domingo, 17 de octubre de 2021

Lo justo y necesario

Hace unos años, cuando empecé con esto de las redes, descubrí y me hice seguidor de unos cuantos arquitectos y estudios de arquitectura, y desde entonces sigo con interés lo que tienen a bien publicar.

Uno de los primeros que seguí, y ni recuerdo cómo di con ellos, fue el estudio DG de Valencia. Y hoy quiero contar aquí algo de lo que veo y de lo que siento con ellos. (No he querido contactar, ni que me explicaran nada, sino lanzar mi opinión y mi lectura espontáneamente. Supongo que se llevarán una sorpresa, espero que no desagradable. Si me equivoco en algo aquí les dejo esta tribuna para que puntualicen y corrijan lo que sea preciso).

El estudio está formado por los arquitectos valencianos Isabel Roger Sánchez y Daniel González López, titulados en 2005 por la ETSAV y, creo, pareja vital tanto como profesional.

En su web tienen algunas obras de nueva planta, pero el grueso de su producción creo que son las reformas, principalmente de viviendas, en Valencia. Esta faceta suya es la que primero conocí, la que me interesó mucho y la que más me sigue interesando. Sus obras nuevas son muy buenas, pero de lo que quiero escribir aquí hoy es de las reformas.

Les encargan echarse sobre las espaldas alguna vivienda antigua, obsoleta, algo oscura y con una distribución incómoda y liosa y ellos la llenan de luz y de paz. Lo que me resulta más curioso es que eso no lo logran a base de vaciarla y volverla a hacer, sino con pocos gestos muy sutiles. En casi todos sus proyectos publican la distribución de antes y después y la diferencia no es nada traumática ni espectacular: Tiran un tabique para hacer de dos cuchitriles una buena habitación, mueven un poco el baño, organizan levemente las circulaciones y ya está: el milagro. Hacen apenas lo justo. Que coincide, claro está, con lo necesario.

sábado, 9 de octubre de 2021

La huella y la memoria

El arquitecto pontanés Francisco Gómez de Tejada, muy vinculado a su ciudad -Puente Genil (Córdoba)- y muy interesado por su historia, pasaba a menudo por la plaza en la que hacía muchos años había estado la ermita de Santa Catalina. Un mural de azulejos ("retablo cerámico" lo llaman allí) era lo único que quedaba como recuerdo y homenaje a aquella ermita, cuyo emplazamiento se había convertido en una placita tranquila.

La placita donde estuvo la ermita.
Imagen del Google Street (que aún muestra así ese lugar)

Detalle de la foto anterior. En la medianería
hay un mural de azulejos

Ese mural representa una vista de la ermita que estuvo allí:



El arquitecto pensaba si podría haber alguna manera más potente de recordarla que la de ese mural, y, dándole vueltas, acudió al proyecto de Robert Venturi y Denise Scott Brown para el Franklin Court de Filadelfia, que consistía en un recuerdo a Benjamin Franklin mediante la ejecución de museos y de tratamiento del paisaje, y, entre todo ello, la recreación volumétrica de las que llamaron gost structures (estructuras fantasma), que reproducían pabellones y elementos de la casa en la que el prohombre había vivido.

Venturi y Scott Brown. Gost structures en el Franklin Court, Filadelfia.

Siguiendo la misma idea, Francisco Gómez de Tejada planteó reproducir el volumen construido de la ermita de Santa Catalina.

lunes, 4 de octubre de 2021

La venganza

En el delicioso, divertido y aleccionador libro Tendencias Compulsivas, José María Echarte nos cuenta, entre otros episodios delirantes, el del contrato de Norman Foster con la Comunidad de Madrid para aportar su grano de arena a la Ciudad de la Justicia, por el que cobró una cantidad impresionante de dinero a cambio de unos meros dibujos iniciales que finalmente no cuajaron en nada(1).

El autor del libro, visiblemente emocionado por semejante heroicidad escribe: "Norman, eres mi ídolo". Yo añado: "Gracias, Norman. Nos has vengado a todos. Nos has vengado, además, ante una política que nos odia. Y, de entre todos nosotros, has vengado especialmente a Ventura Rodríguez. Solo por eso me descubro ante ti".

Ventura Rodríguez fue un arquitecto importantísimo: Lo pintó Goya, tiene sello de correos y tiene estación de metro en Madrid. Esas son tres señales inequívocas de haber triunfado en la vida. Y sin embargo... 

Sin embargo siempre me queda la sensación de que anduvo a salto de mata, tapando agujeros, poniendo parches a encargos urgentes y mucho más tontos y anodinos de lo que su enorme talento merecía. Poco más y me lo imagino proyectando la reparación de un canalón, urgido a ello por el poder, que le negaba proyectos mucho más importantes y lucidos para que no le distrajeran de estas cagadas siempre perentorias.

Tras unos inicios muy prometedores, los reyes lo apartaron de las mejores obras para dárselas a algún arquitecto francés y a alguno siciliano. Pero, eso sí, él hacía un vallado, una puerta, una isleta para plantar en ella a La Cibeles... En mi opinión, chorradas indignas de él.

lunes, 27 de septiembre de 2021

Muy verde

A ver: ¿Qué preferís: el hormigón o el césped; el asfalto o las flores? Creo que no necesito leer vuestras respuestas. Me las imagino unánimes. Pero como casi nunca hay unanimidad en nada, yo, como aquel dentista de cada diez que sí recomendaba chicles con azúcar, voy a pronunciarme hoy por el hormigón y por el asfalto y en contra de los vegetales.

Y es que el ABC nos cuenta con gozo la gran noticia de que la primera fábrica de FIAT, en Turín, se convierte en el jardín colgante más grande de Europa. ¡Bravo! (Si no te dicen nada más).

Ponen esta ilustración con algunas plantas en la cubierta

Pero para muchos de nosotros esa fábrica de la FIAT no es solo un mamotreto de hormigón con una capa de asfalto en la cubierta, al que hay que dignificar y suavizar con verde. Para muchos de nosotros ese mamotreto es una obra maestra de la arquitectura, de la tecnología y del espíritu humano de todos los tiempos.

En 1926 la casa FIAT creó en el barrio de Lingotto, de Turín, su primera fábrica. Era fábrica, eran oficinas y era ¡circuito de pruebas en la azotea!

El ingeniero Giacomo Mattè-Truco, empleado de la casa en la sección de talleres mecánicos y fundiciones, diseñó un edificio larguísimo con una pista de carreras de mil doscientos metros en la azotea.



jueves, 16 de septiembre de 2021

Hoy no me puedo levantar

Hoy es un día especial, uno de esos raros en los que una historia que venía fraguándose desde hacía tiempo cierra con una guinda, con un perfect. Hoy es un día de alegría para la arquitectura, porque es precisamente ella la que engarza ese broche de oro.

Todo encaja como en una  trama de una novela policíaca, y se resuelve con una solución tan inesperada como coherentísima que nos deja con la boca abierta, pasmados, admirados.

La historia empieza hace ya un par de décadas: El ayuntamiento de Madrid le cedió una parcela en el distrito de Hortaleza al gran emprendedor José Luis Moreno para que construyera en ella el fantástico proyecto empresarial del Coliseo de las Tres Culturas. (Perdonad: No sé qué tres culturas. Supongo que la del pelotazo, la del mamoneo y la del abuso). Parece ser que el ayuntamiento le dijo: "Toma, Moreno", y ya.

El insigne empresario presentó su proyecto y todo parecía ir bien (aunque despacio) hasta que de repente, vaya usted a saber por qué, el gran hombre cayó en desgracia. Ya sabéis cómo va esto: Eres una persona encantadora y en un momento, porque haces negocios con la mafia o porque tú eres la mafia(1), te empiezan a mirar mal y te hacen de lado. Tiquismiquis.

El caso es que la parcela de patrimonio público que el ayuntamiento de Madrid le había puesto a su disposición se quedó sola y abandonada, con toda su pública patrimonialidad desatendida.

Acaso la asociación de vecinos de Hortaleza pudo llegar a pensar que con esa parcela hicieran algo infame como un edificio público: un centro social, un centro de salud, una biblioteca... Esas estupideces.

Pero menos mal que otro prohombre se prestó a recibir ese suelo y rescatarlo de la mediocridad de lo público-vecinal. Un héroe: "Si no puede ser para Don José Luis Moreno yo mismo me puedo hacer cargo de él". Benefactor.

lunes, 30 de agosto de 2021

Dámaso Alonso y el hurbanismo

Para el concepto de "hurbanismo" véanse las
dos entradas dedicadas a él en este blog:
"Hurbanismo (I)" y "Hurbanismo (y II)"


Me acaban de llamar para hacer un certificado de una casa. Al preguntar la dirección me han dicho que es la calle de Dámaso Alonso. "Dámaso Alonso", he pensado, y se me han venido a la mente las tres experiencias que tengo del poeta, que son:

1.- Durante mi infancia, adolescencia y primera juventud (desde mis ocho a mis veintidós años) fue el director de la Real Academia de la Lengua. En aquella época todos los cargos parecían eternos. Salía de vez en cuando en la tele y era un hombre pequeño, calvo, casi insignificante. Un vejete inofensivo.

2.- Hacia mis veinte o veinticinco años leí el Retrato del artista adolescente de Joyce traducido por él. Lo leí, cómo no, instado por la cita tan repetida por Oiza de que el artista permanece fuera de su obra, despreocupado, cortándose las uñas. Y me pareció que el vejete inofensivo había estado muy atento a la vanguardia en su juventud.

3.- Finalmente, entre mis veinticinco y mis treinta años leí su Hijos de la ira (que era el típico libro que tienes que citar en el bachillerato y que ni se te pasa por la cabeza que algún día vayas a acabar leyendo). ¡Joder con el vejete inofensivo! ¡Qué pedazo de libro! ¡Qué pegada!

domingo, 22 de agosto de 2021

Friki, maniático y a lo mejor un poco tonto

(Entrada agosteña: Muy ligerita y vacacional).


Me gustan mucho muchos objetos relacionados con la arquitectura. Me gusta incluso, en la medida de lo posible, atesorarlos.

Ya os he contado alguna vez que colecciono sellos de arquitectura moderna, pero también me fascinan las monedas, las medallas y todo tipo de chorradillas no solo como objeto de conocimiento, sino más bien de veneración. [El síndrome del coleccionista está ampliamente descrito en la bibliografía psiquiátrica, pero ya he dicho que esta es una entrada vacacional y no quiero entrar en honduras].

Teniendo esta manía, cuando tengo una tarde tonta soy un peligro, porque me pongo a buscar por internet libros dedicados, pisapapeles, vitolas de puros... y siempre acaba cayendo algo. Menos mal que propendo a la tacañería y que esta expansión no supone una merma en los medios de supervivencia de mi familia.

Bueno, pues el otro día vi que la compañía de jabones Larkin, de Buffalo, NY, Estados Unidos, emitió una medalla en 1925 para conmemorar su 50º aniversario, y venía esta imagen de un ejemplar en venta:

El retrato del fundador de la empresa: El señor John D. [Durrant] Larkin, quien además de eso, y sobre todo, fue pionero en la venta por correo con entrega a domicilio, lo que la hizo crecer y prosperar muchísimo.

Lo que no venía de una forma inmediata era el reverso. Tuve que abrir dos o tres pestañas para verlo. ¿Y qué esperaba ver en esos segundos que tardé? Bueno, yo creo que a cualquier arquitecto le hablas de la fábrica Larkin en Buffalo y piensa en lo mismo: Frank Lloyd Wright.

martes, 17 de agosto de 2021

Razón de ser

El otro día el siempre atento David García-Asenjo, arquitecto, profesor y comunicador de la arquitectura, se hizo eco de este tuit:

Quien lo publicó tiene un perfil cuyo nombre completo es Architects Against Humanity (Arquitectos contra la Humanidad) y cuyo nick es @arch_crimes (@arqui_crímenes: crímenes de los arquitectos, o de la arquitectura).

El tuit muestra una imagen de Nueva York de un tiempo pasado y, a lo que se ve, añorado por el autor, en el que aparecen las sedes de tres periódicos: The New York World, The New York Times y The New York Tribune. Y el texto que acompaña a dicha imagen dice algo así como: "Una época en la que (aparentemente) solo sabían construir de manera bella en la ciudad de Nueva York". 

De todo ese texto quizá lo más interesante para mí sea ese apparently entre paréntesis, porque de lo que habla, ciertamente, es de apariencia. Vemos mansardas parisinas, torres góticas, arcadas renacentistas, pero lo que más me llama la atención es la cúpula de San Pedro. Nada menos que la miguelangelesca cúpula de San Pedro de Roma en un periódico de Nueva York de finales del siglo XIX (1890). (Por no decir cuánto más me llama la atención que se siga añorando y deseando eso en 2021).

No quiero escribir (una vez más) sobre autenticidad, mentira, ética, adecuación y todas esas cosas, pero es que el ejemplo que esgrime @arch_crimes me parece de lo más aleccionador, pues muestra un momento de especial desorientación y confusión en la arquitectura, y también a la vez de enorme energía y esperanza, y me gustaría decir apenas dos palabras sobre ello. Tengo la gran suerte de que me lean no solo arquitectos, sino también no arquitectos con curiosidades variadas, y pienso especialmente en estos porque el ejemplo es muy interesante para hablar de una cuestión seguramente demasiado trillada por los arquitectos, pero de la que siempre se sacan nuevas reflexiones.

martes, 10 de agosto de 2021

1789

Mil setecientos ochenta y nueve. A lo mejor os pensabais que me refería a un año. ¿Qué pasó en 1789? Obviamente, La Revolución Francesa.


Jacques-Louis David, Le Serment du Jeu de Paume
(El Juramento del Juego de Pelota), 1790-94.

¿Podría escribir en este blog sobre la Revolución Francesa? Hombre, por poder... Sí, aunque no tenga ni idea. (Me paso la vida escribiendo sobre cosas de las que no tengo ni idea, así que, por poder...)

Pero no. No va de eso. Va de algo bastante más anodino. Se trata de que, después de anunciarlo varias veces (y de que siguiéramos a nuestra bola sin querer enterarnos) por fin hoy, 10 de agosto de dos mil veintiuno, se ha publicado en el Boletín Oficial del Estado el Código Estructural. ¡Bien! ¡Bravo! ¡Aleluya! ¡Que suenen las trompetas de Cafarnaúm y que el tío Anselmo se invite a unos tintos!

Este código (podéis consultarlo clicando donde lo acabo de mencionar, en el párrafo anterior a este) sustituye a las Instrucciones sobre el hormigón (EHE) y sobre el acero (EAE) que estábamos manejando mejor o peor.

Es el Real Decreto 470/2021, del 29 de junio de este año, que como se publica hoy entrará en vigor dentro de tres meses; es decir, el 10 de noviembre. Así que tenemos tres meses para estudiárnoslo. Bien. Todo perfecto. Todo controlado.

A mí, además de que soy un arquitecto que siempre se ha calculado las estructuras de sus proyectos (tan solo con puntuales ayudas y colaboraciones de mi amigo Emilio), en estos momentos me pilla (siempre eventualmente, por supuesto) dando clases de estructuras. Así que, por una razón y por la otra, me toca estudiármelo a fondo.

Voy al enlace para descargarme el pdf del BOE. Voy incluso con optimismo y alegría, pero veo que tiene... ¡1789 páginas! No puede ser. Pienso que hay un error, que habrá muchas páginas en blanco, corruptas, gráficos desformateados, tablas rotas, de esas 

q
u
e
s
e
h
a
n
d
e
s
c
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m
p
u
e
s
t
o

o algo así. Pero cabalgo al galope con el ratón y no. Pasan a toda velocidad decenas, cientos de páginas compactas, llenas, pletóricas de fórmulas y de mala leche.

El Gobierno de España -sí, amigos- ha actuado con vacacionidad y alevosía. Esto es un abuso, un atraco. ¿Cómo se puede dominar una norma fundamental que tiene 1789 páginas? Y necesitamos dominarla. No basta una breve noticia de que eso está ahí y ya lo consultaré cuando quiera algo.

Bah, nos decimos. No es para tanto. Hay mucha paja, muchos anexos, muchas tablas. Ya. Pero va a ser en una de esas pajas, en uno de esos anexos, en una de esas tablas donde se va a agarrar como una lapa y donde se va a hacer fuerte el perito contratado por el abogado de la parte contraria para hundirte a ti en el fango a la primera fisurita que te salga.

"No, si al final es un refundido de las normas anteriores y poco más". De eso nada, monada(1). Para producir 1789 páginas tienes que refundir la EHE con la EAE, con la trilogía del Señor de los Anillos y con la guía telefónica de Soria. Y, lo que es peor: Esto es igual que antes, esto también, y esto, y esto, y esto... pero esto no. Esto no, y ahí camuflado te lo has tragado. El coeficiente de incremento de carga revertida indirecta sustancial no fenoménica (vamos, el ptsí de toda la vida) te lo han cambiado y ni te enteras. Sigues aplicando el de antes y la has cagado. No has tenido en cuenta que ahora han añadido un caso más de mantenimiento de carga insostenible accidental verborreica flatulenta(2) que antes no existía. Un desastre, porque por pereza has seguido usando el programa que tenías y, sobre todo, la mentalidad que tenías y eres reo de lesa tracción. Lo siento, amigo: Has pandeado pero bien.

Échate sal por la cabeza, ponte solo un saco sobre tu trémula desnudez y sal a la calle a mostrar tu vergüenza y tu humillación. Eres un ser despreciable, un profesional nefasto. Porque preferiste pasar el mes de agosto de dos mil veintiuno jugando con tus hijos o (¡qué asco!) leyendo una novela policíaca en la tumbona, con una cerveza fría y unos mejillones al alcance de tu mano en vez de estudiarte a fondo las mil setecientas ochenta y nueve páginas del nuevo y flamante Código Estuctural.

Laus Deo.


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(1).- ¿Cuánto tiempo hacía que no oía eso? Lo debía de tener ahí en el fondo de mi cabeza, anclado con la EH-80 y con las MV.

(2).- Estaréis pensando: "¿Pero de verdad a este tipo le dejan dar clase de estructuras?" "¿Pero de verdad confían tiernas criaturas a su discurso ignorante y disparatado?" Sí. Así están las cosas. Ya lo veis.

martes, 3 de agosto de 2021

Al tren

Hace tiempo que no escribo sobre jazz y hoy toca. Estamos de vacaciones, hace calor y nos apetece salir esta noche a bailar. ¿No es cierto?

Hoy, en vez de un quinteto duro e intelectual (que nos pone la piel de gallina) escogemos una gran orquesta de baile; una de las mejores, y para algunos la mejor: La del Duque Edward Kennedy Ellington.

Llegamos pronto, nos acomodamos en una mesa de las primeras filas, pedimos un par de whiskies, y esperamos a que empiece el show. Vamos a escuchar con alegría las primeras canciones y en seguida iremos a la pista de baile.

Los músicos se colocan en sus puestos ante sus atriles y finalmente entra el líder, que recibe una salva de aplausos, se sienta ante el piano y marca el inicio de su pieza-bandera: Take the A Train (Toma el tren A).

Esta era la pieza con la que abrían todas sus actuaciones y, cosa extraña, teniendo Duke Ellington tantas composiciones buenísimas, adoptó como emblema esta que no era suya. ¿Por qué lo hizo? Pues por líos de derechos y conflictos raros.

La ASCAP, sociedad de autores a la que pertenecía Ellington, mantenía un larguísimo conflicto con las emisoras de radio, de manera que Duke Ellington no podía emitir ninguna de sus composiciones, así que se acostumbró a tocar esta (por otra parte magnífica), y se hizo popularísima. Tanto que incluso cuando tocaba en un local y ya sí podía interpretar las suyas empezaba por esta, que acabó siendo su seña de identidad.

El autor de este exitazo era Billy Strayhorn, uno de los músicos colaboradores de Ellington, quien llevaba años trabajando esa pieza, puliéndola, sin atreverse a enseñársela al maestro, ya que le parecía indigna de su gran orquesta.

El título y la letra están basados en las indicaciones que le dieron cuando, paleto y despistado, fue a Nueva York a encontrase con Ellington, de modo que es un homenaje de admiración al maestro y un emotivo recuerdo a un muchacho lleno de ilusiones que quería triunfar en la música y no sabía ni qué tren tenía que coger ni dónde tenía que ir.

Billy Strayhorn y Duke Ellington

Cuando Ellington vio la composición de su subordinado se quedó estupefacto. Era una maravilla llena de posibilidades. Toda la sonoridad de su orquesta estaba para lucirse ahí. Todo el ritmo, todo el swing, toda la frescura y la potencia del mundo estaba en ese tren A, que había que tomar como fuera.

Él mismo la tocaba a menudo de una forma más íntima y le hacía arreglos y variaciones.

La canción había llamado mucho la atención porque ya en su frase inicial tenía una disonancia llamativa, aterrizando en la quinta bemol, la más moderna e inestable de las blue notes(1). Pero en este nuevo arreglo Duke Ellington se mete en muchas más disonancias. Aparte de que modifica el tempo y le da un swing muy curioso. (Y para colmo el cabrito no remata en la tónica, sino que deja el desequilibrio en el aire para siempre).

martes, 27 de julio de 2021

Otro búnker (y II)

(NOTA PREVIA.- No preveía yo los comentarios de la entrada anterior. Pensé que era bastante suave y nada polémica. Es más, comentando que uno había dicho "es un búnker nuclear" no me puse fanático ni le dije nada feo. Por el contrario, escribí: "Eso es normal y hay que aceptarlo: El hormigón armado es intolerable para muchos". Creo que no me comporté como "un santurrón y sectario de cojones" ni "un sectario meapilas del hamparte". Pero, claro: Yo qué voy a decir sobre mí mismo. En todo caso continúo con lo que pensaba añadir a mi anterior entrada. Tengo las orejas escocidas, sí, pero sigo con lo mío).


Un compañero mío, Holoturio Quesofresco Camonbeibi, tenía un estudio pequeño pero muy efectivo. Hacía un montón de proyectos con solo tres empleados; pero qué tres empleados:

Benigna, la secretaria, le llevaba al día la contabilidad, las relaciones con los bancos, las bases de datos de los clientes y los trabajos realizados, la facturación, las nóminas, las declaraciones fiscales, el material de la oficina... Todo. Gracias a ella la empresa funcionaba como un reloj. Holoturio le podía preguntar por un proyecto que había hecho hacía muchos años, el nombre de cuyo cliente no recordaba, y del que solo podía dar una vaga pista sobre su ubicación, que Benigna le encontraba el expediente en segundos.

Hermógenes, el delineante, era el acróbata del Autocad, el sprinter de la polilínea, el rayo de la acotación. Manejaba simultáneamente el ratón con la mano derecha y el teclado con la izquierda. Se sabía todos los atajos del programa y además dibujaba con tal pulcritud y economía que resolvía los planos con enorme precisión y en un tiempo inconcebiblemente rápido.

Matilde, la aparejadora, que hacía las mediciones al milímetro cúbico, calculaba las ventilaciones, los diámetros de las tuberías, hacía todos los anexos de la memoria, las tablas, los pliegos de condiciones... Y encima conseguía que los distintos documentos fueran coherentes entre sí. Tenía una cabeza calculadora y exacta.

Los tres eran unos portentos. Holoturio tenía mucha suerte. Aunque los pagaba bien, siempre estábamos alguno de nosotros caracoleando por allí para tirarles los tejos como si fueran futbolistas. Quién los tuviera en su equipo.

Solo tenían una pega: Eran feos. No horriblemente feos, pero tenían unas caras y unos cuerpos sin gracia, como de empleados antiguos llenos de polvo y sabañones. Deslucidos. Algo raquíticos, encorvados, con los dientes torcidos, la mirada un tanto legañosa, la ropa descolgada de los hombros, la grupa más bien prominente y renqueante... La verdad es que eran un cuadro.

Pues bien: Holoturio tuvo una vez unos clientes fabulosos, de un grupo hotelero nacional, que le encargaron un proyecto de un hotel que tenía que ser el primero de unos cuantos. Los croquis iniciales les gustaron mucho, el presupuesto de sus honorarios, aunque era alto, les pareció aceptable, y le pidieron ir al estudio para terminar de concretar unos detalles, lanzar el proyecto y firmarle el contrato de un segundo hotel.

Holoturio había recibido a menudo a clientes en su estudio; estaría bueno. Era lo natural. Pero esta vez, con esta gente tan importante, se sintió muy avergonzado de Benigna, de Hermógenes y de Matilde. Estos clientes eran "otra cosa", y si veían a sus colaboradores se iban a desencantar.

Se inventó una excusa absurda y con suficiente antelación anunció a sus empleados que tal día lo tendrían libre, por supuesto que pagado y sin descontarlo de las vacaciones. Con ese mismo tiempo de margen acudió a una agencia de modelos y contrató los servicios de un chico y dos chicas, estipuló el tipo de ropa que debían llevar y los citó en su estudio a primera hora del día D para que se ambientaran y se familiarizaran antes de que vinieran los clientes.

Llegado el día les mostró sus puestos de trabajo, les encendió los ordenadores y les explicó una serie de gestos que tenían que hacer -como si trabajaran- cuando él entrara con los clientes y les enseñara el estudio. El resto del tiempo, cuando él estuviera reunido en la sala de juntas, ellos debían permanecer en sus puestos sin hacer nada y sin hablar, haciendo como si trabajaran. (Podían ir al servicio con naturalidad e incluso levantarse a hacerse un café cuando quisieran. Les enseñó el funcionamiento de la cafetera y les mostró el minifrigorífico).

Hermógenes por un día

Todo salió según lo previsto. Los clientes le encargaron el segundo hotel e incluso le hablaron de un tercero, con los que, a partir del día siguiente, se pondrían a trabajar los auténticos Benigna, Hermógenes y Matilde, quienes nunca supieron nada y, efectivamente, hicieron unos proyectos más que estimables en un tiempo récord.

¿Os ha gustado la historia de Benigna, Hermógenes y Matilde? Pues es la historia del hormigón armado. Tal cual.

(Hay que ver lo que me enrollo en los prólogos. A este paso ni en esta segunda parte termino lo que quería decir).

jueves, 22 de julio de 2021

Otro búnker (I)

A Manuel Revilla, que cada día nos ilustra
con buenas obras de arquitectura.
Y a Ekain Jiménez, que es el adalid
de la defensa de la arquitectura fea.

En Twitter hay de todo, ya sabéis: idiotas y sabios, mezquinos y generosos, insufribles y deliciosos. Lo bueno es que uno sigue a quien quiere y aparta a quienes no.

Uno de los tuiteros necesarios es Manuel Revilla. Con un entusiasmo inagotable por la arquitectura cuelga una y otra vez imágenes de buenísimos edificios que yo casi nunca conozco. (Mi ignorancia es legendaria). Así que siguiéndole tengo cada año un curso de arquitectura gratuito, inagotable y amenísimo. (Además es un excelente fotógrafo y un hombre afable y bueno, así que seguir sus publicaciones es una garantía de aprendizaje, de disfrute y de simpatía).

El otro día puso estas fotos de una casa en Savièse, de Anako Architecture. (No conocía yo ese estudio. Ya os digo que soy ignorante).




Y en seguida empezamos a darle "láic" y "retuís", a decir "qué bueno" o (muy de arquitecto sujetándose la barbilla) "interesante". Pero también, como es normal, salió el típico: "Vaya búnker nuclear".

Eso es normal y hay que aceptarlo: El hormigón visto es intolerable para muchos. No lo pueden soportar: Es frío, duro, antipático... (Curiosamente sí les gusta una fachada de ladrillo visto, que no es que a mí me parezca blandito precisamente. Pero como fachadas de ladrillo visto las ha habido toda la vida la gente está acostumbrada y las ve como a algo acogedor y familiar. Eso es así).

En seguida saltó Ekain Jiménez, adalid de todas las causas perdidas, y completó las fotos de Manuel con estas:




Pero si con ellas pretendía demostrar que la casa es acogedora y que se puede vivir a gusto en ella no lo consiguió. Si alguien se incomoda por ver hormigón al exterior ya llega al paroxismo de la repugnancia al verlo en el interior.

La gente (iba a decir la Humanidad, pero me quedaba muy ampuloso) tiene, en general, una relación muy compleja y alambicada con el hormigón. Incluso muy hipócrita.

El hormigón es un material extraordinario, muy resistente, fácil de manejar y barato. Viene a ser una roca artificial, formada por conglomerantes y productos inertes que le "dan cuerpo". El hormigón actual que más utilizamos está formado por un conglomerante (el cemento), unos productos inertes o "áridos" (arena y grava) y agua para unirlo todo, hacer la masa y disparar el fraguado. Por cierto: llamadlo "hormigón" en España o "concreto" en Hispanoamérica, pero nunca "cemento". El cemento es uno de los componentes del hormigón, y se presenta en forma de polvo molido, normalmente de color gris. (Es como si en vez de decir "pan" dijerais "harina". No es correcto y quedáis mal).

viernes, 16 de julio de 2021

Arenga a las graduadas

El otro día, a raíz de la graduación de alumnos y alumnas en Fundamentos de la Arquitectura de la URJC me salí del tema principal y divagué sobre el lenguaje inclusivo. Me calenté y os dije que escribiría un mensaje a las graduadas. Me pongo a ello. A ver qué me sale: Qué les podría decir si me hubiera tocado el embolado de dirigirles la palabra.

(He tardado tanto que en estos días han terminado el máster cinco chicas y dos chicos, así que aprovecho para incluirlas también).


Queridas y flamantes graduadas:

(Mirando a algunos de los chicos: "Me vais a permitir que me dirija a vosotras en femenino. Hoy hay aquí más chicas y creo que, dentro de lo inexacto, hay menos error haciéndolo así").

Hace muchos años -aún no habíais nacido- pusieron en la televisión una serie excelente titulada Hill Street Blues que en España se conoció como Canción Triste de Hill Street (cosa que no entiendo, porque, ya puestos a traducir, debería haber sido Canción Triste de la Calle de la Colina. Pero eso da igual ahora). Trataba sobre una comisaría de policía en Estados Unidos. Cada mañana empezaba con una reunión en una sala grande tipo aula, en la que el sargento Esterhaus explicaba las novedades y asignaba a cada agente el caso en el que se tenía que ocupar y los compañeros con quienes tenía que trabajar en ello.

Al final de la charla decía siempre la misma frase, que ya era una seña de identidad: "Tengan cuidado ahí fuera".

"Tengan cuidado ahí fuera"

Para mí este es un momento muy gozoso, pero confieso que tengo ese mismo sentimiento de precaución e incluso de temor. Salís a una nueva etapa de vuestra vida y os pido que tengáis cuidado ahí fuera.

Uno no puede evitar ver el mundo exterior como una fuente de oportunidades y de aventuras, sí, pero también de peligros, de egoísmos, de dificultades, de abusos... de yo qué sé.

Sabemos que salís a la vida bien armadas, bien formadas y dotadas. Hemos intentado (y vosotras lo habéis logrado) que tuvierais conocimientos de cálculo de estructuras, de diseño, de valoraciones, de tasaciones, de urbanismo, de economía, de normativa, de historia del arte, de instalaciones, de eficiencia energética, de aprovechamiento de recursos y tratamiento de residuos, de crítica, de marketing... de yo qué sé qué más. Y sois capaces de afrontar cualquiera de los trabajos que tradicionalmente se han entendido como propios de las arquitectas y muchos más que surgen en su entorno más o menos próximo, e incluso otros que están apenas empezando a atisbarse.

Porque lo que hemos intentado vuestras profesoras ha sido abrir vuestra mente y multiplicar vuestras curiosidades, y habéis dado suficientes pruebas de aptitud como para que todas estemos razonablemente tranquilas e incluso esperanzadas sobre vuestra trayectoria y vuestro futuro. Os van a ocurrir muchas cosas buenas.

Porque, además de formaros académicamente, en todos estos años, como es lógico, habéis madurado y crecido como personas.

A este acto han asistido vuestras madres, hermanas, novias, amigas, alguna abuela... Veo cómo se les cae la baba de justo y legítimo orgullo, y me las imagino durante años soportando vuestras neuras, vuestras angustias y, sobre todo, vuestras maquetas. ¿Es tolerable que las profesoras tengamos este inagotable vicio maquetil y os hayamos pedido maquetas hasta de una bajante de un inodoro? ¡Qué horror! ¡Qué barbaridad!

Durante todos estos años nadie de vuestra casa se ha atrevido a entrar en vuestro cuarto. "Aquí no hay quien pase. Está todo lleno de trastos. Vives entre cartón pluma y planchas de metacrilato. Es que no se ve ni tu cama. ¿Desde cuándo no te la haces?" Y no digamos si compartís la habitación con una hermana. Una locura. Estoy segura de que vuestros(1) familiares aquí presentes por lo que más se alegran de vuestra graduación es porque por fin vais a despejar y a limpiar vuestro cuarto, a pasar la aspiradora y a dejarlo, por fin, como los chorros del oro. Veo cómo se les saltan las lágrimas. Sí: Quizá incluso durante unos meses vais a parecer personas civilizadas viviendo en un ambiente civilizado.

Ah, y vais a dormir unas cuantas horas cada noche. Hinchaos a dormir. Os lo habéis ganado. Y a reír, y a divertiros. Y a seguir trabajando.

Os deseo lo mejor. Desde luego, os repito, estáis preparadas para ello. Os doy de corazón mi mayor aplauso, al que pido que se sumen todas las presentes, y que den gritos, silbidos y vivas, que están deseando.


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(1).- Es difícil mantener el tipo. Se me ha escapado "vuestros" en vez de "vuestras". Me lo ha señalado wallace97 en el primer comentario, con lo que además confirma lo que comentó en la entrada anterior y se carga aún más (si cabe) de razón. Vaya fallo. No lo corrijo porque entonces ese comentario quedaría sin sentido, pero añado esta nota para que conste que es difícil y que, aunque repasé el texto, no me di cuenta de esa incoherencia.

sábado, 3 de julio de 2021

Femenino genérico

Dedicado a todas las alumnas que acaban
de graduarse en Arquitectura en todas las
universidades españolas. (Y muy especialmente
-¿Y a los alumnos?
-Pues claro que también. De eso va.


Creo que, menos los políticos y la gente de similar arrimamiento, en general todos estamos en contra de esa pesadez insoportable de "los alumnos y las alumnas", "los profesores y las profesoras", "los compañeros y las compañeras", etcétera.

La Real Academia Española defiende el tradicional masculino genérico. Ya se entiende que si decimos "los graduados" nos referimos a los chicos, pero también a las chicas.

Yo soy partidario de eso, tanto por costumbre como porque considero que es lo menos estorbador, aunque reconozco que se presta a confusión y a imprecisión si en un conjunto de hombres y mujeres me quiero dirigir solo a los hombres: No se sabrá si les hablo solo a ellos o a todos (todOs) los (lOs) asistentes.

Para ello están surgiendo nuevas propuestas, que, aunque creo que son justas, no me terminan de convencer y me parecen muy artificiosas: Algunos proponen llamar alumnos solo a los chicos, alumnas solo a las chicas y alumnes cuando se engloba a ambos sexos. En este segundo caso, al escribir también se puede utilizar alumnxs(1) y alumn@s. Bien; repito que me parece justo, pero no me hago a ello. Si sois lectores (lectorEs) habituales de este blog habréis visto que uso el masculino genérico. Otra forma de escribir se me haría rarísima.

Cuando le sacan este tema a la RAE siempre contesta que no hay que confundir los conceptos de sexo y de género, y que el masculino genérico es perfectamente válido y recomendable. De acuerdo, pero también la RAE ha dado todas las muestras imaginables de machismo durante toda su historia, así que igual en ese debate no es un árbitro imparcial ni justo.

Dicho lo cual, también tengo que decir que una cosa es usar el masculino genérico global, como yo hago, y otra tener en la cabeza que todos los miembros del colectivo son hombres.

Desde tiempo inmemorial y hasta yo diría que 2008-2010 aproximadamente, el colegio de arquitectos de mi provincia celebraba la cena anual de Navidad(2). Estaban invitados todos los arquitectos colegiados y sus esposas. Se hacía en un buen restaurante de la capital de la provincia y durante los postres se daban unos regalos: al arquitecto un bonito detalle "de arquitecto" (un aguafuerte de un autor conocido, una pluma estilográfica...) y a su esposa un detalle "de esposa de arquitecto" (un monedero de piel, un pañuelo...). (No olvidemos que también hace años el diccionario de la RAE decía: "alcaldesa. f. Mujer del alcalde", y no contemplaba, ni siquiera sospechaba, ninguna otra acepción).

Con el tiempo hubo que ir pasando del coqueto restaurante al gran salón de celebraciones, porque el número de colegiados (pero ¡ay! el de colegiadas) subía sin parar.

Graduación en Fundamentos de la Arquitectura por la URJC. Junio 2021.
Las bandas por el aire

A pesar de eso el colegio seguía obstinándose en hacerle al colegiado (o colegiada) un regalo "de hombre" y a su pareja uno "de mujer". Se generaban situaciones estúpidas de todo tipo, como podéis comprender.

Esto no cambió porque los tiempos y el sentido común se impusieran, no, sino porque llegó la crisis, se acabó el dinero y ya no hubo más cenas ni más regalos. Ni de hombre ni de mujer.

No he hecho un estudio estadístico (aunque los datos están ahí para que los busque quien quiera), pero sí que veo que ahora en cualquier aula hay más chicas que chicos, y también os digo que hace unos días he tenido el honor y el orgullo de formar parte de un tribunal de defensa de Trabajo de Fin de Grado al que se han presentado ocho alumnos con ocho trabajos excelentes: siete chicas y un chico.

Y siendo esto así, siete frente a uno, ¿es lógico que yo siga usando el masculino genérico? Puestos a generalizar (que sigo pensando que es lo mejor para no andarse con la enojosa duplicación que nos crispa los nervios), usemos en este caso el femenino en vez del masculino. Usemos siempre el que sea mayoritario en un grupo. Puestos a que la generalización equivoque el género de algunos, que sea el de los menos.

Así que me permito felicitar a todas las GRADUADAS (se llamen Laura o José Luis) en Fundamentos de la Arquitectura y hasta me atrevo a lanzarles un discurso, pero eso, si me lo permitís, lo haré en la próxima entrada.

Enhorabuena y a disfrutar. Merecéis estar orgullosas de vuestro esfuerzo y de vuestro trabajo.


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(1).- Un querido compañero es muy partidario de esto. Escribe: "Lxs estudiantes se dirigirán a lxs profesorxs..." Repito que me parece una opción justa, y cuando tengo que suscribir un comunicado de este tipo lo hago sin el menor resquemor ni reserva, pero os confieso que a mí no me sale. De mí (aún) no brota eso espontáneamente.
(2).- En otro momento podríamos hablar de por qué los colegios de arquitectos de algunas provincias tenían tanto dinero para estos saraos.

viernes, 2 de julio de 2021

¿Ver o ser visto?

A Carlos Irisarri, por su observación


Hace unas semanas, un grupo de amigos (Miguel Barahona, José María Echarte, María Fernández, David García-Asenjo, Carlos Irisarri y yo)(1) fuimos invitados por Amparo Martínez Vidal, de Vitra, a ver el showroom de la empresa en Madrid (debo mencionar en otra ocasión el "juego de las sillas" que hicimos allí) y luego a una visita guiada y privada a la exposición de Jean Prouvé en el CaixaForum (también debería comentarla: Se me amontona el trabajo. Pero hoy voy directamente al final).

Tras ver la exposición nos invitaron a la cafetería de la planta alta. La celosía de acero corten matizaba la luz de la tarde y yo me encontraba muy a gusto.

Pero Carlos Irisarri me hizo observar una cosa en la que yo no había reparado ninguna de las veces que había estado allí.

-Fíjate dónde estamos: En pleno Paseo del Prado, justo enfrente del Jardín Botánico. Las vistas desde esta cafetería serían una delicia si Herzog y De Meuron hubieran tenido a bien no impedírnoslas.

Es cierto. El ambiente en la cafetería es agradable, con la luz tamizada por la celosía, y consigue el efecto de que te sientas allí aislado. Eso está bien para que charles tranquilo con tus amigos y el exterior no te perturbe. Pero, jolines: Es que es uno de los exteriores más hermosos de Madrid y es imposible verlo. Imaginaos desde lo alto, tranquilos, tomando una cerveza con el Jardín Botánico a vuestros pies. Menudo espectáculo. Pues no: Se nos niega para que no salgamos mentalmente de ese acogedor nido.

(Estamos tan a gusto en el paraíso que no se nos permite ninguna perturbación del mundo vil y mortal).

El proyecto del CaixaForum es impresionante. Además cede a la ciudad la plaza de su emplazamiento y regala buena parte de la planta de acceso, puesto que deja en el aire el edificio para que paseemos por debajo. ¿Pero todo eso es verdaderamente un gesto cívico o mero alarde y chulería?

Para empezar, las naves de ladrillo estaban protegidas y la actuación debía conservarlas. Los suizos le dieron la vuelta al planteamiento y las conservaron cargándoselas. (No sé qué grado de protección tendrían. Desde luego integral no puede ser, pero es que ni siquiera ambiental o tipológico, puesto que el CaixaForum rompió cualquier vínculo que pudieran tener con el entorno y con la historia). Es cierto que tampoco eran una naves notorias y el CaixaForum sí lo es, y creo que es mejor edificio que lo que había, pero en todo caso eso no es conservar.

jueves, 17 de junio de 2021

El irresoluble problema del chorrito

En este blog ya hemos hablado otras veces de la fábrica de leche Clesa de Alejandro de la Sota en Madrid, pero volvemos a ello porque el tema vuelve a estar en el candelero.

Una vez terminado el ciclo útil y productivo de la fábrica, esta quedó fuera de uso, amortizada e inútil. Esta es la naturaleza de las cosas: que tienen una vida y una duración y acaban quedándose obsoletas o innecesarias. Cuando no tienen otro valor añadido se desechan y se sustituyen. No hay ninguna tragedia en ello. Al revés: El edificio cumplió bien su función durante décadas pero ya no vale. Además la ciudad ha cambiado y lo que antes eran terrenos de periferia y morralla han pasado a quedar empotrados en la trama urbana. Lo más adecuado es tirar la vieja fábrica y hacer viviendas.

Pero en este caso resulta que estamos (¿lamentablemente?) ante una obra maestra. ¿Qué podemos hacer? Ya no puede seguir siendo una fábrica de productos lácteos, pero tampoco podemos derribarla. ¿Qué hacemos con ella? ¿Un centro cultural? ¿Unas oficinas municipales?

De pequeño (tendría unos ocho o diez años) fui con el colegio a ver la fábrica, que entonces estaba en pleno funcionamiento y era un orgullo de eficacia y tecnología para la marca.

Yo no sabía (ni mis profesores tampoco) que ese edificio era obra de un arquitecto muy estimable. Yo no podía sospechar que muchos años más tarde acabaría siendo arquitecto yo también. Ahora, retrospectivamente, echo de menos no haber sido consciente de aquello y no haber reparado en nada arquitectónico, espacial o lo que fuera que fuese que fuera aquello.

Tan solo recuerdo nítidamente que había una cinta encajonada que transportaba muchas botellas de vidrio usadas y las llevaba hacia un punto en que las limpiaban. (Entonces todos devolvíamos los cascos de las gaseosas, de las cervezas y de lo que fuera, y se reutilizaban). Me pareció fascinante. Es lo único que se me quedó, y ya solo eso mereció la pena. Las botellas entraban en el circuito amontonadas, apretujadas, caóticas, pero entonces eran agrupadas, alineadas, ordenadas, y llevadas con gran precisión al punto de limpieza. Allí cada botella era agarrada por un brazo mecánico y volteada. Le entraba un chorro de agua muy caliente que la lavaba y desinfectaba, y ya limpia seguía su camino hacia el secado y quedaba como los chorros del oro para ser llenada otra vez de leche y volver a ser vendida.

Os aseguro que en esa visita no habría sido capaz de escuchar a nadie que me hubiera hablado de arquitectura. (Nadie lo hizo). Mirar cómo las botellas acudían dócilmente al enjuague del chorrito era lo más hermoso del mundo. No fallaba ni una.


El genial Alejandro de la Sota había hecho un edificio que funcionaba muy bien: con la misma precisión que el chorrito de limpieza. Cada espacio respondía perfectamente a un uso, y su altura, su orientación, sus dimensiones, su forma de recibir la luz estaban pensadas precisamente para hacer cada una de esas funciones de forma óptima.

¿Qué hacer entonces cuando esas funciones desaparecen? El edificio deja de tener sentido.

Pero no solo al dejar de ser una central lechera, sino incluso siéndolo. Las cosas cambian muy deprisa y hay que ir adaptando los espacios cada día, y normalmente de forma perentoria y sin pensar más allá.

No entremos aún en qué hacer en ese edificio cuando ya no es una central lechera, sino también mientras lo fue. De pronto no se considera higiénico reutilizar las botellas de vidrio y todo el tinglado del chorrito ya no sirve. De pronto desaparecen las botellas de vidrio y vienen las de plástico y los tetrabricks. Y entonces resulta que tal muelle de carga que conectaba esta entrada con este almacén ya no sirve así, o que en este gran espacio hay que hacer una rampa, o que la gigantesca tolva ya no es necesaria y hay que desmontarla.

martes, 15 de junio de 2021

Nota de servicio

La plataforma Blogger, en la que está alojada este blog, me ha dado un buen disgusto mediante un recuadrito de texto casi ininteligible para mí:

Me dicen que en julio el widget FollowByEmail (Feedburner) va a desaparecer, y eso me llena de consternación. ¡Con lo que he sido yo del widget!, que cuando mis hijos eran niños los bajaba al parque pero en seguida los dejaba solos para ir corriendo a atender al widget; pero no a cualquier widget, no: Al widget FollowByEmail (Feedburner). Que yo habré sido un padre pésimo, vale, pero un widgetero ejemplar. ¡Y ahora me lo paga así!

Resulta (si he sido capaz de entender lo que pone ahí) que el feed seguirá funcionando (menos mal, sea lo que sea el feed), pero quienes me hicisteis el gran honor de suscribiros no vais a recibir ya más avisos por email cada vez que publique una nueva entrada.

Me ofrecen, si quiero seguir avisándoos, que me descargue vuestra información de contacto, y me invitan a pedir más información.

He ido a pedirla y no he entendido apenas nada, y creo que cien vidas que viviera serían muy pocas para atreverme a aventurarme en esos laberintos que se me abren.

Una de las cosas que sí he podido entender es que me proponen un nuevo sistema, pero de pago. Y eso no me ha hecho gracia.

Este blog no tiene publicidad. No cobro un céntimo por él. (Mi cobro, generosísimo, es vuestra atención y los mensajes cariñosos que me mandáis a menudo). Pero tampoco quiero pagar dinero por mantenerlo. Voy a intentar evitarlo mientras pueda.(1)

Así que, entre que la forma de activar todo eso se me hace inextricable y que encima tengo que pagar, lo dejo. No hago nada.

Por lo tanto dejaréis de recibir avisos de mis nuevas entradas. Lo siento mucho. Os pido encarecidamente que un día por semana o cada diez días, más o menos, o cuando os venga bien, os asoméis por aquí para ver si hay algo nuevo.

Siento que ocurra esto. Ya sé que estamos todos muy liados y tenemos mil cosas en la cabeza, y que si un email nos da un toque diciéndonos que hay algo nuevo y nos pilla de humor podemos decirnos: "Ah, pues voy a mirarlo". Pero que tengáis la disciplina de ir a mirar cada pocos días es mucho pediros, y sé que se os va a olvidar. Son demasiadas cosas las que hay.

Sé que muchos sí que lo hacéis: mirar periódicamente el blog, pero también sé que a algunos os voy a acabar perdiendo. Lo siento mucho.

Yo seguiré escribiendo aquí mientras pueda.

Saludos. Sed felices. Pasadlo bien y leed este blog alguna vez si os apetece.

Abrazos y muchas gracias por haberme acompañado hasta aquí.


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(1).- El 6 de mayo recibí un correo de Marina, de follow.it (un sustituto de Feedburner), en el que me ofrecía los servicios de tan sorprendente aplicación. Como no le contesté y ya se aproxima la hora inexorable del cese de mi queridísimo aunque para mí completamente desconocido widget, ayer me ha mandado un mensaje por email ofreciéndome un descuento. Pues bien que lo siento, pero no.



miércoles, 9 de junio de 2021

Más arquiRelatos

Como prometimos, vamos a poner a continuación una muestra de relatos que nos enviaron. No son el segundo, el tercero, el cuarto... No se trata de eso. Ekain y yo ni nos planteamos tal cosa. Solo elegimos al ganador, que os pusimos en la anterior entrada. Lo que sigue son solo algunos de los que nos gustaron. No es una muestra exhaustiva ni mucho menos, y es tan injusta como suelen ser estas cosas.

Las ponemos a continuación sin orden de calidad, sino, lo digo una vez más, como una mera muestra:

Este es el fabuloso premio(1) que se llevó el ganador(2)

Luis Ruiz Padrón nos mandó un arquiRelato magníficamente escrito y muy evocador. Nos gustó mucho. Creo que podéis comprobar sin género de dudas que es muy bueno.

Se alejaba un poco del tono enfadado, sarcástico y dolido que esperábamos, y por eso mismo nos sorprendió esa nostalgia un tanto agria, pero emotiva. 

Estimado Sr.:

Seguramente le sorprenderá mi mensaje; a fin de cuentas, hace ya veintidós años desde la última vez que nos vimos. Es probable que ni siquiera me recuerde, pues me dijeron que fue otro compañero quien finalmente le solucionó su problema, tras mi negativa. Lo ha adivinado: soy aquel arquitecto recién titulado que se alejaba en un Nissan Micra a través de los aguacates, mientras usted oteaba su propiedad desde aquella casa de aperos hipervitaminada para cuya legalización había contactado conmigo. Yo, en cambio, recuerdo a la perfección los aspectos más nimios de aquella tarde calurosa: el sonido sordo de sus palmetazos sobre los machones de fábrica, «esto no se cae», con los que pretendió convencerme del buen hacer de los albañiles que habían erigido aquella
flamante mansión sobre un promontorio con vistas lejanas al Mediterráneo. Y su franqueza y naturalidad al exponer el meollo del asunto, hasta entonces difuso: que –una vez concluida la edificación– necesitaba a alguien que le «arreglase los papeles». También, el tono paternal con el que insinuó a aquel pipiolo que no habría objeciones por
parte del ayuntamiento. Pero, sobre todo, recuerdo la puerta entreabierta de aquel semisótano acabado en bruto que invitaba con urgencia a huir de la encerrona, una vez comprendido el hecho de que aquella no iba a ser la ocasión de construir mi primera obra, que yo ya había imaginado publicada en El Croquis durante el trayecto de ida.
Lo que no recuerdo –la mente es sabia– son los argumentos que ofrecí para declinar tan seductor encargo, pero sí la sensación de alivio al ver perderse en el retrovisor la polvareda levantada por mi cochecillo al enfilar la salida de la finca.
Hoy le escribo para agradecerle tan instructiva lección, ausente del plan de estudios de la ETSA.
Un saludo.
--
Luis  Ruiz  Padrón
a r q u i t e c t o



Manuel Drey sí que emana mala leche y sarcasmo. Nos ha gustado su tono, su irónica exageración y su reconcentrado rencor.

Estimado Nicanor, 


Disculpe la osadía de enviarle semejantes honorarios. Seguramente tuve un momento de enajenación mental transitoria por la cual creí haberme despertado en la Escocia del siglo XVIII dispuesto a inventar el capitalismo. No sé cómo pude atreverme a pensar que debía cobrar esa ingente cantidad por un trabajo al alcance de cualquiera. ¡Ni que conllevara responsabilidades penales!


En prueba de mi arrepentimiento y buena voluntad, le facilitaré el contacto de mis últimos clientes para que pueda advertirles convenientemente acerca de lo necios que fueron al confiarme un encargo. Con suerte, el delito de estafa no habrá prescrito y podrán tomar las pertinentes acciones legales contra mí. Como estoy convencido de que su demanda ya viene de camino, tendré preparado un bocadillo de jamón para su abogado. Probablemente cuando me traiga la notificación llevará varios días sin comer. 


Lejos de pretender persuadirle, me veo en la obligación moral de informarle de que los enormes beneficios previstos por el proyecto de su casa iban a contribuir de modo altruista al desarrollo de la economía local, pues ayer mismo señalé un flamante deportivo amarillo. Lo sé, el color amarillo puede resultar estridente para un coche, pero algunos arquitectos hemos desarrollado un sentido estético un poco particular. Son tan sólo las secuelas persistentes de la burbuja inmobiliaria.


Por último, en pleno uso de mis facultades -y sin que trascienda a mi asesor financiero-, le voy a proponer un acuerdo que considero justo para ambos: Renuncio a su encargo. Así, usted dará mejor uso a su dinero y yo no tendré que dedicar tiempo y esfuerzo a una persona que menosprecia de tal manera el trabajo ajeno. 


Reciba un cordial saludo.


Manuel


P.S.: Ben-Hur pudo escapar de la galera porque no le exigieron seguro decenal para remar.



Joaquín Otal Cruz tiene un sentido del humor casi negro y su enfado da la vuelta completa al arco de la indignación para acabar en el ¿halago?, ¿peloteo?, ¿sarcasmo descarado?

Estimado cliente:

Buscando una justificación a su airada respuesta sobre el presupuesto que le envié, y tras varios días de inútil reflexión, me acerqué a su domicilio en busca de concordia. Ni le encontré a usted ni a ella,  pero allí mismo supe, por boca de su vecino, que su madre ha muerto en estos días sin duda aciagos.  Hallada la razón de su aspereza, he de decirle que no seré yo quien contribuya al deterioro de su estado de ánimo,  por ello he deslizado un sobre por debajo de la puerta de su casa en cuyo interior encontrará el presupuesto modificado, en el que se incluye un suculento descuento y un anexo a la obra, sin costo, que consiste en un magnífico porta-pollos dovelado que instalaremos en el estanque de su jardín.

Tan interiorizado tengo el deseo de compensar su agravio que en un arranque de esa extraña solidaridad que despierta la tristeza de las personas que ocupan un lugar reservado en el corazón de uno, quisiera transmitirle que estoy profundamente agradecido a su señora madre, pues por lo que a mí respecta, a pesar de sus defectos, cumplió con el más alto cometido posible en la vida; tenerle a usted. Desearía, además, que en este momento fuese mi madre la que estuviera en el cementerio en lugar de la suya, o mejor, que fuesen las dos quienes descansaran en paz, porque estas situaciones extraordinarias se llevan mejor en compañía, pero la vida es así y en pocas ocasiones permite elegir. Dicen que el roce hace el cariño y aunque llevamos demasiado tiempo sin vernos  no me atrevo a asesinarla, así que a partir de ahora quedamos a la espera de la muerte natural de la mía y de su aprobación al presupuesto modificado.

El Arquitecto Fiel S.L.

domingo, 23 de mayo de 2021

And the winner is...

El pasado domingo, 16 de mayo, se cerró la admisión de originales al I CONCURSO arquiRelato, que convocamos hace unas semanas.

Se han presentado treinta arquiRelatos, que, para haber sido una convocatoria surgida espontánea e improvisadamente de la nada, nos ha sorprendido muy gratamente a los organizadores.

En las propuestas ha habido de todo: Ironía, sarcasmo, mala leche, humor, seriedad, broma, lirismo... y en muy distintos enfoques y estilos literarios. La verdad es que los miembros del jurado, Ekain Jiménez Valencia y yo, hemos debatido bastante. A ambos nos gustaban unos cuantos, pero tras ir reduciendo el número de preseleccionados, el relato que siguió hasta el final sin caerse y que nos siguió gustando a los dos fue el que transcribiré más adelante.

Su autor es EDUARDO SOLANA, arquitecto, dibujante y escritor "aficionado" (lo de "aficionado" es porque creemos que no se gana la vida con la escritura, pero escribir sí que escribe, y muy bien).

Entresaco esto del acta del jurado:

Por la gran capacidad evocadora del relato, que nos traslada a tiempos pretéritos de la historia de la arquitectura, concretamente a un gran momento que tal vez pudo suceder; por lo bien redactado del escrito; y porque el autor ha sabido traspapelar, darle la vuelta al tipo de arquitecto, ya que en este caso quien redacta la carta es un arquitecto clásico y trasnochado al que el cliente le niega el encargo, el ganador es:

Eduardo Solana


Se pedía un correo electrónico de un arquitecto a un cliente tóxico, pero como Eduardo ha ambientado su relato en 1952 le ha dado forma de carta, muy similar a la que tendría hoy un mensaje por e-mail.

(Si por ser una carta y no un e-mail os sentís impelidos a impugnar el fallo os remitimos a la base nº 4, que viene a decir: "Me llevo el balón, que es mío").


En una próxima entrada pondré algunos relatos que nos han parecido muy buenos (lo cual no es excluyente respecto a los demás), pero hoy el protagonismo es de Eduardo (con quien nos pondremos en contacto en breve para hacerle llegar el fabuloso premio).

Aquí va su relato:


miércoles, 12 de mayo de 2021

Jim Hawkins en León

A Jordi Badia, de BAAS arquitectura, Barcelona,
de quien conocí una obra memorable,
y a Juan Carlos Ruiz, de A+U arquitectos, León,
que me trató muy bien en su ciudad.


Mi mujer no es arquitecta. Con el tiempo ha adquirido el hábito de soportar a un marido entusiasta de la arquitectura y, con no poca paciencia por su parte, hemos aprendido a negociar y a disfrutar juntos de tantísimas cosas que tiene la vida (incluida, en sus justas y muy comedidas dosis, la arquitectura).

Somos Amigos de Paradores, y nos gusta mucho tomarnos (muy de vez en cuando) un fin de semana largo (incluyendo el viernes previo o el lunes siguiente) y largarnos en tren o en coche a cualquiera de los que aún no conozcamos. Es un plan bastante bueno y siempre muy agradable.

Hace ya algunos años una de nuestras escapadas más memorables fue a León, que no conocíamos. El viaje en tren nos gustó mucho, el parador nos encantó y la ciudad nos pareció muy bella y muy agradable de vivir. (También os digo que en diciembre hacía una miajilla de frío, pero eso nos sirvió para entrar en un pequeño restaurante del Barrio Húmedo y atizarnos un cocido cuyo recuerdo aún me congracia con la humanidad).

El Parador de León: Convento y hospital de San Marcos

Pero, ay, el arquitecto: Yo, aparte del disfrute de la gastronomía, del callejeo, de las curiosidades varias, tengo, como todos los cansinos arquitectos, la consabida y jartible listita de obras a visitar. Y mi mujer me acompaña. (No soy de los más pesados, pero aun así lo soy inevitablemente).

En esta ocasión, además del Correos de Sota, del Auditorio y del Museo de Tuñón y Mansilla, de la Catedral, de la impresionante cripta de San Isidoro... (La casa Botines no: No sé qué me pasa, pero siento emociones muy diversas por la obra de Gaudí, y en general las peores son para con los edificios que hizo fuera de Cataluña. En todo caso vimos la casa por fuera y me senté un rato a su lado para verlo dibujar)...

Además de todo eso, digo, lo que sí llevaba apuntado era el tanatorio. Sí. El tanatorio. Arrea. Qué gusto, qué alegre visita en un fin de semana de placer. (Soy una juerga: Mi mujer está encantada conmigo).

Me lo habían recomendado encarecidamente. Hasta ese momento no había oído hablar de él y tampoco de sus autores, BAAS arquitectura.

Como está muy cerca del parador, nos acercamos dando un corto paseo en un ratito muerto que tuvimos. Y si mi paciente esposa sacrificó parte de un bello fin de semana en ver un tanatorio también lo vais a ver vosotros:









Las imágenes son de la web de BAAS arquitectura

Me gustó mucho. A ella también. Creo que, aparte del funcionamiento preciso que tiene que tener una instalación así, hay una dificilísima carga simbólica, un dolor, una situación intolerable ante la cual poco puede hacer la  arquitectura, pero aquí eso poco lo hace.

Qué difícil es proyectar algo así. Antes los muertos se velaban en las casas, pero eso suponía una dura carga para los allegados, que aparte del dolor, de la pena, de la inmensa desgana por todo, tenían que hacer de improvisados anfitriones para todo aquel que se quisiera pasar por allí.

Los tanatorios vinieron a encargarse de esa función agobiadora y desesperante, pero lo hicieron a base de ser fríos, eficaces y burocráticos, que, por otra parte, es lo que tienen que ser. Qué difícil para la arquitectura ser útil en esas circunstancias. Parece uno de esos casos en los que una buena arquitectura no va a servir de nada ni a aportar ningún consuelo ni ningún gusto, pero una mala puede hacer daño, ser agobiante, disgustar.

En este caso Jordi Badia y Josep Val, los arquitectos, logran, para empezar, diseñar un edificio que no agobia. ¿Tiene usted una pena irreparable por la pérdida de su ser querido?, pues lo menos que se puede hacer es respetar su dolor y procurar que el sitio en el que va a estar muchas horas no le moleste.

Pueden coincidir varios fallecidos con sus varias familias y amigos, cada uno de los cuales llega cuando quiere, está el tiempo que estima oportuno y se va cuando le parece bien. Gente que va y que viene, gente que está, que se cruza, que se va, y, de entre ella, hay quien llora, quien está en silencio y quien tiene la animación suficiente para charlar e incluso para recordar alguna cosa simpática y hasta divertida, y para colmo, cosa curiosa, hay quien pasa por esas tres fases sucesivamente (llanto, silencio, risa). No es ninguna falta de respeto, no es ninguna frivolidad: Es la vida y el cariño, es el dolor y es el amor. Es llorar porque ha muerto nuestro gran amigo y alegrarnos porque eso nos ha hecho coincidir con otros grandes amigos y evocar recuerdos de alegría. Es la muerte: Nada más y nada menos que la muerte.

¿Y qué puede hacer la arquitectura en tal situación? Muy poco, repito. Configurar un espacio, hundirse discretamente, hacer un talud de césped, disponer una lámina de agua, hacer que la luz penetre de formas distintas y genere ambientes diferentes. Poca cosa. Todo lo importante lo tienen que hacer las personas que allí vayan.

En este caso, esa poca cosa que puede hacer la arquitectura la hace estupendamente bien.