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martes, 10 de julio de 2012

Yo deseo

(Hoy pongo en el blog una especie de cuento. Es de hace dos años, y coincidió con el Mundial de Fútbol, pero hoy me he vuelto a acordar, quizá por la Eurocopa, quién sabe. En realidad no es un cuento. Es algo especial. Es un "encargo" o una "transferencia" de mi amigo Emilio, en quien me encarné momentáneamente. Mezclé recuerdos míos con los suyos. Espero que me perdone por colgarlo aquí).

Dedicado a Emilio García Alonso
y a Ramón Nieto

Hace un par de semanas sentí que todos mis recuerdos eran falsos, que mi padre no era la persona que yo llevo ya tantos años evocando, y que ni las cosas habían ocurrido como yo creía ni las personas queridas habían sido como las recordaba. Durante unos minutos se me desmoronó mi vida, y no supe si todo había sido una invención o un espejismo.

Cuando murió Franco yo tenía quince años. En aquella época no se hablaba de política, y los niños de quince años éramos sólo eso: niños. Nuestra patria era el fútbol y nuestra ideología eran Eddy Merckx y Luis Ocaña. Yo me enteré después de muchas cosas, como todo el mundo; pero entonces, para los chicos de mi edad Franco era el que mandaba en España y el que salía en los sellos y en las monedas. Nada más. Recuerdo que lo primero que pensé cuando se murió fue si las monedas iban a seguir valiendo o si nos darían unos días de plazo para que nos las gastáramos. También recuerdo, creo que muy claramente, la mañana del veintiuno de noviembre, de camino al colegio, con los quiosqueros tomando los periódicos de los paquetes aún atados sobre la acera, y desatándolos y vendiéndolos frenéticamente allí mismo, en el suelo. Y recuerdo finalmente a Don Luis en la calle, ante la puerta cerrada del colegio, mandándonos a casa. Se veía que eran momentos solemnes, pero yo celebré los días de vacaciones que nos daban.
Era el mayor de mis hermanos, y mi padre me trataba siempre como a tal cuando había algún problema, para exigirme responsabilidad y ejemplo ante ellos y para regañarme por los desaguisados, pero también para llevarme al fútbol.
Mi padre no hablaba de política. Nadie hablaba entonces de esas cosas. Eso no existía. De lo que sí discutíamos mucho era de Del Bosque: A él no le gustaba nada; decía que era demasiado pasivo, soso, poco luchador, y que le hacía mucho daño al juego del Real Madrid. A mí, por el contrario, Del Bosque siempre me pareció un artista, y se lo decía a mi padre sin tapujos, incluso acusándole de no tener ni idea de fútbol y de apreciar sólo el juego de tanques y apisonadoras. Mi padre se enfadaba mucho y zanjaba las discusiones diciéndome:
–Cállate, que yo he visto jugar aquí a Di Stéfano.
(¿O esas discusiones también me las había inventado? ¿O las había deformado?).
Pero aquel día, cuando mi padre volvió a casa por la tarde, me tendió el Informaciones, me señaló un artículo y me dijo:
–Emilio, lee esto.
Por aquella época yo del periódico sólo leía los deportes y la cartelera de cine, pero esa vez capté la solemnidad, casi la trascendencia de mi padre, y me dispuse a leer el artículo con atención.


He dicho que era un crío y que sólo me interesaba el fútbol, pero lo que decía aquel artículo me impresionó. El autor hablaba de esperanza por un nuevo tiempo (obviamente se refería a lo que deseaba que ocurriera ahora en España), y me pareció valiente. Y lo entendí, al menos en su sentido general.
Le devolví el periódico. Estaba emocionado porque él me había considerado lo suficientemente adulto como para entenderlo, y había confiado en mí. Me sentí aún más mayor, más hijo mayor y más hermano mayor. Me sentí importante, no sabía muy bien por qué.

Han pasado treinta y cinco años. Hice una carrera universitaria, mi padre murió, me casé, tuve una hija y un hijo, al que sigo intentando abonar al Real Madrid… La vida me ha hecho más escéptico y me ha desencantado lo normal, lo que a todos.
El otro día, hará un par de semanas, pasé por delante de la Hemeroteca Municipal de Madrid (Calle del Conde Duque, número 11), y se me ocurrió entrar. Había vivido estos treinta y cinco años en Madrid y podría haber buscado aquel artículo en cualquier momento, pero no se me ocurrió. Son de esas cosas que uno conserva en la memoria, cada vez más vagamente, pero que no se le ocurre comprobar. Y de pronto noté no sólo el pinchazo de la curiosidad, sino la necesidad imperiosa de volver a leer aquel artículo, de volver a tocar aquel viejo papel, de volver a escuchar la voz de mi padre:
–Emilio, lee esto.
Necesitaba volver a leerlo.
Entré con timidez e inseguridad. Me acerqué a una empleada y le dije que quería leer el Informaciones del veintiuno de noviembre de mil novecientos setenta y cinco.
Me preguntó muy amablemente si tenía tarjeta de lector. Le contesté que no, confuso en aquel mundo extraño, arrepentido de estar allí y preguntándome que a santo de qué había tenido que entrar, si yo, al fin y al cabo, iba andando por la calle a hacer una gestión. Pero mientras me arrepentía iba dándole el deeneí y firmando papeles.
Me señaló una mesa y me dijo que esperara allí a que me llevaran el tomo. Me senté y me quedé en silencio. Había otros dos lectores, enfrascados en sus tochos, tomando notas como monjes medievales, ajenos al mundo exterior. Yo  no tenía nada con lo que entretenerme, así que aguanté los minutos de espera mirando todo aquello, y cada vez más sorprendido de estar allí. Pero, al mismo tiempo, mis ganas de releer aquel artículo iban creciendo, y llegaron a hacerse apremiantes, angustiosas.
Al rato apareció otra empleada con un tomo en el que estaban encuadernados todos los Informaciones de aquel lejano mes de noviembre.
Lo empecé a hojear con morosidad. Tenía tantas ganas de llegar que me entretuve voluntaria y voluptuosamente. No sé por qué. Empecé a pasar páginas, a tocarlas y a olerlas. Era evidente dónde estaba el día veintiuno: había un cambio brusco en los bordes de las hojas. Nadie había consultado los ejemplares anteriores a ese día, mientras que ése y todos los siguientes estaban manoseados. Se notaba muchísimo.
Abrí el número del día veinte, aunque era obvio que allí no podría venir el artículo, porque Franco murió aquella noche. No obstante, tal vez por familiarizarme con la composición del periódico, lo inspeccioné cuidadosamente.
Entré en el día veintiuno, que era el que buscaba. No me acordaba del título del artículo, pero creía recordar su aspecto general, y estaba seguro de que cuando lo viera lo reconocería al momento.
Pero no había nada. Lo volví a hojear con cuidado. No podía ser.