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viernes, 8 de mayo de 2026

Malditos estímulos


A mis amigos Manuel Pina y Ekain Jiménez,
por motivos opuestos. (Cada uno está en un bando).


Ya sé que también estoy solo (o casi solo) en esta batalla, y también sé de sobra que la tengo perdida: la de la fiebre del muralismo:

Uno de tantos concursos de "arte urbano" convocados por
uno de tantos ayuntamientos patrios. (Y el dato añadido: el anuncio
ilustrado con una imagen generada por inteligencia artificial).

Sí, es una batalla perdida porque los murales gustan a casi todo el mundo, y además porque se realizan en medianeras perdidas o en fachadas de edificios obsoletos, sosos, feos o incluso ruinosos. Y a menudo ni siquiera en edificios, sino en tapias. ¿Quién se puede oponer a eso? Es hacer "arte urbano" donde hasta ese momento solo había roña y abandono.

Pero aunque no tenga ninguna esperanza contra tales evidencias, me gustaría decir algunas cosas:

viernes, 7 de julio de 2023

No es solo talento

En esta entrada voy a ser un poco como la zorra aquella de las uvas, un personaje de Esopo que no me gusta nada, a quien sufro de vez en cuando y de quien siempre procuro huir. Es un ser abominable que disimula su envidia con desprecio y se hace así triplemente repugnante por envidioso, despreciativo e hipócrita. Espero no serlo mucho y poder salir airoso de ese siniestro estado que me corroe.

La zorra y las uvas
Ilustración de Milo Winter, 1919

Este estado se debe a que soy un arquitecto mediocre (queda mejor decir "mediano") y sin talento. Creo que un buen profesional, que no es poco, pero tampoco nada más.

Conozco a algunos verdaderamente notables. Siempre he tenido relación con varios; los he visto trabajar y se me ha caído la baba. Hacen una arquitectura francamente buena, que me gustaría muchísimo ser capaz de hacer yo. Tienen un talento innegable, pero no es solo talento. Tienen una cualidad muy superior: una determinación y una seguridad tal en lo que hacen y en lo que proponen que nadie puede ponérseles por medio.

Son arquitectos poseídos por una pasión febril, y siempre dispuestos a sufrir, a trabajar más, a no conformarse con ninguna solución estándar, a buscarle tres (o cinco) pies al gato, a no acomodarse jamás y a asumir riesgos. Y a hacérselos asumir a todos en beneficio de su sacrosanta obra.

lunes, 15 de junio de 2020

El abuelo

El otro día pusieron en TCM Eva al desnudo (All About Eve), una magnífica película de 1950 de Joseph L. Mankiewicz (ya van dos veces seguidas que hablo de él).

Lo comenté en Twitter junto con una amarga reflexión: Estas grandiosas obras de arte ya solo nos entusiasman a cuatro desubicados. A la chavalería no les dicen nada ni les interesan lo más mínimo.

Como decía Borges, se podrá mantener a salvo el manuscrito de una obra literaria, limpiar con mimo y conservar el lienzo de una pintura, restaurar un edificio, lo que se quiera, pero todas esas obras de arte habrán muerto definitivamente cuando no interesen a nadie.

(Así, por ejemplo, el Libro de Buen Amor (y no digamos el Poema de Gilgamesh) se estudia y se seguirá estudiando, y para los especialistas seguirá teniendo valores inmarcesibles, pero para la "gente normal", incluso para quienes amamos la lectura y la literatura, murió hace ya siglos, y todo lo que podemos saber de él es lo que nos metieron a la fuerza en el colegio (antes nos metían esas cosas en el colegio; ahora creo que ya ni eso). Pero, sin ningún género de dudas, ya no ilumina nuestras vidas, ni las alegra, ni las alecciona).
(Perdón por este inciso, pero es para decir que hablo de películas que ya solo son una pálida sombra en la vida de unos pocos seres perdidos).

Aparte de esa reflexión, dije que a mí la película me sigue emocionando, y que el hecho de que la actriz que interpreta a Eve Harrington (Anne Baxter) fuera nieta de Frank Lloyd Wright me da un punto extra.

Anne Baxter

Hubo gente que lo ignoraba y se sorprendió, y como este es un servicio público y no solo aspiro a divertiros, sino también a informaros, os lo cuento por si no lo sabíais.

Tras dos años de noviazgo, Frank Lloyd Wright se casó el día 1 de junio en 1889 con la señorita Catherine Lee Tobin. Él tenía diecinueve años (le faltaban solo siete días para cumplir veinte(1)) y ella dieciocho.

Al año siguiente nació su primer hijo, Lloyd, y después, muy seguidos, John, Catherine, David, Frances y Robert Llewellyn. Seis en total.

Pues bien, la tercera de sus hijos, Catherine, se casó con Kenneth Stuart Baxter, un muy importante ejecutivo de la Seagram's Distillery(2) y fue madre de Anne Baxter.

miércoles, 17 de julio de 2019

Vida y obra

(Nota previa: Todo lo que sigue puede ser leído como una autojustificación muy mezquina del tipo "si no he hecho nunca un gran trabajo es porque soy buena persona y prefiero la vida a la obra, prefiero ser un hombre honrado y con muchos amigos que ser un monstruo déspota". Pues bien: Nada de eso. Eso es una imbecilidad y una justificación tan idiota como la de la zorra y las uvas. Para nada.
Pero leed vosotros mismos lo que sigue y opinad).


Primero estudiando la carrera y después ya ejerciendo la profesión, he conocido a algunos arquitectos excepcionales. Los que he tratado algo más de cerca me han impresionado mucho por su capacidad de organización, de mando, de control. Unos conseguían esa rara magia de hacerse obedecer y respetar siendo afables y otros eran tiránicos, pero todos ellos se tenían que enfrentar a una horda de enemigos para lograr que su obra saliera airosa. Demasiada gente le mete mano a las obras con demasiados intereses contrapuestos (costos, rapidez, chapuza...) sin que el arquitecto pueda hacer gran cosa. Los buenos sí lo consiguen, a veces quemando las naves, los amigos y a quien se ponga por delante.

Yo he aprendido que cuando una rejilla tiene todas sus lamas paralelas es un milagro, que cuando un pasamanos de madera engarza limpiamente con los anclajes metálicos es otro, y que cuando una ventana tiene sus jambas y su dintel bien perfilados ha bajado del Olimpo el mismo Júpiter Tonante para marcarse unos fandangos. En una obra hasta la cosa más tonta y más anodina es dificilísima de conseguir.

Si un arquitecto consigue todo esto es porque es capaz de vender a su madre por la satisfacción infinita de que todos los picaportes estén a la misma altura, y de arrancarle la piel a tiras con sus propias manos a quien tuerza 0º 0' 1" una hilada de ladrillo.

Si el arquitecto no es así se lo comen. La chapuza lo invade todo y la obra fracasa. Y si los clientes dicen durante la obra: "Hemos pensado que...", hay que embadurnarlos de brea y emplumarlos en el primer momento o acabarán contigo.
(Lo normal es que sea el arquitecto el embadurnado y emplumado desde el primer día).

Al final, en la magnífica obra se ha salvado el detalle de los vierteaguas: Un detalle en el que el arquitecto ha estado empeñado en cuerpo y alma durante todo el tiempo pero cuyo sublime y delicado éxito es inapreciable por cualquier otro ser vivo.
(Y, en definitiva, un detalle que va a permanecer limpio apenas unos meses, hasta que lo "arreglen" y "mejoren" los dueños).

El arquitecto (me refiero al buen arquitecto) es, por lo tanto, un ser insomne, reconcentrado, psicótico, con instintos homicidas si se le llega a contrariar, consagrado a su obra como un samurai, asesino, traidor, canalla, infiel a todos menos a su sacrosanta obra.

No hay más remedio que ser un cabrón. Interviene tanta gente que hay que ser un tirano para que se hagan las cosas como uno quiere.

Se parece a la dirección de cine: El director de cine, como el arquitecto, sabe lo que quiere y cómo lo quiere, pero no lo puede hacer él. Se lo tienen que hacer otros, y son muchos.


Al hilo de esto, me gustaría comentar dos ejemplos: uno de Orson Welles y otro de John Ford. (El primero admiraba al segundo. El segundo no admiraba a nadie).

En una entrevista le preguntan a Welles si alguna vez contrató a algún amigo en vez de a la persona adecuada para un papel.
-¡Frecuentemente! -contesta en el acto, casi sin darle tiempo al entrevistador a terminar su pregunta.
-¿Lo lamentó?
-¡Frecuentemente!
-¿Volvería a hacerlo?
-¡Sí!


¿Por qué? Pues porque, según Welles, el arte no es lo más importante, y él valora mucho más la lealtad, la amistad, la vida.

lunes, 11 de junio de 2018

A dos manos de Molezún y a tres de Wright

Ahora es muy común la teoría de los seis grados de separación. Hace muchos años yo la anticipé con una especie de juego mental que bauticé como "las manos" -sí, vale, no soy muy bueno poniendo títulos a mis juegos mentales-, por el que un amigo me acabó acusando de plagiador porque según él se lo había copiado a Orson Welles.
(No me defenderé de tal acusación. Es un episodio turbio de mi vida).

Mi juego (o el de Welles) consistía en calcular a cuántas manos de distancia podría estar de algunos personajes importantes. Esa distancia se medía en haber estrechado la mano a alguien que se la hubiera estrechado a alguien que se la hubiera estrechado a alguien... etc... que se la hubiera estrechado a la persona en cuestión. (Obviamente, se intentaba buscar el camino más corto posible).

Por ejemplo, yo estoy a una mano de algunos arquitectos contemporáneos importantes, que me honro en haber conocido o al menos en haberme cruzado con ellos en algún momento, y a dos manos de casi todos, ya que habiendo sido discípulo y amigo de Juan Daniel Fullaondo y habiendo conocido también por ejemplo a Sáenz de Oiza (ambos, por tanto, primera mano) soy segunda mano de todos aquellos con quienes ellos hubieran tenido trato en alguna ocasión. Así que figuraos.

Por esa razón, uno de los grandísimos arquitectos de los que estoy a dos manos de distancia es Ramón Vázquez Molezún.


(Si apuro un poco puedo decir que casi estoy a una mano de él, porque una vez fui a una conferencia suya y de José Antonio Corrales y estuve muy cerca. Pero vale, seamos honrados: Dos manos).

(En otro orden de cosas, aprovecho para decir que mi amigo Sergio es sobrino nieto o algo así de Sara Montiel, de modo que estoy a dos manos de ella y por lo tanto a tres de Gary Cooper, Burt Lancaster y Marlon Brando. Pero volvamos a Molezún).

Estoy a dos manos de Molezún, y gracias a él a tres de Frank Lloyd Wright. Porque Molezún disfrutó del Pensionado de Roma entre 1949 y 1952 y durante ese tiempo coincidió con una visita -gestionada por Bruno Zevi- del maestro estadounidense.

Molezún, nervioso y expectante ante la inminente llegada del monstruo, le quería regalar algo cuando Zevi se lo presentara. ¿Pero qué le regalas a Wright? ¿Qué coño le regalas al enorme Franlloirrái?

sábado, 11 de abril de 2015

Adversarios y socios (ante esqueletos de dinosaurio)

Uno de mis escritores favoritos (y de muchísima gente) es Raymond Carver. Es un cuentista estadounidense muy en la tradición de allí. Al menos a mí su aliento me trae un aroma lejano a Hemingway, Faulkner, Dos Passos, Scott Fitzgerald... y mucho más cercano a McCullers, CapoteCheever...
Pero, a mi juicio, ese aroma es llevado a la máxima evocación e intensidad por Carver. Me parece extraordinario.


Carver no cuenta historias redondas, como tampoco lo hacen sus compañeros de oficio y de "escuela". Él va más allá y ni siquiera cuenta historias. Pero crea un ambiente, una sensación, un aire que nos hace entender y vivir esas vidas que nos muestra. Podemos no ser alcohólicos, y de repente en una página no es que entendamos al personaje alcohólico, es que entramos en él y somos él. Podemos ser solteros, o estar feliz y apaciblemente casados, y sin embargo una secuencia de párrafos o de frases sueltas nos hace sentir la soledad, el rencor o el fracaso de un divorciado que sigue amando a su ex mujer y que, sencillamente, tiene que contarle una cosa importante pero ya sabemos que no se la va a contar.
¿Cómo logra Carver llevarnos a esa desolación, a esa poesía tierna y levemente sórdida? Pues con sus armas: con las palabras. Sus palabras desnudas, cínicas y al mismo tiempo tiernas nos emocionan de una manera inigualable ante la más anodina de las historias. Ni siquiera son historias: Son fragmentos, son perspectivas deshilachadas e inconexas. Son situaciones que no entendemos cómo han llegado hasta aquí ni cómo van a desarrollarse después, pero que, en el breve fragmento al que nos asomamos como testigos, nos tocan y nos transforman.
Y, sin embargo, ahora sabemos que ese laconismo literario, esa precisión de picapedrero, no eran cualidades suyas, sino de su editor.
En este artículo Francisco Corrales nos cuenta que, por poner sólo un ejemplo, la frase "John subía la escalera camino de su habitación", que muestra en su desnudez y en su simplicidad cuánto nos gusta Carver, podría haber sido "John ascendía con paso firme sobre el esqueleto de madera de un dinosaurio cuyo lomo barnizado comunicaba el hermoso salón con el cuarto del sueño donde una reparadora cama acunaría su exhausto corazón" si el editor Gordon Lish no lo hubiera evitado.
Tenemos al editor como enemigo necesario del escritor, como terapeuta o como "torturador".
-Por favor, Gordon, no me taches lo del esqueleto del dinosaurio. Es un hallazgo fantástico.
-Es una mierda, Raymond, y lo sabes. Fuera.
Y el esqueleto iba fuera, y se iba creando la literatura más fascinante de los últimos tiempos.
Es curioso, porque Lish le tachaba a Carver, pero él era incapaz de escribir nada bueno. Necesitaba al verborreico Carver para, quitándole la verborrea, hacer algo tan grande y tan extraordinariamente bueno.

Todo esto lo sabemos porque un escritor tan excepcional, que vivió tan poco tiempo y escribió tan poco, nos dejó a todos con la miel en los labios y con ganas de más. Tras su muerte sus allegados revolvieron sus cajones y dieron a la imprenta toda la basura que encontraron.
Entre otros "tesoros" se publicó Principiantes, que es la versión previa, palabrera y poco equilibrada de De qué hablamos cuando hablamos de amor, que es la obra maestra depurada por Lish. (Por los títulos respectivos parecería lo contrario). Ahí podemos ver la fecunda labor de poda y de siega del editor.

Uno de los mayores crímenes de la historia del cine es el que los productores perpetraron contra El Cuarto Mandamiento (Los Magníficos Amberson) de Orson Welles.


Los productores metieron mano vilmente a la película, le quitaron cuarenta y cinco minutos centrales, donde está el cogollo de toda la trama, y filmaron una secuencia final sin contar con Welles, resolviendo la historia como les dio la gana.
Con todo, la película les quedó con 131 minutos, y tras los horribles fracasos de los pases previos se redujo a 88 minutos.
El resultado es un mejunje mutilado que no cuenta casi nada de lo esencial y desde luego nada de lo anecdótico o complementario.
Vamos: El resultado es un crimen.
Y sin embargo a mí me gusta. Me gusta mucho. Me parece una película magnífica.

viernes, 4 de julio de 2014

El hombre de La Mancha

Una de las películas más absurdas que he visto en mi vida es El Sol del Membrillo: una especie de documental narrativo de Víctor Erice que trata de la imposible misión de pintar un cuadro por el pintor Antonio López.
La película no me gustó nada, pero trata de un tema que me parece emocionante. Por eso quiero hablar de ella.
El cineasta Víctor Erice me entusiasma. Sus películas El Espíritu de la Colmena y, sobre todo, El Sur (que sufrió una de las traiciones más canallas de la Historia del Cine, tal vez sólo comparable con la de El Cuarto Mandamiento -The Magnificent Ambersons-, de Orson Welles) son obras maestras, ricas, profundas, emocionantes.
Entiendo (quiero entender) que El Sol del Membrillo le interesó a Erice por lo que tenía de aventura llamada al fracaso, de sueño imposible.


Antonio López tiene un membrillero en el patio de su casa, y se propone pintarlo. Va a tardar bastante tiempo, como suele ser habitual en él, y por ello, para ser lo más preciso posible, marca en el suelo el emplazamiento exacto del caballete, para tener cada día el mismo punto de vista.
Empieza a manchar, a "hacer cama", y la cosa parece que va por buen camino. Pero en seguida se topa con cientos de callejones sin salida.
La luz cambia constantemente, se nubla, sale el sol, pasan las horas, cambian las sombras... Para colmo se tira lloviendo algunos días. Todos sabemos (sobre todo él) que jamás va a poder terminar el cuadro.
El tiempo mejora y el artista reanuda su trabajo. Va consiguiendo triunfos parciales, menores, pero surgen otros problemas, tan ínfimos como abismales: Los membrillos crecen, van engordando, pesan un poco más cada día y ese peso les hace descender unos milímetros.
Antonio López tiende hilos entre las ramas del árbol, para hacer una cuadrícula de encaje y referencia. Y marca los membrillos día a día (o semana a semana) para comprobar cuánto descienden y, por lo tanto, cuánto se le salen de su encaje. También marca las hojas, porque declinan.




El membrillero está vivo, y se ha propuesto cargarse el cuadro de Antonio López, quien, ciego por sus obsesiones, sigue y sigue trabajando, ante un modelo que, literalmente, no se deja pintar. No se está quieto y se le escapa.
No me gusta la película. No me gusta ese tipo de pintura. No me aporta nada y lo considero un esfuerzo inútil.
Pero, por otra parte, lo que cada día me gusta más y me produce mayor respeto son los esfuerzos inútiles.
Día a día, mientras pinta, charla con un amigo y expresa sus opiniones y convicciones, pero, sobre todo, sus obsesiones.
Un día van a verle unos japoneses. Son un chico y una chica jóvenes, que miran con atención la obra de Antonio, quien amablemente les explica. Me imagino (no sé por qué) que los japoneses son los únicos que pueden entender al artista, pero de repente la chica le hace la pregunta que yo llevo haciéndome durante toda la película: "¿Por qué no le saca una foto?"
Antonio López, pasmado, atónito, no atina a contestar: Es algo tan obvio y al mismo tiempo tan absurdo... Dice: "No, no. No puede ser..." La japonesa se conforma con esa explicación tautológica (No porque no), pero yo me lo sigo preguntando. ¿Por qué no le saca una foto?
Vale. Es como si la joven le hubiera preguntado: "¿Por qué no pinta usted a la pata coja y recitando La canción del pirata al revés?" Antonio López habría mirado exactamente igual a la muchacha. (Con paciencia, con educación, con la convicción de que estaba completamente loca).