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martes, 19 de marzo de 2024

Castañuelas

A Millán, y por extensión otra
vez a Eduardo y a Santiago.


Mis mejores amigos me han regañado mucho por la última entrada: Nevermore. Me dicen que lo que digo no es verdad, que juego a hacerme la víctima, que esta profesión me ha dado muchas alegrías y muchos éxitos, que he dado servicio a muchos clientes satisfechos, que he creado una red de afectos y que no tengo ningún derecho a hacerme la víctima ni a intentar dar penita.

Bueno, vale; si lo dicen ellos, que tienen un criterio probado y aquilatado, será verdad, pero os aseguro que no fue un relato triste ni quise dar penita. Al revés: Estaba contento y muy tranquilo al asumir mi realidad, y dispuesto a disfrutar mi apagamiento profesional.

Y justo entonces, estando así, me llega un motivo de celebración e incluso de envanecimiento. Estoy más contento que unas castañuelas, y lo voy a contar, si queréis, para compensar lo del otro día.

-Tampoco te vengas arriba, que no tienes medida y eres capaz de saltar de la miseria a la prepotencia; so bipolar.
-No, nada de eso. Si lo del otro día mencionaba de alguna manera el fracaso, era un fracaso muy liviano, así que ahora, del mismo modo, toca hablar de un éxito modestísimo. Esa es mi escala para mal y para bien.

Bueno, pues se trata de que he recibido un correo de Millán Garrido, un arquitecto fiel lector de este blog que me dice que comenta pocas veces, pero que lo lee siempre, y también que ahora anda de paseo por Helsinki y se ha acordado de mí y de ¿Arquitectamos locos? Me cuenta una historia y me adjunta cuatro fotos:

viernes, 9 de diciembre de 2022

Un libro de arquitectura

El otro día una alumna ya de la segunda mitad del Grado de Fundamentos de la Arquitectura me dijo que hasta el momento había estado muy ocupada en ir aprobando las asignaturas y en ir avanzando con su carrera -lo que no es poco-, y que tenía la sensación de que no se había ocupado de pensar qué es la arquitectura, cómo la quiere entender, y no había reflexionado sobre las cuestiones principales.

Me pidió que le recomendara un libro de arquitectura -porque además ahora, con las vacaciones de Navidad y con los Reyes Magos, es un buen momento para comprar alguno e incluso para leerlo- y no le supe qué decir. Le di muchas vueltas evocando qué libros de arquitectura me habían sacudido a mí y en qué circunstancias.

Me hice una lista apresurada con la convicción de que eran libros que me gustaron mucho, pero no sé si a ella le interesarían, y me sentí perdido y desorientado. Si mi misión es dar alguna orientación o alguna idea soy (de nuevo) un fraude.

La foto que he puesto es un fragmento de mi biblioteca, formada por años de amor por los libros. ¿Pero en qué se podría resumir? ¿Qué tres o qué cinco libros podría seleccionar para pasárselos ahora a alguien que está empezando a leer y a mirar? ¿Cuál fue el primer libro de arquitectura que yo leí?

jueves, 2 de noviembre de 2017

Hambre

Desde que estoy en las redes ando gratamente sorprendido con mis amigos arquitectos. Son unas cuantas cascadas de entusiasmo. Unos celebran a diario los obituarios y los natalicios de nuestros santos patrones. Otros publican casas maestras todos los sábados. Otros dedican los jueves a la arquitectura. Otros glosan a grandes maestros y otros nos sacuden las telarañas con sus blogs.

No hay un segundo de respiro. Es un no parar. Tanta gente dando tanta información, tantos estímulos, tantas ideas... Tanta gente con tanta pasión por la arquitectura, con tantos conocimientos arquitectónicos, con tanta hambre de arquitectura.


¿Qué nos pasa? Somos unos apasionados, unos enamorados, unos locos de la arquitectura. Y no nos hartamos. Queremos más, más y más.
Yo he conocido en las redes, retrospectivamente, grandes arquitectos de cuya existencia reconozco que no había tenido noticia en la escuela.
Ya digo: recibo un torrente continuo de información, una corriente imparable.
Leo más sobre arquitectura que nunca en mi vida, pero es lectura de pantalla, lectura rápida, lectura sin poso y sin lápiz para subrayar, y, por el contrario, cada vez leo menos libros.

Ay, los libros. El placer de leer libros, y de leerlos con un lápiz en la mano, con un lápiz entre los dientes para sacarlo (un poco babeado) y subrayar este párrafo, y este, y este otro... A veces tantos párrafos que el subrayado es contraproducente: No puede llamar la atención sobre una idea porque todas están señaladas. Pero aun así parece que al subrayarlas -y al leerlas mientras tanto por segunda vez- se nos quedan fijadas y las saboreamos con más delectación.

El último libro que acabo de subrayar hasta lo absurdo es Hambre de arquitectura, de Santiago de Molina. Realmente es un libro que despierta el hambre. No el apetito: el hambre.
Yo soy un tragón. No sé vosotros, pero yo he tenido conversaciones sobre comida mientras comía. ¿Sabéis lo que es eso? Eso es ya patológico, puro vicio: Te estás hinchando a comer digamos paella y mientras, con la boca llena, hablas con pasión de solomillos asados. Y tus amigos te quitan la razón, y también con la boca llena de arroz -que pasan ayudados por un buen trago de vino-, te replican que unos chocos a la plancha, o unas cocochas, o unos pimientos fritos, o las croquetas de su madre. Y eso sí que no; por ahí no paso: Croquetas las de MI madre. Y etcétera. Y más comer. Y más reír. Y más beber.
¿No os ha pasado? Pues vaya. Pues qué pena. Pues a mí me pasa con cierta frecuencia. Se ve que tanto yo como mis primos y mis amigos somos incorregibles (y esféricos). Y, en otro orden, me ha pasado con este libro de Santiago de Molina. Cuantas más ideas (o estrategias) de arquitectura exponía más ganas tenía de muchas más. Y más. Pura hambre.

domingo, 28 de abril de 2013

Oiza desencadenado

Francisco Javier Sáenz de Oiza era un genio. Sí, un genio. En todas las acepciones de la palabra, incluso en la de "tener mucho genio".


Siempre decía cosas ingeniosas, creativas, estimulantes. Era imposible saber qué fértiles asociaciones de ideas iba a hacer, y eso hacía su discurso apasionante.
A no ser que te tocara terminarle una frase. Eso era angustioso.
A veces tenía un chispazo brillante, lo insinuaba y pretendía que alguien de entre los presentes lo rematara. Imposible. ¿Cómo saber qué era lo que se le había ocurrido?
Una vez, en un curso de doctorado, mencionó de pasada un problema cotidiano que tenía con su caja de compases, y preguntó cuál era la solución. A mí (como supongo que al resto de alumnos) se me ocurrió una respuesta evidente de puro tonta, pero me abstuve (como los demás) de decirla en voz alta. Oiza insistió: Quien diera con ella tenía aprobado automáticamente el curso. Nadie dijo nada. Decepcionado por tener unos alumnos tan lerdos, el maestro dio la solución: Era la que supongo que habíamos pensado todos.
Pero con Oiza eso no era lo normal. Podría haber sido cualquier cosa. Y si no acertabas te exponías a su durísima (por aguda, divertida y mordaz) crítica. Y nadie era capaz de resistir eso.
(Aparte de que, de haber acertado, a ver quién era el guapo que le decía luego que cumpliera su promesa).
A Oiza le gustaba dar cursos sobre "vocabulario arquitectónico" o, mejor dicho, sobre "conceptos básicos sobre los elementos arquitectónicos". Reflexionar sobre qué era un muro, una cubierta, un hueco, una columna, etc. Lo hacía con un ánimo constructivista, concreto y práctico, como para explicar las bases, pero lo bañaba todo de poesía, de espacio, de creación, de filosofía de la habitación humana.
Eran unas clases apasionantes, en las que desde la necesidad estructural del muro de carga y desde su realidad constructiva, se llegaba al espacio y a la definición de las condiciones de vida y función.
Era algo extraordinario.
Oiza adolecía de falta de orden y rigor expositivos. Era incapaz de desarrollar un programa coherente. Pero eso no tenía la menor importancia, porque a cada frase te sugería mil ideas y te abría mil caminos, y cada historia que se salía del temario previsto te sumergía en la aventura. Siempre era mucho mejor el destino encontrado que el previsto.
Lo malo, como digo, es cuando pretendía que alguien le siguiera la idea. Nadie era capaz de hacerlo.

lunes, 11 de marzo de 2013

Algo que yo no quiero ser

En este blog me explayo a menudo contra lo que considero excesos intolerables de la arquitectura de relumbrón, y la critico sin reservas (y creo que con razón).
El propio título de mi blog, ya lo he contado varias veces, se debe a la indignación que siento (o que sentía, en plena época de acrobacias circenses) ante la celebrada arquitectura vacua y tonta, que se retuerce sin motivo ni justificación, y ante la sonriente mirada de complicidad y de estulticia de la mayor parte de las revistas de arquitectura y de quienes deberían haber hecho alguna crítica justificada y ponderada, pero, en cambio, se limitaban a palmotear como las focas.
Con esta actitud me he granjeado amigos y seguidores, y un cierto prestigio de aguafiestas, de Doña Cuaresma y de "Ese Señor de Negro", tan triste como aburrido y, lo que es peor, peligroso.


No. Yo no soy así. O creo que no soy así. O no quiero ser así.
En la lucha ancestral de Don Carnal contra Doña Cuaresma el uno peca de chabacano, poco digno de confianza, perezoso, facilón y zafio, pero la otra peca de insoportable, castradora, frustrada, seca, envarada y estéril. Y yo no quiero ser ésa. Pero tampoco quiero ser aquél. ¿Entonces qué? ¿Es que no hay otra opción?
Me entusiasma la Ópera de Sydney. Creo que la arquitectura es espacio y es forma. Creo que la alegría que manifiesta una obra arquitectónica tiñe a una ciudad más allá del dinero que haya costado o de los problemas que haya ocasionado en su día. Y creo que merece la pena siempre. Pero siempre.



Uno de mis posts más celebrados, comentados y difundidos es el que dediqué hace poco a Zaha Hadid. Mejor dicho: a las Zahas Hadides. No quito ni una palabra, pero reconozco que si denuesto esa arquitectura porque la forma es caprichosa y no se rige por la función que tiene que resolver, ¿entonces por qué me gustan tanto las cáscaras de la Ópera de Sydney? Si me indigno con las formas caprichosas que ni el autor sabe cómo construir, ¿por qué me gusta tanto la Ópera de Sydney? Si me repugna que los costes de obra se disparen obscenamente, ¿por qué me gusta tanto la Ópera de Sydney? No lo sé. Mejor dicho: Sí lo sé, pero no lo puedo explicar.
¡Ah! ¡Acabáramos! ¿Y se supone que quiero tener una inclinación crítica cuando mi última palabra es "porque sí" o "lo experimento con fuerza pero no lo sé explicar"? No, no. Eso no vale.


Tampoco vale decir que la Ópera de Sydney es muy bella, mientras que lo de las hadides es muy feo. ¿No había quedado claro que el argumento ad venustam era caprichoso e inconsistente? ¿Entonces qué? ¿Entonces qué? ¿Eh, listo?