Una tradición que ya se estaba perdiendo cuando yo empecé a trabajar como arquitecto (en 1985) era la puesta de la bandera.
Consistía en colocar una bandera de España sobre el tejado de las casas en construcción cuando "se cubrían aguas"; es decir: cuando se terminaba la cubierta.
(Tengo entendido que en Cataluña se colocaba un árbol, pero no estoy seguro. Agradecería a mis lectores que me lo aclararan, y también que me dijeran qué otras costumbres hay en otros lugares).
En aquellos tiempos en los pueblos las casas se seguían haciendo con muros de carga, de manera que al terminar el tejado y poner la bandera las fachadas ya estaban hechas y la casa estaba ya casi terminada. Las instalaciones eran muy elementales y quedaba muy poco por hacer después del tejado. (Hoy, con los sistemas de construcción actuales, la terminación de la cubierta no supone ni siquiera haber llegado a la mitad de la obra).
La puesta de la bandera iba asociada a una fiesta. Se hacía una chuletada en la propia obra. Invitaba el dueño, naturalmente, y acudían todos los que habían intervenido en la construcción.
Se preparaba una barbacoa y se hacía panceta, chuletas, chorizos, morcillas, salchichas... Y, naturalmente, había abundante vino y cerveza.
Se solía comer de pie, haciendo corros sucesivos con los distintos compañeros, charlando, riendo, gastando bromas...
Yo he trabajado casi exclusivamente en pueblos de la provincia de Toledo, y sobre todo en el mío. Cuando empecé ya era habitual que los arquitectos proyectaran las casas, aunque todavía había muchos ayuntamientos cuyos alcaldes se apiadaban de sus convecinos y no les exigían ese gasto inútil y tan oneroso, puesto que toda la vida las casas se habían hecho sin arquitecto, y a ver por qué ahora tenía que haber tanta tontería. Además, los vecinos solían ser vengativos y no volvían a votar a los alcaldes caprichosos y desalmados que les exigían un dispendio tan absurdo.
Qué tiempos. El caso es que en un plazo relativamente corto los alcaldes se fueron mentalizando y los vecinos se fueron acostumbrando a pagar ese nuevo "impuesto revolucionario" que suponía no sólo contratar a un arquitecto, sino también a un aparejador. ¡Qué barbaridad!
Creo que la irrupción de estos dos intrusos en las obras debió de coincidir -más o menos- con la pérdida de la tradición de la bandera. El caso es que he construido mucho y he sido invitado a muy pocas banderas.
Sí recuerdo una de las primeras a las que fui, y no sólo por lo opíparo del banquete, sino por haber sido golpeado por un contradictorio cruce de sensaciones y emociones.

