Voy a meter la pata otra vez. Lo sé.
He estado una semana en Galicia, y uno de los días he ido de visita a Santiago de Compostela. Creo que es la cuarta vez en mi vida que voy a Santiago. Hasta ahora no había observado detenidamente la fachada de la catedral. Es horrorosa. Es un engendro tremendo.
(He buscado imágenes grandes para que las cliquéis y las podáis analizar con detalle).
Se dice y se lee que esta excesiva vomitona de piedra fue encargada en el siglo XVIII al arquitecto Fernando de Casas Novoa para proteger el excelso Pórtico de la Gloria, que estaba deteriorándose mucho por la dura meteorología del lugar.
(Si era por eso, haberle puesto un plástico).
Está más que claro que este exceso pétreo no es un mero protector. (Un protector que se cargó parte de las figuras y que no deja ver bien la fachada original).
Esta fachada, como las demás (todas fruto de la fiebre barroca, ¿o profiláctica?) tiene su encanto, a pesar de todo. La humedad barniza la piedra con una pátina oscura y con una población de musgos, que, por contraste, brillan maravillosamente en los escasos ratos en los que sale el sol. Además, en esos raros momentos de potencia solar, el ringorrango de la disparatada composición crea relieves que son muy agradecidos a la hora de arrojar sombras.
Pero si nos plantamos en la Plaza del Obradoiro y miramos la fachada un rato veremos cuánta mentira, cuánta ampulosidad, cuánto disparate arquitectónico. Cada tramo de cada torre es de su padre y de su madre. Cada partición de la vidriera frontal tiene unas curvas y unas contracurvas que no se sabe a dónde van. Cada moldura, cada estatua, cada coliflor, cada boloncio, cada farfolla, son un más, y más, y más... hasta dejar exhausto al mismo Dios.
-Oiga, Don Fernando: ¿Y no podría haber puesto más columnas en cada torre?
-No me cabían más.
-¿Y un dinosaurio?
-No se me ocurrió.


