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lunes, 9 de marzo de 2026

Peregrina paloma imaginaria

Borges señala(1) un fragmento de Jaimes Freyre que considera "poesía puramente verbal": es decir, pura forma sin significado:

Peregrina paloma imaginaria
que enardeces los últimos amores;
alma de luz, de música y de flores,
peregrina paloma imaginaria.

Borges dice: "no quiere decir nada y a la manera de la música dice todo". Añade que él quisiera una poesía de compromiso entre la forma y el significado, pero no denigra esta. Su musicalidad le gusta mucho. Y yo añadiría que todos somos capaces de escribir algo con significado, de contar algo que nos interesa o preocupa, de decir algo que queremos decir, pero hacerlo estéticamente, bellamente, con una forma atractiva, está al alcance de muy pocos. Y, al fin y al cabo, no es la principal función de la poesía la de transmitir ideas y pensamientos, sino la de asociar palabras de una forma sonora y atractiva.

jueves, 20 de noviembre de 2025

(Est)ética - Grandiosidad y chapuza

Hoy se cumplen cincuenta años. Yo tenía quince. Qué de cosas han pasado desde entonces.

En estos días hay mucha rememoración, y entre el material con el que he sido bombardeado ha estado esta imagen:

La cortinilla del NO-DO. Un diseño que quería ser grandioso, imperial, pero que se queda un poco (o bastante) pobre. Y eso que es solo la imagen, y os he ahorrado la sintonía (tiii, tiririti riti riti riti tááá. Titiri titiri ráá) y la voz aflautada del personajillo locutor. Qué ridículo parece ahora todo, pero qué importante era. Uf.

Esa portada palidece ante la de cualquier película de Hollywood. Qué esplendor tenía la Metro, la Columbia, la Paramount, la Universal... Esas sí eran formas impresionantes de empezar películas, y no esta tan triste.

De entre todo el impacto cutre de esa imagen no puedo evitar fijarme en lo que me parece más obvio: la cinta ondeando y enroscándose a las dos columnas. ¿Que hay en esa cinta entre "EL" y "MUNDO", pero, sobre todo, entre "ESPAÑO-" y "LES"? ¿Qué mensaje o qué universo paralelo se nos oculta en los pequeños tramos que quedan detrás de los fustes?

martes, 19 de abril de 2022

Buenos días lo primero

Todos hemos tenido a alguien que nos lo ha dicho: nuestros padres, nuestra abuela paterna o nuestra tía Herminia. Entrábamos corriendo, urgidos por una novedad o un hallazgo, donde estaban reunidos nuestros familiares, lo proclamábamos con entusiasmo y en vez de pasmarse ante nuestros asertos nos recriminaban: "Buenos días lo primero". No entendíamos nada: Lo que estábamos contando era emocionante, importante, divertido, y nos cortaban para exigirnos que cerráramos el chorro y diéramos los buenos días. ¿A quiénes les podían importar los buenos días? No obstante, al parecer era obligatorio darlos.

Imaginaos a Hitler o a Rommel mandando callar al espía que traía los datos del lugar y el momento exactos en que se iba a producir el desembarco en Normandía y gritándole: "¡Buenos días lo primero!" Imaginaos al excitadísimo espía intentando pese a todo decir cuántas tropas, cuántos barcos y con qué armamento iban a desembarcar y a sus superiores arrestándolo e incluso mandándolo fusilar por cabezota e indisciplinado, y no haciéndole caso por no haber dado los buenos días. (¿Os imagináis?)

Pues con lo de Normandía es casi seguro que no ocurrió, pero con la arquitectura ocurrió, ocurre y seguirá ocurriendo. Nos hemos creído portadores de nuevos conceptos de espacio, de nuevas y mejores eficiencias, de mayor lógica constructiva y de más avanzado régimen de confort, pero nos obstinamos en proclamarlo sin dar los buenos días (o, mejor dicho, los damos de una manera muy rara) y nos mandan al cuarto de los ratones sin escuchar ni apreciar nuestra buena nueva.

Vamos a hacer una prueba. Proponédsela a vuestros amigos cultos pero no en arquitectura ni especialmente interesados en ella. Mostradles estas cuatro parejas de edificios y pedidles que elijan el que más les guste de cada una.




(Se pueden clicar para verlas más grandes)

Yo lo he hecho y los resultados son prácticamente unánimes: derecha, izquierda, izquierda e izquierda.

miércoles, 3 de junio de 2020

Ignominia y torpeza

Aunque ya sé que nunca aprenderemos y que siempre seremos igual de imbéciles(1), me enfado cada vez que tengo noticia de un nuevo episodio, pero es siempre el mismo.

Hoy toca hablar, de nuevo, de políticos emocionados con el arte. Pero si no entienden nada, si no saben nada, si no les importa ni un poquito. ¿Para qué destrozan? ¿Para qué ofenden? ¿Para qué vandalizan? No ayuden, por favor, pero tampoco estorben ni arruinen.

Que a los políticos no les interesa el arte, la arquitectura, el diseño ni la cultura es notorio. Ya nos hemos resignado a ello. Pero cuando se entusiasman con algo es peor; es para salir corriendo.

Ya hablé aquí del vergonzoso episodio del "vandalismo artístico" de los silos castellanos. Ahora toca cargarse el faro de Ajo (Cantabria).


En esta foto tenemos a una caterva de impresentables haciendo el ridículo y posando ante la nueva agresión que van a perpetrar. Y tan contentos. Y con esa cara tan grimosa de "¿pero no decías que no nos interesaba el arte contemporáneo?; pues aquí nos tienes".

Uno enrojece, mira hacia abajo, humillado y cansado, y dice: "No es eso. No es eso".

No se enteran de nada. En su inconcebible ignorancia omnímoda escuchan siempre al cantamañanas y nunca al artista, siempre al demagogo y nunca al riguroso, afrontan proyectos absurdos y nunca los verdaderamente válidos y necesarios. Tienen un radar infalible: Apunta siempre al revés. Si caminaran hacia el lado contrario del que les dicta su instinto acertarían siempre.

martes, 14 de mayo de 2019

Tatuajes: El tiro por la culata (y II)

El otro día os dejé con la curiosidad de saber por qué me había hecho tatuajes, cómo eran, dónde los tenía...
(Bueno, dejé con la curiosidad a dos personas. Otra lo acertó desde el primer momento y ahí acabó la intriga. La verdad es que no soy demasiado bueno generando suspense).

En junio de 2016 me diagnosticaron un cáncer colorrectal, en julio me lo operaron con éxito, en agosto estuve de reposo y recuperación y en septiembre empecé con la radioterapia. Me dieron 27 sesiones entre septiembre y octubre. Y después me puse con la quimioterapia.

Todo salió estupendamente bien y aquí estoy: hecho un pimpollo.

Para la radioterapia había zonas sensibles muy próximas a la afectada y era fundamental no tocarlas; es decir: apuntar los haces de rayos con gran precisión.

Dada mi lesión, lo idóneo en mi caso era ponerme en la no muy airosa postura de tumbado boca abajo y con el culo en pompa. (Se ve uno en cada fregado...).

El primer día no hubo sesión de radioterapia, sino solamente trabajos previos de reconocimiento del terreno y replanteo.
Me hicieron pasar a un vestuario en el que me quité todo menos los calcetines y me puse una bata verde cortita con toda la parte trasera abierta. Un paripé para ir desde allí hasta el aparato haciendo el paseíllo, pero nada más, ya que una vez tumbado boca abajo me abrieron y levantaron la batita hasta la espalda.

La foto que sigue me va a ayudar en mi explicación. Este paciente está boca arriba y vestido, y yo estaba boca abajo y casi desnudo (con calcetines, eso sí), pero lo que os voy a contar se ve perfectamente. (Podéis clicar en ella para verla más grande).


Me hicieron ponerme boca abajo, como digo, sobre una pieza que hacía un montículo (esa cuña azul oscuro bajo las piernas del paciente de la foto) para quedar con el culo en pompa.
Esa pieza era estándar. La tenían que suplementar con otra a mi medida. Para ello, entre la cuña y yo metieron una bolsa de plástico (la de color azul claro que se ve en la foto) y la llenaron de una pasta muy fluida de fraguado rápido. Me hicieron moverme un poco hacia delante, apoyarme un pelín en las rodillas para mover un poco las caderas... Me menearon los muslos... Y también las nalgas... (Sí, amigos. Pero yo ya había hecho dejación total de dignidad y de vergüenza) ...hasta dejarme en una postura que les pareció adecuada. Entonces me dijeron que me quedara muy quieto y esperaron a que la pasta fraguara e hiciera el molde duro de mi abdomen y mi pelvis.

domingo, 13 de mayo de 2018

La estética como excepción al pensamiento

(A Mapila)

Fernando Savater ha escrito ayer un artículo en EL PAÍS que me ha dejado con la sensación déjà vue, déjà connue de que los arquitectos contemporáneos son la plaga y de que la arquitectura actual es la perversidad misma.
Vale. Ya aburre. Ya lo sabemos. Pero es que esta vez me ha llamado la atención más que otras veces porque se supone que Savater es un pensador. Y porque se supone que un pensador piensa.


En su día no me leí su en muchos colegios obligatoria Ética para Amador (a mí me pilló ya muy mayor para ello), y a partir de ahí ya todo me vino torcido con él.
Sé que de vez en cuando escribe un libro, pero hasta ahora los he ido evitando concienzudamente, y ya a estas alturas espero salir de este circo con mi virginidad savateriana intacta.

Me cae bien porque es, como yo, un apasionado de La isla del tesoro, y sé con absoluta seguridad que si eres stevensoniano no puedes ser mala gente. Es imposible.

Hace tiempo escribió un libro sobre caballos, y entonces me enteré de su pasión por la hípica. 

Y en el artículo de ayer vuelve a hablar de esa pasión. Mejor dicho: De lo que habla es de que por culpa de esa pasión ha tenido que sufrir la inmersión en una obra de arquitectura contemporánea, y es que su amado hipódromo de Longchamp ha padecido una reforma perpetrada por el arquitecto francés Dominique Perrault.

miércoles, 2 de mayo de 2018

La fealdad

Advertencia: Sobre la fealdad se pueden (y se deben) escribir varios tratados muy extensos. Esto es solo el blog de un aficionado, y por lo que me pagáis debéis conformaros con tres o cuatro brochazos rápidos exponiendo un par de ideas (o solo una), y nada más. Seguramente retomaré el tema más de una vez.


INTRODUCCIÓN:

Vincent Van Gogh no consiguió vender un solo cuadro en toda su vida porque todos eran horribles. (Bueno, vendió uno a su hermano, que era marchante, pero eso no cuenta porque su hermano le daba dinero y le intentaba mantener como podía, de manera que esa venta no puede considerarse tal, sino una ayuda fraterna).


No es que los cuadros de Van Gogh no gustaran a casi nadie. No es que solo gustaran a unos pocos. No. Es que no le gustaban a nadie. A nadie. Repito: A nadie. Es decir: en la segunda mitad del siglo XIX lo que pintaba Van Gogh era feísimo.
Y sin embargo hoy esos cuadros nos gustan a todos. A todos. No a la mayoría, no a muchos. A todos. Es decir: en la primera mitad del siglo XXI lo que pintó Van Gogh es bellísimo.
¿Y eso por qué es? ¿Acaso la belleza y la fealdad son una moda? ¿Acaso la belleza y la fealdad van por rachas? Pues sí. Parece obvio.

domingo, 22 de enero de 2017

Bonito

Bonito,
todo me parece bonito.
Bonita mañana,
bonito lugar,
bonita la cama,
qué bien se ve el mar.
Bonito es el día
que acaba de empezar.
Bonita la vida.
Respira, respira, respira.

Bonito. Jarabe de Palo


Un grupo de amigos virtuales, frikis de la arquitectura, alimentamos un hastag en twitter que se llama #100x100masterhouses y que atendemos los sábados de una manera muy sencilla: Quien quiere usa esa etiqueta, pone cuatro imágenes de una casa (las que admite twitter), etiqueta a diez tuiteros como máximo (los que permite twitter) y la cuelga.
El sábado pasado el compañero Peter (@Speedmaster72) subió estas cuatro fotos:





Y escribió: "Leavengood House (St. Petesburg Florida 1950/51), by Ralph Twitchell & Paul Rudolph. #100x100masterhouses".


Como suele ocurrir en estos casos, algunos de quienes lo vieron lo comentaron, otros lo "retuitearon", lo "favoritearon", etcétera. Todo sirva para mantener enhiesto el pabellón y para celebrar la arquitectura a cada rato y con cualquier excusa, que hay muchas y muy valiosas.
Una tuitera no arquitecta (y por lo tanto no perteneciente a este cansino colectivo nuestro) opinó: "una casa fea". Naturalmente, con esa nítida afirmación revolvió el gallinero, y ante la consternación de los defensores insistió: "¿Dónde está lo bonito?"
Para qué queremos más. Como un solo hombre, los frikiarquitectos nos envolvimos en los mantos rituales y saltamos a la carga.
Pero yo me quedo pensando en la frase: "¿Dónde está lo bonito?"
Y me pregunto dos cosas: 1.- "¿Es bonita esta casa?" 2.- "¿Es necesario, o siquiera conveniente, que las casas sean bonitas?"

Ayer, más o menos cuando el amigo @Speedmaster72 estaba colgando esas fotos en twitter, yo me estaba comiendo unas patatas al ajillo de escándalo. Son unas patatas cortadas en rodajas planas, fritas en sartén con buen aceite de oliva, y aromatizadas con un mejunje de ajo, vinagre y perejil bien macerado en el almirez. Es un plato que me vuelve loco. Es la cosa más tonta del mundo, muy sencilla y barata, pero la antepongo a los jardines colgantes de Babilonia y a todos los campos de algodón de Louisiana.
El aspecto del contenido de la sartén es un pegote, una costra.
¿Es eso "bonito"? No. No es nada bonito. Es una especie de plasta, ya digo, pero ay de quien pase por este triste mundo sin haberla probado. Se pierde una de las razones por las que merece la pena vivir.
Bonito.
No es nada bonito. ¿Dónde está lo bonito? ¿Y por qué tendría que ser bonito?
Si la humilde pero gloriosa sartenaca de patatas al ajillo no es nada bonita, ¿por qué tendría que serlo una casa?

sábado, 14 de enero de 2017

Y coda

Ayer mismo escribí una entrada en este blog con un tono sarcástico y seguramente más estúpido de lo aconsejable, pero es que, comprendedme, ya estaba cansado de mesarme los cabellos, de indignarme, de rabiar y de gritar. ¿Para qué? ¿Qué más da todo?
El caso es que, como imaginaba, lo que escribí en tono de burla mucha gente lo piensa en serio.
Varios periódicos han dado la noticia de la ignominia, y, como todos ellos en sus ediciones digitales tienen abierta la posibilidad de que cualquier lector pueda opinar, aquello se ha puesto perdidito de opiniones.
Opiniones indignadas porque a los arquitectos nos gusten mierdas como la felizmente derribada y no nos gusten las casas buenas y bonitas de verdad como la que se está terminando de construir. Siempre lo mismo. No basta ya con la ignorancia, sino que hay un cabreo exaltado, un odio a quienes hemos consagrado nuestra vida a la arquitectura, porque actuamos como si conociéramos un arcano que a ellos les estuviera vedado y por ello nos sintiéramos superiores. (Y, por supuesto, no piensan hacer nada por estudiar, por escuchar, por aprender...)
-¡A mí ningún chulo me va a decir lo que está bien y lo que está mal!
Bueno, pues yo voy a osar decir un par de cosas.
Ya he dicho varias veces que todo es opinable, y que todo el mundo tiene derecho a opinar, pero que no todas las opiniones son respetables.
Esto en otros campos se entiende muy bien: Yo, que no sé exactamente por dónde queda el hígado, ni siquiera aproximadamente por dónde el páncreas, ni para qué sirven, puedo criticar la desobstrucción del colédoco que le han hecho a mi tío Recesvinto, puedo hablar -con un palillo entre los dientes- de la disparatada pancreatectomía parcial que le han practicado a mi colega Triboniano y puedo incluso proclamar que lo que tenían que haber hecho ambos era dejarse de médicos y tomar mucho zumo de limón. El zumo de limón es buenísimo. Y la homeopatía.
Pues sí. Pues estas cosas se dicen y ya está. Y no pasa nada. Todos sabemos de todo y todos opinamos de todo.
Lejos de mí pedir, sugerir siquiera, que quien no sepa no opine. Tan sólo opino -opinar es libre, ya digo- que quien opina de algo sin tener ni idea, sin haberse parado a pensar sobre ello, sin tener ninguna referencia ni ningún criterio salvo el de la ciencia infusa, es un bocachancla y un mascachapas. Pero, claro, esto es sólo una opinión mía.

Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, o chorro,
generoso o estafador.
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro
que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los ignorantes nos han igualao.

lunes, 9 de junio de 2014

Arquitectura y colostomía

El otro día, hablando de lo de siempre, de si la arquitectura es un arte, de si patatín, de si patatán, pensé por enésima vez en el daño que se ha hecho a la arquitectura tomándola por arte. O, mejor dicho, por una de las "bellas artes".
Arte es. Claro que sí. Pero no un arte sublime, bella, meliflua, bonita, espiritual, etecé, etecé, etecé. Esto le ha hecho mucho daño, y ha sido y sigue siendo la principal causa de que haya tan mala arquitectura por todas partes.
Toda la vida se ha hablado del arte de la medicina, del arte del derecho, del arte de la guerra o del arte de amar. En ese sentido sí hay que hablar del arte de la arquitectura, y del de la ingeniería. En el sentido de "cosa hecha por el ser humano" y "cosa hecha con habilidad". Arti-ficio, arti-ficial, arte-facto. Se trata de la magnífica arte de hacer un martillo, un teléfono o una colostomía.


Para empezar, si la gente se planteara los edificios y las intervenciones urbanas como se plantean las intervenciones en el colon, todos seríamos mucho más responsables respecto a la arquitectura, al tejido urbano, a su economía y a su funcionalidad, y los entornos en los que vivimos serían mucho más orgánicos, agradables, limpios y placenteros. (Y también más hermosos, precisamente porque nadie se plantearía su supuesta hermosura como condición).
Un cirujano no cose por estética, pero si hace un buen trabajo dejará una cicatriz limpia y "bella".
La absurda idiotez de que los edificios tienen que ser "bellos" y el absurdo cacao mental que tenemos todos con lo que es "bello" y lo que no lo es hacen que la casi totalidad de los edificios que nos rodean sean un insulto a nuestra inteligencia y, por lo tanto, a nuestra sensibilidad.

-La operación ha sido un éxito. Le hemos extraído el tramo de colon afectado y le hemos rematado con una sutura con hilo rojo intenso, haciendo un gracioso zigzag sobre su vientre que realza el relieve de su ombligo.
-¿Pero harán biopsia de lo que me han quitado?
-Casi que no. Como nos ha quedado una cicatriz tan bonita... Aunque si quiere se la hacemos.
-No, no. ¿Para qué? Si no luce nada.
-Lo que sí vamos a hacerle es implantarle un segundo ombligo de PVC, que hace muy gracioso.
-Ah, sí. Muy bien.

No es broma. Así se toman muchas decisiones arquitectónicas. Así en muchos aleros se ponen canecillos de madera, que son supuestos extremos de unas viguetas de madera que no existen, pero "hacen bonito". Así la infausta "Puerta de Europa" (ja, ja y ja) de la Plaza Castilla de Madrid consiste en dos torres chaparretas e inclinadas porque sí. Así vemos puentes supuestamente sujetos por unos supuestos tensores de acero que en realidad son mero adorno.
Y así cualquier arquitecto mediano (como yo), aceptable profesional (como yo), capaz (como yo) de hacer unos chalés adosados agradables y cómodos, se ve sometido e impelido, al final del proceso, a "hacerlos bonitos". ¿Por qué? ¿Para qué?
Hace tiempo le hice tres casas a un cliente. Discutimos mucho con la disposición de los espacios, la forma de entrar, el acceso directo desde el salón a los dormitorios, etc. Era una parcela con una pendiente muy fuerte y con unas vistas muy buenas hacia abajo. Fue un gran cliente, que me obligó a mejorar el diseño y la funcionalidad de las viviendas.
Pero llegamos a un punto que yo consideré "punto final". Le dibujé unas perspectivas y se las enseñé muy satisfecho. Él las miró también muy satisfecho y me dijo: "Me gusta. Ha quedado muy bien. Ahora vamos con la estética".
Yo pensaba que mis diseños desnudos eran el punto final, pero para él eran el punto de partida de la segunda fase, que era la realmente importante.
Lo que ya importa menos es que para él esa segunda fase consistiese en añadir aquí y allá un arco de ladrillo, un balcón con barandilla de forja o una balaustrada de hormigón. Para los arquitectos lo que hay que añadir es un paño de acero cortén, una barandilla de barras horizontales de acero (inoxidable o pintado de blanco) o unas ventanas enrasadas a fachada, sin persianas.
Pues tan caprichoso, tan gratuito (y tan feísimo) es lo uno como lo otro. Es un debate sobre qué elementos postizos y absurdos me gustan a mí y que elementos postizos y absurdos le gustan a mi cliente.
Los elementos puestos sin ton ni son (el acero cortén puede producuir una textura muy agresiva y funciona muy mal térmicamente, las barandillas de barras horizontales son escalables por los niños, y las ventanas enrasadas a fachada sin persiana son terribles en climas calurosos) no pueden producir hermosura. Sería una hermosura falaz, criminal, contraria a la verdad y a la bondad. Algo así no puede ser hermoso. La belleza no puede ser el resultado de un crimen. (De un crimen contra la inteligencia y el buen hacer).
Y, desde luego, lo que no es hermoso ni ético es buscar la hermosura per se.
El cirujano no busca la estética ni le interesa lo más mínimo. Intentará que quede la cicatriz más pequeña y más limpia posible, pero porque eso es la señal de un buen trabajo, tiene menos riesgo de infección y es menos agresiva para el paciente. Y, por lo tanto, el resultado será hermoso.

No creo que sea tan difícil de entender.
Defiendo apasionadamente la belleza de la arquitectura (que sólo se puede dar si la arquitectura es buena), como defiendo la belleza de un teléfono móvil, de una gubia, de un carro de varas, de un pozo de alcantarillado, de una grapadora, de una botella, de un mapa, de un helicóptero o de una colostomía.

Si están bien hechos son buenos. Si son buenos son bellos. Tan bellos que incluso soportan sin demasiada merma algún "toquecito" final.

(Si te ha gustado esta entrada hazme la caridad de clicar el botoncito g+1 que puedes ver aquí debajo. Muchas gracias).

miércoles, 7 de julio de 2010

¿Qué es arquitectura? (2)

Creo que me he equivocado con este título, y con ir dándolo por entregas. A este paso puedo llegar a “¿Qué es arquitectura? (825)” y seguiré sin haber entrado en harina. Creo que el número tres es un buen número, y ahí terminaré esta miniserie. Luego, dure lo que dure este blog, y tengan los títulos que tengan los distintos textos (perdón, entradas o posts), siempre estaremos hablando de lo mismo: de qué es la arquitectura.
He leído más definiciones. Las hay a centenares. Es agotador. Todos los arquitectos y todos los críticos han hecho alguna vez su propia definición. No pienso copiarlas aquí; no quiero soltaros ese tostón. Me quedo con la definición del DRAE que ya dije ayer: “Arquitectura: Arte de proyectar y construir edificios”. Y de esa definición voy a hablar sólo de la palabra “arte”.
Cada vez tengo más claro que lo de considerar a la arquitectura como una de las bellas artes es un error. En principio por su “utilidad utilitaria” (digámoslo así para mantener abierto el debate con Gema), y también por el concepto de “bellas artes”, hoy completamente obsoleto y empalagoso. La sola expresión “bellas artes” nos da ahora un poco de grima. Hace mucho tiempo que el arte no busca tanto la belleza como el conocimiento. (Bueno: Ese es otro charco).
Yo creo más bien que la arquitectura es un arte en el sentido en que lo es también la medicina. Se ha hablado siempre del arte de la medicina, o del arte culinario, o del arte oratorio. Entiendo el arte como maña o astucia, como técnica, como buena disposición y talento para resolver problemas y disponer mecanismos u objetos para encontrar soluciones. En el lenguaje común tener arte es tener maña y habilidad.
Aparte de eso, hay una trascendencia del arte. La pintura o la escultura, y también la poesía y la música, por ejemplo, trascienden esa definición de arte, la dejan raquítica y mezquina. Aportan algo inefable al ser humano, y le hacen mejor. Esa es su utilidad. La utilidad de la arquitectura, frente a eso, se queda en nada: en que los pasillos de los hospitales sean suficientemente anchos como para que pasen y giren las camillas.
Sin embargo, la arquitectura puede tener una funcionalidad trascendida y ser también un arte trascendido. Eso es lo que me apasiona, pero también lo que me produce más desconfianza.
Es una contradicción que no sé resolver. Lo que sí tengo claro es que cuando de la arquitectura se valora su “estética” como cosa autónoma o como valor en sí mismo, entonces hay gato encerrado. Huele a postizo, a kitsch. Un edificio es algo demasiado complejo y demasiado caro, y tiene demasiadas armaduras de acero y tuberías como para que lo que valoremos por encima de eso sea su “estética”.
Además me pregunto: “¿En qué consiste la estética de un edificio?” Creo que, principalmente, en que sus armaduras estén en su sitio y sus tuberías funcionen y no estorben.
Bueno. Ya sé que eso no es todo, y que hay mucho más que decir. Pero, amigos, esto no es ni la Encyclopedia Britannica, ni una tesis doctoral, ni una clase universitaria. Es sólo un blog y sólo pretende suscitar contradicciones y dudar en voz alta. Creo que tenemos tiempo para seguir hablando de estas cosas.