El cardenal Luis Manuel Fernández Portocarrero Bocanegra y Guzmán (ahí queda eso) mandó que en su tumba no apareciesen ni su nombre, ni sus títulos, ni sus méritos, sino tan solo el texto "HIC IACET PULVIS CINIS ET NIHIL" (Aquí yace polvo, cenizas y nada).
Tumba del cardenal Portocarrero en la catedral de Toledo.
(Foto de Miguel Larriba en su blog miratoledo.blogspot.com)
Este gesto se tiene casi unánimemente como una muestra de profunda humildad.
La historia de este cardenal es interesantísima, pero ni me la sé lo suficientemente bien ni creo que este sea el mejor sitio para contarla. Tan solo diré que pasó sus últimos años en Toledo como en una especie de retiro forzado. (Bueno: de arzobispo, que no está nada mal). Quien había tenido gran poder e influencia política en la corte jugó mal su última carta y fue relegado a un puesto muy digno y muy cómodo, pero inofensivo. A muchos ya nos gustaría vegetar tranquila y plácidamente en un lugar agradable y no tener problemas ni apremios en nuestra vida, pero a quien ha sido un águila y un trueno esa perspectiva no le resulta nada halagüeña.
El caso es que sus antecesores se habían hecho enterrar en la catedral con bustos e inscripciones que ponderaban sus vastas virtudes y grandes títulos y honores -una actitud verdaderamente muy poco cristiana, pero muy habitual y extendida-. Especialmente el cardenal Mendoza, dos siglos antes, se había hecho un sepulcro que era casi como una catedral dentro de la catedral.
Contra ello, Portocarrero se mandó hacer esa lápida en la que ni siquiera aparece su nombre. "¿Quién está ahí enterrado?", se pregunta el visitante. "Polvo, cenizas y nada", le responde la lápida.
Pero no es así. En Toledo todo el mundo sabe que esa es la tumba de Portocarrero, las audioguías lo cuentan, los libros para turistas lo ponderan. Qué bueno, qué noble, qué humilde y qué cristiano fue este cardenal y arzobispo.
