De una forma u otra, el que más y el que menos, todos tenemos un chiringuito que defender.
Un chiringuito es un establecimiento, más o menos precario y portátil, de bebidas y comidas en la playa. La estrategia consiste en aparecer súbitamente en la temporada de baños, hacer el negocio de todo el año en unas pocas semanas y desaparecer de allí al llegar las lluvias y los fríos.
Un chiringuito va desde la precariedad de una bicicleta hasta la solidez de un palacete.
Todos tienen en común la inseguridad que conlleva no estar cumpliendo escrupulosamente la legalidad vigente y, por lo tanto, la posibilidad de ser cerrados o desmantelados por la autoridad competente en cualquier momento.
Pero mientras llega el fatídico día, el audaz empresario repite año tras año, y cada vez se atreve a algo más: un panel de madera del año pasado se ha convertido este año en un murete de ladrillo, una visera de cartón ha pasado a ser de chapa de acero, unos postes de palo se han vuelto UPN dobles soldados en cajón, etcétera.
La precariedad hace que el dueño del chiringuito no duerma bien por las noches y gaste su vida y sus energías en defenderlo con uñas y dientes. Y más si tenemos en cuenta que la inversión ya va siendo considerable y que los ingresos empiezan a ser jugosos.
Esa es una alegoría de nuestra propia vida. Todos tenemos un chiringuito que defender, ya sea una dirección general, una portería, un ministerio, una cartera de clientes, una asesoría municipal, un asiento en el fondo norte, una jefatura de servicio, un puesto de castañas o un trienio. Desde los ordenanzas de un juzgado hasta el Rey de las Españas, todos defendemos nuestro chiringuito. Tal vez el que nos ha tocado (o hemos podido conseguir) sea ridículo, pero es nuestro chiringuito. Es lo único que tenemos.
Es emocionante (y siempre aleccionador) ver a alguien defendiendo su chiringuito.
Es emocionante (y siempre aleccionador) ver a alguien defendiendo su chiringuito.

