No voy a exponer las características del primer Renacimiento, del Manierismo y del Barroco ni a ejemplificarlas con los tres magníficos davides correspondientes. Ya hay un montón de libros buenos, y esto es sólo un blog. Tan sólo voy a haceros notar un detallito que me llama mucho la atención y que me parece muy importante. Y con ese detalle hablaremos de arquitectura un día de estos.
Veamos el genial David de Donatello. Donatello busca el equilibrio clásico, la forma perfecta, y elige el momento de reposo final. Ya ha terminado todo.
David ha terminado su tarea. Tiene la cabeza de Goliath a sus pies y casi se contonea. Se apoya en la espada del gigante, que ha usado para cortarle la cabeza, y la otra mano se la apoya coquetonamente en la cadera. Tiene una pose poco heroica, incluso poco varonil, y ese sombrerito con flores no le ayuda nada.
Su cuerpo no tiene ninguna tensión. Es un adolescente sin terminar de formarse, pero ya se adivinan los músculos del que será un atleta en un futuro. Pero por ahora es poco más que un niño.
Bella imagen, equilibrio, tensión terminada, relajamiento.
Vamos ahora al extremo opuesto. Desde el incipiente Renacimiento damos un salto de dos siglos y nos vamos al Barroco de Bernini.
Si Donatello elegía el momento tranquilo en el que todo había terminado, Bernini nos lleva al instante en el que todo está ocurriendo. El momento decisivo, de tensión total, de desgarro.
David está lanzando la piedra. Su cuerpo está tenso, proyectándose al éxito o al fracaso. Se la está jugando.
La escultura es extraordinaria. Refleja perfectamente la acción, la violencia del gesto
y la cara de determinación y de fuerza tremenda. Se muerde los labios y su mirada da miedo.
Si Donatello nos mostraba un muchachito encantador que ya había terminado, que ya había pasado el mal trago, Bernini nos pone ante los ojos un hombre hecho y derecho, en plena violencia, en plena acción brutal.
Y en medio de los dos, entre Renacimiento y Barroco, el raro Manierismo, el sutil y alambicado estar en tierra de nadie, en la cuerda floja. El momento de transición, más flojo, más ambiguo, más indefinido, en el que no hay ideales tan rotundos ni tan fáciles de entender, en el que hay mucha ambigüedad y en el que los artistas suelen hacer juegos malabares, tonterías, ejercicios de estilo sin trascendencia y sin importancia alguna.
A no ser que uno sea un genio.
Porque precisamente el genio inclasificable se mueve como un pez en estas aguas revueltas. Miguel Ángel no se ciñe ni al Renacimiento ni al Barroco. Ni a nada ni a nadie.


