Estos días estamos todos muy tristes ante el cierre del Chillida-Leku, esa maravilla. El motivo ha sido el más cutre (y el más habitual): no había suficientes visitantes para mantener todo aquello. Demasiados sueldos, demasiados gastos.
Pienso en el verano de hace tres años, cuando me di la gozosa paliza de ver Aránzazu, el Chillida-Leku y la Fundación Oteiza de un día para otro. ¡Qué atracón! ¡Qué cantidad de estímulos!
Como sobre estos tres santuarios del arte se me amontonan tantas ideas, voy a limitarme a hablar de un asunto muy accesorio y muy tonto (soy así): las tiendas.

