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sábado, 17 de julio de 2010
Miedo
Acabo de empezar a escribir este blog hace nada. ¿Para qué? ¿Por qué? Ya me lo preguntaba el primer día. No lo sé. Pero veo que lo he empezado con miedo, agarrándome a ideas seguras sin querer afrontar la complejidad del presente. Tal vez el objeto de este blog sea mostrar mi temor, huir o buscar refugio. En ese caso, mal voy. Para ese viaje no habrían hecho falta estas alforjas.
La situación arquitectónica actual preocupa y desconcierta. (No hablo de la depresión económica ni del hundimiento de las finanzas; eso es otro negociado. Hablo de cosas serias: de la creación arquitectónica). Hace muchas décadas que hemos ido derivando del manierismo post moderno al barroco, y ahora estamos ya en los estertores del tardobarroco. Constatamos que por más que Calatrava, OMA, Zaha Hadid, etc, exageren y retuerzan sus formas, varíen sus propuestas, compliquen sus planteamientos, ya no tienen nada que decir. Pero es que hurgamos un poco más y nos quedamos petrificados viendo que ya nadie tiene nada que decir.
Las épocas manieristas, y no digamos las post manieristas, se caracterizan porque en ellas todos tenemos sofisticadas herramientas y medios para decir cosas, pero no tenemos nada que decir. Por ello, y para mantenernos activos y productivos, nos pasamos el día enredando, mareando la perdiz, haciendo cosas muy meritorias, muy complejas, muy sofisticadas, y totalmente inútiles y prescindibles.
La arquitectura actual es una vomitona de formas vanas, tontas e innecesarias, que resuelven brillantemente problemas equivocados y mal planteados, pero lo peor es que la reacción minimalista contra ello, con sus poéticas cajitas vacías, sus sutiles hendiduras de luz en un muro ciego, constituye otro vano intento tardobarroco, igualmente innecesario. Y el high tech de Foster, y esto, y lo otro, y lo de más allá, no son sino otras bonitas distracciones, otra manera de escaquear el bulto.
¿Y qué hago yo ante esto? ¿De qué hablo en medio del caos? De maestros de los años sesenta, de la arquitectura moderna española de hace medio siglo. Pues no. Eso no vale. Ese ejercicio de morriña es una huida, una cobardía.
Valga en mi defensa que intento hablar para gente no muy experta, e inculcarles el amor por la arquitectura desde una base sencilla y con una vocación pedagógica, pero eso no me autoriza a decir obviedades sobre qué es la arquitectura (a lo que he dedicado tres capítulos) cuando no tengo ni idea. O, mejor dicho, no tengo ni idea de qué es la arquitectura ahora.
Envidio sinceramente a nuestro comentarista serrozar, que parece feliz en este mundo tan confuso, y encuentra motivos de placer en el caos, en la basura, en la canción del verano, en la Terremoto de Alcorcón, en los centros comerciales o en donde sea, porque es una hoja en el río, que aprovecha la corriente, navega, hace giros y trompos, viaja y crece con todo lo que le ofrece la vida. Yo, en vez de hojilla soy un zapato viejo, que intenta navegar pero se hunde.
No encuentro nada por ningún sitio, y eso que me consta que la humanidad nunca se rinde, y que saldrá por algún lado. La crisis de identidad y de conciencia se resolverá de algún modo, y alguien encontrará fuerzas para hacer algo. Mientras tanto, estoy expectante. Intento pensar. Intento vislumbrar alguna cosa. Si alguien tiene una pista, que la diga.
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