Mostrando entradas con la etiqueta temas personales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta temas personales. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de octubre de 2024

Los malos arquitectos

"Los malos poetas son malas personas, gente cobarde"
José Avello, Jugadores de billar


Acabo de leer esta frase en esta magnífica novela (injustamente olvidada durante muchos años y que ahora, reeditada, tiene una nueva oportunidad) y me ha llamado mucho la atención. ¿Malas personas?

Me hace reflexionar, porque yo me tengo por mal arquitecto pero no por mala persona. A no ser que le dé una vueltecita al concepto, que es lo que pretendo hacer a continuación.

Yo en principio diría que el mal poeta, como el mal arquitecto, es una persona torpe en su oficio y en su pasión, un desatalentado, incluso un plasta, pero que eso no tiene nada que ver con la maldad. ¿O sí?

miércoles, 16 de octubre de 2024

Desde la puerta

Con motivo del Mes de la Arquitectura me llamó el secretario de la Demarcación de Toledo (mi demarcación) del Colegio Oficial de Arquitectos de Castilla-La Mancha (mi colegio) para preguntarme si estaría dispuesto a dar una charla. "Por supuesto", le contesté. A bote pronto no tengo ningún pudor. Luego lo pienso y me pregunto qué voy a decir, qué puedo contar que interese. Pero ya es tarde: ya he dicho que sí.

En seguida (a los dos o tres días) me pidió el título para irlo anunciando, y le solté: "Una mirada desde la puerta de salida", pensando vagamente en que podía contar cómo veo la evolución de la profesión en estos treinta y nueve años que llevo colegiado, y cómo la dejo.

Bien. Estupendo. Se le dio la conveniente difusión y finalmente llegó el día: ayer, 15 de octubre, a las 18:00 h.

Con lo del visado digital hacía mucho tiempo que no iba a la sede. (La verdad es que a los de la provincia nos ha evitado un montón de viajes). Me sentí raro, como un turista. Hice fotos.

martes, 13 de febrero de 2024

Insultos

Tengo un lector que me insulta.

Mi madre siempre decía que el mayor desprecio es no hacer aprecio, y así lo he hecho hasta ahora con este personaje. Leo sus estúpidos y malignos comentarios y paso de él. Pero hoy me decido por fin a escribir para decirle que ha ganado.

Sí, le felicito a usted: ha ganado. No sé qué, pero ha ganado. Para usted la perra gorda. Ya puede celebrarlo. Hala.

Reproducción de uno de los bloques de la casa Ennis, de Frank Lloyd Wright.
Regalo de un amabilísimo lector de este blog.

lunes, 3 de abril de 2023

Un recuerdo agazapado

Tengo un mal recuerdo agazapado en mi interior desde hace cuarenta y dos o cuarenta y tres años. Es un recuerdo de una situación ridícula y vergonzosa que viví, y que -qué puñetera es la memoria- no se me olvida. Se pasa meses o incluso algún año escondido, pero respira ahí dentro, y con cualquier asociación de ideas o de sentimientos sale de repente para volver a atormentarme.

Para colmo, después de todas estas décadas de paréntesis más o menos larvado, el protagonista de este episodio, mi acusador silencioso y tal vez involuntario, se ha vuelto a cruzar en mi camino y su presencia me llena de vergüenza.

Supongo que él se olvidaría de esto unos minutos (o tal vez unas horas) después de que ocurriera, allá por el año 1980, pero yo me imagino que no, que lo sigue guardando en su interior, que atesora un desprecio e incluso un odio (más que justificado) hacia mí y que muy pronto se vengará.

No quisiera dar muchas pistas, aunque por lo que digo tal vez alguien sea capaz de averiguar de quién voy a hablar. No tiene mayor importancia, porque soy yo y no él quien queda mal parado, pero aun así prefiero evitar mencionarlo por si le incomodara aún más.

En la escuela de arquitectura de Madrid teníamos en los primeros cursos unas asignaturas de dibujo de las que ya he hablado aquí alguna vez (dibujar el alma de las gallinas, pintar el miedo, pero también estatuas, ambiente y modelo desnudo; en definitiva dibujar y pintar bien, con expresividad y control).

Ya conté que esas asignaturas se me dieron mal y me costó aprobarlas. Por esa razón lo que para muchos era una ocupación divertida y muy agradable (y más si se la comparaba con el álgebra o con el cálculo diferencial) a mí se me hacía un calvario. Me gustaba mucho y me sigue gustando dibujar, pero ante los resultados y los comentarios de los profesores me sentía muy frustrado y muy decepcionado. (Sin embargo en álgebra y cálculo era muy competente).

Las aulas de dibujo eran muy grandes y estaban llenas de caballetes. Allí le dábamos sobre todo al carboncillo, a la sanguina, al pastel y a las témperas. Nos poníamos perdidos, como no podía ser de otra manera. Adjuntos a las aulas había unos grandes aseos-lavaderos con cabinas de inodoros y (más que lavabos) pilas llenas de chafarrinones de pintura donde nos lavábamos las manos y todos nuestros equipos.

domingo, 19 de marzo de 2023

Padre

Desayuno muy a menudo en una churrería que lleva un antiguo futbolista local con su familia. Es un sitio pequeño y antiguo (por no decir viejo). Como además hacen unos churros y unas porras excelentes suele estar muy lleno a la hora crítica.

La zona de atención al público es de planta rectangular y tiene una barra de lado a lado justo enfrente de la puerta de acceso. En las otras tres paredes hay una pequeña repisa corrida donde apoyar el desayuno, que se trae uno mismo desde la barra.

La repisa tiene pocos centímetros de anchura. Tan pocos que el plato de las porras queda en voladizo
(pero por lo menos su centro de gravedad está dentro)

Las paredes están alicatadas hasta algo más de un metro y medio de altura con azulejos marrones veteados de forma lobulada, que hablan de otros tiempos y que hoy, tras haber rebasado ya la categoría de "horteras" han entrado por derecho propio en la de "vintage".

viernes, 10 de febrero de 2023

El técnico

La primera vez que alguien se refirió a mí como "técnico" me sentí muy raro. (Además fue en una situación muy desagradable que nunca olvidaré, y que me enseñó mucho). Acababa de terminar la carrera y fue en mi segundo trabajo como arquitecto.

Fijaos qué tontería: me habría sorprendido mucho menos que me llamaran "artista". Desde luego yo me sentía muy arquitecto y mucho arquitecto. Estaba muy orgulloso de serlo, de haber alcanzado ese estatus tan deseado. Y para mí por aquel entonces un arquitecto estaba mucho más cerca de ser un creador que de pasar datos a una tabla.

Debe de ser por la misma razón por la que siempre me he obstinado en hablar de "mi estudio" y no sucumbir a la tendencia cada vez más generalizada de llamarlo oficina. Un estudio es mucho más bohemio. Un estudio es el sitio de un pintor, de un poeta, de un músico, y una oficina es el de un contable, un agente de seguros, un auxiliar administrativo. En un estudio puede morir Mimi, en una oficina te pueden compulsar una fotocopia.

Pues bien, este artista que aquí veis no ha hecho en su vida ni una obra de arte, mientras que pasa horas y horas descargando fichas catastrales. La profesión era esto.

Y a mucha honra. Como decía Antonio Machado y yo repito a menudo,

a mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho donde yago.

miércoles, 4 de enero de 2023

Nuevo año

Feliz año nuevo.

Es el momento de felicitarnos y de desear cosas buenas, de desearnos mejores de lo que somos, tanto para apuntarnos al gimnasio como para dar los buenos días al entrar en un ascensor. Nos gustaría ser como nos vemos por un segundo si entrecerramos los ojos y nos esbozamos a nosotros mismos una sonrisa de cariño. Pero no nos engañemos: en un par de semanas dejaremos de ir a hacer ejercicio y en un par de días dejaremos de saludar.

Pero algo tenemos que hacer con este año que empieza. No sé. Se me ocurren muchas cosas, pero ya tengo experiencia en años (demasiada y demasiados) y sé que no las llevaré a cabo.

Al menos dejadme que me proponga algunas:

domingo, 25 de diciembre de 2022

El Angulo (arqueología personal)

En la escuela de arquitectura de Madrid (supongo que como en todas) funcionaba muy bien el mercado de libros de texto de segunda mano. En el tablón del hall unos pinchaban papelitos diciendo que vendían uno y en seguida otros llamaban para comprarlo.

En cuanto uno de esos compradores conseguía aprobar la asignatura pasaba a ser vendedor del libro, que no le había suscitado cariño ni interés, pues solo se trataba de pasar por él como una enésima prueba más obligatoria para llegar a la lejana meta. (Antes he dicho que era un mercado de libros de segunda mano; por lo que acabo de escribir se entiende que más bien eran de quinta, sexta o séptima mano).

Uno de esos libros que se compraban y vendían indefinidamente era el Angulo, obligado para la asignatura de Historia del Arte de segundo. Aunque no se seguía especialmente (o al menos mi profesor no lo hacía), nos era indispensable.

Era un buen libro, pero al que entonces, como a todos los demás, no le tomábamos ningún aprecio. Una especie de guía telefónica llena de nombres que nos teníamos que aprender de memoria (aún me recuerdo recorriendo el pasillo de mi casa cien veces recitando escultores griegos o catedrales góticas francesas), y que una vez aprobada la asignatura nos quitábamos de encima por cuatro pesetas.

Sin embargo la edad es nostalgia, y ahora, a mis sesenta y dos años lo recordaba con cariño. (Lo que recordaba con cariño eran mis dieciocho o diecinueve años, no nos confundamos). El caso es que lo he visto en una plataforma de libros de viejo, a un precio ridículo, y me lo he comprado. Et voilà.

Aunque su texto no se seguía a rajatabla y nos manejábamos por apuntes tomados en clase, antes he dicho que era imprescindible, y lo era sobre todo por la gran cantidad de ilustraciones pequeñitas y en blanco y negro que traía. (Ahora que lo tengo miro y veo que el tomo I tiene 793 y el tomo II 1296. También leo algún párrafo al azar y veo que sigue siendo un buen libro. El tema es tan vasto que poco puede profundizar, pero lo que cuenta es claro y limpio, y parece muy bien fundamentado).

viernes, 31 de diciembre de 2021

Balance

Escribo esto el último día del año 2021 con esa sensación de balance propia de estos momentos. Pero unos pensamientos me han llevado a otros y se me ha hecho un buen revoltijo en la cabeza, por lo que pretendo ir más allá, casi a un balance global de vida, cosa que juzgo muy apropiada, pues con sesenta y un años cumplidos ya puedo decir que cruzo la línea del ecuador y podría escribir el primero de los dos tomos de mis memorias.

Todo ha empezado ayer, día 30 de diciembre, cuando en la tele han anunciado "la buena noticia" de que en Valencia tenían 24 ºC, y hoy esperaban 25 ºC en Granada. Hace años mi abuelo contestaba al locutor cuando no estaba de acuerdo, pero yo ahora tengo Twitter y me suelo desahogar por esa vía:

(Nota de servicio público, por si os pasa lo mismo que a mí hasta que me he documentado: No se debe dejar espacio entre el cerito y la ce mayúscula, sino entre la cifra y el cerito. O sea: Lo he hecho bien en el párrafo anterior, pero no en el tuit).

Mis tuits, no sé por qué, tienen una repercusión que no consigo explicarme, y este ha suscitado muchas respuestas: La mayoría de aquiescencia, pero algunas también de crítica y de burla. Unos, los más, han dicho que están desconcertados con estas cosas, e incluso han manifestado que están viendo floraciones anacrónicas en sus jardines y huertos, pero otros me han llamado alarmista, aguafiestas, negativo y cascarrabias, que no quiero que la gente disfrute de la playa durante estas fiestas.

Entre estos últimos ha habido uno que me ha dicho que los yayos somos ridículos y estamos cagados de miedo con las paparruchas que nos meten. También que solo queremos que cunda el pánico y el terror infundado.

Pues bien: Ese último comentario suscita esta entrada. Porque he pensado sinceramente que ni tengo pánico ni quiero que se extienda. No creo que esté en juego la supervivencia de la humanidad ni nada parecido, pero sí pienso que habrá grandes problemas y catástrofes que harán muy dura la vida para ciertas poblaciones y ciertos grupos humanos. Los ha habido otras veces y siempre hemos sobrevivido como especie, aunque muchos individuos (a menudo millones) hayan caído por el camino.

Pero, sobre todo, esos pensamientos negros (o al menos grises muy oscuros) no los tengo para mí. No soy un yayo cagado de miedo egoísta. En los (espero que suficientes) años que me quedan de vida creo que no experimentaré cambios trágicos. Es posible que ni siquiera mis hijos los conozcan en su peor manifestación. En todo caso es algo que precisamente a los viejos es a quienes menos nos debería preocupar. Podríamos hacer el bestia y el besugo desaforadamente, darle a tope al acelerador y al termostato y decir con todo descaro aquello tan grosero de "para lo que me queda en el convento..."; así que si algunos jóvenes quieren playa pues allá ellos. Que lo disfruten y que con su pan se lo coman.

Es cierto que, a lo largo de toda la historia de la humanidad, los viejos han sido, en general, pesimistas, y los jóvenes, también en general, despreocupados cuando no inconscientes. Pero repito que si intento ser cívico clasificando los desperdicios de mi casa o me preocupo por el cambio climático es con un afán ciceroniano, pensando en quienes vengan detrás y no en mí, que, al fin y al cabo, lo tengo todo resuelto.

Me miro el ombligo y creo que he vivido y vivo en el mejor de los tiempos y de los lugares posibles. Descendiente de agricultores sin apenas propiedades y de barberos, un siglo antes habría sido un iletrado, un siervo, un ignorante, un trabajador en condiciones muy duras y en un ambiente rural muy primitivo. Afortunadamente vine al mundo cuando al menos dos generaciones anteriores a la mía habían intentado prosperar, y llegué para encontrármelo todo hecho y arreglado. Y si naciera un siglo después... Uf, ya digo que un siglo después se adivinan muchos problemas en el horizonte.

Soy de las pocas generaciones españolas que no han vivido una guerra. Supongo que habrá habido más, pero al menos en la historia (que desconozco concienzudamente, y de ahí mi atrevimiento en decir esto) casi siempre ha habido tomate y terror. Mis padres lo sufrieron de niños y mis abuelos de adultos.

En todo caso yo he tenido mucha suerte. Soy de la generación del desarrollismo, de la vespa y el seiscientos (mi padre se sacó el carnet de conducir teniendo yo ya unos nueve o diez años, y mi madre muy poco después, aunque apenas lo utilizó), de la televisión (mi padre hacía las de toda la familia), con los Chiripitifláuticos, Bonanza, Félix Rodríguez de la Fuente, Superagente 86 y años después el Un, dos, tres, con Kiko Ledgard.

viernes, 12 de noviembre de 2021

675

Estoy trabajando en el estudio, voy a echar mano a mi calculadora y me doy cuenta de que no la tengo. Esta mañana la he echado a mi mochila y mi mochila está ahora en casa.

Me apaño con la calculadora del teléfono; es mucho peor y me vale para un momento, pero no para estar mucho tiempo trabajando con ella. Es desesperante.

Valoro la pereza de subir a casa a por mi calculadora y la de seguir con la del teléfono y no sé cuál es peor. Entonces me viene a la cabeza que en el estudio hay otra calculadora que no he usado nunca y que lleva once años sin que nadie lo haga.

"Estará buena", me digo. "La pila se habrá descompuesto y todo".

Era la calculadora de Adeli, mi brazo derecho en el estudio. Cuando cerramos me traje a casa lo que pude. Ofrecimos material a quien lo quisiera, incluso tiramos cosas que no podíamos traernos, pero los pequeños objetos sí que nos los trajimos a casa mi socio (Tomás) y yo. No sé por qué no se quedó Adeli su calculadora como recuerdo. Seguramente ni se la ofrecimos, y desde luego ella era incapaz de tomar nada que no fuera suyo. (O tal vez no quiso quedársela. En aquellos días aciagos del cierre todo recuerdo era un mal recuerdo).

Yo me traje tres mesas, cinco sillas, estanterías, cuatro cajoneras, dos vitrinas, tres ordenadores, el plotter, la fotocopiadora y material de todo tipo. Cosas tan tontas como mi caja de compases desaparecieron. Seguramente fueron al contenedor de basura en un arranque irreflexivo. (También tiramos revistas que ahora echo de menos: Fueron días de desalojar el estudio con desesperación, con saña, y de no saber dónde meter tantas cosas ni, sobre todo, tampoco quererlas).

En la que fue la cajonera de Adeli hay también un escalímetro, una grapadora y alguna cosa similar que no he tocado en estos once años. Y su calculadora.

La encendí y funcionaba. ¡Qué barbaridad de pilas! Apareció el cero y también el simbolito de la memoria. Pulsé la tecla MR y salió en la pantalla el número 675.


Me quedé impresionado y le tomé una foto para subirla a Twitter: La calculadora llevaba once años apagada y atesorando esa cifra en su memoria.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Por mi vida

Perdonadme quienes os asomáis a este blog esperando algún comentario sobre arquitectura o sobre temas relacionados con ella. Hoy os voy a decepcionar. Yo quisiera tener otro canal para contar lo que sigue, pero solo tengo este y voy a utilizarlo traicionando su línea habitual (si es que la hay). Lo siento.

Esta historia tiene bastante de morbosa porque me ha hecho apostar contra mi vida, y me parece curiosa. Su resolución, hoy mismo, ha sido rotunda y me ha sentado muy bien. A ver si sé hacer que os interese.

Hace una pila de años, siendo aún bastante joven, contraté un seguro combinado de vida y pensiones, que consistía en que si me moría por cualquier causa antes de cumplir los sesenta y cinco años les darían un buen dinero a mis herederos, pero si conseguía cumplir los sesenta y cinco me darían mucho más (prácticamente el doble) a mí.

Año a año se ha ido consolidando el capital y ahora, a un mes de cumplir los sesenta y uno, lo tengo ahí esperándome como una fruta madurada con los años.

Hago un solo pago anual, del que casi ni me entero porque está domiciliado (mejor dicho, me entero a posteriori cuando miro los movimientos de la cuenta) y aquello se va revalorizando solo, sin que yo le dé mayor importancia ni le preste atención.

Mejor dicho, no le prestaba atención hasta octubre del año pasado, cuando me llamó un agente comercial de la compañía de seguros. El muy canalla supo meterme el miedo en el cuerpo. Me dijo la suculenta cantidad de dinero que yo iba a cobrar cinco años después, pero me hizo ver que si, lamentablemente, no llegaba vivo a esa cita, mi mujer y mis hijos recibían apenas la mitad, los pobres.

Me habló del COVID y me dijo sin pudor que yo ya tenía una edad de riesgo y que ay de mí si lo pillaba. En fin, una fiesta. Una juerga. Y me propuso un seguro puente para estos cinco años. Por solo sesenta euros al mes yo podría hacer que mi familia cobrara íntegramente la cantidad gorda aunque yo palmara antes de tiempo.

Me dio muy mal rollo. Además yo soy de esos perezosos que están a lo que están (a lo mejor calculando una viga o a lo mejor leyendo un cómic o escribiendo en este blog) y que cuando les llama un comercial de lo que sea contándoles una película le dicen que no, que no les interesa en absoluto, y cuelgan. (Normalmente por la molestia que supone intentar entender la película que les están contando).

Más o menos hice eso, pero me quedó el runrún. Se lo conté a mi mujer. Por tres mil seiscientos euros (más o menos) aseguraría todo el capital. Me reconcomía apostar por morirme, pero al fin y al cabo eso es un seguro: En el de incendios ganas si se quema tu casa; si no lo hace estás pagando por nada. Y en el de vida ganas más cuanto más pronto te mueras.

Quino. Apostando entre la vida y la muerte

Por estos tres mil y pico euros yo ganaría una pasta si me moría. (Bueno, la ganarían mis hijos). Pero es que además si palmaba no iba a ser precisamente el último mes de la apuesta. Si fuera antes no habría llegado ni a pagar los tres mil seiscientos y ya estarían mis herederos agarrando el premio a mi previsión y a mi amor patriarcal. (Es que me emociono y todo. Qué buen padre y esposo soy).

Mi mujer y yo decidimos que sí, que lo iba a contratar. Yo fui quien más insistió. Después de haber planteado el asunto ya me parecía una cerdada retraerme y perjudicar con ello a mis hijos.

Llamé al comercial y le dije que sí. Se puso muy contento y me felicitó por mi sensata decisión. Me dijo que en breve se pondría en contacto conmigo el departamento correspondiente y me mandaría la póliza para que la firmara. También me dijo que probablemente me pasara un cuestionario de salud para que lo respondiera, pero que era un mero formalismo sin ninguna importancia.

Le dije entonces que cuatro años antes había tenido un episodio oncológico, ya felizmente superado pero del que me seguía haciendo revisiones periódicas, y me dijo que eso no tenía la menor importancia. Vamos, que me tendría que estar muriendo ahora mismo para que me rechazaran.

-Vale, pues muy bien. Me espero a que me llegue la póliza y el cuestionario, lo cumplimento, lo firmo y lo devuelvo.
-Estupendo. Pues desde ya mismo lo damos por hecho y te empezamos a pasar los recibos.

Estuve de acuerdo, y empecé a pagar el uno de noviembre.

lunes, 25 de enero de 2021

Mantenimiento

Aunque las entradas de este blog no tienen una periodicidad exacta ni constante, más o menos escribo una cada semana, y más o menos ya iba tocando.

Hoy escribo apresuradamente para deciros que esta semana no va a poder ser. (Bueno, valga esta entrada como tapahuecos y cubreexpedientes, y si cuenta como tal ya me hace el quite).

Las webs importantes, complejas, avanzadas, se toman de vez en cuando un respiro para labores de mantenimiento. Pero este blog es tan simple que no necesita esas cosas. Quien sí las necesita es el bloguero.

Me marcho ahora mismo a que me den un repaso. A que me mantengan. A seguir manteniéndome.

Voy a estar unos días fuera de juego. Espero retomar el blog en una semana más o menos. O antes.

Todo va a salir bien y me recuperaré muy pronto. Nos vemos.

sábado, 10 de octubre de 2020

Su mejor obra (peregrinación) (I)

Hace unos días ha sido el cumpleaños de Le Corbusier (nació el 6 de octubre de 1887), y a cuento de la efeméride alguien ha lanzado la pregunta de cuál es nuestra obra favorita de entre las suyas.

Yo no he sabido qué contestar y no lo he hecho; pero como tengo un blog para explayarme voy a hacerlo aquí. (Los blogueros somos así de pesados). Por una parte no sabría cuál elegir, pero por otra estoy a punto de comprarme un coche por ir a ver una de ellas. Algo tendrá, cuando me está llamando desde hace años.


El personaje que interpreta Richard Dreyfuss en Encuentros en la tercera fase (1977) siente un obsesivo e inexplicable impulso de construir una forma que no sabe qué es. Empieza modelando febrilmente el puré de su plato, sin ni siquiera saber por qué lo hace, va a más y a más y acaba construyendo una enorme maqueta de una montaña en el salón de su casa. De repente, en una noticia de la tele, reconoce la montaña que lleva metida en su cabeza, se entera de dónde está y sale a su encuentro. En el viaje conoce a más gente a la que le ha pasado lo mismo, y que también va ciegamente hacia esa montaña sin saber a qué. No lo pueden evitar.

Es una verdadera peregrinación, y, de la misma manera, año tras año desde hace más de sesenta, muchas personas de todo el mundo nos proponemos hacer una similar. En mi caso llevo diciéndoselo a mi mujer desde hace tiempo, y ella me contesta:

-Hernández, con nuestro coche no podemos hacer un viaje tan largo. Imagínese que nos deja tirados allí, tan lejos. Lo haremos cuando tengamos uno nuevo.

Pero nuestro sufrido vehículo se obstina en sobrevivir. Tiene diecinueve años y cuatrocientos treinta y siete mil kilómetros y sigue tirando. Cascajeando y tosiendo, pero tirando.

Hace tres meses se escachifolló, y mientras llamaba a mi seguro en mitad del desolado campo y esperaba a la grúa bajo el sol inclemente, también lo fui yo y firmé su sentencia de muerte. Después, mientras el gruista bielorruso me contaba diversas anécdotas pintorescas de la vida en su país y de los contrastes con la de España, yo solo pensaba en escupir mi coche al taller y pedirles que se hicieran cargo de los trámites de su desguace y de su muerte civil.

Me sentía ingrato. Tantos años de servicio, y tan bueno, y se lo pagaba así. Pensé en un mundo idílico con residencias públicas para coches viejos, a los que pudiéramos ir a ver en domingos alternos, y a los que, aunque ya no anduvieran, cambiáramos el aceite por su cumpleaños. Pero no hay tal: Este mundo es cruel y despiadado y yo solo pensaba en darle la puntilla a mi otrora amado coche.

Sin embargo, al cabo de un par de días me llamaron del taller para decirme que mi cascajo tenía arreglo, y no disparatadamente caro, y accedí a ello pensando que lo necesitaría hasta que tuviera el coche nuevo.

Mi mujer y yo llevábamos años, ya digo, pensando en que nos teníamos que comprar un coche, pero ni habíamos decidido aún cuál, así que en los días que estuvo el viejo en el taller redujimos nuestras opciones a tres finalistas, y cuando finalmente nos lo dieron ya arreglado cometimos la felonía de hacer que sus tres primeras misiones fueran llevarnos a los tres concesionarios de nuestros candidatos.

Con qué amor y con qué lealtad nos llevó. Me siento un miserable. Con qué resignación supo asumir su final y con cuánta lealtad -la que no tuvimos con él- nos transportó confortable y puntualmente a lo que iba a ser su matadero.

Al cabo de unos días nos decidimos, y de nuevo nos llevó a concretar nuestro pedido. Y he de decir aquí que hay que ver cuánto tardan en entregarte el coche elegido. Qué barbaridad. Tanto es así que todavía no lo tenemos y aún nos servimos del coche viejo, que se está portando como un jabato, el muy cabrito.
(El otro día subiendo una larga y dura cuesta y notando cómo, aunque ya no tenía la potencia de cuando joven, aún poseía la suficiente para defenderse con solvencia, lloré. Lloré y le di unas palmaditas en el salpicadero. Y con voz trémula le dije: "Muy bien, guapo. Eres el número uno").

-¿Qué dice usted, Hernández?
-Nada, nada, querida. Tonterías mías.
-Oiga, Hernández. ¿No iba a escribir usted una entrada sobre Le Corbusier?
-¡Anda; es verdad! Pues se me ha vuelto a ir la pinza.
-Como de costumbre.
-Me he alargado ya mucho y no me va a caber lo que quería contar. Voy al menos a terminar esta primera parte de la entrada.
-Más le vale.

viernes, 2 de octubre de 2020

Pistolitas

A Mari Carmen


Esto que voy a contar es cierto, pero no quiero dar datos ni pistas que ayuden a identificar a quienes menciono porque es algo que no tiene la más mínima importancia, puesto que de lo que pretendo hablar es de una actitud muy humana y muy general, especialmente en arquitectos (hay más de un arquitecto en esta historia), y los detalles de este ejemplo no son necesarios. He vivido muchos parecidos.

Supongamos que, hace bastante tiempo, yo tenía un asunto que me importaba mucho con una consejería, un ayuntamiento, una universidad, un colegio profesional... qué más da. El caso es que tenía un enorme interés en resolver una cosa y que unos representantes de esa entidad, la que fuera, quedaron en recibirme y reunirse conmigo para (se suponía) ayudarme a resolverla.

Fui con toda mi ilusión y mi diligencia donde me habían citado. Llegué con media hora de adelanto: lo normal; por si acaso. Esperé a que llegara el momento. En estos casos uno está muy perdido y no sabe qué hacer. Paseé un rato y por fin me decidí a entrar a la sede dos minutos antes de la hora convenida.

Gente por aquí, gente por allá, todo el mundo muy ocupado y muy activo. Pregunté por el jefe que tenía que presidir la reunión y me dijeron que estaba por algún sitio y que esperara.

Pasaron a mi lado dos personas que me sonaban. Estaba seguro de que también venían a la reunión conmigo y me presenté a ellas con mi mejor sonrisa conejil. Me dieron los buenos días pero no me hicieron más caso. Hablaban con vehemencia de pistolas. Mejor dicho, de una pistola.

Andy Warhol. Gun. 1981-82

Lo decían delante de mí, sin importarles que me enterase, y yo no tenía mejor cosa que hacer que escucharlos.

Al parecer esa entidad iba a hacer un acto digamos que "cultural" o "social", y uno de los dos había hecho una especie de cartel para darlo a conocer. Era un cartel casero y, por lo que dijeron, muy inmediato, de uso prácticamente interno; no era una cosa que fuera a tener ninguna repercusión fuera del ámbito de esa entidad, pero, no obstante, la prensa local siempre se hacía eco de esas cosas, y a lo mejor hasta describían el cartel o, lo que era peor, lo reproducían. Eso era casi imposible, porque bastante tenían con poner una notita de cuatro o cinco líneas en el apartado "sociedad" o tal vez en "cultura".

Lo que al otro le preocupaba mucho era que se hablara del cartel, porque en él aparecía una pistola.

-¿Y qué más da? -decía el autor-. Una pistola. Ya ves tú. Es algo metafórico.

-Ni metafórico ni leches. Es una pistola, tío; una puta pistola. ¿Qué va a pensar la gente?

-Nada. ¿Qué quieres que piense? Que es un cartel. Nada más que un cartel. Y además la pistola está apuntando para abajo. Es inofensiva. No amenaza. Es una metáfora, coño.

En esto llegó el jefe. Se le veía con prisa. Saludó a los dos casi con un gruñido y se me quedó mirando. Me presenté y le recordé el motivo de mi visita. Asintió y nos hizo pasar a todos a una sala. Me mostró una silla y me senté.

viernes, 25 de septiembre de 2020

La esperanza

A todos los profesores y alumnos,

pero especialmente a los de arquitectura de la URJC



Aunque soy bastante bocazas y entre este blog y las redes sociales cuento casi todo lo que me ocurre y se me ocurre, llevo tiempo evitando este asunto porque me da pudor. Pero creo que ha llegado el momento de contároslo.

Y es que en este curso 2020-2021 voy a ser profesor asociado en la Universidad Rey Juan Carlos y estoy encantado e incluso entusiasmado (y también un poco muerto de miedo). En realidad ya lo fui durante el segundo cuatrimestre del curso pasado, pero me daba no sé qué decirlo porque tenía un cierto sentimiento de provisionalidad (excepto Jordi Hurtado todos somos provisionales en todas partes) y de inseguridad (también todos estamos siempre inseguros), como si aún no lo fuera plenamente. Ahora que me han renovado ya me veo más seguro.

En la clase de Introducción a Proyectos de Raquel Martínez,
en el edificio Pavía de Aranjuez, cuando aún no era profesor.
(Fui invitado a una sesión crítica y lo pasé muy bien).
(Fotografía del también profesor y amigo Enrique Parra).

En el curso pasado fue una pena que nos confinaran al poco de haber empezado mi misión después de las vacaciones de Navidad. Apenas disfruté de dos meses, y casi cuando empezaba a conocer a los alumnos me tuve que conformar con darles clase desde casa y ver las fotos de sus caras en pequeño. Ya hablé del enorme esfuerzo que han hecho y de la gran disciplina y espíritu de trabajo que han tenido para defenderse con sus medios y espacios disponibles. También he disfrutado mucho de esos meses de clases telemáticas desde casa, pero he echado de menos el trato directo y físico con los alumnos y con mis compañeros.

Este curso va a empezar igual, y quién sabe cómo va a terminar. Ante su inminente comienzo me asaltan todo tipo de dudas: ¿Sabré enseñar algo? O, al menos, ¿sabré no estorbar e incluso ayudar a que los alumnos vayan trazando su camino? ¿Sabré conseguir algo de cercanía y de buena comunicación por el sistema telemático y el "semipresencial"? Qué raro todo, qué difícil todo. Confieso que al pensar estas cosas me asusto un poco, y que mi talante y mi edad me llevan hacia una cierta desazón.

Pero no puedo. Mis compañeros no me dejan desazonarme. Al revés. Son todos entusiastas, creativos, trabajadores. Ante cualquier dificultad se vienen arriba y proponen estrategias, ideas, alternativas. No se amilanan. No se desaniman nunca. Y son contagiosos. Los veo tan entregados y tan concienzudos que no puedo permitirme ser flojo.

Son jóvenes, muy jóvenes, y como tales son muy optimistas. Pero no por ello son menos realistas y responsables. Lo que quiero decir con esto es que en ellos hay una esperanza, una luz que dice que todo va a salir bien, o al menos que va a salir lo mejor posible. Aunque soy el novato, soy con diferencia (con gran diferencia, a mi pesar) el más viejo del grupo. Me hace mucho bien este contacto contagioso. Yo, que, según el trayecto natural de la vida y también según mi carácter, me empezaba a sentir viejo y un tanto inane, he recuperado la vitalidad. Es como si esta gente me hubiera hecho una transfusión de vida.

Los alumnos también son la esperanza, y aún más que los profesores. Casi todos son algo más jóvenes que mis hijos y veo con enorme ternura su afán por salir adelante, por labrarse un porvenir y por trabajar y conocer. Así ha sido desde siempre, y es bueno comprobar lo obvio: que la rueda sigue girando y que el mundo tiene esperanza, tiene futuro, tiene solución.

Otro de los motivos por los que no me he atrevido hasta ahora a escribir esto es porque me conozco y sé que puedo ponerme de un meloso y de un ñoño asustador. (No sé si notáis que estoy haciendo un gran esfuerzo por ser comedido).

Hace ya unos años que fui entrando en contacto con algunos de los profesores de la URJC. Desde el principio han sido muy generosos conmigo. Me han invitado a algún que otro acto, me han honrado con todo tipo de gestos; se han hecho eco de este blog y me han hecho sentir siempre como miembro de su equipo, aunque fuera ajeno. He de decir que esto me ha pasado también con otros cuantos profesores de otras cuantas universidades, tanto españolas como americanas. Qué fácil y qué directa y cercana es la comunidad virtual y telemática, en la que, aunque no lo creáis, se forman extraños vínculos de amistad y de conocimiento.

No quiero decir el nombre de nadie porque son todos. Son personas fantásticas, muy formadas, muy brillantes y, sobre todo, muy generosas. He tenido una enorme suerte. Son gente que tiene una clara vocación de enseñar. He visto de todo en cuanto a inventiva para hacer las asignaturas más claras, las prácticas más formativas, las actividades más interesantes. Esta gente da vértigo, de verdad. Y a mí ahora me está dando muchísimo. Bendito vértigo.

Fui profesor en la ETSAM, durante un solo curso, el año que cumplí treinta de edad, y lo vuelvo a ser el año que cumplo sesenta. Espero que ahora no se acabe aquí y que no me tengan otros treinta años esperando. Dar una charla a los noventa no sé si podría tener algún interés para alguien.

martes, 25 de agosto de 2020

La casa

Este verano es un buen momento para releer el cómic La casa, de Paco Roca, porque es una obra estupenda y porque las casas de verano son eso, como las bicicletas: para el verano.

Os destripo el cómic. Perdonad:

Trata de que, tras la muerte de su padre, tres hermanos, que son por orden de edad José Ramón ("Mon"), Fernando ("Nando") y Gema (quien tras "Gemusléibol" y otras gracias que le decían sus hermanos cuando era niña quedó sencilla y definitivamente en "Gema") van a la casa de Seseña, que se encuentra en un estado de abandono, para deshacerse de muchísimos trastos y ponerla en orden encargando la limpieza, la pintura y la reparación o sustitución de algunos aparatos.

Sus padres, Vicente y Elvira ("Viri"), seseñeros, nada más casarse se fueron a vivir por ahí. Él era empleado de Telefónica y estuvo destinado en varios sitios, pero durante poco tiempo. En seguida se establecieron en Madrid y allí se quedaron.

No tenían casa en Seseña, y por lo tanto iban allí muy de cuando en cuando a visitar a sus hermanas, y se volvían en el día. Mon, el mayor de sus hijos, recuerda haber pasado una navidad en la casa de su tía Celia. Aún siente vívidamente la alegría de despertarse en casa ajena: esa sensación de euforia y de aventura. Pero pasar una noche en el pueblo era algo excepcional. Las molestias eran considerables para todos.

Hacia 1969 o 1970 uno de los cuñados de Viri (el marido de su hermana Carmen) se lio la manta a la cabeza y se puso a hacer unos pocos chalés porque parecía que el pueblo, bastante cercano a Madrid, iba a tener tirón. Vicente y Viri reservaron el primero. De modo que casi se podría decir que ese boom de Seseña que décadas después devino en locura lo estrenaron ellos.

La casa era modestísima y baratísima: un pequeño rectángulo de planta baja con solera directa de hormigón y muros de carga de medio pie de ladrillo. Justo entonces Vicente se sacó el carnet de conducir, se compró un SEAT 850 (M 562358) y ya no dependieron más de la AISA. A partir de entonces pasaban todos los fines de semana, las navidades y, sobre todo, los veranos, en la flamante casa de Seseña.

A Vicente le tocaba levantarse a las seis para ir a Madrid a la oficina, y Viri trabajaba con muchas más incomodidades que en su casa de Madrid, pero los tres niños, o, mejor dicho, los dos adolescentes y la niña pequeña -Gema había venido cuando ya no se estilaba- se lo pasaban en grande.

Las tardes eran lo mejor: Vicente, después de la siesta, se ponía a regar los setos y los dos chopos, e incluso los tres árboles de la calle que correspondían a la cerca de la casa. Dejaba la manguera correr y se sentaba a leer en una mimbrera ante la puerta, en una zona que por dar al norte estaba casi fresquita. Ante esa puerta cayó casi todo Frederick Forsyth y casi todo Lapierre y Collins. Viri lo dejaba regando y leyendo y bajaba al pueblo (el chalet estaba un pelín retirado y en alto) y pasaba la tarde con sus hermanas: O bien en la ventana de la casa de Carmen (la mejor ventana de Seseña, con dominio absoluto de toda la plaza Bayona y al mismo tiempo en un retranqueo discretísimo, desde donde se podía gacetear a placer sin descaro), o bien en la plaza de la iglesia, ante la casa de su hermana Nandi. Siempre había novedades y, sobre todo, muchas visitas y mucha tertulia.

Mon y Nando salían con sus amigos (cada uno con los suyos, porque se llevaban dos años y eso era un abismo), montaban en bici, jugaban al fútbol, y Gema, la pobre, como era tan pequeña, tenía que ir con su madre a estar con sus tías.

(Inciso: Al seto inicial Vicente le fue añadiendo unas adelfas y unos rosales. Los chopos fueron talados porque causaron un pequeño desastre: Sus raíces invadieron el pozo negro y una especialmente atrevida llegó desde él al manguetón del inodoro, provocando un tapón y una avería considerable(1). Tras aquello, en uno de los alcorques huérfanos nació espontáneamente una higuera, y menos mal, porque según la tía Mercedes el año en que se planta una higuera muere alguien de la familia. Esta no había sido plantada, por lo que ella dijo que la familia estaba a salvo; y en efecto: Se cumplió el año y no murió nadie. En el otro alcorque Vicente plantó un ciruelo, este sí que aposta y a conciencia).

La casa tuvo años de gloria, de esplendor y de alegría, pero Vicente y Viri se fueron haciendo mayores y cada vez iban menos. Vicente conducía ya muy mal (nunca había sido muy bueno, pero ahora era un peligro) y Viri no sobrellevaba bien las incomodidades de la casa, aunque reunirse con sus hermanas le daba la vida. Pero el caso es que por una cosa o por otra les daba cada vez más pereza, con lo a gusto que estaban en su piso de Madrid. Y los hijos, excepto el mayor, iban haciendo su vida por otros sitios.

En resumen: La casa de Seseña fue decayendo poco a poco y acabó por quedar semiabandonada. Gema vivió una temporada en ella, pero no terminó de consolidarse.

miércoles, 8 de julio de 2020

Morricone, mi saxo, la arquitectura y la ciudad

Ha muerto Ennio Morricone a los 91 años, sin que le haya dado tiempo a venir a Oviedo a recoger el premio Princesa de Asturias ni a comerse una fabada y unos carbayones. Una pena.


La música de Morricone siempre me ha gustado mucho; y a quién no. Recuerdo el día en el que el director de la banda de música de Seseña nos repartió los papeles de una obra nueva: Moment for Morricone, un popurrí de composiciones suyas adaptado para banda.

Moment for Morricone. Comienzo de
la partitura-guía para el director.

Curioseé a ver qué películas suyas estaban. Todas las buenas. Y busqué con más tiento para ver si venía la maravillosa balada de Once Upon a Time in the West (traducida en España como Hasta que llegó su hora). Sí que estaba. Qué bonita. A poco que la hubieran arreglado y orquestado medianamente bien iba a ser de esos fragmentos que uno toca transido de emoción(1).


(Os pido por favor que veáis y escuchéis este vídeo entero antes de seguir leyendo, y que cuando termine lo volváis a escuchar).

Qué cosa tan bella, qué carne de gallina. Y además estaba muy bien arreglada para la banda. El énfasis de las trompetas, la dulzura de los clarinetes, la limpieza de la flauta, el jugueteo aterciopelado de los saxos... altos. Sí, altos. ¿Y qué pasaba con los tenores? (Soy saxo tenor, toco un instrumento al que los arreglistas odian). Pues los saxos tenores en esa parte solo teníamos redondas y alguna blanca. Una especie de bajo continuo o de mugido de vaca.

Muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu
Fooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
Muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu

Y en ese plan.

Es cierto que los demás instrumentos tenían que regatear entre corcheas y semicorcheas, mientras que el papel de los tenores era facilísimo, pero también es cierto que si ensayabas eso en casa venían los vecinos a echarte, y ni siquiera tú sabías por dónde te andabas. Qué cosa más aburrida y más triste.

domingo, 5 de julio de 2020

Diez años

El día 5 de julio de 2010 nació este blog con esta primera entrada. Por lo tanto, hoy cumple diez años.


Empezó llamándose "Arquitectamos locos?", sin signo de apertura de interrogación, pero no fue por postureo, sino porque había diseñado uno muy aparatoso, al modo de las letras capitales de los amanuenses, que quise insertar delante y no supe. Y ya se quedó así. Al cabo de años puse el que veis. Lo que no quité fue la tilde de "sólo", que poco a poco, obediente aunque disconforme con la Academia, voy suprimiendo con esfuerzo en mis escritos. Pero en esta cabecera no he querido quitarla; al menos por ahora.

¡Diez años ya! Las primeras entradas las escribía en word y luego las insertaba aquí porque no sabía que se podía editar directamente. Tampoco sabía que se podían insertar imágenes, ni nada de nada.

Tenía cuatro seguidores, amigos y compañeros de Toledo y uno de Las Rozas (saludos si me seguís leyendo), a quienes mandaba un correo electrónico cada vez que publicaba una nueva entrada.

Y desde entonces hasta ahora. Diez años que por una parte parecen un suspiro y por otra casi una vida entera.

He celebrado ya aquí sus primeros cinco años, su primer millón de visitas (por cierto, acaba de llegar al millón y medio), etc, y siempre he contado lo mismo: las grandes alegrías que me ha dado y que me sigue dando, la cantidad de buena gente que he conocido, las oportunidades que he tenido, los eventos a los que me han invitado gracias a él... Todo estupendo. Lo empecé al poco tiempo de cumplir cincuenta años, sintiéndome un hombre derrotado, y ahora tengo sesenta y estoy renacido.

Pero hoy no quiero seguir por ahí. No quiero contaros las buenas cosas que me ha traído el blog ni lo encantado que estoy con él. No, que me pongo ya muy cansino y luego me regañan.

Por ejemplo: El otro día, como digo, he llegado al millón y medio de visitas. Lo he contado en las redes y mucha gente me ha felicitado; entre ellos, mi amigo de Facebook Carlos Bento Company me ha hecho este gracioso meme:

Gropius, Corbu y Breuer: Fans.

Me ha encantado. Me he hinchado como un pavo. (Uy, como un pavo; qué más quisiera: Como un hipopótamo).
He puesto en seguida esa imagen en Twitter (Carlos Bento no lo trabaja) y por ella han seguido felicitándome, hasta que...


¡Zas! ¡En toda la boca! Es verdad. Y entonces he humillado las orejas y me he dado cuenta de que este blog es totalmente insignificante e inane. Me da alguna satisfacción banal y un nocivo sentimiento de plenitud, como si fuera algo importante. No lo es. En realidad no me sirve para nada.

Por ejemplo:

lunes, 29 de junio de 2020

Simón y Garfúnkel

Me han recriminado en Twitter que escribiera Simón y Garfúnkel, con sendas tildes, tal como lo acabo de hacer aquí. Ya, ya sé que no las llevan. También sé (ahora) que sus apellidos se pronuncian algo así como Saimon and Gárfancol. Pero a mis catorce años eso no era así.

Las tildes en rojo son mías, claro.

A los catorce o quince años empezamos a hacer guateques en la casa de mi primo Carlos o en la de mi amigo Antonio, que eran formidables, porque ambas tenían unos cuartos separados, en el patio, que servían estupendamente para ese fin, con suficiente independencia y comodidad. (También los hacíamos en casa de Javier, de Alfredo y de algún otro, pero en esas era cuando no estaban sus respectivos padres).

Fumábamos, bebíamos algún que otro cubata excepcional entre las habituales mirindas, fantas y cocacolas, y, sobre todo, bailábamos con las chicas de la pandilla. (Bueno, en realidad lo que hacíamos casi siempre era recoger calabazas).

Para bailar agarrao las dos grandísimas (y larguísimas) canciones eran Mediterráneo, de Serrat y Puente sobre aguas turbulentas, de Simón y Garfúnkel. Eran dos elepés que estaban siempre. Bueno; tampoco teníamos tantos.

Muchos de los éxitos que escuchábamos eran de discos de los hermanos y primos mayores. Seguíamos bailando músicas de grupos que ya llevaban años separados. Las cosas antes iban más lentas y duraban más. No se pasaban de moda.

Teníamos algunos elepés y bastantes sínguels. Los elepés los poníamos por las canciones más famosas, y este de Bridge Over Troubled Water era tan solo para escuchar la canción que le daba título, que en aquella época de mi vida fue mi favorita y lo siguió siendo durante años.
Lo que pasaba es que a veces dejábamos correr el disco, y sobre todo cuando el disyoquei era curioso y traviesón (y ponía discos porque no ligaba nada) dejaba caer una canción de ese mismo álbum que se titulaba So long, Frank Lloyd Wright, que, según supimos, quería decir Hasta luego, Frank Lloyd Wright. Yo sabía quién era ese Frank Lloyd Wright porque mi primo (el que solía poner el local) tenía un libro de esos de Maravillas del Mundo, o así, que traía unos dibujos de la casa de la cascada, que nos parecía impresionante.

Esa canción de So long, Frank Lloyd Wright no nos gustaba mucho porque era un poco sosa, pero, sobre todo, porque era bastante corta, y para una vez que conseguías que una chica quisiera bailar contigo era una pena que la cosa se terminara tan pronto. Aunque por otra parte estaba bien, porque a algunas chicas les daba cosa decirte que sí en una canción larga y romántica, no te fueras a pensar (tú y los demás) que les gustabas o algo, pero con un azuquimosqui cortito y soso te decían que sí porque era como que comprometía menos. Se charlaba un poquito (apenas nada), se estaba el resto del tiempo en silencio y ya.

Podría decir que subliminalmente esa canción contribuyó a que yo con el tiempo fuera arquitecto. La verdad es que quedaba ya poco (un par de años) para escoger carrera y había que irlo pensando. Yo tenía más o menos claro que iba a ser ingeniero de telecomunicaciones, que no sabía bien en qué consistía: Bueno, sí, en trabajar en la Telefónica en un puesto bastante mejor que el de mi padre. Él estaba orgulloso de imaginárselo. Se me daban muy bien los estudios, era muy bueno en matemáticas y en física y parecía que podría hacer esa carrera. Bueno. De acuerdo. Además tenía fama de difícil y eso me daba como un aura anticipada de gloria y heroísmo: Iba a ser ingenierodetelecomunicaciones. (Se le llenaba a uno la boca incluso cuando no lo decía; solo de pensarlo).

lunes, 22 de junio de 2020

Desaparecer

Acabo de enterarme por casualidad (como pasan estas cosas) de que una piscina que hice en un pueblo toledano hace muchos años lleva ya tiempo convertida en un skate park. (En español podríamos llamarla "pista de patinaje acrobático" o algo así).
Primero he sentido un poco de pena y de nostalgia, pero en seguida un gran alivio, y esa sensación es la que voy a intentar contaros hoy.

Imagen de un skate park en Zaragoza. (No tiene nada
que ver con el que yo digo, del que no quiero dar pistas).

Me cuentan que mi obra llevaba años sin tener el tirón que tuvo. Cada vez había más piscinas particulares y la gente tenía menos ganas de ir a la pública. (Así nos va con todo: En vez de disfrutar con algo colectivo grande y bien dotado lo repetimos incansablemente en sucedáneos privados, pequeños y peores, pero de uso exclusivo). El coste de mantenimiento era muy alto para el poco partido que se le sacaba. El ayuntamiento ponía a concurso su explotación, con su bar-restaurante correspondiente, y nadie se presentaba. Un desastre. Al final ya ni la abrían. Así que han hecho esto del patinaje que parece que tiene más tirón.

Habría que hablar del alivio que le supone a un arquitecto que demuelan o alteren profundamente su obra, extinguiendo así su responsabilidad civil sobre cualquier cosa desagradable que pueda pasar de ahí en adelante, pero ese no fue, esta vez, mi caso. Hice la piscina hace muchísimos años y el período decenal estaba ya más que extinguido, e incluso doblado.
No; no era eso. Fue una especie de limpieza interior: Una obra menos, una resta, un aligeramiento de peso. Sentí el placer de ir tachando.

Sin embargo, en el inicio de la profesión, en el inicio de la vida, lo normal es que uno intente dejar huella, llamar la atención, hacer muchas cosas y muy espectaculares. Cuesta mucho ir desocupando esa vanidad, irla vaciando, y casi nunca es un acto libre y voluntario, sino la consecuencia de las decepciones y bofetadas que te va dando la vida. Y el cansancio. Y el hastío. Y la única ansia que al final te queda es la de que te dejen tranquilo, la de vivir en paz lo que te quede y no marear demasiado.