El dadá y el surrealismo dejaron sus semillas de imprevisibilidad, ilógica y cachondeo, que, unidas al aburrimiento y a la falta de horizontes espirituales e intelectuales de después de la Segunda Guerra Mundial, generaron movimientos de lo más diverso.
No haré aquí un resumen de la Internacional Letrista, sino que solo me referiré brevemente a uno de sus planteamientos urbanísticos.
Ivan Vladimirovitch Chtcheglov, en su Formulario para un nuevo urbanismo, promovió la renovación urbana radical, para que la ciudad estuviera formada por espacios dispuestos para la aventura. La ciudad era para vivir, y la vida era juego y excitación.
En esa misma línea, Gil J. Wolman predicó el urbanismo unitario, que entendía la ciudad como espacio excitante, contra el aburrimiento y la borreguez de la burguesía.
Copio textualmente lo que dice Granés:
Entre sus propuestas pedían que se dejara abierto el metro por la noche, cuando cesara el tránsito de trenes. También que se mantuvieran los pasillos y las vías mal iluminadas; que se abrieran los tejados de París para pasear por ellos, acondicionando escaleras y creando pasarelas donde fuera necesario; que se dejaran los jardines abiertos las 24 horas; que se instalaran interruptores en las farolas de las calles para que el público decidiera el grado de iluminación; que se trocaran arbitrariamente las indicaciones de paradas, destinos y horarios de los trenes para favorecer los destinos azarosos; que se suprimieran los cementerios y destruyeran los cadáveres; que se abolieran los museos y se repartieran las obras de arte más importantes por los bares de la ciudad; que se diera acceso libre a las prisiones y se contemplara la posibilidad de convertirlas en sitios turísticos; y que además se borraran las distinciones entre turistas y presos e incluso se sorteara un período de reclusión entre los visitantes.
No está mal, ¿verdad? Lo tomamos como mera provocación sugerente, sin más, y no le damos ninguna importancia. Cuatro locos.