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miércoles, 22 de abril de 2015

Smart-todo

En este mundo de smart-phones, domótica, coches que aparcan solos, smart-tv, asientos ergonómicos, autocorrectores de textos, etcétera, las personas ya no tenemos que hacer nada. Tampoco tenemos que saber nada: Si escuchamos el nombre de un filósofo húngaro del S.XII lo tecleamos en nuestro smart-phone y en el acto leemos en la wikipedia la fecha de su nacimiento y de su muerte, sus escritos más notorios y un resumen de sus principales ideas. Y cerramos el aparato y seguimos sumidos en nuestra vastísima y bastísima ignorancia.
Todo es inteligente, todo es smart; menos nosotros. Tenemos tantas cosas programadas para pensar por nosotros que nos hemos quedado sin la necesidad (ni las ganas) de pensar.
Recuerdo cómo conocí la palabra smart. No sabía que era un adjetivo. La conocí como apellido: el de Maxwell Smart.

Maxwell Smart, el Superagente 86

Cuando lo entendí al fin (décadas después, y gracias a un modelo de automóvil) me gustó mucho retrospectivamente la elección del nombre de uno de los mayores héroes de mi infancia.
Como vengo diciendo, hoy todo es smart, pero hay unas smarts que quizá no conozca aún mucha gente, y que a mí me fascinan por lo que tienen de metáfora de nuestras cada vez más estúpidas vidas: las smart-windows.

Retrocedamos unos años, y vayamos a un país extraño, remoto, casi mítico (o tal vez mitológico), cuyo nombre no diré porque pertenece al mundo de los sueños y de las ilusiones más entrañables y recónditas.

En ese beatífico y mirífico país el gobierno mandó redactar un código técnico de la edificación, que compendiara todo lo compendiable de todas las arduas materias que tenían relación con la construcción de edificios.
Para hacer tan monumental código partieron de dos premisas no sólo plausibles, sino emocionantes:

1.- El código abarcaría todos los campos posibles, y de cada campo se encargaría un equipo de sabios.
2.- Los equipos estarían separados entre sí. No habría ningún contacto entre ellos.

¿Se puede ser más listo? ¿Puede haber un país con mayor smart-government?

Así, un equipo empeñado en que los edificios no perdieran calor por ningún sitio exigió que las ventanas (en ciertas zonas climáticas) fueran herméticas, mientras que otro consagrado a que la calidad del aire fuera idónea y a que se renovara continuamente y no se produjeran condensaciones exigió agujeros siempre abiertos en las fachadas de todas las habitaciones.

Como había que cumplir ambas condiciones, era necesario instalar ventanas herméticas en una pared con agujeros. ¡Sólo con recordar ese momento se me saltan las lágrimas! Es una de las experiencias más poéticamente surrealistas que he vivido. Un país que legisla esas cosas merece un puesto de honor en la historia.

Como los agujeros no tenían por qué estar necesariamente en las paredes, se pensó hacer ventanas herméticas pero con agujeros en los marcos.


Y luego dicen que el urinario de Marcel Duchamp es una obra maestra del surrealismo. ¡Pues anda que la ventana hermética con bujero!


El equipo de sabios que velaba por que no perdiéramos calorcito exigía (ya lo hemos dicho) que la ventana fuera hermética, mientras que el otro equipo que quería que respiráramos aire limpio y que no se produjeran condensaciones prohibía que esas rejillas pudieran cerrarse.
Solución: Unas ventanas carísimas que no servían para nada.

miércoles, 4 de abril de 2012

La arquitectura ante la muerte del arte

Las vanguardias artísticas siempre han mirado a la arquitectura de una manera ambigua. Por una parte, los artistas (pintores, escultores, fotógrafos, poetas, músicos...) han tenido siempre colgada la etiqueta de chisgarabises, y han buscado con afán meter en su troupe a algún arquitecto, que parecía darle respetabilidad al grupo o movimiento que fuese. (Un arquitecto tiene sensibilidad artística, pero además sabe multiplicar, incluso con decimales).
Por otra parte, el arte de vanguardia tiene siempre algo de efímero, de burbujeante fugaz. Incluso la escultura abandona los materiales tradicionales y experimenta con papel, madera, chapa, alambre, etc. La arquitectura es mucho más sólida y duradera. Además, la arquitectura es mucho más grande y, sobre todo, hace ciudad. Es decir: hace ambiente, espacio urbano y humano. Es escenario de la vida de la gente, e influye en ella. Por eso la arquitectura sirve como abanderado y como relaciones públicas del grupo artístico al que pertenece, y al que representa ante la sociedad.
Pero contra todo esto, también hay que decir que muchos "artistas puros" siempre han visto con malos ojos la inclusión de arquitectos en sus grupos, porque desvirtuaban el sentido de su movimiento.
Haciendo una simplificación muy grosera, los movimientos "constructivos" (De Stijl, Bauhaus, Constructivismo, etc.) han sido siempre muy arquitectónicos y muy para arquitectos (aunque Van der Leck y Mondrian se cabreasen). Intentaban ordenar el mundo y se valían de la geometría, el orden, el rigor... Justo lo que un arquitecto necesitaba. Pero los movimientos "disolventes" (Expresionismo, Dadá, Surrealismo, etc.) ni han gustado a los arquitectos ni tampoco los han querido. (No obstante, algunos han buscado la forma, si fuera posible, de "construir el caos", de plasmar metódicamente el cachondeo).
Un artista dadá al que nos referimos en la anterior entrada, Marcel Duchamp, acabó con el arte. No fue el único: Hubo bastantes artistas que acabaron con el arte.
Duchamp pensó que si un objeto existente se sacaba de su contexto y se presentaba como obra de arte, solo por eso sería una obra de arte.
Hizo un agujero en el asiento de un taburete e insertó una rueda de bicicleta con su horquilla:


Hala, ya está. Obra de arte. ¿Por qué? Porque no servía ni para sentarse ni para rodar. Porque era la suma de dos objetos existentes que se interferían mutuamente para perder su uso y su sentido. Al no servir ya para nada, servían para pensar, para quedarse perplejo, para indignarse, para poner a parir al autor, etc. (Todas ellas son funciones de la obra de arte).
Hizo otra cosa: Tomó un urinario y lo presentó a una exposición en otra postura (horizontal en vez de vertical), con un título que indicaba otra función (Fuente) y, sobre todo, firmado (con el seudónimo R. Mutt) y fechado (1917).


La desfachatez consistió en que con tan solo ese gesto el urinario se convertía en obra de arte. Su presentación a una exposición le daba el caché de arte, así como su firma y fecha. Su cambio de posición y de uso producía una excitante fisión semántica que abría nuevas puertas a nuevas expectativas e interpretaciones.
Una vez hecho esto, ya no había nada más que hacer. "Arte es todo lo que el artista dice que es arte". Estupendo, pero ante semejante afirmación cabe la siguiente pregunta: "¿Y quién es artista?" Pregunta que tiene una respuesta evidente: "Artista es todo aquel que hace arte". Este círculo vicioso tautológico no tiene salida. Y lo bueno es que es verdad.
Yo me siento artista, yo propongo un objeto, un acto, un poema, un ruido, etc, como obra de arte, y eso suscita inmediatamente críticas, valoraciones, respuestas, indiferencia, reacciones, etc. Justo lo que suscita toda obra de arte. Por lo tanto, he hecho arte. Por lo tanto, soy artista. ¿Con mucho talento, con poco? ¿Soy un buen artista, soy malo?
¡No me fastidiéis! ¡No me vengáis con juicios, con valoraciones! ¡No seáis retrógrados burgueses!

viernes, 30 de marzo de 2012

Una visión muy parcial de John Cage

Más que escribir de lo que entiendo, a veces me gusta hacerlo sobre lo que se me escapa, sobre lo que me produce perplejidad. A veces, el esfuerzo de plasmar mi desconcierto me ayuda a centrarme un poco. Por lo tanto, no esperéis explicaciones, certidumbres, aclaraciones. Tan solo os pido que os pasméis un momento como me pasmo yo. A veces hace falta pasmarse y no entender nada.
Hoy vamos a ver alguna cosa sobre un artista casi incomprensible y, tal vez por eso mismo, fascinante. Se trata del músico estadounidense John Cage.


John Cage admiraba sin reservas a Marcel Duchamp. Tanto que, por entrar en mayor intimidad con él, le pidió que le enseñara a jugar al ajedrez, cosa que no le interesaba en absoluto, pero a la que por entonces se dedicaba casi en exclusiva el maestro francés, ya completamente desinteresado del arte.
Se hicieron muy amigos, y hablaban de cosas intrascendentes y muy sencillas. Y a menudo ni eso: Se pasaban las tardes jugando al ajedrez sin hablar.
John Cage dijo simultáneamente de Duchamp dos cosas que parecerían contradictorias: Que era el mayor genio viviente y que era el hombre más aburrido del mundo. Pero para él no había contradicción en ello: Él aspiraba al aburrimiento. Aspiraba a revolucionar completamente el mundo occidental sin hacer nada. Era, seguramente, la única forma de aspirar a la revolución definitiva.
Después de hacer varios intentos de abrir la obra musical al espectador, de quitarle la armonía, la melodía, el "argumento", la tensión, etc, creando la música aleatoria y buscando el aburrimiento absoluto como potencialidad absoluta, John Cage vivió una experiencia fundamental.
Tuvo la oportunidad de visitar la cámara anecoica de la Universidad de Harvard, con la pretensión de escuchar el silencio. Pero no pudo. Cuenta que escuchaba dos sonidos: uno alto, que al parecer era producido por su sistema nervioso, y otro bajo, que era su circulación sanguínea.
¿No os ha pasado que sumidos en un silencio absoluto oís un leve pitido en los oídos? A mí sí. Y si estoy en la cama oigo una especie de latido en la oreja apoyada en la almohada. (Estos no son los sonidos que dice Cage, pero yo os cuento los que oigo).
Bueno, pues eso fue determinante para que Cage compusiera su pieza más famosa: 4'33''. Se trata de una obra que dura cuatro minutos y treinta y tres segundos y transcurre en absoluto silencio.
(Lo que no entiendo es que tenga tres movimientos).
En la partitura se establece que la pieza puede ser tocada por cualquier conjunto de instrumentos. Menos mal. Ya puestos, yo habría definido cuántos violines, cuántos clarinetes, etc. Por hacerme el guay.
El director hace la señal de empezar, y, cronómetro en mano, deja transcurrir los 4'33''. Entonces señala el final.
¿Y el público aplaude? Yo creo que si es culto y muy cool sí. Si no, no se llegará al final. No creo que un público "normal" permita que la interpretación termine. Por lo menos en mi pueblo no me los imagino esperando durante cuatro minutos y medio a que pase algo. Y es que el quid de la cuestión es que no pasa nada. ¿O sí?
¿Habrá discos con esta obra? Seguro que sí. Me imagino las devoluciones en la caja del cortinglés:
-Señorita: Es que compré este CD y la pista tres está estropeada. No suena.
-¿A ver, caballero? [...] Pues tiene usted razón. ¿Quiere su dinero o prefiere que le dé otro disco?
-No, no. Deme otro. Tengo que escuchar este cuatro treintaytrés como sea, que me han dicho que es muy bueno.
¿Qué quiso hacer John Cage? ¿Era una burla, una broma? Al parecer no. Ya había hecho otras tentativas más tímidas con el silencio, pero esta fue definitiva.