domingo, 5 de julio de 2026

Fracaso de la arquitectura prescriptiva

Nota previa:

No tiene nada que ver con esta entrada, pero reparo en que hoy hace justo dieciséis años que estrené este blog, escribiendo esta primera y temerosa entrada con la que no me podía ni imaginar dónde iba a llegar. En este momento veo que el blog tiene 2.991.629 visitas desde su fundación. Muchas gracias a quienes venís por aquí de vez en cuando y lo leéis. Y, en general, me decís cosas muy gratas. (Justo me acaban de poner un comentario muy negativo y seguramente muy justo a una entrada de hace quince años. Me llama la atención que textos para mí ya olvidados, y algunos de ellos muy apresurados y muy poco rigurosos, sigan suscitando lecturas y opiniones. Es tremendo).

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En la película Qué verde era mi valle hay muchas escenas muy plásticas. Una de ellas es la de la salida de la iglesia en la boda de Angharad (Maureen O'Hara). El velo de la novia oscila suavemente, y finalmente se eleva en vertical cuando ella se sube al coche. Una imagen muy poderosa y que a la vez da una idea de ligereza y evanescencia que combina extrañamente con la tristeza de la novia.

Algunos comentaristas celebraron la preciosa casualidad de la elevación vertical del velo justo en ese momento, y dijeron que John Ford tenía mucha suerte, pero hay al menos una entrevista (la he visto) en la que Maureen O'Hara explica que de suerte y de casualidad nada de nada: que Ford hizo colocar unos grandes ventiladores fuera de plano que produjeron ese efecto tal como él lo tenía previsto.

La escena del velo se ve a partir de 6:26

Pero lo más emocionante es que a lo lejos, mucho más allá del velo, aparece Mr. Gruffydd (Walter Pidgeon) viendo la escena, y, aunque es imposible, casi podemos ver la expresión de su cara, y lo sentimos y lo entendemos muy nítidamente. Pues bien: lo que pretendo contar es que en arquitectura (en la mejor arquitectura) también podemos ver efectos tan sabios y tan cuidadosamente planeados como este del velo, pero mucho más difícil, por no decir prácticamente imposible, es que podamos convocar a la triste, seria, meditabunda y solitaria figura de Mr. Gruffydd.

Quiero decir que los mejores sí que pueden controlar la plástica, el detalle formal, la belleza del gesto, pero nadie (casi nadie, en casi ningún caso) puede "prescribir". Hay una gran arquitectura plástica, pero la prescriptiva casi siempre fracasa.

En una de mis mejores obras (lo cual no quiere decir absolutamente nada), no solo la que más he trabajado, sino en la que mejor sintonía he estado con mis clientes, fui capaz de un par de soluciones bastante buenas, y de un par de gestos verdaderamente hermosos a mi juicio, pero sin embargo el rincón de la cocina pensado para el desayuno feliz (con una especie de rebaje de la encimera justo en el alféizar de la ventana que se transformaba en barra-banco-mesa, que yo pensé casi emocionante), en donde la pareja encargante iba a tener momentos de paz, de disfrute, de conversación, etc., ha acabado siendo ocupado por una gran cajonera. En otra casa, la pérgola bajo cuyo emparrado los dueños iban a leer y a tomarse el aperitivo en verano ha sido invadida por las cuerdas para tender la ropa. Así todo.

El primer caso es uno de los pocos en que he conseguido ajustar con precisión la orientación y el tamaño de la ventana, y además diseñar un espacio sentido y acogedor. Bueno: pues ha sido para dejar cubiertos, manteles y utensilios varios que en mi opinión podían estar mucho mejor en cualquier otro sitio. Y en el segundo me curré una interpretación de una pérgola clásica pero con perfiles de acero pintados en un azul cobalto oscuro que me parecía muy elegante y, sobre todo, tranquilo y agradable. Y ahí lo tenéis; las sábanas y las camisetas colgando por en medio completan la escena y la hacen ininteligible. Ininteligible para mí: para los dueños debe de tener todo el sentido.

Y si digo esto en viviendas diseñadas con cuidado y cariño para unos clientes concretos, según sus gustos y su estilo de vida, qué no diré de los edificios públicos. En ellos sí que es imposible que los espacios sirvan para lo que fueron previstos. Siempre de reformas. Se cambia el organigrama de la consejería o del ayuntamiento y se segregan despachos, se tabica la gran sala, se condena una escalera, se hace entrar a la gente por una entradita muy secundaria, etc. Lo vemos todos los días y en todas partes.

Y es que los arquitectos somos un poco como Edgar Allan Poe: deterministas y estructuralistas que creemos que ante un estímulo concreto todo el mundo va a reaccionar igual, dejándose llevar exclusivamente por las evidentes e inevitables relaciones que una racionalidad objetiva establece. (Su detective Auguste Dupin resuelve los casos como si fueran silogismos lógicos perfectos). Y no es así. No solo ante una misma premisa cada uno respondemos de distinta manera, sino que yo mismo no respondo igual esta tarde que mañana por la mañana. La relación continua entre denotación y connotación en el pensamiento y el comportamiento de cada uno de nosotros, unida a nuestra libertad intrínseca, hace que la prescripción sea imposible. Quiero decir que, con mucha suerte (nosotros sí que la necesitamos) podemos conseguir que el velo de Angharad se eleve justo en ese punto y de esa manera, pero lo que nos va a ser imposible es que Mr. Gruffydd esté allí, al fondo, mirando cómo los novios se alejan.

(Tal vez en una cárcel, en un cuartel o en un convento haya ciertos espacios que sí sean indudablemente prescriptivos, pero ni así del todo).

En este sentido, tal vez la única arquitectura posible sea la de cajas asépticas y neutras en cuyo interior la temperatura y la humedad estén controladas para tener confort y donde se pueda hacer cualquier cosa. Claro, que eso sería el fracaso definitivo de la arquitectura. Eso es como cuando algún familiar te quiere hacer un regalo pero no tiene ni idea de tus gustos ni de tus necesidades ni apetencias, y te dice: "Toma cincuenta euros y te compras lo que quieras". Vale, es lo más práctico, sí, pero no lo llaméis arquitectura. Llamadlo boda con ingreso en cuenta corriente, por ejemplo.

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