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jueves, 21 de mayo de 2026

El premio

A finales de febrero o principios de marzo de este año leí la convocatoria de los Premios de Arquitectura y Urbanismo de Castilla La Mancha 24-25, que convoca el COACM. Era la tercera edición. Habitualmente estas cosas me entran en la bandeja del correo electrónico, o aparecen en las redes, o las comenta alguien, y yo las veo como las vacas ven pasar los trenes: sin fijarme.

Ya estoy más que acostumbrado a ser un arquitecto del montón, cutre y completamente ajeno a estos oropeles. Sí que miro siempre a posteriori la lista de premiados, porque tengo bastantes amigos muy buenos y a menudo ganadores, y disfruto viendo sus éxitos y felicitándoles.

Sin embargo esta vez se me encendió una lucecita: como arquitecto diseñador-constructor, rehabilitador y/o todolodemás soy un desastre, pero en la categoría de "Difusión de la Arquitectura" igual podría presentar este blog, a ver qué pasaba.

miércoles, 16 de octubre de 2024

Desde la puerta

Con motivo del Mes de la Arquitectura me llamó el secretario de la Demarcación de Toledo (mi demarcación) del Colegio Oficial de Arquitectos de Castilla-La Mancha (mi colegio) para preguntarme si estaría dispuesto a dar una charla. "Por supuesto", le contesté. A bote pronto no tengo ningún pudor. Luego lo pienso y me pregunto qué voy a decir, qué puedo contar que interese. Pero ya es tarde: ya he dicho que sí.

En seguida (a los dos o tres días) me pidió el título para irlo anunciando, y le solté: "Una mirada desde la puerta de salida", pensando vagamente en que podía contar cómo veo la evolución de la profesión en estos treinta y nueve años que llevo colegiado, y cómo la dejo.

Bien. Estupendo. Se le dio la conveniente difusión y finalmente llegó el día: ayer, 15 de octubre, a las 18:00 h.

Con lo del visado digital hacía mucho tiempo que no iba a la sede. (La verdad es que a los de la provincia nos ha evitado un montón de viajes). Me sentí raro, como un turista. Hice fotos.

domingo, 16 de febrero de 2020

Planos de arquitectura

Veo que en muchos proyectos de arquitectura los planos se separan por temas, y eso me parece muy bien. Lo que me parece fatal es que una de esas series de planos se llame "arquitectura".


Llevamos toda la vida sosteniendo que la arquitectura es un todo orgánico y que está constituida por la confluencia de las técnicas y destrezas más variadas: estructura, fontanería, climatización... Todo es arquitectura. O, mejor dicho, la arquitectura es el resultado de todo ello. Y así nos lo enseñan en las escuelas, en las que se nos da un alto nivel, muy exigente, en todas esas competencias.

Pues bien: Ahora resulta que nosotros mismos decimos que "arquitectura" son solo las plantas, las secciones y los alzados, y solo si no portan ninguna información "técnica".

Vaya una mierda. Nosotros mismos estamos diciendo que la arquitectura es solo la fruslería, el oropel y la martingala. Y luego nos queremos hacer respetar. Así nos va.

jueves, 7 de febrero de 2019

La tontería

A un cliente mío le han pedido una fotocopia del certificado final de una obra que hemos terminado hace poco.
Naturalmente, se la he hecho de mil amores (José Ramón Hernández: Un admirador, un amigo, un esclavo, un sierrrvo; estaría bueno; para eso estamos), pero, para mi sorpresa, ha quedado así:


A la izquierda podéis ver un fragmento del certificado original, y a la derecha su fotocopia. ¿Qué ha pasado? Pues que en esta ha desaparecido el sello de visado del colegio de arquitectos.

Qué error, ¿no? Valla(*) fallo.

Soy muy tolerante con los errores -con los de los demás más que con los míos-, y si esto se hubiera debido sencillamente a una mala elección del color de la tinta por un descuido, y porque no se puede estar en todo, pues venga, vale, no pasa nada. Se aprende del error y se corrige. Pero no: Se ha debido a que somos siempre sublimes, refitoleros, exquisitos, y estas cosas sí que me sacan de quicio. Se trata, una vez más, de un inconveniente debido a nuestra proverbial tontería. Sí: Los arquitectos tenemos una tontería encima...

viernes, 13 de abril de 2018

Gracias, Madrid

A David García-Asenjo y a Chema,
que me han proporcionado las
imágenes que ilustran esta entrada.

La revista Arquitectura, del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, cumple cien años. La exposición que se está haciendo durante estos días muestra las diversas orientaciones que ha tenido esta publicación tan prestigiosa a lo largo de su siglo de vida y, con ello, muestra también la historia de la arquitectura no solo madrileña, sino española e incluso mundial.

Es una revista muy importante. Quienes tenemos una cierta edad hemos conocido ya varias etapas con varios equipos directores, siempre en un muy alto nivel. La revista es un referente no solo dentro de su ámbito colegial (la provincia de Madrid).

Pero, aparte de su clara vocación cultural, vanguardista, de debate, etc., es (o debería ser) una revista profesional. Y digo "profesional", si queréis, incluso en la acepción más cutre y rutinaria del término.

Porque no debemos perder de vista una cosa: La profesión de arquitecto (al menos en su forma clásica de profesional liberal) ha de ejercerse obligatoriamente bajo colegiación. El colegio de arquitectos es nuestro garante, nuestra fuerza, nuestra defensa, pero también es nuestro chulo.
Un buen chulo le defiende a uno, le ayuda a cobrar, le protege, pero uno malo te saca los cuartos y te deja tirado. Esto da para otra entrada. Hoy no toca.

A lo que quería ir es que el arquitecto debe colegiarse a la fuerza, y el colegiado madrileño con su cuota obligatoria está pagando también su suscripción a la revista Arquitectura. Esta revista trata al arquitecto como al artista de vanguardia que se supone que es y le estimula con propuestas superferolíticas. Eso está bien: Ser arquitecto es algo más que dedicarse a sobrevivir ejerciendo una profesión cada vez más evanescente y zurrada. Ser arquitecto es rozar el cielo (o algo así: yo ya no sé). Y la revista no va a dedicarse a cosas triviales como de revista de colegio profesional. Qué risa: como esas revistas de colegios anodinos de profesionales más anodinos aún que te hablan de cómo hacer la declaración de la renta, y de normativa, y te dan noticias técnicas, de materiales, etcétera.

No, no. La cojorrevista del cojocolegio madrileño te dice cosas como estas:

Clicad si tenéis lo que hay que tener y lo veréis más grande

El arquitecto madrileño que paga religiosamente sus cuotas y que está más que preocupado porque ya no sabe cuánto pedir por una ITE o por un CEE porque no se come una rosca recibe periódicamente en su casa este estupendismo obsceno.




Un diseño muy al desgaire, muy de cuidadoso descuido, muy avanzado. Es que somos arquitectos, coño. A ver si vamos a querer parecer yo qué sé: gente sensata y aburrida.

Vale: El diseño es incómodo. Está hecho para ser ilegible. No lo vamos a poner cómodo ni asequible, coño, que somos arquitectos.
Sí, el diseño es duro. Muy duro. Pero al fin y al cabo eso es solo la apariencia. Lo que importa es el contenido, el fondo. Lo que importa son las ideas. Así que tomad un botón de muestra:


Ah. Esto ya es otra cosa. ¿Lo habéis leído? Pues leedlo otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Y otra.
¿Ya os habéis empapado? Pues insistamos. Os lo transcribo. Leedlo otra vez:

Los diferentes estados de la energía no prejuician cualidades arquitectónicas, la construcción es deudora de un tipo, la creativa de otro. Un estado, una acción o una disposición son oportunidades de experimentación que determinan presencias o apariencias.

Yo confieso que lo he leído diecisiete veces, y aparte de errores léxicos, de concordancias y de puntuación (o a lo mejor precisamente por eso) no sé lo que pone.

A lo mejor es que no lo leo bien. Voy a probar otra vez.

LOS DIFERENTES ESTADOS DE LA ENERGÍA NO PREJUICIAN CUALIDADES ARQUITECTÓNICAS, LA CONSTRUCCIÓN ES DEUDORA DE UN TIPO, LA CREATIVA DE OTRO. UN ESTADO, UNA ACCIÓN O UNA DISPOSICIÓN SON OPORTUNIDADES DE EXPERIMENTACIÓN QUE DETERMINAN PRESENCIAS O APARIENCIAS.


martes, 1 de agosto de 2017

Top Secret

No me explico el motivo, pero este blog es leído por gente de bastantes países, lo que me llena de satisfacción. Gracias a eso he conocido a compañeros de todo el mundo, que me mandan correos y comentarios. En general son cosas simpáticas, pero últimamente he recibido un testimonio sobrecogedor. No me llega la camisa al cuerpo, pero, no me preguntéis por qué, lo voy a compartir aquí con vosotros.
No revelaré la identidad del arquitecto que me cuenta su experiencia, ni tampoco su nacionalidad. Ya digo que me lee gente de muchos países. Pero la mayor parte de mis lectores son españoles y sé que no van a entender la historia que sigue porque todo eso que nuestro confidente nos cuenta es inconcebible para un español. A mí al menos me ha resultado incomprensible, pero estoy convencido de que es cierto.
Como también sé que varios servicios de inteligencia leen y analizan este blog, he "traducido" a mi forma de hablar lo que dice mi interlocutor para que no se note su nacionalidad, y también, por la misma razón, he cambiado los nombres de organismos, asociaciones, disposiciones legales, etcétera, inventándome otros similares. Todo esto es Top Secret y he de ser prudente.
Hecho esto, disfrazada así su voz, le dejo ya a él la palabra:


Primera parte: El problema

Soy arquitecto desde hace muchos años, a veces pienso que demasiados. No hago grandes edificios. Casi todo lo que he hecho en mi vida han sido viviendas individuales en pueblos, y es de este tipo de proyectos de los que puedo hablar. Cuando yo empezaba a trabajar uno de estos tenía del orden de quince planos y cincuenta páginas, escritas entonces con máquina de escribir en lo que podría ser un tipo doce y a doble espacio. El proyecto explicaba todo lo que tenía que explicar y las casas se construían siguiéndolo sin mayores problemas.
Pero poco a poco en mi país fue creciendo el afán normativo, y se fueron añadiendo cada vez más disposiciones y obligaciones que el arquitecto tenía que reflejar y satisfacer en su proyecto.
Por ejemplo, una comisión decidió que no se podían tolerar tantos accidentes laborales en las obras de construcción y salió una ley exigiendo que los proyectos estudiaran las medidas de seguridad a implantar en la obra. Algo bastante sensato. Pero acto seguido se siguió legislando sobre el asunto y engordándolo y complicándolo hasta tener que rellenar tal cantidad de datos, cada vez más innecesarios y confusos, y adjuntar tal cantidad de gráficos, diagramas y tablas que ya solo eso exige más trabajo que proyectar el edificio. Es tan laborioso y embarullado que lo importante queda difuminado por lo accesorio y el documento no resulta útil. Acaban siendo unas colecciones de plantillas tipo que se rellenan sin más y se adjuntan al proyecto. Y todo va muy bien siempre y cuando no haya un accidente.
Después hubo que calcular cuántos cascotes se iban a producir en la obra, y estimar cómo deshacerse de ellos. También hubo que suministrar un manual de control de calidad de materiales y equipos, un manual de instrucciones del edificio, un manual de mantenimiento, un manual de comportamiento ante situaciones de emergencia (este último es muy gracioso: si tu casa se está quemando te pones a buscar el proyecto por los cajones, finalmente lo encuentras, hojeas frenéticamente sus cientos de páginas hasta que das con el manual de emergencia, allí buscas el subcapítulo de incendio, y finalmente lees que tienes que salir pitando sin demora).
Y a todo esto se seguían y se siguen aprobando y modificando normas constantemente.
Entre leyes, normas, disposiciones, órdenes, premáticas, decretos, proclamas y planes y entre nacionales, estatales, comarcales, provinciales, municipales y zonales puede haber unos mil doscientos textos legales que incidan sobre un proyecto cualquiera de arquitectura, y cada uno de ellos tiene una media de sesenta y tres artículos o puntos, con lo que un arquitecto ha de conocer y aplicar unas setenta y cinco mil seiscientas gilipolleces que no son estrictamente de su profesión (quiero decir que se las tiene que saber además de saber calcular una estructura, por ejemplo). Y hay que decir que, como es obvio, muchas de ellas se contradicen.


jueves, 1 de diciembre de 2016

Platero

¡Uno, dos y tres!
¡Por David García-Asenjo Llana,
por todos mis compañeros
y por mí el primero!
(Del juego del escondite)


Estoy muy enfadado, mucho más que el otro día con el lector anónimo que dejó el comentario que os conté. Y estoy tan enfadado porque voy a tener que darle la razón al final.
(Con la de apoyos vuestros que tuve y lo arropado que me sentí y resulta que no, que no tenemos razón. Quien la tiene es ese anónimo).

El Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM) está en proceso de elaboración (e inminente aprobación) de sus nuevos estatutos, y uno de los miembros de la Junta de Representantes, arquitecto de cierto renombre y alguna responsabilidad institucional, escribe a dos manos con otra compañera esta ¿carta?, ¿invectiva?, ¿queja?, ¿propuesta?, ¿qué?
¿Apoyan a la Junta de Gobierno del COAM? ¿La critican? ¿Critican a las voces críticas?
¿Qué coño quieren decir?

(Clica si te atreves y lo verás más grande)

¿Qué hacen los autores? ¿Qué mensaje quieren comunicar? No tengo la menor idea.
Lo único que constato, una vez más, es que los arquitectos somos los más estupendos del mundo, los más exquisitos. Ya no es que meemos colonia, es que no meamos: osmotizamos néctar y ambrosía formando un cuerpo místico delicuescente.
¿Me quejé el otro día de que me llamaran gilipollas? Poco me llamaron. Soy un megagilipollas. Acabo de aceptar un proyectito de reforma de escalera en un chalet, con unos honorarios ridículos, y el colegio me cobra más cuota de la que esperaba, dejándome con el culo al aire. La cuota del seguro me parece excesiva y constato, una vez más, que me he equivocado en mis cálculos y que si todo me sale bien y a la primera, y en la obra todo se da sin el más mínimo problema igual hasta me quedan ciento cincuenta euros limpios. Culpa mía, por supuesto. No culpo a nadie.
Pero tengo un colegio que me sube y me sube las cuotas y que cada vez me da menos, y que inventa constantemente conceptos nuevos, cosas no incluidas que hay que pagar aparte, y mientras tanto publica estas cosas para... ¿Para qué? Para volvernos locos. Para desafectarnos completamente de todo el aparato. Para asquearnos del todo y para echarnos al monte.

jueves, 14 de abril de 2016

¡No me atraparéis vivo!

Dedicado al hijo de mi amigo virtual David
García-Asenjo Llana, que le dijo a su padre
que los arquitectos no hacemos casas, sino
los libros de instrucciones para montarlas.

Hace unos meses (tal vez un año) tuve la oportunidad de examinar un proyecto de una nave redactado por un ingeniero técnico industrial. Era una carpetilla de muy poco volumen. Hacia el final de la escueta memoria decía:

JUSTIFICACIÓN DEL CUMPLIMIENTO DEL CTE.
Este proyecto cumple el Código Técnico de la Edificación.

Me quedé boquiabierto. (A los arquitectos esa justificación nos ocupa unas cuantas decenas de páginas). Durante cinco segundos pensé: "Hay que ver qué cara dura tiene este tío". Pero justo al sexto segundo, cuando pude cerrar las mandíbulas y tragar saliva dije en voz alta y trémula: "¡Maehtro!"
Esa mente preclara tenía toda la razón: "¿Que si cumplo el Código Técnico? Pues claro que lo cumplo. Dime tú que no. Píllame en un renuncio si puedes. Atrápame, listo".
Exacto. Todos tendríamos que hacer lo mismo: encastillarnos, defender nuestro bastión y decirles a ellos: "¡No me atraparéis vivo!"

En mi trabajo tengo que cumplir las normas. Hasta eso es más que discutible, pero vale, sí, de acuerdo. Pero es que además tengo que emplear un gran esfuerzo no sólo en decir que las cumplo, sino en convencer a todos de que de verdad las cumplo.
Aparte de ello, tengo que poner en mis proyectos un listado de normas que cumplo. Es un listado que en tipo 6 ocupa unas ocho páginas.
Supongo que un dentista tendrá que usar un anestésico y un composite que no sean radiactivos ni tóxicos, ni en cuya elaboración se haya torturado de ninguna manera a ninguna foca ártica, pero cuando termina de empastarme una muela no me da un dossier de ciento doce páginas justificándolo. No. Es su profesionalidad y su responsabilidad. Se supone que cumple las normas, y que si alguien le pilla en un renuncio se le caerá el pelo. Pero, mientras tanto, trabaja con libertad, decide qué hacer y lo hace como cree que debe.
Los taxistas tampoco nos dan un folleto explicando cuánto consume su coche, ni qué emisiones produce, ni con qué tipo de caucho se han fabricado sus ruedas.
¿Entonces por qué nuestros proyectos contienen aproximadamente un 30% de proyecto y un 70% de papeleo justificativo?
¿Por qué esa obsesión en que nuestros proyectos contengan, además del propio proyecto, una enciclopedia de la construcción, un tratado de normativa, un cursillo de energía solar, un manual de primeros auxilios y kilos y más kilos de papel y de megabits?


Pero lo peor, lo que me sigue pareciendo más ridículo de todo ello, es que nosotros tengamos que ser nuestros propios policías y nuestros propios delatores.
Me parece tan ridículo como cuando viajas a los Estados Unidos de América y te preguntan amablemente si llevas la aviesa intención de atentar contra el presidente de la nación. Venga ya; si esa es mi intención no os lo pienso decir. Pilladme. No me atraparéis vivo.

Tenemos que gastar cientos de páginas explicando que cumplimos normas y más normas y más normas. Pero es que en cualquier caso nosotros pagaremos por todo. Es nuestra responsabilidad. Así que qué importa la justificación. Debemos hacer las cosas bien, pero no perder el tiempo ni la energía explicando que las hemos hecho bien y cómo las hemos hecho de bien.
¿Y si no lo justificamos qué más da? Si la obra acaba bien y a lo largo de su vida se mantiene satisfactoriamente, a nadie le importará todo ese blablabla. Y si finalmente la obra tiene algún problema (una humedad, una grieta, un desperfecto de cualquier clase, un usuario que se ha caído por el hueco de la escalera...) vamos de cabeza al hoyo hayamos dicho lo que hayamos dicho en el proyecto. ¿Entonces qué más da lo que digamos?
-Señoría: En el proyecto se dice claramente que la impermeabilización del muro de sótano...
-¿Pero entra el agua?
-Bueno, sí; un poquito. Pero mire cuántas páginas empleé en explicar por qué no debía entrar.
Ya podremos haber escrito la biblia, que si al edificio le pasa algo es nuestra responsabilidad y pagaremos por ello.
(Ojo: No digo que no debamos hacer las cosas bien. Digo que no deberíamos perder el tiempo en explicar lo bien que las hemos hecho).

viernes, 12 de octubre de 2012

En medio del desastre

El próximo lunes 22 de octubre, entre las seis y las nueve de la tarde-noche, se celebra un acto en la Demarcación de Toledo del COACM. Se titula Arquitectos 30-30 e intervengo yo, con otros compañeros.
Sí. Es ya una tradición en Toledo que jóvenes arquitectos cuenten sus experiencias. Lo de 30-30 en principio quería decir que arquitectos de hasta 30 años hablaran durante 30 minutos. A pesar de todo, parece ser que lo de la edad no es imprescindible, y me han dejado entrar. Por otra parte los logos ya estaban hechos y además "Arquitectos 52-30" no quedaba bien. Así que paso como joven arquitecto, ya veis. Me estoy tiñendo el pelo y poniéndome botox, pero lo mejor va a ser que se presente mi hijo Diego por mí. Tenemos diez días para ensayar la charla.
Se trata de hablar, ya sea para mostrar alguna obra reciente o, sobre todo en estos tiempos, contar experiencias alternativas que puedan servir de guía o de reflexión para otros compañeros.
Yo voy a hablar de este blog. (Bueno, y de más cosas, pero en relación con esto).
Me dijeron que estupendo, que era muy interesante que les explicara a mis compañeros mis experiencias en el mundo 2.0: Cómo va la cosa en Facebook, en Linkedin, en Twitter... Cómo hacerse un blog, una página web... Todo encaminado a que un posible cliente nos localice y nos conozca. Todo encaminado a crearnos una imagen pública y a "posicionarnos" (mátame, camión) en la red.
Es un tema muy interesante, pero no es mi tema.
Tengo blog, tengo perfil en Twitter, en Facebook y en Linkedin, y todo ello es solo para dar la brasa y ser un bocazas. No me sirve para nada práctico (para que me encarguen un proyecto o me contrate una empresa), sino solo para algo práctico (para no morirme, para poder sentir algún respeto por mí mismo, para reírme y para ser persona).
No puedo seguir hablando de esto sin poner antes una foto:


Está tomada en la Holland House de Londres en septiembre de 1940, el día siguiente a un bombardeo de la Luftwaffe.
Esas tres personas no están rapiñando libros. (A lo mejor al final se llevaron alguno a casa. Yo lo habría hecho, aunque solo fuera para salvarlos). No están poseídos por el espíritu de la guerra, del sálvese quien pueda. No. Son lectores. Son ciudadanos cívicos (valga la redundancia). Al menos durante esos minutos no están en la guerra, sino en el mundo civilizado de la cultura. El del fondo tiene un libro en las manos y lo lee con atención, otro está pasando el dedo por los lomos de varios, tal vez a punto de sacar uno, y el de la derecha aún está explorando los títulos. Están en paz, en absoluta paz.
No sucumben al pánico ni al latrocinio. Están en una actitud inconcebible en ese ambiente, y por eso la foto es tan impresionante.
Así me siento yo con este blog.

sábado, 18 de diciembre de 2010

La placa

Ayer, viernes diecisiete de diciembre, se celebró la cena anual de la Demarcación de Toledo del Colegio Oficial de Arquitectos de Castilla-La Mancha.
Entre otros actos entrañables, se entregó –como todos los años- una placa conmemorativa a los arquitectos que han cumplido veinticinco años de profesión. Y yo era uno de ellos. Ya me ha tocado.
Dije unas palabras. Como cayeron bien las voy a intentar escribir aquí. Tenía la vaga idea de lo que quería decir, pero no me lo había preparado, así que lo que aquí pongo es algo aproximado a lo que dije de forma semiimprovisada.