Hoy viene en EL PAÍS una entrevista con Kenneth Frampton.
Aparte de que esté de acuerdo con su visión y defensa de la modernidad y con su crítica de los arquitectos estrella y de otros padecimientos contemporáneos, me han llamado la atención un par de cosas: La primera es que dice que cuando murió Franco España vivió una edad de oro de la arquitectura: Se refiere al dinero público que se empleó en equipamientos de todo tipo, y a la subida del nivel de vida que todo aquello conllevó, pero se olvida de Oíza, Corrales, Molezún, Carvajal, de la Sota, Coderch, Higueras, Miró, Íñiguez, Fisac y tantísimos otros, que hicieron gran arquitectura en tiempos de Franco y a quien nadie presta atención. Una cosa es lo políticamente correcto y otra la realidad.
La segunda, que hoy me duele en lo personal, es que en sus ochenta y un años de vida este ¿arquitecto? haya hecho sólo un edificio de viviendas en Londres y otro en Estados Unidos. Nada más. Se rajó. Se dedicó a dar clases. Qué bonito.
Qué bonito es dar clases, qué bonito es dar conferencias, qué bonito es escribir en este blog. Pero un arquitecto no es eso. Un arquitecto es alguien que construye.
Y ahí empiezan los problemas.
Yo, como tantos arquitectos, hasta hace tres años he construido mucho, demasiado. Y, como casi todos, muy deprisa, muy aquítepilloaquítemato, muy tomaeldineroycorre. No os voy a recordar cómo surgían los promotores y los constructores en la España del boom.
Ahora, además de no construir, me toca responder de lo que hice estos años pasados, y me siento muy cansado, muy abrumado. Tengo (como muchos otros) alguna reclamación por supuestos errores no sé muy bien de quién. (Por supuesto, en buena parte míos).
Asumo la parte que me toca e intento hacerlo lo mejor que sé. Hoy he tenido un mal día. Lo siento. No quiero utilizar este blog como vomitorio, pero permitídmelo hoy, que veo a este santón encaramado al púlpito, tan a gusto, tan limpio, como recién duchado, como si nunca hubiera roto un plato (que no lo ha roto), pontificando sobre arquitectura moderna y sobre regionalismo crítico.
Y dejadme que hoy, precisamente hoy que me siento tan débil, defienda más que nunca mi profesión, y me sienta orgulloso de mi obra. Permitidme que me felicite y felicite a todos mis compañeros, que ejercemos este santo trabajo lo mejor que sabemos, con la mayor inteligencia de que somos capaces, y con honradez, y que intentamos interpretar los deseos y aspiraciones del cliente, los cernimos con la normativa, y los modelamos con las intenciones plásticas, la optimización funcional y las limitaciones técnicas y económicas para producir una obra digna.
Permitidme que hoy no admire a los teóricos, a los profesores, a los intelectuales, ni tampoco a los que usan la arquitectura para ilustrar hermosamente, escudándose en el dibujo como sustituto de la obra. No. Hoy no. Hoy he tenido un mal día.
Permitidme que hoy os abrace a todos los que os encaramáis a una escalera de mano que siempre se queda corta, a los que pisáis ferralla y barro, a los que os calzáis un casco y decidís cómo narices se remata este muro, o por dónde sacamos los humos de la caldera sin cargarnos esa viga.
A todos vosotros, que hasta hace nada llevabais siempre los zapatos llenos de polvo y barro, y teníais en la guantera del coche una gamuza o una esponja para limpiároslos, y que ahora lleváis los zapatos relucientes y hasta estáis pensando en echaros a la guantera una bolsita de tierra, para espolvorearla de vez en cuando sobre los zapatos y disimular. Y, especialmente, si ahora en vez de tratar con ferrallistas y encofradores sólo tratáis con abogados (o con profesores).
Un abrazo.