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sábado, 1 de septiembre de 2012

Entrevistas más acá: Carlo Scarpa

Hacía tiempo que le insistía a Doña Leucemís Cacatuídae López de Berruguete (alias Sita Chloe) para que me brindara el privilegio de entrevistar a otro arquitecto. No sé por qué me daba largas y se desentendía: Con el dineral que me iba a cobrar debería haber estado más que dispuesta. (Yo, por mi parte, no le pensaba regatear sus honorarios, porque la otra vez el blog batió records, y estuve nominado a los premios Blogosfera Desespera y todo).
Un buen día la encontré más accesible y le propuse el nombre de un glorioso arquitecto (que no nombraré). No pudo ser porque estaba castigado y no le dejaban venir. Luego otro (de resaca), luego otro (liado con una admiradora), y al final fue Carlo Scarpa.
Este sí. Este estaba disponible. Vamos, demasiado disponible. Tanto que se presentó en el acto. Otra vez igual: Como había sido mi cuarta opción no había preparado la entrevista, y al ser todo tan rápido, apenas pude pensar en nada.
-¿Versión doblada? -me preguntó Doña Leucemis.
-Sí, por favor -le contesté. Me avergüenzo mucho de mi pertinaz monoglosia, y más ahora que me estoy internacionalizando.
La cara de la Sita Chloe se fue difuminando y en su lugar fue materializándose la de Scarpa. Apareció tan contento, con su sombrerito de turista y todo, y con sus gafotas redondas. Muy pinturero él.
La cara y el sombrero eran suyos, pero las manos que sostenían la bola de cristal seguían siendo las de la Sita Chloe, lo que le daba un aspecto monstruoso e inquietante.


La pícara expresión del maestro, con esos ojillos pequeños y maliciosos como de... como de..., siempre me ha recordado al Conde Draco de Barrio Sésamo. (Bueno, vale; pues a mí siempre me lo pareció).


Esta bien, dejémosnos de tonterías, que así no me van a dar nunca el Blogosfera Desespera. Iba diciendo que su pícara carilla sonriente me hizo un gesto como de complicidad. Le di las buenas tardes, la bienvenida y le manifesté mi admiración.
CARLO SCARPA.- Sí, sí. Admiración. Ya he visto que he sido plato de cuarta mesa.
(Su voz era la de Torrebruno. ¿Por qué me pasarán estas cosas? ¿Por qué elige la Sita Chloe estos dobladores?)
(No podía seguir; no podía. Torrebruno me traía demasiados recuerdos: Sus chistes, que solo le hacían gracia a mi abuelo Vicente, que los repetía ene veces; sus canciones (Tigres, leones, todos quieren ser los campeones); sus amores otoñales (o invernales) con Yola Berrocal, y, el colmo, que fuera mi cuñado Toni, que por entonces era auxiliar de clínica en Madrid, quien lavara y arreglara su cuerpo para el último viaje. Eran demasiados estímulos).
(Por otra parte, Scarpa tenía los ojillos pequeños, pero muy expresivos y picarones, como Torrebruno, y movía las manos "a la italiana", como cualquier mal actor que quiera hacerse el italiano. Como Torrebruno.
"Concéntrate. Olvídate de Torrebruno", me decía a mí mismo. "Es que encima se llamaba Rocco", me contestaba. "¡A lo tuyo!", me regañaba, "Pregunta algo inteligente, leches").
ARQUITECTAMOS LOCOS?- Signore Scarpa -soy monógloto, pero no tanto como para no poder decir signore-, es usted uno de los mayores diseñadores...
CS.- Arquitecto. ¿También me vas a negar tú el título?
AL?- Es cierto. En Italia se lo estuvieron negando toda la vida...
CS.- Porque no había estudiado la carrera. Ya ves tú.
AL?- ...y se lo dieron a título póstumo en cuanto se murió.
CS.- Cabrones. Cuando ya no les podía hacer la competencia.
AL?- Fue un detalle bonito, aunque, sí, algo sarcástico.
CS.- Es una tontería. Yo, como todos, colaboraba con arquitectos, ingenieros... El asunto de la firma era solo una pequeña humillación. Nada más.
AL?- Hemos hablado de su muerte y, perdóneme, pero necesito que me aclare una cosa.
CS.- ¡Ya estamos con lo de mi muerte!
AL?- Escribí un relato...
CS.- ¡Ya estamos con lo de tus relatos! ¡Eres como Umbral!
AL?- ¿Conoce usted a Francisco Umbral?
CS.- ¿Que si le conozco? ¡Pues anda que no nos da el coñazo allí con lo de sus libros, sus libros, sus libros!
AL?- De acuerdo. Perdone. El caso es que quise documentarme sobre su muerte, y hay un secretismo muy grande. En todos los libros se dice que murió usted en Sendai (Japón) a consecuencia de un ridículo accidente, de un estúpido accidente, etc, pero nadie dice qué pasó. Leí todo lo que cayó en mis manos, busqué por internet, escribí a su Fundación (que ni me contestó).
CS.- Y al final pusiste lo que te dio la gana. Te lo inventaste todo.
AL?- No. De verdad que leí que usted había muerto al resbalar en la escalinata del templo Toshogu, y me pareció muy hermoso. Escribí un cuento en el que un espíritu celoso le ponía la zancadilla. Pero cuando estaba todo el libro terminado leí otra versión (que creo que es más cierta), en la que usted se cayó por las escaleras, sí, pero por las mecánicas de un centro comercial. Mucho más prosaico. ¿Cuál es la versión correcta?
CS.- ¿Y qué más da?
AL?- Entonces es la del centro comercial.
CS.- Cuando los libros hablan de un "estúpido accidente" es que verdaderamente fue un "estúpido accidente". Dejémoslo así.
AL?- Vale. O sea, que me quedaré sin saberlo aunque le tenga a usted aquí delante.
CS.- A otra cosa. mariposa.