Mostrando entradas con la etiqueta Torrente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Torrente. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de diciembre de 2024

Contenido adulto

El otro día quise poner en Bluesky una foto de la reproducción de la estatua La Mañana, de Georg Kolbe, que está en la reproducción del pabellón de Barcelona de Mies van der Rohe, y no me fue posible. Me salió un mensaje diciéndome que la imagen tenía "contenido adulto" y no podía mostrarse.

¿Contenido adulto?, me pregunté. Sí, claro, es una importante obra de arte que fue catapultada a la historia de la arquitectura por formar parte de una de sus obras maestras inmortales. Infantil propiamente no es, aunque hay gente muy lúcida y muy creativa que les hace llegar a los niños el amor y el conocimiento por la arquitectura(1). Bueno, es discutible, pero digamos que sí, que el contenido es adulto. (Incluso tomando el adjetivo adulto como sinónimo de maduro, serio, importante, desarrollado, responsable, etc. De acuerdo). ¿Y por eso no la puedo poner? Ojalá lo que publico tuviera de verdad contenido adulto. 

¡Ah, no, acabáramos! No se trataba de una disquisición "adulta" conceptual, sino zafiamente torrentera. El robot programado a tal efecto no vio en esa estatua nada más que vulva y tetas, y le debió de salir del alma (o de los microprocesadores) lo de "¿y si nos hacemos unas pajillas?" Hice la prueba y, en efecto, con esos rayajos rojos el robot la admitió sin problemas. O sea, que el contenido adulto era lo que queda tapado.

viernes, 31 de julio de 2015

Sexo y kitsch

En una entrada reciente decía que había que atacar el afán simbolista en la arquitectura, y que había que clamar siempre contra la arquitectura que simboliza cosas. Y relacionando esta idea con el kitsch y con el espíritu romántico, apunté brevemente que "el kitsch es romántico, y el romanticismo es una actitud reaccionaria ante el sexo. El romanticismo necesita una muy buena excusa para acceder al sexo, y esta arquitectura kitsch necesita una muy buena excusa para apelar a los sentimientos y al honor de un pueblo. Pero en ambos casos son excusas simbolistas, falsas, postizas, manipuladoras".

Llámalo amor y romanticismo, pero ya sabemos lo que quieres decir

Como no me puedo callar la bocota, prometí desarrollar esa insinuación en una posterior entrada. Bueno, pues a ver cómo cumplo mi promesa y cómo, ligando sexo y kitsch, puedo hablar de arquitectura simbólica.
(En menudos líos me meto. Menos mal que mi asesor personal, Jesús Julián Federico Alfonso Vélez de la Revuelta y Díaz de Montenegro Santafé -Chusi-, me dice que poniendo la palabra sexo en el título voy a batir records. Pues sea por ello. Me meto en el charco).

En su imprescindible y curioso libro Kitsch, Vanguardia y el Arte por el Arte (1), Hermann Broch dice que en el origen del romanticismo está "el origen, por un lado, de la exaltación de quien, desdoblando todas las energías espirituales, incluidas las artísticas, intenta elevar a una esfera absoluta o pseudoabsoluta el mezquino acaecer cotidiano de la vida terrenal y, por otro, del terror de quien intuye el peligro de una empresa de este tipo. De hecho, de dicha exaltación y de dicho terror deriva esa particular incertidumbre del alma romántica que, trémula y vacilante, quisiera volver atrás, quisiera correr hasta el seno de la Iglesia para refugiarse nuevamente en su certidumbre sobre el absoluto".


Vamos, que el romántico quiere exaltarse por cualquier chorrada o, mejor dicho, quiere que todo lo que le pasa sea sublime. Sólo quiere vivir en una exaltación continua, en una excitación permanente. Pero se da cuenta de que por ese camino acaba sacralizando todos sus instintos y todas sus circunstancias, y se asusta. No quiere ser un "pagano naturista" o algo así. Se siente culpable. Es puritano, y le da vergüenza descubrir tanta intensidad en sus sentimientos, tanta sensualidad.
"Toda ascesis, toda represión del placer tiene un centro de gravedad sexual. Es cierto que el puritanismo no imponía una castidad monástica, sino una rigurosa monogamia. Precisamente, lo que había que confirmar y reforzar era la monogamia; tanto más cuanto que, de esta manera, se podía impregnar el corazón de libertinage. El amor monógamo quedaría a salvo, si se lo intensificaba hasta la exaltación que en otro tiempo había sido rigurosamente prohibida por la ascesis".
El monógamo envidia al libertino, y para vencerle resuelve que lo suyo es mucho más puro y mucho mejor. Está seguro de su superioridad ética y moral sobre el libertino, pero pierde pie cuando considera que el libertino se divierte y disfruta más que él, y dedica todas sus energías a corregir esa sensación, de manera que decide que su monogamia es mucho más intensa, sublime, estupenda, completa, etc.
"La nueva época, es decir, la época de la burguesía, aprueba la monogamia, pero al mismo tiempo quiere gozar de todos los placeres del libertinage, de forma todavía más concentrada, si ello fuera posible. Por ello, no se contenta con elevar hasta las estrellas el acto sexual monógamo; obliga a las estrellas, junto con las demás cosas eternas, a descender a la tierra para ocuparse de la vida sexual de los hombres y permitirles alcanzar mayor intensidad de placer. El medio para alcanzar dicho resultado es la fantasía reforzada con la exaltación".
El "enamoramiento romántico" es algo sublime, y tan fuerte que obliga al propio Dios a ser su testigo y su cómplice. Hay una falta absoluta de medida, de proporción y de límite. Nada es suficiente para exaltar tanto amor. Toda la historia de la humanidad, todos los milenios transcurridos hasta ahora sólo han tenido como objetivo que yo me enamorara de esa mujer. Mi amor convoca a todas las fuerzas cósmicas y las conjura.
Puestas así las cosas, ¿habrá alguna tarjeta postal capaz de expresar lo que siento? ¿Habrá algún perfume, algún regalo, algún dulce, algún adorno digno de este amor? No. Imposible. Nada es suficiente. Nada es demasiado. Necesito más, más y más.




¿Hace falta seguir? No; ¿para qué?
En esta misma línea leemos las letras de algunos boleros: "Sabrá Dios si tú me quieres o me engañas"; "Amor, amor, amor, nació de Dios para los dos; nació del alma"; "Mujer, si puedes tú con Dios hablar pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar"; "Ahorita estaremos juntos, unidos por siempre en nombre de Dios"; "Qué tendrán tus ojos que cuando ellos miran me acercan a Dios". Y muchos más. (Se ve que Dios no tiene mejor cosa que hacer que andar de carabina, o estar ahí plantificado para hacer de testigo, o algo así).
Resumiendo lo dicho por Broch, el libertino emite y reparte material genético a plena satisfacción, sin complicarse la vida ni pensárselo dos veces, mientras que el romántico, muchísimo más limitado en cuanto al reparto, necesita convencerse de que lo suyo es mucho más valioso, e incluso más placentero. Y no repara en exagerar.
Según Broch, esta es una de las características fundamentales del kitsch.

lunes, 12 de marzo de 2012

Cochino dinero

El locutor de radio y comentarista político conservador Rush Limbaugh (a quien solo conozco porque salió en un episodio de Padre de Familia) llamó prostituta a una estudiante universitaria por haber pedido un seguro de salud que incluyera métodos anticonceptivos.
Montó un pollo considerable; tanto que el mismo Obama le pidió que se retractase. Limbaugh no solo no pidió disculpas, sino que se reafirmó con un chascarrillo tan elegante como cabría esperar: "Si todos los contribuyentes vamos a pagar con nuestro dinero para que esa chica folle gratis, tendremos que pedirle algo a cambio: Por ejemplo que lo grabe en vídeo y lo cuelgue en la red". (Echo de menos a Torrente).


El hacedor de opinión se quedó tan ancho. Se sentía perfecto, inamovible y triunfador. Veía que el desplante al presidente le iba a hacer ascender aún más puestos en el ranking de los teapartianos y le daría un marchamo de aquíestoyyo, de amíconesas y de bóquépasssa. Obama le había puesto el lucimiento a huevo.
Pero entonces, contra todo pronóstico, los anunciantes y patrocinadores de su programa se retiraron muy enfadados, y Limbaugh se quedó con el culo al aire. Su altivez se diluyó súbitamente, y pidió disculpas.
Me parece muy interesante que lo que no consigue una llamada al orden, a la reflexión, a la piedad, etc, lo consiga la pérdida de ingresos. Me parece tan digno de interés como de asco que nada se pueda con razones, con inteligencia, con diálogo, y que todo se pueda con la pasta. Cochino dinero.
No comparto la ideología de Limbaugh, pero si él cree honradamente (aparte de chistecitos impresentables) que los contribuyentes no deben sufragar anticonceptivos, que lo defienda con argumentos. Sin embargo, ante la perspectiva de perder pasta la única salida que encuentra es bajarse los pantalones y pedir perdón.
No hay ideología, no hay razones, no hay opiniones. Solo hay dinero.


Por la misma razón, ahora todo el mundo se ha caído del guindo con la arquitectura. Ahora, como no hay pasta, todos saben de arquitectura para odiarla, para echarle la culpa de todo. Es la causante de que estemos como estamos, de que no haya dinero para fines sociales, ni trabajo, ni expectativas, ni nada. Pues vaya. Menuda responsabilidad la de los arquitectos, que han dejado sin sillas de ruedas los hospitales, sin tizas los colegios y ya, si me apuráis, casi sin leche los senos maternos.
Ayer El Follonero dedicó su programa Salvados a criticar los dispendios de la arquitectura disparatada de nuestra pasada época de esplendor, hoy ya prácticamente olvidada en el lodazal de esta miserable roña que nos come. Ese reportaje se une al de hace unos meses de La 2, Se acabó la fiesta.
Ahora ya sí. Ahora ya todo el mundo puede poner a parir a Calatrava, a Moneo, a Norman Foster, a Isozaki, a Niemeyer, a Eisenman, a Nouvel... Pues ahora a mí no me da la gana.