. Su esquema me parece correcto dentro de los de ese tipo.
Arquitectónicamente lo peor, a mi juicio, son todos los detalles que tiene para intentar quedar bien, para ser solemne e importante; para ser bella. Creo que no merece un comentario pormenorizado. Solo mencionaré el pórtico toscano de piezas prefabricadas de hormigón blanco y que los paños de ladrillo visto estén salpicados por doquier de pequeños rectángulos chapados de mampostería irregular que le dan no sé si pintoresquismo o un falso caché. En mi opinión todo eso está de alguna forma en el acervo común y en el desiderátum de los residentes y de sus familias.

La residencia de abajo, situada en Aldeamayor de San Martín (Valladolid), del arquitecto Óscar Miguel Ares, es todo lo contrario: Una construcción de baja densidad que busca espacios de intimidad para cada residente. Arquitectónicamente no necesita órdenes clásicos ni piedra postiza porque es buena, porque es como debe ser y no viene a cuento falsear nada ni pedir aplauso ni ostentar una representatividad ni una dignidad impostadas.

Sin embargo, hace poco he visto en la residencia de arriba un gesto insignificante, cotidiano, que me ha hecho saltar las lágrimas de emoción. Seguro que en la de abajo hay gestos similares. Seguro que en ambas el personal es formidable. Y seguro que la diferente calidad arquitectónica no le interesa a casi nadie. (Creo que soy la única persona de la zona que ha hecho alguna vez alguna observación sobre la no "maravillosidad" arquitectónica de la de arriba, ante la consabida incomprensión de todos los presentes).

¿Para qué sirve la arquitectura?

domingo, 21 de abril de 2019

Lo de Notre-Dame

Sabréis todos que el pasado lunes un pavoroso incendio arrasó la techumbre de madera y la aguja de la catedral de Notre-Dame de París.
El templo estaba en obras de restauración, y fue un accidente en estas lo que provocó el fuego.



Los noticiarios de todo el mundo se hicieron eco y lo contaron con la consabida y esperable consternación.
Vi las noticias del telediario de la primera cadena (TVE-1) de las nueve de la noche, y en él dijeron dos cosas que me parecen la clave de todo lo que sigue:

1.- Era un ESPECTACULAR incendio.
2.- Notre-Dame recibe doce millones de TURISTAS al año.

De ello hay que inferir que: 1) El incendio ha sido un show, una atracción, una cosa digna de ver, admirable y excitante; y 2) El edificio es muy importante por el turismo, y por lo tanto es necesaria su reconstrucción para que sigan viniendo turistas.

Con estas premisas un arquitecto no tiene nada que decir, ya que ni el problema es arquitectónico ni por lo tanto su solución tendrá nada que ver con la arquitectura. Estamos hablando de otras cosas.

Vemos también, sobre todo, el orgullo francés, su grandeur y su chauvinismo. "¿Cómo que se ha quemado la catedral? ¿Y nos vamos a quedar con los barzos cruzados y la cara de bobos? ¡De eso nada! ¡VIV LA FRANS!"

El presidente de la república, Emmanuel Macron, salió a los medios muy emocionado, e hizo de la reconstrucción de Notre-Dame una cuestión de estado, un símbolo del orgullo nacional.


Y las grandes empresas, las grandes fortunas y la "gente de a pie" empezaron a soltar dinero, incluso algunos lo soltaron en el recipiente que no era.

jueves, 11 de abril de 2019

Peter Ensaimad

(Emilio, es abril).

A David García-Asenjo Llanaa Alberto Ruiz Colmenar
y sobre todo a Anatxu Zabalbeascoa por la ensaimada.
Gracias a los tres por darme esta entrada hecha.



El otro día David García-Asenjo glosó en twitter un artículo-reportaje en el que algunos personajes populares decían cuál era su edificio favorito de Madrid. El famoso modista Lorenzo Caprile decía que le entusiasmaba el Círculo de Bellas Artes, del arquitecto Julio Palacios [sic].

El siempre generoso David atribuyó a mala leche y no a ignorancia que el periodista hubiera mantenido el error de Caprile en vez de corregirlo. (Siempre es mejor que supongan que actúas por odio que por inepcia). 


Yo, como soy medio tonto y me gusta hacer el payaso más que comer patatas al ajillo, inmediatamente dije que me gustaban mucho Francisco Gaudí y Ramón Vázquez de la Sota.


Se ve que éramos varios los ociosos en ese momento, y que teníamos ganas de coña, porque inmediatamente Anatxu Zabalbeascoa me corrigió por lo de Francisco Gaudí: "¿Quieres decir Francesc?" Y Alberto Ruiz (que ha hecho una tremenda tesis doctoral sobre el tratamiento que los medios de comunicación generalistas han dado a la arquitectura contemporánea(1) y se sabe el ABC y La Vanguardia de memoria) aportó una página de la hemeroteca del ABC en la que mencionaban a los arquitectos Mies van der Roche y Philips Tohnson.

Entonces Anatxu nos contó que en cierta ocasión entrevistó a un arquitecto que le habló de:

Zara Hadid,
Tadeo Ando,
Frank Perry,
Peter Ensaimad y
Normand Foster.


Son todos ellos unos nombres buenísimos, pero el que me mata es el de Peter Ensaimad. Es más, creo que ya lo voy a llamar así siempre. Y no por mala leche o por estúpida socarronería, no. Es que ya me es imposible recordar su verdadero nombre. La ensaimada lo ha ocupado todo. Ya no cabe otra cosa.

viernes, 5 de abril de 2019

El dudoso valor de la arquitectura

A mi amigo de Seseña cuyo nombre no he de decir,
y a mi amigo David García-Asenjo. Entre los dos
provocaron mi visita a un edificio que merece la pena.


Uno de mis mejores amigos... (No sé qué decir de él, ni cómo presentarlo. Es una persona compleja, como todos nosotros. Y está lleno de contradicciones, como todos nosotros).
Ha pasado unos días inquieto y algo angustiado. Ha estado rozando una crisis de ansiedad o, por decirlo en términos científicos, un jamacuco.
En fin; ya os imaginaréis: Hijos, salud, problemas varios... La vida.

El caso es que, aunque no es una persona creyente, el otro día me dijo de sopetón que quería ir a misa.

A mi edad yo ya no estoy ni por juzgar a nadie ni por sorprenderme (y no digamos escandalizarme) por las incoherencias e inconsistencias de nadie, y mucho menos por las de mis amigos. Pero lo que hice fue aprovechar que el Pisuerga pasaba por Valladolid para llevarme todo el agua que pudiera a mi molino.

Vi simultáneamente varias cosas: Que mi amigo, aunque no es arquitecto, no es reacio a la arquitectura moderna, y en más de una ocasión me ha demostrado que la sabe apreciar. Que acababan de emitir en la 2 el episodio de Escala Humana dedicado al espacio sagrado, y que en él salía mi amigo David García-Asenjo Llana hablando de una iglesia que yo tenía muchas ganas de conocer desde hacía tiempo, y ya con lo que dijo en la tele me urgió a ir. Que el sábado por la tarde-noche no tenía ningún plan y estaba disponible del todo.

Así que le propuse a mi amigo que fuéramos juntos a Rivas Vaciamadrid, que no nos queda lejos, y oyéramos misa en la parroquia de Santa Mónica. (Bueno, que oyera misa él mientras yo miroteaba y zascandileaba un poco por ahí). Le pareció muy bien con tal de que selláramos la sesión cenando unas cervezas y unas raciones variadas después de misa.

Hecho.


Llegamos cuando empezaba a anochecer. Es una urbanización en la que, al menos un sábado a esa hora, se aparca con facilidad. Nos bajamos del coche y el áspero perfil de la iglesia nos amenazó.


No había visto imágenes nocturnas del edificio de Ignacio Vicens y José Antonio Ramos. Ya de día aparece feo y conminativo, pero de noche es aún más adusto.

No obstante, la gente entraba con paz y tranquilidad, con confianza e incluso con buen humor, así que nosotros también lo hicimos.

viernes, 29 de marzo de 2019

MIES: Hielo y pasión

Ya tengo en mis manos una obra largamente esperada, el cómic MIES, de Agustín Ferrer Casas.


Conocí a Ferrer Casas por Cazador de Sonrisas, un cómic inquietante y a la vez luminoso sobre un dentista psicópata. Me gustó mucho y se lo regalé a mi amigo Francis, colega del protagonista, para que lo pusiera en su sala de espera. (No pude resistirme a proponérselo, pero supongo que por sensatez y por una mínima prudencia profesional no lo habrá hecho).

A partir de entonces Agustín y yo nos hicimos "amigos virtuales" en las redes sociales. Es curioso el grado de amistad y de entendimiento que puede lograr la gente en el mundo electrónico sin haberse visto las caras ni estrechado las manos.

Y me enteré de que estaba preparando un cómic sobre Mies van der Rohe. De vez en cuando, con morosa delectación, mostraba algunos dibujos y a unos cuantos arquitectos tuiteros nos tenía en vilo:
-¿Para cuándo estará?
-Para la primavera de 2019.
-¿2019? Uff. Vaya una espera larga.

(Para colmo, mientras tanto publicó Arde Cuba, que está muy bien, es muy divertido y trepidante, sí, y todo lo que queráis, pero a mí me sentó fatal porque yo quería MIES ya, y no soportaba que nada le distrajera de ello).

¿Cómo se puede tardar tanto tiempo en hacer un cómic? Pues porque Agustín Ferrer Casas trabaja con una meticulosidad apabullante (y, para alguien tan ansioso como yo, desesperante).


Cada página es una acuarela: Un dibujo minuciosísimo y un colorido no menos exquisito.

Mirad en este vídeo cómo colorea las gafas oscuras de Audrey Hepburn.


Así que, vistas las gafas, imaginaos los reflejos en los vidrios del Seagram: Una locura.

Pero todo esto, siendo admirable, no es lo mejor.




viernes, 22 de marzo de 2019

¡PUCHERAZO! ¡PUCHERAZO!

Con el trabajo tan gordo que me he pegado estas semanas, y nada más poner las listas en descarga salta Kike García (@kikeconkdekilo en twitter) gritando que dónde está la suya.

Este es el avatar de @kikeconkdekilo en
twitter, y así de cabreado estaba: Tal cual.

Mi primera reacción fue la de "yaestamos: eltípicodespistado quesehaequivocado; seguroquelaman-dófueradeplazo o lamandóaotrositio". Vamos, que el error no podía ser mío de ninguna manera. Estaría bueno.
Aun así, como soy de una elegancia versallesca, busqué entre mis buzones tuiteros y feisbuqueros para ver qué tenía de él (si es que tenía algo) y explicarle con desdeñosa y petulante educación que no lo había recibido o que lo había recibido tarde.
Pero vi con pasmo que no solo lo envió bien y en su plazo, sino que incluso le di las gracias y le dije que su lista entraba en el escrutinio.

Qué horror. Todo lo que llevaba hecho y publicado estaba mal.

Para colmo, su lista no votaba veinte obras recónditas, secretas, exquisitamente reservadas a connaisseurs sofisticados y raritos y que quedaran así con su solo voto. No: Casi todas eran de las ya aparecidas por aquí, y su voto alteraba ligera pero escandalosamente la posición de algunas.

¡Qué vergüenza! ¡Qué pucherazo! ¡Qué tongo había perpetrado al no admitir su lista!

Me dio la sofoquina. Me eché a llorar. Maldije la hora en que se me ocurrió esta mierda. Me vine abajo.

Bueno, me dije, a ver si podemos salvar los muebles. Al menos votaba al Guggenheim de Nueva York, con lo que el primer puesto se mantenía. Y votaba a dos obras de Wright, con lo que su liderazgo también se conservaba.

Pero otras cosas cambiaban.

miércoles, 20 de marzo de 2019

La lista (tercera y última parte)

Finalmente, y después de la turra que os estoy dando, me despido con la lista de los diez arquitectos más votados sumando los votos a todas sus obras.


El primero, y por tanto mejor arquitecto del siglo XX según los participantes, con 80 votos,
Frank Lloyd Wright.


Museo Guggenheim de Nueva York (32), Casa de la Cascada (27), Johnson Wax (10), Casa Robie (6), Rosenbaum House (1), Templo Unitario (1), Casa Johnson (1), Hotel Imperial (1) y Casa Ennis (1).
Ya, ya sé que me vais a acusar de pucherazo. Soy un wrightiano convencido, y ya en las anteriores entregas me habéis señalado con vuestro dedo acusador. Pero es lo que hay. Yo solo voté una obra del maestro, así que poco he hecho para encumbrarlo a su, por otra parte, merecidísimo podio.

Los segundos, ex-aequo, con 79 votos,
Le Corbusier y Mies van der Rohe.


Capilla de Ronchamp (30), Villa Saboya (19), Unité d'Habitation de Marsella (11), Convento de la Tourette (9), Casa Curutchet (3), Pabellón Suizo de París (2), Casa Citrohan (1), Villa Stein (1), Asamblea de Chandigarh (1), Cité Frugès (1) y Ciudad de Chandigarh (1).

Pabellón de Barcelona (25), Seagram Building (23), Casa Farnsworth (18), Casa Tugendhat (4), Nueva Galería Nacional (4), Lake Shore Drive (2), Casa con tres patios (1), Parque Lafayette (1) y Crown Hall (1).

Verdaderamente si lo hago aposta no me sale. Los tres tenores. El trío Lalalá. Wright en cabeza y, justo detrás, a un solo voto, Corbu y Mies empatados.
Es que ha salido redondo.
(Aunque van empatados, nombro antes a Le Corbusier porque su obra más votada está por encima de la más votada de Mies).

jueves, 14 de marzo de 2019

La lista (segunda parte)

A la memoria de Alfredo Aviñó García, @alfavino.
Creo que todo esto le habría gustado mucho.
Le echo de menos.
Y a Juan Carlos Ruiz, @AmasUArquitecto, mi maestro filatélico.


Twitter está que arde porque mis queridos amigos virtuales (los mismos que votaron) no están muy satisfechos con la primera parte de la lista porque es demasiado previsible.
Yo creo que es lo normal. Casi todos han votado a obras muy excitantes, secretas, provocativas... muchas... que se han quedado con un solo voto, el de cada uno. Lo normal es que las que más votos han tenido hayan sido las más previsibles, las que todos tenemos en la mente, y a las que todos hemos votado junto a las más "marchosas". (Pero, como digo, en este segundo grupo cada uno ha votado a las suyas).

Pero sigamos con la lista, que es de lo que se trata:

11º. Con 17 votos:
GIMNASIO DEL COLEGIO MARAVILLAS.
Arquitecto: Alejandro de la Sota.

Las autoridades filatélicas españolas, que tanta
dudosa arquitectura patria han emitido, jamás
han reparado en De la Sota, en Fisac, en Coderch,
en Corrales y Molezún, en Higueras, en...

12º. Con 15 votos:
TERMAS DE VALS.
Arquitecto: Peter Zumthor.

En todas partes cuecen habas.

13º. Con 14 votos:
TORRES BLANCAS.
Arquitecto: Francisco Javier Sáenz de Oiza.

De Torres Blancas tampoco hay sello, pero hay estos dos engendros:
Monedas de oro (200 €) y plata (10 €) conmemorativas de la Europa
Contemporánea. Un amasijo horriblemente diseñado de Dalí + Torres
Blancas + un sol que no sé si es de Miró o de (ojalá) Chumy Chúmez.
Pero es lo que hay. 

14º. Con 14 votos:
PISCINAS EN LEÇA DE PALMEIRA.
Arquitecto: Álvaro Siza Vieira.

Portugal, con legítimo orgullo, ha emitido y sigue emitiendo muchos sellos
con obras de Siza, pero las piscinas por ahora no están (que yo sepa).

15º. Con 14 votos:
SALK INSTITUTE.
Arquitecto: Louis I. Kahn.

También Kahn tiene algunos sellos, pero no de esta obra.

lunes, 11 de marzo de 2019

La lista (primera parte)

Bueno, pues esto ha sido el parto de los montes. Al final recibí cincuenta y siete listas. De ellas cuarenta y tres estaban completas, con sus veinte votos cada una; una tenía solo dieciocho votos (qué le costaba ya haber terminado, si para la mayoría de votantes el problema había sido el contrario, habernos tenido que limitar a veinte obras), otra diecisiete, dos catorce, una trece, dos once, una diez, dos nueve, una ocho, una seis, ¡una tres! ¡y otra dos!

Las admití todas. (Si alguien, pudiendo votar veinte edificios, votaba solo dos es que esos dos tenían que ser fantásticos. ¿Cómo despreciar su voto?).

Por lo tanto, ha habido un total de mil cinco votos.

Aunque no conozco a todos los votantes, sé que, como no podía ser de otra manera, la inmensa mayoría son arquitectos o estudiantes de arquitectura. Pero también hay algunos a quienes, sencillamente, la arquitectura les interesa y les gusta. Pues sean bienvenidos.

No os hago esperar más. Aquí os pongo los diez primeros. (Dije que la lista sería de veinte. No es solo que quiera dar suspense, que también, ni rentabilizar las tropecientas horas que me ha costado transcribir y escrutar las cincuenta y siete listas, que también; es que ocupa muchísimo y la tengo que trocear).


Primer puesto.
Mejor edificio del siglo XX según los votantes:
MUSEO GUGGENHEIM DE NUEVA YORK.
Arquitecto: Frank Lloyd Wright. 32 votos.



Sobre con matasellos del primer día de emisión del sello


2º. Con 30 votos:
CAPILLA DE RONCHAMP.
Arquitecto: Le Corbusier.

Tarjeta máxima: Matasellos del primer día de emisión del sello


3º. Con 29 votos:
ÓPERA DE SIDNEY.
Arquitecto: Jorn Utzon.

Matasellos especial de recuerdo del día de la inauguración del edificio

domingo, 3 de marzo de 2019

Necrotectónica (fuera de programa)

Mientras sigo inmerso en la transcripción y en el recuento de las listas (como ya os dije en la entrada anterior, menudo follón) me he enterado de la muerte de Kevin Roche  el viernes pasado, anteayer, y aprovecho para dar una necrotectónica apresurada con un par de anécdotas suyas que ya he contado alguna vez.

De mi biblioteca

Lo que sé de Roche (como casi todo) es porque me lo contó Juan Daniel Fullaondo, que al final de su vida colaboró con el irlandés/estadounidense en un edificio de oficinas en las calles de Almansa y de Beatriz de Bobadilla de Madrid. Pero desde muchos años antes ponía en clase de proyectos su museo de Oakland, su torre de los Caballeros de Colón y, sobre todo, su fantástica Fundación Ford, todo ello con su socio John Dinkeloo.

Museo de Oakland, Cal.

Torre de los Caballeros de Colón. New Haven, Ct.

Fundación Ford. Nueva York.

Fullaondo, siempre delicado de salud, nos contó que Kevin Roche decía que para ser arquitecto había que tener una salud de hierro, una forma física envidiable. No se refería solo a una fuerza psicológica, a una alta capacidad de resistencia ante los numerosos problemas e inconvenientes que siempre surgen y tanto agobian, sino a una auténtica fuerza física. Esto lo ha demostrado muriéndose a los noventa y seis años.

Otra cosa que nos contó Fullaondo es que en sus fantásticas obras de los años 1960s y 1970s se adivinaba siempre un componente comercial, en la mayoría de ellas muy digno, pero ya en algunas un tanto frivolón, y que ese componente fue desbocándose en los 1980s y en los 1990s, en una fiebre disparatada y postmoderna que en algunos casos llegaba incluso al delirio y era capaz de sonrojarnos.
De alguna manera algún amigo (yo creo que fue el propio Fullaondo, por cómo nos lo contaba) fue capaz de decírselo con mucho tacto. ¿Cómo era posible que él, tan grande, que había demostrado ser capaz de hacer tantas obras fantásticas, se dejara resbalar en tantas ocasiones por ese facilismo, por esa frívola tendencia a lo meramente espectacular?

A lo que Kevin Roche, muy tranquilo y de muy buen humor le contestó:
-Pues que sepas que soy capaz de hacerlo aún bastante peor. No te quepa duda.