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martes, 19 de marzo de 2024

Castañuelas

A Millán, y por extensión otra
vez a Eduardo y a Santiago.


Mis mejores amigos me han regañado mucho por la última entrada: Nevermore. Me dicen que lo que digo no es verdad, que juego a hacerme la víctima, que esta profesión me ha dado muchas alegrías y muchos éxitos, que he dado servicio a muchos clientes satisfechos, que he creado una red de afectos y que no tengo ningún derecho a hacerme la víctima ni a intentar dar penita.

Bueno, vale; si lo dicen ellos, que tienen un criterio probado y aquilatado, será verdad, pero os aseguro que no fue un relato triste ni quise dar penita. Al revés: Estaba contento y muy tranquilo al asumir mi realidad, y dispuesto a disfrutar mi apagamiento profesional.

Y justo entonces, estando así, me llega un motivo de celebración e incluso de envanecimiento. Estoy más contento que unas castañuelas, y lo voy a contar, si queréis, para compensar lo del otro día.

-Tampoco te vengas arriba, que no tienes medida y eres capaz de saltar de la miseria a la prepotencia; so bipolar.
-No, nada de eso. Si lo del otro día mencionaba de alguna manera el fracaso, era un fracaso muy liviano, así que ahora, del mismo modo, toca hablar de un éxito modestísimo. Esa es mi escala para mal y para bien.

Bueno, pues se trata de que he recibido un correo de Millán Garrido, un arquitecto fiel lector de este blog que me dice que comenta pocas veces, pero que lo lee siempre, y también que ahora anda de paseo por Helsinki y se ha acordado de mí y de ¿Arquitectamos locos? Me cuenta una historia y me adjunta cuatro fotos:

sábado, 28 de enero de 2023

Joaquín Sorolla y Alvar Aalto

Lo siento: He escrito una entrada sobre Joaquín
Sorolla y Alvar Aalto y, tras darle un montón de
vueltas al título, solo me sale "Joaquín Sorolla y
Alvar Aalto". ¿Seré soso?


Este año se cumple el centenario de la muerte del pintor español Joaquín Sorolla, y también el centenario de cuando el arquitecto finlandés Alvar Aalto tenía 25 años. Ante semejante casualidad no me ha quedado otra opción que compararlos, y allá voy.

Joaquín Sorolla es un pintor perfecto, capaz de unos fantásticos dibujos que se deshacen bajo la fuerza del color, que a su vez construye la luz y es construido por ella. Si la palabra fotografía significa etimológicamente algo así como "dibujo hecho con luz" entonces Sorolla es un fantástico fotógrafo.

¿Hay alguien a quien no le guste Sorolla? Sus cuadros son un puro placer, una pura alegría de vida bullente. Es apasionante intentar seguir sus trazos rápidos y seguros, y ver con cuánto dominio capta la vida y su color.

miércoles, 29 de junio de 2022

Investigación y desarrollo

A mi amigo y compañero de clases Miguel Barahona


Siempre me entero tarde de las cosas, y esta vez cuando digo tarde estoy diciendo unos cuarenta años tarde (y no me refiero a desde cuando ocurrió el hecho, sino desde cuando yo tuve la primera noticia de él).

Se trata de la casa experimental que se construyó Alvar Aalto en Muuratsalo (Finlandia) entre 1952 y 1953, y de la que ya hablé un poco aquí.




Siempre se ha dicho, y así lo he repetido yo, que Aalto construyó esta casa de vacaciones y fines de semana (junto a un lago y con un embarcadero para su barca Nemo propheta in patria(1)) para experimentar y sufrir el comportamiento de los distintos materiales ante las tremendas heladas nórdicas. Si miráis las fotos veréis ladrillos de distintos formatos y cochuras, piezas esmaltadas, pintadas, vitrificadas, etcétera. Una honradísima forma de padecer roturas y descascarillamientos en sus propias carnes antes de prescribir estos elementos a sus clientes.

Esa actitud me pareció siempre encomiable. Nos lo ha parecido a todos. Pero tiene que venir mi amigo y compañero de clases de Introducción a Proyectos Miguel Barahona, conocedor vasto y múltiple, a tirarme los palos del sombrajo.

sábado, 30 de enero de 2021

A cabezazos

He visto esta curiosa foto de 1912 en la que un "voluntario" se estampa de un cabezazo contra una pared para probar el casco de fútbol americano que han perpetrado quienes le miran desde el fondo, en sitio seguro y sin correr riesgos. "Pruébate este casco que hemos diseñado y sáltate tú los sesos, hermoso, que a nosotros no nos viene bien en este momento". Y va el intrépido y embiste con toda su alma.

El impetuoso, homérico joven, confiado y optimista, se lanza de cabeza contra la pared. Qué fe en la técnica, qué confianza en los sonrientes artífices del cacharro supuestamente protector.

(Por los atuendos capitales de los personajes que aparecen -nadie lleva la cabeza desnuda- aventuro que el del sombrero es el diseñador, los dos de las gorras los fabricantes, y desde luego el del casco es el del casco).

No puedo evitar la comparación de esta foto con el ejercicio de la arquitectura: El del sombrero es el arquitecto, los de las gorras son el constructor y el promotor y el del casco el usuario. (A menudo el usuario es también el promotor de su propia casa o de su propia nave, o restaurante, o lo que sea, y se genera una doble y compleja filiación de la que también hablaré).

El arquitecto piensa: "Aquí haré un gran ventanal. ¿Tal vez algo frío en invierno? No, seguro que no". "Este salón grande y diáfano quedará estupendo. ¿Quizá demasiada luz para esa viga? No; la calcularé bien y limitaré su flecha". "Esta meseta compensada se ajusta estupendamente a este rincón. ¿No es incómoda con tantos peldaños en cuña? No; en absoluto: Es puro Neufert".

Y después, durante años, durante siempre ya, los habitantes tendrán frío en invierno ante ese ventanal cuya pretendida paz y alegría visual jamás se ha dado, soportarán con paciencia las fisuras del techo del salón, no ruinógenas, pero sí molestísimas, y que por más que se arreglan y repintan vuelven a aparecer, y se caerán de vez en cuando por la escalera, sobre todo cuando vayan cargados de cajas o paquetes.

Y si protestan ante el arquitecto, este les contestará: "No puede ser. Estaba todo bien calculado". Y si es concienzudo exhibirá los cálculos que hizo en su día sobre la transmitancia térmica del vidrio, la flecha activa a plazo infinito de la viga y la huella del pie en cada peldaño compensado. "¿Veis? Está todo bien. No puede ser. Eso que decís que os sucede es porque no usáis bien vuestra casa. No la mantenéis bien ni la tenéis en buen estado de uso".

Y, mientras tanto, seguid dándoos cabezazos contra la pared, que no os va a pasar nada. ¿No veis que está todo calculado?

miércoles, 23 de octubre de 2019

Perfecto

Acabo de terminar de leer La casa de los pintores, de Rodrigo Muñoz Avia. (Los pintores a quienes se refiere son sus padres, Lucio Muñoz y Amalia Avia).  
Me ha interesado muchísimo y me ha gustado muchísimo. Y lo he subrayado muchísimo. De entre todos los pasajes que he marcado, quiero señalar aquí este:

No siempre estaba claro cuándo una obra estaba terminada. En el caso de los murales la instalación en el lugar para el que habían sido concebidos marcaba un punto de no retorno que los hacía más definitivos, pero en el resto de los cuadros la tentación de seguir transformándolos existía siempre para mi padre, independientemente de que estuvieran firmados o hubieran sido expuestos y reproducidos en catálogos. Él explicó en algún texto que una obra nunca está terminada, que solo la muerte es algo acabado, que cierta forma de imperfección es necesaria porque demuestra que hay vida en el cuadro. Y esta cualidad de la obra, su imperfección, su vida, interpela al espectador y también al artista.

Añade a continuación que su padre estaba modificando siempre los cuadros, y que una vez colocó uno en el recibidor de su casa. Era lo primero que se veía al entrar, y a los pocos días no lo pudo resistir más, agarró una sierra eléctrica y, sin siquiera descolgarlo, empezó a amputarlo. Así aguantó unos pocos días más, pero al cabo volvió a reformarlo. Y así hasta que lo quitó de allí y lo volvió a llevar a su estudio.

Lucio Muñoz. Técnica mixta sobre tabla, 100 x 180 cm2

Rodrigo Muñoz, evocando a su padre, da en el clavo: Perfecto quiere decir muerto. La vida implica imperfección.
Solemos entender la palabra "perfecto" como sinónimo de "excelente", "magnífico", "maravilloso", algo tan bueno que no puede ser mejor, pero su etimología significa "terminado".
Recuerdo de niño la clase de lengua española: "Pretérito perfecto". Me hacía gracia, porque me sonaba a "pretérito estupendo", "pretérito buenísimo", y lo que quiere decir es, sencillamente, "pretérito terminado". "He comido" significa que he terminado de comer. Nada más. Esa es la perfección. (Y ya el "pluscuamperfecto" -más que perfecto- ni os digo: "Había comido").

De la misma forma se usa en derecho: Perfeccionar un contrato, por ejemplo.

Entonces tenemos que estar de acuerdo con Lucio Muñoz: Lo que está vivo evoluciona, varía. Lo perfecto está muerto. "Solo la muerte es algo acabado".

Bruno Zevi señala algo parecido cuando defiende la arquitectura orgánica, los trazados fluyentes, abiertos, no geométricamente rígidos. Él dice que solo deben ser ordenados y simétricos los cementerios. Coincide con Lucio Muñoz: Lo perfecto es lo muerto.

miércoles, 30 de enero de 2019

Cuando Alvar encontró a Paco

Hace tiempo ya hablé aquí de la sorpresa que me produjo encontrar cerca de mi pueblo una urbanización cuyas calles tenían nombres de arquitectos ilustres.

El otro día, yo creo que por autoescandalizarme y hacerme daño gratuitamente, quise pasear virtualmente por la calle de Alvar Aalto utilizando el Google Street y vi cosas como esta:


Es la calle de Alvar Aalto esquina con la calle de Sáenz de Oiza en Illescas (Toledo). A esa casa se entra por la calle del navarro, pero la foto está tomada desde la del finlandés. (Curioso encuentro el de ambos maestros).

Puse en twitter esta misma captura de pantalla, acompañándola de una maldición grosera que no voy a repetir aquí, principalmente porque este blog lo lee mi director espiritual y el twitter no; así que allí me permito exabruptar con soltura.

Sí diré que esa maldición grosera que solté fue compartida e incluso aplaudida por algunos, pero un compañero me la afeó muchísimo, lo que me movió a querer darle explicaciones. Lo que pasa es que twitter es un muy buen sitio para tirar la piedra, pero no tanto para pedir excusas o matizar argumentos, por aquello de su brevedad. Por eso me lanzo a escribir esta entrada.

Empezaré diciendo que mi grosería no iba dirigida contra el arquitecto firmante de esa bazofia ni contra nadie en particular. Estaba en plural e iba dirigida a todos. Era (o quería ser) como la maldición que lanza George Taylor al final de El Planeta de los Simios. "Yo os maldigo a todos".

Yo os maldigo a todos. [...]. Os maldigo.

Y me maldigo a mí mismo, pues confesé allí, y vuelvo a confesar aquí, que he hecho casas peores que la de la foto. (Lo que pasa es que ni en la calle de Alvar Aalto ni en la de Sáenz de Oiza).

martes, 9 de octubre de 2018

El faro y los calzoncillos (III)

En el año 1929, cuando se presentaron los trabajos para la primera fase del concurso del Faro de Colón, el joven y brillante arquitecto Ivan Leonidov estaba en la cresta de la ola. Dos años después, cuando se falló la segunda y definitiva fase, ya no era ni joven ni brillante: Había sido súbitamente hundido y anulado, y languidecía en Siberia(1).

Leonidov fue el alumno más brillante del VKhUTEMAS. Había terminado la carrera en 1927 bajo la tutela de Alexandr Vesnin, que inmediatamente lo acogió en su estudio y lo lanzó a dar clases, a escribir artículos, a presentarse a concursos y a irse labrando su carrera triunfal. En 1929, con solo veintisiete años de edad y dos de arquitecto, ya tenía seguidores. Ya se hablaba de la "escuela de Leonidov", del "leonidovismo".
Recién casado, con un montón de proyectos por delante y con mucho por contar y por hacer, todo le sonreía.
El concurso del faro de Colón le venía a la medida. A Leonidov se le acusaba a menudo de que no respetaba las bases de los concursos y se inventaba cosas. Pero en este, a pesar de la exhaustividad de datos y solicitaciones, las bases mencionaban explícitamente la necesidad de redefinir el concepto de "monumento" y de replantear su función, su profundidad, su repercusión. Para eso estaba él. Este era su concurso soñado.

En el pequeño apartamento de Moscú trabajaba en calzoncillos sobre el tablero. Vivía con austeridad, pero no parece que con tanta como para carecer de un pantalón y de una camisa de trabajo. Más bien lo hacía por comodidad. Con una rodilla en el taburete y las caderas y el torso abalanzados sobre el papel, parecía dibujar con todo el cuerpo. Y sin embargo lo hacía con una precisión insuperable.
Estaba frenético, inmerso en su trabajo, absorto. Llamaron a la puerta. Ni lo oyó. Volvieron a llamar.
-¡Nina!
Seguían llamando.
-¡Nina!
El apartamento era muy pequeño como para que su mujer no lo hubiera oído. Seguro que había salido a comprar pan. Le habría advertido de que se iba un momento y se habría despedido de él, que, embebido en el faro, ni se había enterado.
Ya estaba de vuelta. Se habría dejado la llave.

Saltó con agilidad y en tres zancadas llegó a la puerta y la abrió. Pero no era Nina, sino un caballero de edad madura, pulcramente vestido con traje, chaleco, corbata, pañuelo bien doblado asomando por el bolsillo y hasta sombrero, que lo miró con desaprobación. Él llevaba solo unas zapatillas viejas de andar por casa y los calzoncillos(2).

-¡Andrei Nikolaevich!
-Ivan Ilich.
-Pero pasa, pasa.

Al ingeniero Andrei Nikolaevich Koniaev no le había gustado nada que su hija se hubiera casado con ese animal. Sí, decían que tenía talento, y parecía listo, pero... Qué pena, su querida hija, tan culta, tan educada.

-Nina ha salido. Volverá en seguida. ¿Quieres tomar...? No sé qué tengo.
-Dame un vaso de agua, por favor.

Incapaz de hablar de otra cosa ni de tener una conversación familiar o social, Ivan le enseñó a su suegro lo que estaba haciendo. El ingeniero descreía minuciosamente de la arquitectura de vanguardia, pero tampoco tenía mejor cosa que hacer que asomarse a los planos de su yerno.

Leonidov le contó que se trataba de reconsiderar el concepto de monumento. Un monumento era algo que conmemoraba. Hasta ahora se había conmemorado con mármol, con granito, con estatuas que reproducían la faz y el cuerpo de un personaje o la imagen de un hecho histórico. Pero la verdadera conmemoración actual, en los tiempos del cine y de la radio, debía ser otra cosa.
Él proponía honrar y rememorar a Cristóbal Colón, el personaje y su papel histórico en el desarrollo de la cultura contemporánea, con un conjunto de elementos tecnológicos que proyectaran imágenes sobre el cielo y ondas de radio por el aire, un foco de conferencias, tertulias, música... También iba a ser un puerto aéreo y marítimo, un cine, un museo, e incluso un centro experimental de radiovisión a distancia.
Al ingeniero ese planteamiento le gustó, y la fe y la claridad con la que lo exponía el joven mucho más. Verdaderamente era un hombre de talento y tenía la energía y la convicción para llevarlo a cabo.




Calzoncillista Leonidov. Propuesta para el monumento a Colón.

martes, 21 de noviembre de 2017

Los libros de la tía Felisa

Los arquitectos MVRDV han hecho en Tianjin-Binhai (China) una biblioteca A-LU-CI-NAN-TE.


Siempre he dicho que la arquitectura es espacio, y que el análisis y la valoración de la arquitectura ha de ser la del espacio que configura. En ese sentido esta biblioteca es plausible y admirable. Y con bola.



Es un espacio impresionante, absorbente e hipnótico. Es un espacio de una vez, como el Guggenheim de Nueva York o el Panteón de Roma. Es arquitectura en esencia, es arquitectura de pata negra.
Es una obra magnífica. Estupenda.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Arquitectura picante

Estos días he vuelto a ver el ayuntamiento de Valdemaqueda (Madrid), de los arquitectos Paredes y Pedrosa, y he vuelto a rememorar aquella gloriosa intervención de la entonces presidente de la Comunidad de Madrid, la condesa consorte de Bonos (con grandeza de España), pidiendo la muerte de todos los arquitectos.


¿Qué le pasa a ese tipo de gente con este tipo de arquitectura? Es una arquitectura limpia, clara, yo diría que incluso ética. No presume de despilfarros formales, de eructos agresivos. Parece humilde y sencilla. ¿Qué daño hace? ¿A quién se lo hace?
Por otra parte, viendo ahora, muy a posteriori, aquellas orgías de la mafia púnica y sus ramificaciones, aquellas juergas en las que las adjudicaciones se hacían con pasta, cocaína y putas por medio, y en la que llovía dinero procedente del "hecho constructivo", no nos queda más remedio que hacer una lectura ética de la arquitectura, ya que la arquitectura, desgraciadamente, sale a colación a menudo en este tipo de culebrones, y también demasiado a menudo vemos en la tele a los arquitectos municipales saliendo con las muñecas juntas, acompañados por la policía.

Yo no podría imaginarme jamás (tal vez peque de ingenuo) que los concejales de urbanismo y los técnicos municipales de Saynatsalo


Ayuntamiento de Saynatsalo, Finlandia.
Arquitecto Alvar Aalto

(por poner un ejemplo) se dediquen a la pasta, a la cocaína y a las putas. Ni siquiera los veo atracándose a cigalas.
Quiero creer que la arquitectura elegante y sencilla, modesta, es además ética.
Sé que eso es mentira, pero me gustaría creer que la arquitectura sirve para algo.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Copiar

Es verdaderamente extraordinario inventar algo desde cero(*). Lo normal es que incluso los creadores más potentes y originales tomen lo existente como punto de partida y lo mejoren o combinen para obtener cosas nuevas.
Si los seres humanos no copiáramos lo que vemos desde que nacemos no seríamos capaces de aprender ni de hacer nada. Para empezar, el lenguaje lo aprendemos imitando gestos, copiando sonidos, tanteando y probando. Incluso el escritor más original, el que más destruye y recrea el lenguaje, viene de copiarlo para reelaborarlo.
Ninguno de nosotros sabría abrir una puerta si no hubiéramos visto antes a alguien haciéndolo. (Yo soy tan torpe que a poco que me cambien el mecanismo habitual me quedo sin saber abrir hasta que veo cómo lo hace otro. Y de los mandos de las duchas de los hoteles mejor ni hablamos).
¿Cómo se inventa algo nuevo? Para empezar, copiando.
Recuerdo cuando empecé a hacer mis primeros ejercicios de proyectos en la escuela. Supongo que me consideraba un genio o algo así: alguien llegado a este mundo para dar una nueva voz. Quién sabe. El caso es que sin tener ni idea de nada quería crear algo nuevo. (Al mismo tiempo, mientras diseñaba un aseo medía los aparatos del baño de mi casa; para hacer una escalera medía los peldaños de la de mi casa, etcétera. Mi casa era mi Neufert condensado; mis referencias eran limitadísimas, y no obstante yo quería ser original y aportar algo nuevo. La ignorancia es audaz).
En esa tesitura tan extraña (pero que tal vez hayáis experimentado algunos de vosotros) me hallaba cuando mi profesor de proyectos me dijo: "Copie. Copie. Busque un proyecto que le guste y cópielo".
Yo entendía que eso era hacer trampas. Qué equivocado estaba. Copiar no es calcar un proyecto, porque además no se puede: El solar no tiene la misma forma, no mide lo mismo, no tiene los mismos desniveles... El programa es parecido pero no idéntico... etcétera. Y basta con que al copiar cambiemos una mínima cosa para que todo se mueva y se desbarate, y trabajar para readaptarlo y reencajarlo es un ejercicio fantástico de arquitectura.

Alvar Aalto. Croquis no definitivo de la planta de la casa Schildt

Por ejemplo: Tomad la sencilla planta de la casa Schildt, de Alvar Aalto y copiadla tal cual, pero poniéndole un dormitorio más. ¡Uf! Qué difícil. Intentad hacerlo. Tal vez acabéis con toda la casa desarmada, y al principio parecía fácil. O bien, en esa misma casa, suprimid la elevación del cuarto de estar. Aalto lo elevó para tener mejores vistas sobre el mar. Imaginemos que en vuestra casa no hay esas buenas vistas, o que la familia prefiere la comodidad de tener toda la planta al mismo nivel. Vale: pues quitáis los peldaños y ya está. Empezad a hacer secciones y alzados, a ver qué pasa.
Copiar tiene su miga.
Además, tenemos que tener en cuenta que Alvar Aalto también copió, y que adquirir su estilo le costó muchos años de duro trabajo y muchas obras construidas.

Todos los artistas, todos los profesionales, todos los artesanos, todos han copiado. Hemos copiado. Lo que importa no es copiar, sino saber elegir buenos modelos y buenos maestros para copiarlos.

Sáenz de Oiza en el Partenón, dibujando con Javier Vellés

Le Corbusier. Vista del Partenón desde los Propíleos


(*).- Hay algunos casos sorprendentes, como el del avión. Le Corbusier cuenta en Vers une architecture que durante siglos el ser humano intentó diseñar un aparato volador con premisas equivocadas. Gente muy creativa y muy observadora pensó que para volar había que copiar a los pájaros. Si uno estudiaba el vuelo de los pájaros hasta entender por qué se producía y cómo funcionaba, podría copiar el proceso y construir una máquina capaz de volar.
Fracaso. Fracaso tras fracaso. Una máquina y otra. Alas más grandes. Mayor potencia de batido de las alas. Nada. Fracaso.
Alguien tuvo que pensar fuera de la caja y plantear el problema desde premisas físico-teóricas para concebir otro paradigma: Un plano sustentador no batiente que, propulsado a suficiente velocidad, se elevara gracias a la fuerza de resistencia que oponía el aire. Nada de batir: La solución fue lanzarse con unas alas diseñadas con determinada sección, estudiada aerodinámicamente por fórmulas abstractas y teóricas, y no observando pájaros (que en determinados momentos también toman esa estrategia).
En todo caso, la mirada creativa que observa de lado, que cambia la perspectiva y se sale de lo trillado parte también, al menos en los procesos iniciales de tantear lo existente hasta el momento, probar y trabajar con ello.

domingo, 29 de marzo de 2015

Viajes de arquitectura

Un arquitecto tiene que viajar, y tiene que hacerlo siempre: Cuando está estudiando, para ver qué hicieron los maestros, y cuando ya ha construido, para ver cómo lo hicieron sus colegas.
La arquitectura se transmite por dibujos y por fotografías. Hoy se reproducen y difunden con una gran calidad y profusión. Y para alguien que tenga la mente entrenada, el examen de los planos y de las fotos sirve para construir el edificio en la cabeza. Se entiende una doble altura, se comprende un espacio que queda detrás de ella, y cómo se estrangula, o como el techo baja de repente de una sala a la siguiente. La mente del arquitecto está entrenada para reconstruir el espacio arquitectónico con plantas y secciones. Sabe hacerlo muy bien. Y si además esas intuiciones espaciales pueden ser confirmadas con un extenso reportaje fotográfico, pues mucho mejor.
Y, sin embargo, cuando uno ve un edificio en persona, en carne y hueso, nunca es exactamente como se lo había imaginado.
Es muy posible que las condiciones geométricas y topológicas sí respondan a lo que uno había previsto, pero hay muchas otras dimensiones arquitectónicas, imponderables, que no hay forma de comunicar, y que es necesario experimentar en persona.

Carpenter Center, Cambridge, USA, Le Corbusier

Recuerdo que cuando visité el Ayuntamiento de Säynätsalo, de Alvar Aalto, edificio delicioso, una de las cosas que más me gustaron fue el ambiente tibio y el olor de las salas, especialmente de la galería acristalada al patio. No sabría explicarlo. Me sugirió comodidad, amistad, cariño, y al mismo tiempo eficiencia. Me habría encantado trabajar allí. Algo parecido me sucedió en el Ayuntamiento de Hilversum, de Dudok, donde además di con un funcionario que amaba Toledo.
Muchas de las cualidades de esos espacios ya las habíamos adivinado en las fotografías, pero el hecho de estar allí las multiplica. El olor a madera, a barniz, a limpio, la temperatura, la ventilación, la luz, el sonido... Es una experiencia múltiple que no podíamos ni sospechar.

Empire Estate Building, N.Y., Shreve, Lamb and Harmon

Otras veces nos engaña la escala, como me pasó en el estudio de Frank Lloyd Wright en Oak Park, Illinois, mucho más pequeño de lo que me había imaginado, y con el techo de la entrada bajísimo.

Seagram Building, Nueva York, Mies van der Rohe

Viajar para ver edificios es una manera de ir en busca de viejos amigos y de viejos maestros, a quienes hemos admirado y querido desde hace tiempo, pero a quienes no conocíamos en persona.
Cuando se produce el encuentro, es similar a cuando se "desvirtualiza" a un amigo de las redes sociales: Le conocemos, hemos gastado bromas, nos hemos reído con él, sabemos cómo piensa sobre muchas cosas, pero no conocíamos su voz, su olor, sus gestos, su forma de dar la mano o de abrazar.
Ves el Seagram y dices: "Yo a ti te conozco, amigo". (Después el conserje -ninguno tan borde y tan autoritario como el del Chrysler Building- te deja o no te deja pasar de esta línea, o te echa del vestíbulo, o te prohíbe hacer fotos, o lo que le dé la gana, y tú piensas: "¿Pero por qué? ¡Pero si este edificio es mi amigo!" Y se lo intentas explicar. Y él te dice que sí, que sí, que por aquí se va a Madrid, lo que además, en este caso, es cierto: Por aquí se va a Madrid. Hala, fuera, patán).

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Carne de bronce

No, es inútil, tú no eres Napoleón Bonaparte ni el rey Cirilo de Inglaterra, tú eres carne de catequesis, carne de prostíbulo, carne de cañón, tú eres el soldado desconocido, el hombre a quien no le brilla una estrellita en la frente, los hombres que son carne de horca suelen tener más aplomo, la historia da mucha confianza, tú estás entre el público -en la catequesis, en la ramería, en el frente- y aunque a veces te crees el eje del mundo, no saldrás nunca a cuerpo limpio por encima o delante de los otros catecúmenos, de los otros frecuentadores de mujeres públicas, de los otros soldados, nadie se fijará en ti jamás pero no debes lamentarlo, cada cual llega hasta donde puede y los demás le dejan y a ti se te permite vivir, ¿te parece poco?, y aprender la doctrina e ir con mujeres y hacer la instrucción, y también recapitular, sobre todo recapitular.
Camilo José Cela, San Camilo 1936

-Joder, Don Camilo. Me ha dejado usted aplanado.
-Pues te jodes.

De acuerdo, qué remedio. Casi todos somos seres anónimos y sujetos pacientes. Pero hay algunos a los que sí les brilla una estrellita en la frente. Hay personas que pasan por la vida para dejar una clara huella, y no sólo sobre sus contemporáneos, sino también sobre los venideros, sobre la humanidad eterna.
Esas personas, benefactoras de la especie humana, han hecho un servicio impagable: Han descubierto cómo curar una enfermedad, o cómo se desplazan los planetas, o las propiedades de los icosaedros, o las costumbres de los ornitorrincos, o han hecho pensar, reír o soñar, o han hecho felices, de una forma u otra, a las personas. También están quienes han liderado un movimiento político, religioso o social. Los visionarios, y los héroes, y los santos.
Esas personas son carne de bronce. (También carne de mármol). La gente, casi toda la gente, o al menos bastante gente, les está muy agradecida, y en algún momento a alguien con poder para ello se le ocurre dedicarles un recatado rincón de una calle o el exhibicionista centro de una plaza para colocar allí su estatua.

Estos días se está hablando de erigir en Carabanchel, su barrio natal (de Madrid), una estatua de bronce de Rosendo Mercado, o simplemente Rosendo, el líder de Leño, el viejo rockero, el cantante social y comprometido, la voz del pueblo.

Rosendo

(Un amigo suyo, no recuerdo si Miguel Ríos o el Gran Wyoming, ha dicho que no lo ve claro, que no sabe si habrá suficiente bronce para la tocha). (*)
Hay un montón de gente firmando la petición, pero otros muchos admiradores de Rosendo están horrorizados ante esta domesticación del rebelde y ante esta rimbombancia obscena para la persona menos rimbombante del mundo. (Él ha dicho que si al final se la hacen procurará no pasar por allí, porque le da mucha vergüenza).
Hay otro punto de vista: ¿No es el espacio público de todos y para todos? ¿No merecen honores los artistas brillantes pero sencillos, los artistas del pueblo? ¿Tiene el pueblo que admirar siempre a los prohombres estirados y nunca ha de celebrar a las personas menos solemnes? (En todo caso, hay contradicción en dedicar solemnemente una solemne estatua para celebrar la insolemnidad de una persona).
Esa cuestión parece estar resuelta desde hace tiempo. Por ejemplo, el célebre payaso Fofó es carne de bronce desde hace años, y todos lo ven con naturalidad.

El Payaso Fofó
Parque de Atracciones, Madrid

Bueno, exactamente con naturalidad no. Porque, salvado el problema de si alguien sencillo, poco o nada ceremonioso y muy familiar merece bronce, surge uno mucho mayor: ¿Merece ese bronce?

viernes, 9 de mayo de 2014

Basílicas, templos y duros comentarios

Me estáis acostumbrando muy mal con vuestros amables comentarios, que muchas veces llegan incluso a elogiosos. Me estáis acostumbrando tan mal que cuando llega alguno crítico no lo entiendo.
Tengo el típico buenrollismo de "encajo muy bien las críticas", y tal. Pero cuando me llega una me sale el "no me ha entendido", "es que no era eso lo que yo quería decir", etc. Ya, claro, lo de siempre. Lo de "yo soy muy demócrata, pero como alguien me contradiga me lo cargo". Ya, claro. Muy bonito.
Pues sí. Lo último es que, en muy poco tiempo, he recibido tres ácidos comentarios sobre una entrada mía de hace más de dos años, y que en su día fue muy bien acogida: "Otra charla de Oiza: Mies vs Aalto". (Incluso está entre las más leídas de este blog, como podéis comprobar en el listado de la columna de la derecha).
Pues después de unos cuantos elogios a esa entrada tengo dos comentarios muy recientes que dicen que ese texto sólo expresa una opinión personal (de Oiza, que yo encontré acertadísima cuando la escuché, y por eso la conté) y que no hago un estudio previo real sobre los dos arquitectos comparados. (Hombre: Hacer un estudio previo de Mies van der Rohe y de Alvar Aalto antes de contar la charla de Oiza es hacer varias tesis doctorales, y esto no es más que un blog, y yo no soy más que un bocazas).
Pero no ha sido aquí, en el blog, sino en twitter donde he recibido la puntilla: Una tuitera dice sobre esa entrada: "El peor artículo de Arquitectura de toda la historia. ¡Hay que estudiar más, señores!". Tela: El peor de toda la historia. Jopelines, qué bajona.
¿El plural "señores" incluye a Oiza? Porque mi artículo era tan solo la glosa de su charla. Pues no: Al parecer no lo incluye. Otro tuitero le contestó para defenderme (se lo agradezco mucho), y ella insistió, diciendo esta vez que yo me limitaba a reproducir lo que oí, sin aportar nada. En eso tiene razón. Releo el texto y veo que lo único que dije de mi cosecha fue el final: La comparación entre las iglesias de Alvar Aalto y de Mies van der Rohe.
Así que, como purga y penitencia, me propongo desarrollar (mínimamente: Esto es sólo un blog, y un blog muy personal) la idea del templo como casa de Dios y la del templo como asamblea de los fieles. Y en esto no copio a Oiza.

Mies van der Rohe: Capilla de St. Saviour, IIT, Chicago.
Alvar Aalto: Iglesia del centro parroquial de Riola, Italia.

Aalto hace una iglesia muy agradable, muy acogedora, mientras que Mies hace una iglesia muy fría. La de Mies es geometría, pura abstracción. Es la casa donde vive un dios racional y conceptual, un ser absoluto y trascendente. Y vive allí. Allí sólo puede vivir un ser sobrenatural.
La iglesia de Aalto es, por el contrario, el espacio en el que los seres humanos -dubitativos, imperfectos, torpes- le buscan.
Aalto, con su iglesia, ayuda a los fieles a que estén tranquilos, plácidos, y puedan elevar sus pensamientos y sus sentimientos. A Mies, en la suya, le da igual cómo estén los fieles: Dios está a gusto. O, mejor dicho, Dios está en su sitio. Y eso es lo que cuenta.
Aalto proyecta para los hombres, y Mies para Dios.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Capricho filatélico nº 2

El otro día, a cuenta del sello de Alvar Aalto que había mostrado anteriormente, escribí una entrada filatélica sobre una obra suya, el Finlandia Talo, rareza o capricho que justifiqué porque estábamos en agosto, y en agosto todo vale.
Pero también dije que haría otra para cerrar el tema Aalto, y no lo hice.
Como agosto ha terminado hace nada, y estamos en pleno despiste septembreño, me acojo a ello para publicar ahora esa entrada, otra vez atípica. Espero que la acojáis como un nuevo capricho, como una curiosidad simpática (y, en todo caso, con mucha paciencia).
Por terminar de mostrar lo que conozco de Alvar Aalto en la filatelia (aparte de matasellos y otros), os comento que en 1978 Finlandia emitió una serie (dentro de la anual de Europa) dedicada a arquitectura local. Tenía dos sellos:


El primero, de una corona, mostraba el Sanatorio de Paimio, de Alvar Aalto, y lo mostraba como ejemplo del funcionalismo. El segundo, de 1,20 coronas, era un ejemplo del romanticismo nacional, y muestra el museo Hvitträsk, que al documentarme para este post me he enterado de que es obra de tres arquitectos, uno de ellos Eliel Saarinen.
Pero volvamos a Alvar Aalto: Aparte de su retrato en la fecha de su muerte, y de un interés desaforado por su Palacio de Congresos en Helsinki (por su interés político, como vimos, que no arquitectónico), vemos ahora este Sanatorio de Paimio, también uno sobre diseño finlandés (compratiendo hojita bloque con otros compatriotas), con sus famosos vasos de vidrio ondulado,


y poco más.
¿Poco más?
Sí, muy poco. Un solo edificio más. Pero muy curioso filatélicamente hablando.

Hacia 1960 a los gobiernos de los países nórdicos se les ocurrió regalarle a Islandia un edificio: Un pequeño centro de congresos con biblioteca, cafetería y lugar de reunión, dedicado a los países nórdicos, a su historia y a su cultura.
El edificio se llamó "Casa del Norte". Alvar Aalto hizo el proyecto entre 1962 y 1963, y la obra se realizó entre 1965 y 1968.

Es una obrita menor, una cosilla sin importancia, que a Alvar Aalto le sale solamente perfecta. (Me río yo de los que llaman "películas menores" a algunas de Alfred Hitchcock, de Billy Wilder o de John Ford. Vale: No serán sus obras maestras, pero a ver quién es el guapo que las hace así de "anodinas" y "torpes").

La Casa del Norte, como hemos dicho, tiene salas de reuniones, una sala mayor para congresos, una librería sobre temas nórdicos y una cafetería.









En fin, ya digo: una "obra menor".

No es de sus obras más notorias, pero el gobierno islandés quedó muy agradecido con el regalo de los gobiernos de los países amigos. Tanto que, entre otras cosas, el 26 de junio de 1973 emitió una serie de dos sellos, de 9 y 10 coronas:


Bueno, muy variados no son, pero a mí me parecen muy hermosos: El elegante alzado del edificio de Alvar Aalto recortándose contra un cielo en el que se insinúa la aurora boreal.


lunes, 5 de agosto de 2013

El mejor escribano...

Finlandia, ese país que nos sugiere eficiencia, solvencia, educación, alto nivel de vida y un montón de cosas buenas, tiene un altísimo "nivel general" en su población, pero no tiene demasiados personajes geniales en su historia. (Tampoco son muchos habitantes ni tienen mucho tiempo). Así, a bote pronto, los dos más altos que se me vienen a la mente son el arquitecto Alvar Aalto y el músico Jean Sibelius.
Y, naturalmente, el país está orgullosísimo de ellos.
A Aalto le dedicaron un sello de ochenta céntimos de marco en 1976, el año de su muerte,


 y diez años después, en 1986, el billete de 50 marcos.


Curiosamente, en ambos homenajes aparece el mismo edificio. Entre toda la obra de Aalto, extensa y magnífica, se eligió en las dos ocasiones el Finlandia Talo (que, por lo que veo en los libros, se debe de traducir al castellano como Finlandia Hall), en Helsinki. Es un fantástico palacio de congresos con sala de conciertos, que se ubica a las orillas del Lago Töölö y forma parte de un ambicioso plan urbanístico del propio Aalto para un nuevo centro urbano de la capital.

Alvar Aalto es un arquitecto que se caracteriza por su atención constante y sabia a los materiales, por el respeto con que los trataba y por la adecuación de éstos a la idea del proyecto y, sobre todo, al clima.
Tanto le preocupaba al arquitecto cómo se comportarían los distintos materiales ante el feroz clima finlandés, que en su refugio-casita de campo en Muuratsalo tenía un amplio muestrario de todos ellos, para estudiar su comportamiento y, llegado el caso, sufrir sus consecuencias en carne propia antes de usarlos para otros.



Ladrillos de distintas clases, piezas de arcilla cocida, vitrificada, esmaltada, maderas tratadas de esta o aquella manera... Estudiaba en su propia casa los comportamientos de los distintos materiales y los problemas que daban. Probaba entonces nuevas soluciones y los volvía a ensayar.
A esto yo lo llamo honradez. (Y más ahora, que hay tanta idea genialoide y tanta ocurrencia irresponsable de los estrellitas vanidosos).

Pero, mirad por dónde, en el Finlandia Talo el honrado arquitecto, el hombre responsable, tuvo un momento de debilidad y sucumbió. Aquel edificio tan grande, tan importante, tan plástico, tenía que tener una imagen pura, luminosa... ¡Blanca! ¡Resplandeciente!






Contra la idea que tenemos todos de una Finlandia oscura, este edificio es la luz.
Alvar Aalto lo chapó completamente de mármol blanco de Carrara, que le impresionó mucho cuando visitó Italia.
(Si ya decía él, con razón, que no debía mirar edificios de otros lugares y épocas, porque le influían mucho. Pero qué le vamos a hacer. Hasta el mejor escribano echa un borrón).

Efectivamente, ese mármol le da al edificio una calidad extraordinaria, y un color y una textura que merecen la pena... Que merecen la pena de que el chapado se vaya a la porra periódicamente.