Mostrando entradas con la etiqueta Jean Prouvé. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jean Prouvé. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de octubre de 2023

a Ronchamp

 (Continuación de "No te mueras" y "sin ir")


Por fin marchamos hacia Ronchamp. El día seguía lluvioso, como los anteriores, pero de vez en cuando amainaba. Además, una vez pasada la frontera en Basilea parecía que definitivamente nos íbamos a salvar. De vez en cuando tenía que dar los limpiaparabrisas del coche, pero a poca velocidad y poco tiempo.

El viaje no tuvo nada digno de mención (excepto mi ininterrumpida sensación de que llevaba a mi familia a lo que iba a ser una epifanía para mí y un día incluso fastidioso para ella. Pero la suerte ya estaba echada y a lo hecho pecho).

Los últimos kilómetros los había hecho virtualmente unas cuantas veces con el Google Maps, y cuando los rótulos de carretera anunciaron el pueblo de Ronchamp iba anticipando a mis acompañantes algunas de las cosas que íbamos a ver.

-Un poco más adelante, a nuestra derecha, hay un arco y de ahí nace la carreterita que sube a la capilla, que queda bastante cerca del pueblo, a pocos kilómetros. ¡Mirad! ¡Ese es el arco!

Por supuesto que la ruta a la capilla estaba bien señalizada y no había pérdida. No sé si irá mucha gente a Ronchamp a ver otra cosa. Desde ese arco comenzamos la suave subida y yo iba ya en un estado de nervios, agitación, expectación y entusiasmo que preocuparían a cualquier cardiólogo. "A Ronchamp", "a Ronchamp", "a Ronchamp".

viernes, 2 de julio de 2021

¿Ver o ser visto?

A Carlos Irisarri, por su observación


Hace unas semanas, un grupo de amigos (Miguel Barahona, José María Echarte, María Fernández, David García-Asenjo, Carlos Irisarri y yo)(1) fuimos invitados por Amparo Martínez Vidal, de Vitra, a ver el showroom de la empresa en Madrid (debo mencionar en otra ocasión el "juego de las sillas" que hicimos allí) y luego a una visita guiada y privada a la exposición de Jean Prouvé en el CaixaForum (también debería comentarla: Se me amontona el trabajo. Pero hoy voy directamente al final).

Tras ver la exposición nos invitaron a la cafetería de la planta alta. La celosía de acero corten matizaba la luz de la tarde y yo me encontraba muy a gusto.

Pero Carlos Irisarri me hizo observar una cosa en la que yo no había reparado ninguna de las veces que había estado allí.

-Fíjate dónde estamos: En pleno Paseo del Prado, justo enfrente del Jardín Botánico. Las vistas desde esta cafetería serían una delicia si Herzog y De Meuron hubieran tenido a bien no impedírnoslas.

Es cierto. El ambiente en la cafetería es agradable, con la luz tamizada por la celosía, y consigue el efecto de que te sientas allí aislado. Eso está bien para que charles tranquilo con tus amigos y el exterior no te perturbe. Pero, jolines: Es que es uno de los exteriores más hermosos de Madrid y es imposible verlo. Imaginaos desde lo alto, tranquilos, tomando una cerveza con el Jardín Botánico a vuestros pies. Menudo espectáculo. Pues no: Se nos niega para que no salgamos mentalmente de ese acogedor nido.

(Estamos tan a gusto en el paraíso que no se nos permite ninguna perturbación del mundo vil y mortal).

El proyecto del CaixaForum es impresionante. Además cede a la ciudad la plaza de su emplazamiento y regala buena parte de la planta de acceso, puesto que deja en el aire el edificio para que paseemos por debajo. ¿Pero todo eso es verdaderamente un gesto cívico o mero alarde y chulería?

Para empezar, las naves de ladrillo estaban protegidas y la actuación debía conservarlas. Los suizos le dieron la vuelta al planteamiento y las conservaron cargándoselas. (No sé qué grado de protección tendrían. Desde luego integral no puede ser, pero es que ni siquiera ambiental o tipológico, puesto que el CaixaForum rompió cualquier vínculo que pudieran tener con el entorno y con la historia). Es cierto que tampoco eran una naves notorias y el CaixaForum sí lo es, y creo que es mejor edificio que lo que había, pero en todo caso eso no es conservar.