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jueves, 23 de abril de 2026

La flecha del tiempo

Este concepto de "flecha del tiempo" es debido al físico británico Arthur Eddington, que dijo algo que nos parece muy evidente, pero que tiene mucha enjundia: que el tiempo solo va en una dirección, y que es irreversible. Jamás se para y jamás da la vuelta. Lo arrolla todo a su paso.

En esta misma línea, el filósofo Oswald Spengler ya había dicho en su célebre obra La decadencia de occidente que "lo trágico es el tiempo". En el espacio no hay tragedia. Yo puedo ir a tal sitio y perderme, y dar la vuelta, y meterme por otra calle, y volver a perderme, y volver a probar por otro ramal, y volver a equivocarme. Pero sea como sea, tan torpe como soy, si me lo propongo siempre conseguiré llegar. Haré el recorrido más enrevesado y más estúpido del mundo, pero acabaré llegando. Sin embargo, si la cita de mi vida era a las cuatro de la tarde y llego a las seis y ya se ha ido para siempre no hay nada que hacer. O, dicho con otro ejemplo, siempre acabaré llegando a la estación, e incluso siempre conseguiré aparcar, pero lo que no es seguro es que siempre sea capaz de coger el tren que tenía que coger.

En el espacio puedo maniobrar y corregir, pero en el tiempo no. ¡Demasiado tarde! Esta idea evidente de la flecha del tiempo se basa en la segunda ley de la termodinámica, que nos dice que la entropía (el desorden, el caos, la muerte...) siempre aumenta. Pues estamos apañados.

Bueno, ¿y a qué viene toda esta disquisición tan plasta y tan desasosegadora en un blog de arquitectura? (o casi principalmente de arquitectura). Pues a que acabo de estrenarme como abuelo. Acabo de tener una nietecita pequeñita pequeñita de la que estoy perdidamente enamorado.

-Ah, bueno. Entonces sí.

miércoles, 15 de febrero de 2017

La plástica no es inocente

Se ha fallado el premio World Press Photo 2017, y la fotografía ganadora ha sido una del fotógrafo turco Burhan Ozbilici que muestra al asesino del embajador de Rusia en Turquía -que se suponía que estaba allí como su guardaespaldas, para protegerlo-, justo después de matarlo.
El cuerpo del embajador está tendido en el suelo boca arriba, muerto, mientras que el asesino, con la pistola recién disparada en la mano derecha, eleva al cielo el dedo índice de la mano izquierda mientras suelta un speech a los aterrorizados presentes (que no salen en la foto).

Fotografía ganadora del World Press Photo 2017
Burhan Ozbilici

El fotógrafo estaba allí para cubrir la inauguración de una exposición de cuadros bastante anodina y trivial. Para el embajador, decir unas palabras en ese acto era una de sus obligaciones rutinarias. Lo que ocurrió fue rápido e inconcebible. Por puro instinto profesional, Burhan Ozbilici se sobrepuso a la sorpresa y al miedo y disparó su cámara. Hizo una gran foto. (Hizo unas cuantas).

Porque, no nos olvidemos, lo que premia el World Press Photo son grandísimas fotos. Se trata de fotografías de prensa; es decir, con un mensaje, una noticia, una idea o incluso una denuncia, y no se trata por lo tanto de fotografías "artísticas". Pero no es menos cierto que, tengan la carga de denuncia o de testimonio que tengan, y aunque estén hechas con un criterio periodístico y reporteril, son obras de arte y se valoran y premian como tales.

Por una parte, ese tipo de fotos nos dejan consternados, pero por otra nos fascinan. Qué buenas.
A mí me impresiona muchísimo que ante una foto tan terrible los de WPP digan esto:


Datos técnicos de la fotografía premiada porque se trata de una fotografía muy buena, tomada con la técnica de un profesional e incluso de un artista, y porque todo aficionado a la fotografía quiere saber con qué equipo y con qué técnica está hecha.

La fotografía, cuyo mayor valor es la grandísima carga dramática que tiene, queda así como un objeto aséptico, inocente.

El resto de fotografías seleccionadas son todas muy "plásticas" y, por lo tanto, en muy gran medida "hermosas".






Muy hermosas.

viernes, 29 de abril de 2016

Laberintos

El laberinto es el arquetipo de una cierta concepción espacial, o espacial-psicológica-topológica.
Es un modelo que siempre ha fascinado al ser humano. Hay muchos mitos, muchas historias y muchos símbolos que ocurren en un laberinto o tienen un laberinto como fondo o como referencia, o configuran ellos mismos un laberinto.
Antes de entrar en faena, de meterme en un jardín, en definitiva, de entrar en el laberinto, diré lo que no lo es. Esto no es un laberinto:

El no-laberinto de la catedral de Chartres

En el suelo de algunas catedrales hay un mal llamado laberinto. Es una alegoría de la vida. Se entra por un punto señalado y se va recorriendo hasta llegar al centro, que es la muerte y la resurrección. Ese camino es enrevesado, da muchas vueltas, hace que vayamos hacia el norte y de repente hacia el sur, hacia el este y de pronto hacia el oeste. Muestra la desorientación de la vida, el desconcierto. Pero al final se llega al triunfo.
Es costumbre recorrer ese aparente laberinto en oración o en meditación.
Sin embargo, no es un laberinto en absoluto. No tiene pérdida. No admite ninguna opción, ninguna decisión. Sólo hay que seguirlo atenta y disciplinadamente. Es imposible perderse en él, pero también es imposible tomar ningún camino imprevisto. Es la dictadura absoluta. "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Si seguimos el trazado señalado nos salvaremos. Es muy fácil, pero también muy árido y muy rígido. Es tan fácil que es imposible hacerlo mal. No hay manera de perderse.

Falsos laberintos de las catedrales de Chartres y de Reims.
Muy enrevesados, llenos de vueltas y más vueltas, pero la
meta se encuentra siempre. Imposible perderse.

Otra alegoría del camino de la vida, que sí tiene algo más de laberíntica, es esta:

Juego de la oca

(De hecho, una de sus casillas es el laberinto).
También es una alegoría de la trayectoria vital, con sus éxitos y fracasos. En este caso sí hay diversas circunstancias que pueden dar al traste con nuestros proyectos. Aquí no se gana siempre, como en las catedrales. A veces se pierde momentáneamente y luego se gana, y a veces se pierde definitivamente. Pero ello no es fruto de nuestras decisiones, sino de la mera suerte, del dado. Es una alegoría desasosegadora. Somos juguetes en manos de la fatalidad. Pasan cosas diversas, pero tampoco tomamos decisiones ni podemos hacer nada.

Un laberinto, según la RAE, es un "lugar formado artificiosamente por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él, de modo que no pueda acertar con la salida". Creo que el quid de esa definición está en la palabra "encrucijadas". En los laberintos de las catedrales no hay encrucijadas. En el juego de la oca sí las hay, pero el dado decide por nosotros.
Observemos que la definición de la RAE es sólo aparentemente cruel, pero en realidad alberga una esperanza. Quien nos mete en un laberinto nos da una oportunidad de escapar. Al Minotauro no le encerraron en una jaula, sino en un laberinto, lo que es muchísimo mejor. Por muy bien diseñado que estuviera (y Dédalo lo diseñó realmente bien) tenía una posibilidad de escapar.
El laberinto es una oportunidad.
(Por otra parte, estoy convencido de que el Minotauro, después de tanto tiempo, ya conocía de sobra el trazado del laberinto, y si no salía era porque no quería. Vivía con comodidad, y le alimentaban regularmente con jóvenes, que atrapados en aquella trampa desconocida para ellos quedaban a merced del monstruo).

Laberinto de pasatiempo de tebeo

Mi primer recuerdo de laberintos data de los tebeos de mi infancia. "Ayuda a Pedrito a encontrar sus libros", "Haz que el coche llegue a la playa". Ahí sí había dudas. A cada paso había que elegir.
La vista privilegiada desde arriba me permitía dominar el laberinto en planta, y el uso de un lápiz me ayudaba a no repetir errores. Así que con apenas dos o tres correcciones lograba el objetivo. Habría que imaginar qué se siente caminando por un laberinto sin ver más allá y sin saber si se ha pasado ya antes por el mismo punto. Recuerdo los de las películas La Huella y El Resplandor.

Fotograma de La Huella (Sleuth, 1972)

Fotograma de El Resplandor (The Shining, 1980)

(En esta última el niño tiene una idea genial aprovechando que la nieve puede actuar como mi lápiz en los tebeos).

sábado, 21 de mayo de 2011

Las manos (1)

Iba a escribir una cosa sobre la Mano Abierta de Le Corbusier cuando he pensado que antes tendría que explicar algo sobre las manos. Empiezo por este "Las manos (1)" y ya veremos hasta dónde llego. Supongo que serán tres entregas. (Tres es un buen número).
Antes de empezar declaro que, como no soy arqueólogo, ni paleontólogo, ni nada-ólogo, ni le debo disciplina ni obediencia a nadie, me permito tomar todo lo que el mundo y la historia me ofrecen, de gratis y sin dar explicaciones, para construir hipótesis heterodoxas. Es la ventaja de no ser académico y de no tener que rendir cuentas.
(No obstante, lo que sigue está en deuda con el súper heterodoxo Oteiza (siempre) y con el Giedion de El Presente Eterno: Los Comienzos del Arte. Pero los entiendo a mi manera).

Empecemos:

Imaginad una escena de hace unas decenas de miles de años: Unos cazadores vuelven a su cueva arrastrando una pieza que han cazado (o cargando con ella). La llevan para alimentar a su clan. Vienen llenos de barro y de sangre, jadeando, exhaustos.
Al llegar a la cueva uno de ellos se apoya en la pared. Apoya su mano ensangrentada para descansar unos segundos, para tomar aire. Al retirarla, ve la marca roja de su mano. Ve su mano impresa en el muro de la cueva.


(Qué momentazo. ¿Qué os imagináis que sentiría?)
Yo me imagino que reconoce su mano. Tarda unos segundos en entenderlo: Ahí está su mano. Ahí está él.
¿Qué hará a continuación? Eso no me cuesta nada imaginarlo. Lo veo con toda claridad. Toca la piel del animal muerto, sus heridas abiertas, para volver a mancharse la mano de sangre. Y la planta en la pared una vez, y otra, y otra. (¿Habéis visto a algún niño pequeño con un sello de caucho?).
Se ve de pronto poseedor de un poder mágico. Es capaz de representarse a sí mismo en el espacio. Es capaz de señalar su "Fulano estuvo aquí" y de reconocerse. Se apodera del plano de la pared, y se apodera del espacio interior de la cueva. "Este soy yo". Es un afán de representación, de expresión, de llenar el espacio con la huella de uno mismo.
En ese "Fulano estuvo aquí" que vemos escrito en los monumentos (y en los retretes) de todo el mundo hay el mismo afán de perpetuidad que en las manos ensangrentadas.
(Ni que decir tiene que, una vez conocedor del procedimiento, el artista no necesita hacerlo con sangre, y prueba otros pigmentos más duraderos).

(También comprobamos que aunque el espeleólogo de la foto parece querer imitar el gesto con la mano izquierda, las manos impresas son derechas. Si había la misma proporción de diestros y zurdos que ahora, y todo parece indicar que sí, es más normal imprimir la mano derecha que la izquierda).
Esta es la primera fase del arte: expresivo y trágico. No quiero morir. No quiero que me olviden. Si me muero, quiero que quede una huella de mí, un recuerdo, un "José Ramón estuvo aquí". ¿No es esto todo el arte y toda la actividad humana? ¿No es esto este blog? ¡Yo, yo, yo! El Sentimiento Trágico de la Vida. ¿Qué más le da a la Torre Eiffel y a la humanidad entera que Fulano la visitara el 29-4-2005? Y, sin embargo, ahí están los miles de graffiti: "Fulano, 29-4-2005" (o lo que sea). (Tomo como ejemplo la torre Eiffel porque nunca he visto más en ningún otro sitio).