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jueves, 20 de junio de 2024

Leer hoy a Sullivan y escuchar a Mbappé

Acabo de terminar de leer este libro que vio la luz hace justo un siglo(1):

Confieso con mucha vergüenza que lo debería haber leído hace treinta y tantos años, cuando hice mi tesis doctoral. Entonces lo picoteé ligera y egoístamente buscando perentoriamente las dos o tres cosas que me interesaban y no le hice el caso que merecía. Y ahora voy a elucubrar si merece caso: quizá no lo mereció nunca, ni siquiera cuando fue publicado, porque ya nació anacrónico. No obstante ha habido algo que me ha sacudido, y por eso lo traigo.

martes, 19 de abril de 2022

Buenos días lo primero

Todos hemos tenido a alguien que nos lo ha dicho: nuestros padres, nuestra abuela paterna o nuestra tía Herminia. Entrábamos corriendo, urgidos por una novedad o un hallazgo, donde estaban reunidos nuestros familiares, lo proclamábamos con entusiasmo y en vez de pasmarse ante nuestros asertos nos recriminaban: "Buenos días lo primero". No entendíamos nada: Lo que estábamos contando era emocionante, importante, divertido, y nos cortaban para exigirnos que cerráramos el chorro y diéramos los buenos días. ¿A quiénes les podían importar los buenos días? No obstante, al parecer era obligatorio darlos.

Imaginaos a Hitler o a Rommel mandando callar al espía que traía los datos del lugar y el momento exactos en que se iba a producir el desembarco en Normandía y gritándole: "¡Buenos días lo primero!" Imaginaos al excitadísimo espía intentando pese a todo decir cuántas tropas, cuántos barcos y con qué armamento iban a desembarcar y a sus superiores arrestándolo e incluso mandándolo fusilar por cabezota e indisciplinado, y no haciéndole caso por no haber dado los buenos días. (¿Os imagináis?)

Pues con lo de Normandía es casi seguro que no ocurrió, pero con la arquitectura ocurrió, ocurre y seguirá ocurriendo. Nos hemos creído portadores de nuevos conceptos de espacio, de nuevas y mejores eficiencias, de mayor lógica constructiva y de más avanzado régimen de confort, pero nos obstinamos en proclamarlo sin dar los buenos días (o, mejor dicho, los damos de una manera muy rara) y nos mandan al cuarto de los ratones sin escuchar ni apreciar nuestra buena nueva.

Vamos a hacer una prueba. Proponédsela a vuestros amigos cultos pero no en arquitectura ni especialmente interesados en ella. Mostradles estas cuatro parejas de edificios y pedidles que elijan el que más les guste de cada una.




(Se pueden clicar para verlas más grandes)

Yo lo he hecho y los resultados son prácticamente unánimes: derecha, izquierda, izquierda e izquierda.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Nuestros antepasados

(A Merxe Navarro)

Mi amiga virtual en las redes Merxe Navarro me ha pasado indignada un artículo donde, de nuevo (y ya es una costumbre) se denigra la arquitectura. (Clicad aquí).

La cosa consiste en que el ayuntamiento de Jávea (Xàbia en valenciano) acaba de aprobar una ordenanza que prohíbe las cubiertas planas, las grandes cristaleras y todos los excesos demoníacos de la arquitectura contemporánea, esa siniestra disciplina. (No sé si, ya puestos, y en plena carrerilla purificadora y salvífica, han prohibido también los versos que no riman, la pintura abstracta, la música dodecafónica y el fútbol femenino).

El periodista nos lo cuenta con verdadero entusiasmo. Se ve que es muy partidario: Nos dice que bueno, que sí, que ha habido alguna casa moderna muy premiada, pero que eso ha degenerado ya en verdadero vicio y desparrame, a lo que el alcalde, justamente indignado, ha puesto fin. Ya era hora.

El ayuntamiento, harto de esto:


ha exigido esto otro:

Estas dos fotografías están sacadas de la galería de imágenes
del artículo citado. O sea, que no son exageraciones mías.

Mucho mejor. Dónde va a parar.

Pero el motivo por el que vuelvo a hablar de este aburrido y manido tema es porque me ha hecho gracia. Me ha divertido mucho que el asco que siente esta gente por un cierto lenguaje arquitectónico sea vergonzante; vamos, que no se atrevan a reconocerlo, sino que lo justifiquen con una excusa "razonable" e incluso "racional".

Y la excusa elegida esta vez es... ¡tachánnnn!... ¡LA EFICIENCIA ENERGÉTICA! ¡BRAVO! ¡BIENNNNN! ¡YUJUUUUU!

(Fuente de la imagen aquí)

La eficiencia energética, la sensatez económica, la sostenibilidad. Joé, si es que le saben emocionar a uno.

(Fuente aquí)

viernes, 22 de marzo de 2019

¡PUCHERAZO! ¡PUCHERAZO!

Con el trabajo tan gordo que me he pegado estas semanas, y nada más poner las listas en descarga salta Kike García (@kikeconkdekilo en twitter) gritando que dónde está la suya.

Este es el avatar de @kikeconkdekilo en
twitter, y así de cabreado estaba: Tal cual.

Mi primera reacción fue la de "yaestamos: eltípicodespistado quesehaequivocado; seguroquelaman-dófueradeplazo o lamandóaotrositio". Vamos, que el error no podía ser mío de ninguna manera. Estaría bueno.
Aun así, como soy de una elegancia versallesca, busqué entre mis buzones tuiteros y feisbuqueros para ver qué tenía de él (si es que tenía algo) y explicarle con desdeñosa y petulante educación que no lo había recibido o que lo había recibido tarde.
Pero vi con pasmo que no solo lo envió bien y en su plazo, sino que incluso le di las gracias y le dije que su lista entraba en el escrutinio.

Qué horror. Todo lo que llevaba hecho y publicado estaba mal.

Para colmo, su lista no votaba veinte obras recónditas, secretas, exquisitamente reservadas a connaisseurs sofisticados y raritos y que quedaran así con su solo voto. No: Casi todas eran de las ya aparecidas por aquí, y su voto alteraba ligera pero escandalosamente la posición de algunas.

¡Qué vergüenza! ¡Qué pucherazo! ¡Qué tongo había perpetrado al no admitir su lista!

Me dio la sofoquina. Me eché a llorar. Maldije la hora en que se me ocurrió esta mierda. Me vine abajo.

Bueno, me dije, a ver si podemos salvar los muebles. Al menos votaba al Guggenheim de Nueva York, con lo que el primer puesto se mantenía. Y votaba a dos obras de Wright, con lo que su liderazgo también se conservaba.

Pero otras cosas cambiaban.

miércoles, 20 de marzo de 2019

La lista (tercera y última parte)

Finalmente, y después de la turra que os estoy dando, me despido con la lista de los diez arquitectos más votados sumando los votos a todas sus obras.


El primero, y por tanto mejor arquitecto del siglo XX según los participantes, con 80 votos,
Frank Lloyd Wright.


Museo Guggenheim de Nueva York (32), Casa de la Cascada (27), Johnson Wax (10), Casa Robie (6), Rosenbaum House (1), Templo Unitario (1), Casa Johnson (1), Hotel Imperial (1) y Casa Ennis (1).
Ya, ya sé que me vais a acusar de pucherazo. Soy un wrightiano convencido, y ya en las anteriores entregas me habéis señalado con vuestro dedo acusador. Pero es lo que hay. Yo solo voté una obra del maestro, así que poco he hecho para encumbrarlo a su, por otra parte, merecidísimo podio.

Los segundos, ex-aequo, con 79 votos,
Le Corbusier y Mies van der Rohe.


Capilla de Ronchamp (30), Villa Saboya (19), Unité d'Habitation de Marsella (11), Convento de la Tourette (9), Casa Curutchet (3), Pabellón Suizo de París (2), Casa Citrohan (1), Villa Stein (1), Asamblea de Chandigarh (1), Cité Frugès (1) y Ciudad de Chandigarh (1).

Pabellón de Barcelona (25), Seagram Building (23), Casa Farnsworth (18), Casa Tugendhat (4), Nueva Galería Nacional (4), Lake Shore Drive (2), Casa con tres patios (1), Parque Lafayette (1) y Crown Hall (1).

Verdaderamente si lo hago aposta no me sale. Los tres tenores. El trío Lalalá. Wright en cabeza y, justo detrás, a un solo voto, Corbu y Mies empatados.
Es que ha salido redondo.
(Aunque van empatados, nombro antes a Le Corbusier porque su obra más votada está por encima de la más votada de Mies).

jueves, 14 de marzo de 2019

La lista (segunda parte)

A la memoria de Alfredo Aviñó García, @alfavino.
Creo que todo esto le habría gustado mucho.
Le echo de menos.
Y a Juan Carlos Ruiz, @AmasUArquitecto, mi maestro filatélico.


Twitter está que arde porque mis queridos amigos virtuales (los mismos que votaron) no están muy satisfechos con la primera parte de la lista porque es demasiado previsible.
Yo creo que es lo normal. Casi todos han votado a obras muy excitantes, secretas, provocativas... muchas... que se han quedado con un solo voto, el de cada uno. Lo normal es que las que más votos han tenido hayan sido las más previsibles, las que todos tenemos en la mente, y a las que todos hemos votado junto a las más "marchosas". (Pero, como digo, en este segundo grupo cada uno ha votado a las suyas).

Pero sigamos con la lista, que es de lo que se trata:

11º. Con 17 votos:
GIMNASIO DEL COLEGIO MARAVILLAS.
Arquitecto: Alejandro de la Sota.

Las autoridades filatélicas españolas, que tanta
dudosa arquitectura patria han emitido, jamás
han reparado en De la Sota, en Fisac, en Coderch,
en Corrales y Molezún, en Higueras, en...

12º. Con 15 votos:
TERMAS DE VALS.
Arquitecto: Peter Zumthor.

En todas partes cuecen habas.

13º. Con 14 votos:
TORRES BLANCAS.
Arquitecto: Francisco Javier Sáenz de Oiza.

De Torres Blancas tampoco hay sello, pero hay estos dos engendros:
Monedas de oro (200 €) y plata (10 €) conmemorativas de la Europa
Contemporánea. Un amasijo horriblemente diseñado de Dalí + Torres
Blancas + un sol que no sé si es de Miró o de (ojalá) Chumy Chúmez.
Pero es lo que hay. 

14º. Con 14 votos:
PISCINAS EN LEÇA DE PALMEIRA.
Arquitecto: Álvaro Siza Vieira.

Portugal, con legítimo orgullo, ha emitido y sigue emitiendo muchos sellos
con obras de Siza, pero las piscinas por ahora no están (que yo sepa).

15º. Con 14 votos:
SALK INSTITUTE.
Arquitecto: Louis I. Kahn.

También Kahn tiene algunos sellos, pero no de esta obra.

lunes, 11 de marzo de 2019

La lista (primera parte)

Bueno, pues esto ha sido el parto de los montes. Al final recibí cincuenta y siete listas. De ellas cuarenta y tres estaban completas, con sus veinte votos cada una; una tenía solo dieciocho votos (qué le costaba ya haber terminado, si para la mayoría de votantes el problema había sido el contrario, habernos tenido que limitar a veinte obras), otra diecisiete, dos catorce, una trece, dos once, una diez, dos nueve, una ocho, una seis, ¡una tres! ¡y otra dos!

Las admití todas. (Si alguien, pudiendo votar veinte edificios, votaba solo dos es que esos dos tenían que ser fantásticos. ¿Cómo despreciar su voto?).

Por lo tanto, ha habido un total de mil cinco votos.

Aunque no conozco a todos los votantes, sé que, como no podía ser de otra manera, la inmensa mayoría son arquitectos o estudiantes de arquitectura. Pero también hay algunos a quienes, sencillamente, la arquitectura les interesa y les gusta. Pues sean bienvenidos.

No os hago esperar más. Aquí os pongo los diez primeros. (Dije que la lista sería de veinte. No es solo que quiera dar suspense, que también, ni rentabilizar las tropecientas horas que me ha costado transcribir y escrutar las cincuenta y siete listas, que también; es que ocupa muchísimo y la tengo que trocear).


Primer puesto.
Mejor edificio del siglo XX según los votantes:
MUSEO GUGGENHEIM DE NUEVA YORK.
Arquitecto: Frank Lloyd Wright. 32 votos.



Sobre con matasellos del primer día de emisión del sello


2º. Con 30 votos:
CAPILLA DE RONCHAMP.
Arquitecto: Le Corbusier.

Tarjeta máxima: Matasellos del primer día de emisión del sello


3º. Con 29 votos:
ÓPERA DE SIDNEY.
Arquitecto: Jorn Utzon.

Matasellos especial de recuerdo del día de la inauguración del edificio

viernes, 1 de marzo de 2019

La lista (prólogo)

El otro día Anatxu Zabalbeascoa publicó en el diario El País una lista con los veinte mejores edificios del siglo XX (Aquí la tienes) glosando el libro Cien edificios del siglo XX que acaba de traducir al castellano la editorial Gustavo Gili, que consta de listas elaboradas por muy conocidos y muy buenos arquitectos.
Para qué queremos más. Twitter se volvió loco. Empezamos a despotricar de las listas en general y de esta en particular... de que saliera antes el Guggenheim de Bilbao que el de Nueva York... de la frivolidad que suponía todo esto...

La muy sufrida y paciente Anatxu entró en el debate, explicó su labor, glosó el libro... Ciertamente acabamos reconociendo que si para nosotros, sesudos, listos (pero que muy listos), rimbombantes (pero que muy rimbombantes) arquitectos, todo eso era una frivolité, para un lector no especializado que lee prensa generalista podía estar muy bien; porque la lista, en definitiva, no estaba tan mal, y si servía para despertar la curiosidad de algunos, pues bienvenida fuera.

Así las cosas, yo, que siempre estoy pensando en este blog, vi el cielo abierto. Me iba a salir una entrada con la gorra. Me la iban a dar hecha: Convoqué por Facebook y por Twitter a todo el que quisiera para que me mandara por mensaje privado su lista de los veinte mejores edificios del siglo XX. Mi primera idea fue que si pasaba de cinco listas haría el ranking, pero según estaba escribiendo la convocatoria puse que lo haría si pasaba de diez.

También prometí que después de hacer el ranking con los veinte edificios más votados publicaría todas las listas recibidas, que también tienen su gracia: Esos edificios recónditos y "raritos" de los que solo se ha acordado uno tienen tanto interés como los ganadores que tenemos todos en la cabeza y en el corazón, y bastante más morbo.

En menudo lío me metí yo solo y sin ayuda de nadie: Mi convocatoria tuvo un éxito inesperado. Tanto que en un solo día tuve que cerrar el plazo abruptamente. (Yo había pensado dar una semana, más o menos). En ese único día me entraron cincuenta y tres listas, casi todas con veinte obras (algunas, muy pocas, con menos).

Casi todas están hechas por arquitectos, pero algunas no, y no desmerecen en nada. Son muy buenas listas, y señalan edificios muy interesantes. Los más votados son bastante previsibles, pero hay muchas sorpresas escondidas. Son listas de muchísimo nivel.
Y ha votado quien ha querido. No se ha pedido curriculum. (¿Que hay votos de doctores arquitectos y votos de simples aficionados? Pues sí. Podéis llamarme demagogo. Pero en general quien se presta a este juego es porque le gusta y le interesa mucho la arquitectura, y se nota).

A ver cómo proceso ahora toda esa información. No os preocupéis si veis que este blog no se actualiza durante una temporada: Es que estoy rebasado y agobiado por las listas.

Listas, listas, listas. Fragmento del cartel
de la película La lista de Schindler.

jueves, 2 de agosto de 2018

Buenos edificios detestables

A mi amigo virtual The General (@johnygrey), que
ha propuesto esta discusión y me ha movido a escribir
esta entrada lleno de dudas.

En twitter sigo con entusiasmo a un ingeniero de caminos que se hace llamar The General (@johnygrey), como la obra maestra de Buster Keaton y el nombre de su protagonista. Se dedica a los puentes: profesionalmente a hacerlos y pasionalmente a amarlos y a explicarlos.

Tanto entusiasmo demuestra, tanta pedagogía despliega y tanta sabiduría atesora que para mí es siempre una gozada leerlo. Lo tengo por "amigo virtual" y he tenido más de una jugosa conversación con él. Lo tengo como "amigo" pero ni sé su nombre en este mundo unopuntocero ni qué aspecto tiene. Para mí (y para todo twitter) tiene la cara de Buster Keaton que exhibe en su avatar.

El otro día ha escrito en twitter que lamenta no haber estudiado en la antigua escuela de caminos que está en el parque del Retiro de Madrid, en un bello edificio de ladrillo y en un entorno idílico:


Por el contrario, tuvo que padecer la carrera en este monstruoso comealumnos:


Para él fue una desgracia que la escuela se mudara de aquel lugar tan agradable a este otro tan duro, tan desagradable, y decía: "Y qué queréis que os diga, que tu casa te define y que el edificio no ayuda a transmitirles a los alumnos el amor al Arte y a las Humanidades".

Me sorprendió esta afirmación en una de las personas que con más lucidez habla de belleza, de arte y de humanidades. Me encanta cuando habla de la belleza de un puente, fundamentada esta en lo bien que trabaja aquel, y con cuánta lucidez explica los porqués de tal forma o de tal detalle, y los aciertos de diseño que impiden malos comportamientos de tal sección, y de todo ello glosa una precisa y lúcida alabanza a la belleza, a la belleza real que yo también defiendo: "La belleza es el resplandor de la verdad". Y todo eso, naturalmente, son Arte y Humanidades. Para mí son el Arte y las Humanidades más elevados.
Salvando la maniquea y falsa caricatura de la oposición entre el arquitecto y el ingeniero, con The General da gusto hablar porque entiende la arquitectura y le gusta, y porque hermana estas dos profesiones en una misma misión.

Por eso me sorprende que diga que le gusta el edificio antiguo, que yo veo como anodino pastiche sin interés alguno (aunque sí: agradable), y que odie el nuevo, que yo veo muy interesante. (Cuando habla de los entornos, de la proximidad al metro y esas cosas sí estoy de acuerdo con él, pero como edificio veo el moderno mucho más eficaz y apropiado).

Le digo que es obra de los arquitectos Luis Laorga y José López Zanón y que es un buen edificio moderno que ganó el concurso en 1963. (Clicando aquí podéis leer un informe).


Me dice: "Te voy a ser sincero: El edificio sumado a su uso (como centro de tortura) es una pesadilla. Y no es acogedor en absoluto para el alumno. Y con este sentir se me hace muy difícil verle las virtudes". Y añade: "Y esto me lleva a una duda que te traslado, a ver qué piensas: ¿Si la mayor parte de los usuarios de un edificio lo detestan, es buen edificio?"

Menuda pregunta. Uf. Es definitiva. No sé qué decir. Pues que no. Claro que no. No puede serlo.

Pero vamos, por el mero placer de debatir, a señalar dos posiciones extremas:

1.- Una de las funciones más importantes de un edificio es satisfacer a sus usuarios, hacerles las cosas agradables, ser limpio con ellos, ser sincero, ayudar a que realicen sus tareas (en este caso dejando entrar bien la luz, estando bien climatizado, siendo cómodo, etcétera). Por lo tanto, si sus usuarios lo detestan es un mal edificio. Sin duda.

2.- Supongamos que el edificio sea bueno y los usuarios no sepan, o no puedan, o no estén en condiciones de apreciarlo. Supongamos que lo odien por lo que no es: por la dificultad de las asignaturas, por la dureza de los profesores, por la falta de compañerismo con los demás alumnos... Yo qué sé. En ese caso los usuarios pueden detestar un buen edificio.

Pero The General me ha demostrado muchas veces su buen criterio y su fino instinto como para liquidar la conversación con una salida apresurada del tipo: "Tú confundes la calidad arquitectónica con la hostilidad de la carrera". Sí, yo podría argumentar que puede haber una cárcel que sea un magnífico ejemplo de arquitectura, pero que no por ello los reclusos van a ser muy felices en ella. Pero parece ser que la cosa no va por ahí.

sábado, 14 de octubre de 2017

Horno de pan (y 2)

El otro día me supo a poco lo que iba diciendo y me quedé con ganas de más. Por eso titulé la entrada con el número uno y prometí una segunda parte. Pero ahora ya se me ha ido el hilo de lo que iba diciendo.
Además en estos días le han dado un premio al horno de pan y ya se me ha cortado el rollo del todo.

¿Por qué somos así los arquitectos? ¿Por qué admiramos
y premiamos estos edificios que no gustan a la gente?

Sí que me gustaría seguir con mi afán didáctico e insistir un poco (muy por encima) en lo que decía el otro día.

Para empezar, deberíamos intentar comprender las complejas condiciones de partida que tiene este edificio: Está en el borde de una plataforma, ante un vertiginoso desnivel, y además tiene que arrodillarse ante el Palacio Real y la Catedral de la Almudena, y no solo respetar, sino incluso acoger unos restos arqueológicos. Aparte de su complejo programa (auditorio, museo de tapices, museo de objetos suntuarios, museo de carruajes...) tiene que ser capaz de resolver la esquina más residual de la plaza que queda entre el palacio y la catedral. 


El acceso se hace por arriba, por la plaza, y desde ahí se va bajando, descendiendo por la cornisa famosa.
Ponedle además los camiones de abastecimiento, los recorridos, el transporte, la seguridad, la comodidad de accesos y estancias, etcétera, y tendréis un señor problema.

Obviamente, la cuestión de raíz, la matriz del proyecto, es hacer toda esa organización y toda esa relación de la manera más sencilla y eficaz posible. El problema, ya lo dijimos, es que el horno haga buen pan.
Luego, naturalmente, todo eso tiene que tener una forma, una imagen, una expresión plástica.




La expresión puede (y debe) ser discutible una vez visto el nivel de solución de las condiciones de partida antes dichas. ¿Es un acierto lo de las tiras verticales en fachada? Pues si no dejan pasar una luz uniforme y limpia serán un error, y si sí un acierto.
(A mí me parece, además de por su mera funcionalidad, que esa fachada ofrece una imagen neutra, como un zócalo o pedestal de piedra levemente labrada bajo la catedral).

¿Qué pasa si olvidamos todo esto y nos dejamos llevar solamente por la primera impresión que nos ofrece su fachada? Pues que entramos en el "me gusta" o "no me gusta", que ya vimos que es muy respetable en el interior de la intimidad de cada uno, pero cuando sale de ahí ya no merece especial respeto.
¿Nos gusta más con columnas jónicas? ¿Le ponemos unos arcos? Podríamos hacerlo: Tenemos todo el catálogo de formas arquitectónicas para usarlo según nuestro gusto, nuestro sacrosanto gusto personal. ¿Pero qué ganamos con ello?
(A una tía mía le entusiasmaban los bocadillos de bonito en escabeche bien espolvoreado de azúcar. De verdad. Los gustos personales son así).

Pero no merece la pena seguir intentando buscar ejemplos cuando tenemos uno perfecto justo al lado.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Horno de pan (1)

Esta entrada está dedicada a quien no sepa
ni entienda nada de arquitectura
contemporánea y esté un poco hasta
las narices de tanta mamarrachada.


Hace pocas semanas he asistido a cómo se comparaba el centro Botín de Santander con un calefactor y la iglesia de Marcos de Canaveses con un trastero. El otro día volvió a ocurrir: El Museo de Colecciones Reales de Madrid es un horno de pan.
Es lo de siempre y no merece la pena insistir. Pero como los ciudadanos legos en arquitectura seguirán viendo la contemporánea con hostilidad y desafección, quiero decir una cosa muy básica por si puede ser de algún interés, aun sabiendo que no va a servir de nada y que vamos a seguir igual.

Primero cuento la última batallita. Un periódico pone en twitter la noticia de la inminente apertura del Museo de Colecciones Reales en Madrid con una foto, y un famoso periodista televisivo contesta: "Que ESPANTO de edificio..." (sic). (Parece obvio que se refiere al edificio objeto de la noticia y no al mamotreto que aparece tras él).


Al momento contestan algunos esforzados arquitectos defendiendo el Museo como un gran proyecto arquitectónico y haciendo notar al periodista algunas de las virtudes de ese edificio, así como la necesidad de intentar estudiarlo y entenderlo antes de soltar un exabrupto tan rotundo. La indignación del periodista crece, ahora tanto por el ESPANTO perpetrado en Madrid como por el corporativismo sectario (e incluso agresivo) de unos locos fanáticos.

Se sucede un sabroso cruce de tuits del que pongo una pequeñísima muestra:


Lo de siempre: "Como no he estudiado arquitectura estos fanáticos no me dejan opinar". (Bueno, si a eso vamos tampoco estudió ortografía y nadie le impide escribir).
Observemos que se llama a sí mismo "hereje". O sea, nosotros somos sacerdotes inquisitoriales del retorcido arcano de la arquitectura y no permitimos la más mínima desviación del dogma.
Que conste que el famoso periodista es un vacilón, y que escribía con mucha sorna. Pero dijo (en broma) que temía por su integridad física ante nosotros, y dejó caer muchas exageraciones siempre en la línea de que el fanatismo de los arquitectos no permitía a la gente "normal" expresar sus opiniones.


Naturalmente que puede opinar. Estaría bueno. Todo el mundo puede opinar. Siempre estamos con lo mismo, y esto ya lo he dicho más de una vez. Cada uno es dueño de opinar lo que quiera, pero no todas las opiniones son igual de respetables y además cada uno se retrata con sus opiniones. Quiero decir que todos somos libres de opinar y de manifestar con nuestras opiniones nuestro conocimiento, nuestra sensibilidad, nuestro fanatismo (exacerbado en el caso de los arquitectos). 
En ese sentido le dije:


¿Por qué esos dos artistas sí son incontestables? Os recuerdo que el pintor fue detestado por casi todos durante unos años y al escritor le devolvieron el manuscrito de su obra maestra. Alguien, en varios (muchos) momentos, dijo de cada uno de ellos: "Qué ESPANTO". Sin embargo ya nos hemos acostumbrado a admirarlos y a no poner sus obras en entredicho; ni siquiera las menos buenas.
Pero los arquitectos aún no han alcanzado ese grado de benevolencia ni de comprensión por parte de la gente: Ellos se limitan a hacer un horno de pan.

domingo, 18 de junio de 2017

Comentarios

Tengo ya el vicio de mirar este blog varias veces al día por si hay algún nuevo comentario. En general sois parcos o tímidos, o es que para dejar algún comentario se os piden demasiados datos y molestias y os da pereza.
El caso es que, salvo en algunas entradas muy "calientes", no suele haber demasiados comentarios. Pero, eso sí, los que hacéis suelen ser muy cariñosos y a veces hasta elogiosos. Así que me hincho como un pavo.

A menudo ocurre que cuando alguien está de acuerdo con el contenido de una entrada no se suele tomar la molestia de hacer un comentario. ¿Para qué? ¿Para decir que muy bien, que vale? Sin embargo, cuando se está en desacuerdo, y no digamos cuando la entrada le llega a indignar a uno, sí que salva todos los laberintos y tropezones que le impone el blog (los he dejado en lo mínimo posible) para hacer constar su disconformidad.

Hace dos entradas me eché al monte a hablar de un personaje muy difícil: Juan Navarro Baldeweg. Me superó. No fui capaz de decir nada interesante de él. Se me escurrió entre los dedos (como suele hacer, el cabrito) y me dejó sin nada. Mi blablablá no pudo ser más vacío ni más torpe. Esa entrada merecía comentarios acerbos, sin duda. Pero creo que no se merecía los que recibió. Porque los comentarios que tiene hasta este momento(1) no critican mi pobreza analítica y expositiva, sino el arte de Juan Navarro y la pintura y la arquitectura contemporáneas en general. Benditoseadiós.

 

A estas alturas esos argumentos. Otra vez.
Se le quitan a uno las ganas de seguir.
(Me estaban esperando desde lo de Adriansens).
Menos mal que por las redes sociales -y los más íntimos cara a cara- me hacéis comentarios y críticas de otro tipo.
¿Cómo se puede seguir alimentando, a estas alturas, ese desprecio a todo lo que supone la modernidad, la contemporaneidad? ¿Cómo se puede, para reforzar esa postura, hacer dos bandos no basados en la calidad ni en la profundidad programática, sino en la mera percepción superficial y anecdótica?

A estas alturas. Vamos, por favor.
En algún comentario detecto una sana ironía. O a lo mejor me la imagino yo, que ya no sé ni qué pensar.

sábado, 4 de marzo de 2017

Necio chinchorrero

No quiero escribir esta entrada. No quiero reaccionar airadamente cada vez que un tonto del haba se mete con la arquitectura y con los arquitectos porque sí, sin dar una razón, sin un fundamento, sin conocimiento de causa. No quiero darle a esa gente boba y autocomplaciente una importancia que no tiene. No quiero ensuciar este blog con mi cabreo y mi desprecio.
Pero es que hacen mucho daño. Es que es un bombardeo continuo desde la tele y desde la radio, una gota malaya inmisericorde. Es que es el insulto gratuito y constante sin que nadie haga nada por frenarlo, y calando un día tras otro en la opinión pública.
Es un lugar común: Nadie lo niega, ni siquiera la gente supuestamente culta. (Esos menos que nadie). Una panda de opinadores indocumentados, bobos y chinchorreros dicen que la arquitectura moderna es una desgracia para la humanidad y que los arquitectos somos los enemigos. Y nadie les calla la boca, nadie les pide que se retracten, que pidan perdón. Es una ofensa gratuita y estúpida, sin el menor fundamento ni la menor base, y que sigue cundiendo.
Uno de estos personajillos patéticos que aletean y cacarean con estas falacias es un tal Adriansens, que se tiene por artista, por hombre muy culto y sensible, que no sabe nada de nada más allá de tres datos inanes y de tres nombres alemanes del siglo diecisiete o dieciocho, que babea sus orgasmos stendhalianos y jadea sus suspiritos y sus exabruptos escupiendo alabanzas a los castillos del Loira y a los orinales del Rey Sol mientras despotrica contra todo lo moderno. Habla con rotundidad, con exaltación, con cabreo, y loa sus bibelots y sus chuminadas grasientas a toda hora. Ah, y además pinta.

Cosita de Adriansens

Ayer, en el programa de radio Julia en la Onda, que dirige Julia Otero en Onda Cero, este mamarracho se ha permitido eructar que no puede perdonar a los arquitectos modernos porque han afeado el mundo. Y nadie le ha mandado callar. Ni siquiera nadie ha mediado o ha intentado terciar, matizar nada. Así, tal cual: Los arquitectos modernos no merecen perdón porque han afeado el mundo.
¿Pero por qué nos tiene usted que perdonar? ¿De qué? ¿Pero quién se ha creído usted que es?
Imaginaos que alguien hiciera una afirmación tan genérica sobre los médicos, los charcuteros o los taxidermistas. Tal vez alguien se sintiera molesto y le pidiera que matizara algo, que puntualizara algún detalle o suavizara alguna expresión. Pero con los arquitectos no hay matices. No pasa nada. Somos el pimpampum, los enemigos de la humanidad.
El otro día un eurodiputado polaco ha dicho que las mujeres deben cobrar menos que los hombres porque son más bajitas y más tontas y se ha liado buena, con toda la razón. Si hubiera dicho que los arquitectos debemos cobrar aún menos de lo que cobramos porque somos la pura maldad nadie se habría sentido molesto.

Cosita de Adriansens

Por otra parte, este odiador de la arquitectura moderna (y de la arquitectura en general, pues diga lo que diga no entiende ni sabe nada de arquitectura, ni le interesa lo arquitectónico) va a Florencia o a Venecia y se despiporra. Le da un stendhalazo que se cae al suelo. Levita y palmotea, y se le cae la baba. Pero habría que haberlo visto allí, en la Florencia del quattrocento, cuando el moderno Brunelleschi se lio la manta a la cabeza y acometió aquella tremenda barbaridad del cupulón.

Cosita de Adriansens

martes, 7 de febrero de 2017

La culpa de todo

Hace unas semanas mi hijo Diego, usuario cotidiano de los trenes de cercanías de Madrid, me dijo:
-Papá, a la entrada de Atocha hay una pintada buenísima. Dice: "La culpa de todo es de Le Corbusier"
-¿De verdad? ¿Así, sin más? ¡Qué bueno! ¡Quiero foto!
-No me ha dado tiempo. Ha sido un momento. Un día de estos te la hago.
Y ayer me mandó estas tres:




Es, como veis, una pintada muy pulcra y discreta. Nada de estridencias. Da la sensación de ser una queja sentida, resignada y muy cívica (dentro de lo que es hacer pintadas en la propiedad y el espacio públicos, que supongo que también entraña en sí mismo algún tipo de civismo).
Ni que decir tiene que me faltó tiempo para colgar la primera imagen en Facebook y en Twitter.
El éxito ha superado cualquier previsión. Me ha desbordado.
En Twitter, en un solo día, esta foto ha sido "favoriteada" más de mil novecientas veces, ha sido retuiteada más de mil trescientas y ha tenido cuarenta y un comentarios. Y sigue: No hacen más que llegarme notificaciones.


Los comentarios han sido, en general, de lo más divertido. La verdad es que la pintada es buenísima y se presta a ello. Y la gente que comenta es muy ingeniosa.
Pero, como suele pasar, siempre hay más haters que lovers, y entre los primeros, tras los divertidos, sutiles y complejos, vienen los más simples y directos, hasta que uno, por fin, ha hecho un comentario con solo dos palabras: "HIJO PUTA". (Supongo que dedicadas al Corbu, aunque también podrían ir destinadas al autor de la pintada o a mí. Esto nunca se sabe).

Creo que merece la pena decir un par de cosas. (Siempre merece la pena decir un par de cosas sobre el tema que sea).
Todo apunta a que el autor de la pintada padece alguno de los barrios del extrarradio de Madrid, y soporta diariamente el follón de los transportes públicos, con varios transbordos, con el tiempo justo, con líos de todo tipo. Vive en uno de esos barrios que siguen un modelo propugnado y propiciado por Le Corbusier (entre muchos otros) que prometía espacio, sol, ventilación, vegetación y que en realidad han quedado en algo mucho menos atractivo, y donde además hay un complejo y problemático tejido social, una patente falta de servicios públicos, etcétera. (Aunque también hay que decir que en las últimas décadas todo eso ha mejorado bastante. Es verdad).
Hay que decir que Le Corbusier fue un talento plástico de primera, uno de los grandes genios de la humanidad. Pero también hay que reconocer que no tenía ni la formación ni el conocimiento suficientes como para hacer propuestas urbanísticas serias. Tenía brillantes intuiciones, y las sabía exponer con elocuencia. Y era un gran publicista de estas ideas, por lo que consiguió que le hicieran algunos encargos gigantescos y disparatados.

Los edificios de Le Corbusier: sol, ventilación, vegetación, vistas, planta baja liberada...
Y la ciudad configurada por una trama de estos edificios higiénicos y felices y
 por una zonificación férrea.

Le Corbusier, como también les pasa a muchos políticos, proponía soluciones muy simples para problemas muy complejos. Ese tipo de cosas gusta mucho. No hay más que ver cómo triunfa el populismo y la demagogia. Es muy fácil dar una solución genialoide para resolver de un plumazo el paro, la inmigración, las guerras, el comercio, los precios, las zonas verdes, los espacios de relación social, los transportes públicos o lo que sea. Muy fácil. Una buena campaña publicitaria hace que la gente se crea esos esquemas tan sencillos y elocuentes y el pisto está servido. El follón y la zorrera que se forman pueden ser irreversibles y tener efectos dramáticos.

Vale. De acuerdo: LA CULPA DE TODO ES DE LE CORBUSIER.

sábado, 4 de febrero de 2017

Muy de arquitecto

A Emilio

Mi amigo Emilio me ha contado que una conocida suya, persona de alta formación académica y de amplia cultura, estaba buscando piso en Madrid hace unos años y vio algunos en la zona norte (o tal vez noreste), en uno de los PAUs más destacados, con buenos servicios y bastante calidad.
El barrio, aunque por entonces se estaba formando, ya "apuntaba maneras". Tenía muy buena pinta y mucho nivel. Ella estaba decidida a vivir allí, pero dudaba entre dos o tres promociones de viviendas.
Finalmente se decantó por un piso muy amplio y muy bien ubicado. El precio no era bajo, pero estaba a su alcance y se lo podía permitir.
Todo era estupendo... hasta que vio las infografías del folleto de venta. El piso -eso no hay ni que decirlo- estaba en la primera fase de su construcción y no se podía examinar "en carne y hueso". (Bueno, en hueso ya casi, pero en carne aún no).


Un tanto desconcertada por las imágenes que mostraba el folleto, recurrió a Emilio en busca de consejo.
El piso era magnífico. La distribución no era la típica de pasillo, dormitorio, dormitorio, dormitorio..., sino que el salón daba juego a toda la distribución y propiciaba unas relaciones espaciales -y por lo tanto "habitacionales" e incluso "familiares"- muy fluidas e interesantes. Dos terrazas daban un gran desahogo a los dormitorios y "jugaban" con los ventanales del salón, proporcionando muy buena luz -limpia y tamizada- a las estancias.
Se veía un piso amplio y cómodo. Un "peazo piso" en uno de los barrios nuevos más atractivos de Madrid.
Pero las infografías... Ay, las infografías.
Se las mostró a Emilio y le dijo:
-Lo único que me echa para atrás es que se ve que es un piso "muy de arquitecto".

¿Cómo? ¿Muy de arquitecto? ¿Y eso es malo?

Me han operado hace unos meses y lo último que se me ocurriría decir sería que la operación salió muy bien y que he quedado bastante apañado, pero que -por poner una pega-, en fin... no sé... fue una operación "muy de cirujano".

O que el mítico avión MD-95 de la McDonnell-Douglas (el Boeing 717) es un aparato precioso, magnífico, tiene una autonomía de vuelo extraordinaria, es muy ágil para su gran tamaño... pero que... bueno... cómo decirlo... no termina de gustarme. Lo veo muy de ingeniero aeronáutico.

sábado, 14 de enero de 2017

Y coda

Ayer mismo escribí una entrada en este blog con un tono sarcástico y seguramente más estúpido de lo aconsejable, pero es que, comprendedme, ya estaba cansado de mesarme los cabellos, de indignarme, de rabiar y de gritar. ¿Para qué? ¿Qué más da todo?
El caso es que, como imaginaba, lo que escribí en tono de burla mucha gente lo piensa en serio.
Varios periódicos han dado la noticia de la ignominia, y, como todos ellos en sus ediciones digitales tienen abierta la posibilidad de que cualquier lector pueda opinar, aquello se ha puesto perdidito de opiniones.
Opiniones indignadas porque a los arquitectos nos gusten mierdas como la felizmente derribada y no nos gusten las casas buenas y bonitas de verdad como la que se está terminando de construir. Siempre lo mismo. No basta ya con la ignorancia, sino que hay un cabreo exaltado, un odio a quienes hemos consagrado nuestra vida a la arquitectura, porque actuamos como si conociéramos un arcano que a ellos les estuviera vedado y por ello nos sintiéramos superiores. (Y, por supuesto, no piensan hacer nada por estudiar, por escuchar, por aprender...)
-¡A mí ningún chulo me va a decir lo que está bien y lo que está mal!
Bueno, pues yo voy a osar decir un par de cosas.
Ya he dicho varias veces que todo es opinable, y que todo el mundo tiene derecho a opinar, pero que no todas las opiniones son respetables.
Esto en otros campos se entiende muy bien: Yo, que no sé exactamente por dónde queda el hígado, ni siquiera aproximadamente por dónde el páncreas, ni para qué sirven, puedo criticar la desobstrucción del colédoco que le han hecho a mi tío Recesvinto, puedo hablar -con un palillo entre los dientes- de la disparatada pancreatectomía parcial que le han practicado a mi colega Triboniano y puedo incluso proclamar que lo que tenían que haber hecho ambos era dejarse de médicos y tomar mucho zumo de limón. El zumo de limón es buenísimo. Y la homeopatía.
Pues sí. Pues estas cosas se dicen y ya está. Y no pasa nada. Todos sabemos de todo y todos opinamos de todo.
Lejos de mí pedir, sugerir siquiera, que quien no sepa no opine. Tan sólo opino -opinar es libre, ya digo- que quien opina de algo sin tener ni idea, sin haberse parado a pensar sobre ello, sin tener ninguna referencia ni ningún criterio salvo el de la ciencia infusa, es un bocachancla y un mascachapas. Pero, claro, esto es sólo una opinión mía.

Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, o chorro,
generoso o estafador.
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro
que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los ignorantes nos han igualao.

viernes, 13 de enero de 2017

Brotes verdes

Por fin. Por fin se ven los brotes verdes.
Estábamos todos muy preocupados porque el parque actual de viviendas (muchas de ellas obsoletas) colapsaba y paralizaba la construcción de otras nuevas (más modernas, eficientes y confortables) y ayer toda la profesión se ha visto sacudida por un notición, tal vez anecdótico e incluso insignificante en sí, pero que nos ha dado esperanza y nos ha animado y alegrado a todos.

Una persona con criterio ha heredado esta casa:




¿Será nuestro protagonista ese niño que se asoma a la ventana? 





Una casa de los años 1970s, viejuna, rancia, bajita, con unas ventanas que no coinciden unas con otras (con lo bonito que es eso), una casa que por no tener no tiene ni tejado, una casa que no cumple el CTE, ni el JÓDETE, ni el YAVESTÚ, una casa que tal vez estuviera aceptablemente bien cuando se construyó (que yo creo que ni eso), pero que desde luego ahora estaba desfasada y rancia.

martes, 9 de agosto de 2016

Piso en venta

Que yo sepa, en el mundo hay (al menos) dos porteros infranqueables, imbatibles. No hablo de fútbol. Me refiero al del Chrysler Building, en Nueva York, y al de Torres Blancas, en Madrid. El primero es un hombre de raza negra, de unos dos metros de estatura y unos ciento cincuenta kilos de peso, probablemente un antiguo jugador de la NBA ya algo bajo de forma y un poco pasado de años, pero que mantiene una presencia física temible y una autoridad incuestionable. Te deja mirar el vestíbulo, pero en cuanto te acercas a un ascensor o a una escalera enarca una ceja y te sientes morir.
-Aiam sorri. Aiam an espanis árquitec -te atreves a decir con una sonrisa conejil y con la esperanza de conservar tu integridad física. Pero él te sigue mirando con la ceja enarcada y tú reculas, incluso de rodillas, hasta obtener la calle y huir cobarde y miserablemente de allí.
El segundo es bajito, regordete. Pero que no os engañe su aspecto físico. Es tan temible como el neoyorquino. Has rodeado la torre, la has fotografiado en contrapicado desde todos los ángulos posibles. Has hecho fotos (que tú crees muy originales y elocuentes) de la hierba entre los discos. Y te dispones a entrar. Ves el famoso vestíbulo que dicen que diseñó Sáenz de Oiza cegado por un dolor de muelas, y que por eso sugiere encías hinchadas y muelas doloridas. Haces amago de sacar el móvil o la cámara y entonces salta el portero, desde su mesita del fondo.
Si el del Chrysler era minimalista en su expresión, conceptual, casi miesiano ("menos es más"), este es lópezvazquista, rococó, expresionista.
-¿Dóndevausté? ¡Nosepuedenhacerfotos! ¡Otroarquitecto! ¡Vayaplagadearqui-tectos! ¡Váyase! ¡Alacalle, alacalle! ¡Vaustéalacalle!
Y sales corriendo, de otra forma que en el Chrysler, pero corriendo. Y con el mismo susto en el cuerpo.

El otro día unos amigos hemos estado comentando en twitter la dureza y el pundonor torero de este conserje de Torres Blancas. Hay que reconocer que el probo empleado cumple su trabajo escrupulosamente, y cierra cualquier vía de acceso a las decenas y decenas de mirones que nos acercamos todos los días hasta allí para turbar la paz de los habitantes del inmueble. Sí; hay que reconocer que somos muy molestos y que el portero hace lo que debe y lo hace estupendamente bien.

Comentando las dificultades que este concienzudo señor pone a cualquier intento de visita, uno de los amigos nos enlazó un anuncio en idealista.com de venta de uno de los pisos: Podíamos acercarnos a preguntar por esa vivienda, y así nos la enseñaría y de paso veríamos todo lo demás.
Buena idea. Pero, naturalmente, la conversación y el interés derivaron desde esa posible visita al anuncio en sí.
A nosotros, estúpidos viciosos de la arquitectura, la venta de un piso en Torres Blancas se nos antoja más o menos como la venta del Santo Grial. Pero no pensamos que para cualquier otra persona no deja de ser la venta de un piso. Sin más.
Aprovechando la coyuntura nos asomamos a la intimidad de una familia que ha vivido durante bastantes años (se supone) en lo que para nosotros es un templo. Y nos sorprende que para ellos haya sido su hogar. Nada más. Y nada menos.
El vendedor muestra fotos de su piso. Y nos sorprenden. Pero mucho:


¿Ese estampado de los sillones? ¿Esos cuadros? ¿Esa lámpara? ¿Esa mesita de mármol con las patas de madera arqueadas y terminadas en garras? ¿Ese terciopelo del sofá?

lunes, 16 de mayo de 2016

Pabellón de Barcelona: El no ya lo tienes

El otro día Jaume Prat, autor del blog Arquitectura entre otras soluciones, Rodrigo Almonacid, autor del blog de r-arquitectura y yo nos pusimos a charlar en Facebook sobre el mítico pabellón de Barcelona. No tengo ni que decir que me resulta siempre estimulante charlar con estos dos compañeros. Pero es que esta vez fuimos algo más lejos y nos emplazamos a escribir un artículo cada uno y publicarlos simultáneamente, cada uno en su blog. De manera que, para mi gozo y orgullo, el artículo que sigue está ligado o emparentado a los de Jaume (aquí) y Rodrigo (aquí).


Cuando Lola Flores actuó en el Madison Square Garden de Nueva York el crítico del New York Times escribió: “Lola Flores no sabe cantar, no sabe bailar, pero no se la pierdan”.
Pues algo así me pasa con el famoso, mítico, venerable pabellón de Alemania que diseñó Mies van der Rohe para la Exposición Universal de Barcelona de 1929, una de las piezas clave de la historia de la arquitectura moderna: “No es un pabellón, no es arquitectura, pero no se lo pierdan”.


Porque todo eso que no es, todas las cualidades que no tiene, todas esas negaciones son en definitiva argumentos para una afirmación ulterior.
No es un pabellón de una Exposición Universal porque no expone nada. Alemania montó en aquella Expo otro pabellón "convencional" para exponer cosas. Este era otra historia: un mero “sitio” (¿sitio?) para recibir al rey de España y para tenerlo allí un rato, incluso para que se sentara (de ahí la no menos famosísima silla Barcelona, concebida como un trono, uno de los tronos más irreverentes de la historia, en el que, por cierto, el rey no llegó a sentarse), sin el agobio de los cachivaches que se exponían en el pabellón-pabellón, en el pabellón de verdad.


Tampoco era “arquitectura” en el sentido de un recinto “cerrado”, acotado, con una función utilitaria clara. Era arquitectura en el sentido de espacio, de espacio configurado con elementos construidos. Eso sí. Pero el espacio resultante era abierto, inacotado, sutil, variable, dinámico. No era un espacio confinado. No era el interior de una caja, como solía ser lo normal. No era un espacio cartesiano (x, y, z). No; no era un “espacio”. No era “ese tipo de espacio”.
Los elementos constructivos eran la luz, el brillo, el reflejo y la transparencia.
La percepción de todo aquello era laberíntica y confusa, con recorridos laterales y soslayados.


El rey no debió de enterarse de nada. Acostumbrado a la arquitectura áulica, ese paseo que le dieron por esa construcción “inacabada” y “fría” debió de parecerle muy desagradable.




Su autor, ese “arquitecto” tan raro y tan frío, era un fervoroso lector de Oswald Spengler. Por aquella época tenía La decadencia de occidente subrayadísima y con muchas notas en los márgenes. Spengler tenía una visión muy pesimista del tiempo actual, en una cultura ya agotada, que había dejado de serlo hacía ya mucho tiempo para convertirse en civilización, y que había perdido ya la oportunidad de tener un gran arte que le diera voz. También decía Spengler que lo trágico es el tiempo, nunca el espacio.