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viernes, 9 de septiembre de 2016

El padre de Morricone

Dedicado a todos los padres sufrientes,
ahora que empieza el curso.

Ennio Morricone es un músico sorprendente: A sus ochenta y siete años de edad sigue en activo y mantiene el mismo talento y la misma tensión creativa que en su juventud.


Con motivo de su 60º aniversario con la profesión, se anuncia su nuevo disco, Morricone 60, que contiene nuevas interpretaciones de sus grandes éxitos.
Por esto se está hablando de él estos días, y he escuchado una entrevista que le han hecho en la radio.
Me impresiona que hable con tanta claridad y energía a su edad, y que diga que está rechazando ofertas porque está trabajando intensamente con su amigo Giuseppe Tornatore, con quien se entiende muy bien y trabaja muy a gusto.
Qué envidia me da esta gente. Quién pudiera llegar a esa edad con esa salud y esa fuerza.

Ha contado algo que me ha sorprendido tanto que corro a contarlo aquí: Ha dicho que de niño quería ser médico, porque tenía un pediatra muy bueno (era también el pediatra de los hijos de Mussolini) y él le admiraba mucho y le tenía como modelo.
Pero cuando dijo en casa que él de mayor quería ser médico su padre le dijo que no, que tenía que ser músico.
¿A quién se le ocurre? ¿Qué padre es capaz de decir algo así?

lunes, 8 de febrero de 2016

El gran pulpo

Sabemos que en un oscuro tiempo remoto, cuando Le Corbusier se llamaba Charles Édouard y era suizo, grababa los dorsos de las cajas de los relojes de bolsillo(*). Su maestro de entonces, l'Eplattenier, pintor naturalista que le enseñó historia del arte y le abrió los ojos al mundo exterior, le vaticinó que llegaría a ser arquitecto.
Y llegó a arquitecto, naturalmente. Hizo algunos chalés suizos que, por mucho que Colin Rowe quisiera ver algo en ellos, sólo tienen el interés biográfico de que quien hizo aquello era un joven paleto que quería ser arquitecto y que por entonces se llamaba Charles Édouard y ni soñaba con llegar a ser Le Corbusier algún día.


El joven había recibido una formación muy escasa, pero tenía una inteligencia muy despierta y un instinto certero, y era más listo que los ratones coloraos. Las pillaba al vuelo, y en seguida se dio cuenta de que su tierra natal le ahogaba y de que como arquitecto de pueblo no iba a llegar a nada. Y se fue a París. Quería estar en el ojo del huracán, codearse con lo que fuera que había allí.
Se sumergió con avidez en la vanguardia como se podría haber sumergido en cualquier otra cosa: en lo que hubiera de mayor excelencia. La vanguardia artística era lo más de lo más en una sociedad que era lo más de lo más. Es decir: los más cultos y modernos de entre la gente más culta y más moderna estaban enfrascados en el arte de vanguardia, y él se metió allí de cabeza. Y destacó en ese mundo. Dentro del Movimiento Moderno llegó a ser el más moderno de todos los arquitectos, su sumo pontífice, su capitoste.
Glosar su ingente labor en la vanguardia de la arquitectura rebasa la capacidad de este blog. Sus consecuciones iluminan a la humanidad. Le Corbusier no es sólo uno de los más grandes arquitectos del siglo XX: es uno de los más grandes de toda la Historia de la Humanidad.
Como arquitecto insertado en las vanguardias artísticas del siglo XX su obra icónica, su fetiche, es la Villa Saboya, en Poissy (Francia).



En esa época realizó las obras más canónicas del Movimiento Moderno. Acuñó el famoso eslogan "la casa es una máquina de habitar" y también sus famosos "cinco puntos de la arquitectura".
Sin embargo yo sostengo que la Villa Saboya (como el resto de su obra) no es funcionalista en absoluto. Basta estudiar la planta de la vivienda para apreciar la tosca distribución, las circulaciones confusas y la relación incómoda entre las diferentes piezas. Por otra parte, sistematiza las ventanas sin importar la orientación de cada fachada ni los usos de las distintas piezas. Monta la vivienda sobre pilotes sin demasiada justificación (la del recorrido del coche y el acceso al garaje, con ese parcelón, no me parece suficiente). La remata con un solarium que ni tiene en cuenta el soleamiento ni puede funcionar adecuadamente. (¿Alguien tomó el sol ahí alguna vez?). Y cierra el patio terraza con una falsa fachada que tampoco se justifica ni funcional ni racionalmente.
Pero todo ello tiene una riqueza plástica innegable.
Porque Le Corbusier es, ante todo, un artista plástico.
La escalera de "semicaracol" que arranca desde abajo en un tubo-sacacorchos es fascinante, la doble circulación (innecesaria) en la que desemboca esa escalera da un riquísimo juego de espacios. La salida a la terraza y su recorrido hasta la cubierta es delicioso. La falsa fachada de la terraza enmarca la vista desde dentro hacia el paisaje, y desde fuera cierra el paralelepípedo. Y el muro curvo del solarium es como una vela que hace avanzar al barco varado en la hierba.
Ninguna de esas decisiones es funcionalista ni racionalista. Todas ellas son plásticas; hacen un bellísimo objeto, y, sobre todo, cualifican unos espacios muy apetecibles y excitantes. Porque para Le Corbusier, como para todos los arquitectos verdaderamente grandes, la arquitectura es, antes que nada, espacio.
(Y el espacio ni es "sitio" ni es "volumen", sino muchas otras cosas. Cosas logradas por esa insensata circulación ambigua y confusa, esa disfuncional tumbona de gresite entre el baño y el dormitorio, esa rampa promenadesca y todo lo demás).
Le Corbusier escribía y hablaba de soleamiento, de ventilación, de orientación, de distribución... También hablaba de modulación y seriación...