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lunes, 11 de julio de 2022

Ene bada, Lukarini!

Dedicado, una vez más, a Ekain Jiménez,
que me ha vuelto a dar otra entrada hecha


El aislamiento térmico en los edificios empezó a ser obligatorio en el año 1979, con la norma NBE CT 79. (Mejor dicho: Esa norma exigía unas condiciones térmicas tales que para cumplirlas empezó a generalizarse el uso de aislamientos térmicos en las fachadas y cubiertas de los edificios). En las fachadas la solución más corriente (prácticamente la única) consistía en colocar un aislante térmico por detrás. Eso hacía que el aislante quedara interrumpido en los pasos de los forjados, y la realidad final era como si en la más cruda noche de invierno durmiéramos con una buenísima manta que nos cubriera desde el cuello hasta arriba del ombligo; ahí quedara una franja de unos centímetros al aire; después otra manta nos cubriese desde debajo del ombligo hasta un poco más arriba de las rodillas, y finalmente otra desde debajo de las rodillas hasta los pies.

Conclusión: Mucho mejor eso que dormir sin nada, pero nos quedábamos con la barriga y las rodillas al aire. En este caso los forjados que interrumpen las mantas de aislamiento hacen el mismo efecto de dejar salir demasiado calor en invierno y entrar en verano. Es lo que llamamos "puentes térmicos". En las cubiertas el procedimiento era parecidamente malo y dejaba como puente térmico el forjado superior.

Ahora se está poniendo de moda una solución mucho más eficaz, que es forrar completamente el edificio con aislante térmico, de modo que queda una manta continua que abriga mucho mejor y evita esos puentes térmicos. (SATE: Sistema de Aislamiento Térmico Exterior).

La solución es estupenda, y cuando se trata de edificios de nueva planta se tiene en cuenta desde la concepción arquitectónica inicial y queda muy bien. Pero cuando se trata de una rehabilitación de edificios existentes (ya sean sin ningún aislamiento o con ese interrumpido que he contado) genera algunos problemas.

sábado, 16 de junio de 2012

Gutiérrez Soto o la arquitectura intrascendente

Quiero escribir demasiadas cosas en el blog, y no me cuaja ninguna. En estos tiempos de zozobra y de angustia me gustaría tocar muchos asuntos, pero no tengo la suficiente serenidad como para estructurarlos en un discurso coherente. Barajo varios y no me decido por ninguno, y me digo que ojalá tuviera el suficiente oficio de escritor como para rellenar una entrada porque sí, sin más, con la pura profesionalidad y con el dominio y el aparente desinterés del que nos habla Joyce en el Retrato del Artista Adolescente.

El artista, como el Dios de la creación, permanece dentro, o detrás, o más allá, o por encima de su obra, trasfundido, evaporado de la existencia... indiferente... entrenetido en arreglarse las uñas.

Y me viene a la mente el gran artista que fue Luis Gutiérrez Soto. Con él siempre da esa sensación que dice Joyce, de un dios que contempla cómo fluyen sus obras por sí mismas, sin mayores problemas existenciales.


No es que Don Luis no trabajara como un titán; es que parece como si no se interesara por el aspecto "cultural", "trascendente" de la arquitectura. Hacía las obras como churros, y cuando las vemos no podemos entender que fueran de una misma persona.
¿Qué tiene que ver esto:
con esto:
o con esto?

La vida de Luis Gutiérrez Soto es una larga cadena de éxitos. De joven, mientras estudiaba arquitectura, le gustaba el football, y, naturalmente, jugó en el Real Madrid (no en un filial, ni en un juvenil, ni nada de eso: en el primer equipo); y, naturalmente, era el máximo goleador. Tanto que le apodaban Pichichi, como al mítico delantero del Athletic que sigue dando su apodo y su trofeo cada año a los máximos goleadores de la liga.
Acabó su carrera brillantemente en 1923, con un PFC que hoy nos hace sonrojar, pero era lo que había que hacer. Y salió a la calle, a construir, con un cacao mental de pronóstico.
Se preguntó: "¿qué estilo se lleva?", y se fue repitiendo esa pregunta durante toda su vida. (Yo le pondría esa frase como epitafio).
En los años treinta adoptó un tipo de arquitectura moderna, racionalista, pero muy influida por el expresionismo de Mendelsohn, con una plástica deliciosa. (Este estilo tuvo mucho éxito, y se puede disfrutar en muchas ciudades españolas. A mí me parece especialmente bueno en las obras de Pedro Ispizua y de Manuel Galíndez en Bilbao).

En la Guerra Civil se alistó en el bando adecuado, y venció. Los encargos se amontonaron. Había una nación por reconstruir, y él se puso a la cabeza. Surgió entonces de nuevo la pregunta: "¿qué estilo se lleva?", y se respondió a sí mismo con una cosa rara: Entre moderno y castizo, entre racionalista y espiritual (entendiendo por espiritual el sentimiento católico-español). ¿Pero eso cómo se concreta plásticamente?
Optó por reconstruir los barrios más ricos de Madrid (es lo que pasa cuando uno puede elegir). Su Barrio de Salamanca natal está hoy plagado de obras suyas. Y el de Chamberí, y el de Argüelles...

Ese bloque madrileño de pisos de ladrillo visto, con esquinas y/o cornisas de piedra caliza, y terrazas, o miradores panzones... Vamos, el bloque de pisos típico de Madrid, es en gran parte obra suya, y una cantidad insólita de ellos son directamente obras suyas. (También los hizo en otras ciudades de España).


sábado, 12 de febrero de 2011

El RAG de Bilbao: un edificio (im)-prescindible

La reciente entrada sobre "coleccionismo arquitectónico" surgió de un interesante, divertido y lúcido artículo de Pablo Martínez Zarracina (clicad el nombre) que me pasó Francis el otro día.
El artículo de Zarracina se titula "Adjetivos", y los pone muy bien. Al edificio del RAG lo llama "feo y carismático", y más cosas. Pero leed su artículo.
(Al final, lo de "bonito", lo tomo con cierta ironía. Es mucho mejor que sea "bueno", pero no vamos a discutir. En el contexto que él lo dice me parece muy bien).
El moribundo edificio del RAG es un edificio como tantos, uno más, sin mayor mérito ni atractivo. Responde a su época y está muy bien hecho. Eso es todo.


Bilbao está lleno de edificios así, con la esquina redondeada. Y Madrid también. La típica esquina de un cine o de un bloque de pisos de los años treinta y cuarenta. Una moda. Una moda de ser limpio, de abrir los huecos con nitidez, de marcar con discreción y elegancia las tiras de ventanas y el ritmo de los pilares.
Es un edificio en el que uno ni se fija al pasar, uno de tantos. Muy bien hecho, muy bien pensado. Con todo en su sitio. Un edificio que ya me gustaría ser capaz de hacer.


Pero hace ya tiempo que ha quedado obsoleto. Incluso tenía una gasolinera en planta baja. (Como dice Zarracina, eso entonces no asustaba a nadie, como ver a un médico pasar consulta con el cigarrillo en la boca).