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lunes, 16 de febrero de 2026

Radical

Mi compañero y amigo Miguel Barahona nos ha dejado con hambre; con ganas de más, de mucho más, al dar por terminada su sección "Casas Radicales" en la revista Diseño Interior.

El pasado mes de noviembre la revista ha publicado la última; la última de CIEN, repartidas mensualmente durante más de diez años.


¿Qué han sido las "casas radicales" de Miguel Barahona? Todo empezó en 2012, cuando publicó en esa revista el artículo "Ocho casas raras". Gustó mucho y le pidieron más casas raras. Entonces él propuso una sección que comenzó en el año 2015, y, como digo, han salido cien.

domingo, 1 de diciembre de 2019

El belén y el alacrán

Ayer hice un hilo improvisado en Twitter. Tan improvisado que cuando se me acababa un tuit con una frase a medias la seguía en el siguiente. No corregí nada, no releí nada. Lo escribí de un tirón.
Hoy me está vibrando y pitando el teléfono sin parar, y soy incapaz ya de dar las gracias, puntualizar algún comentario, rebatir o siquiera mirar las notificaciones. Estoy desbordado.
Las reacciones son extremas: Unos me llaman genio y otros idiota. No soy ni una cosa ni otra, pero estoy bastante más cerca de lo segundo; y no lo digo por falsa modestia, sino porque la idiotez es muchísimo más fácil y más frecuente que la genialidad, y sé positivamente que jamás llegaré ni siquiera a asomarme a nada genial, mientras que una o dos idioteces sí que hago o digo cada día.
Soy idiota, por ejemplo, porque estoy a punto de lanzar esta entrada -que pasa a limpio aquel hilo tuitero- al proceloso mundo de internet, y sé que estaría mucho más tranquilo y cómodo si no lo hiciera, pero creo que debemos decir algo ante el panorama que nos rodea, y necesito decirlo.
Soy como el alacrán del conocido cuento, que supongo que conoceréis casi todos, pero que resumo para quien no lo sepa:
Un alacrán tenía la imperiosa necesidad de cruzar un río, pero no podía hacerlo porque le era imposible nadar. Le pidió a una rana que iba a cruzar que lo montara a su lomo y lo llevara de pasajero. La rana dijo que no, que le daba miedo porque la picaría y la mataría con su veneno. Él la convenció: ¿Cómo te voy a picar? ¿No comprendes que si lo hago y mueres yo me ahogo? Al anfibio ese razonamiento le pareció irreprochable y consintió en montarlo a su espalda.
Cuando estaban en medio del río el alacrán le pegó un aguijonazo a la rana. Esta, sintiéndose morir, le preguntó asombrada por qué lo había hecho, y el alacrán, ahogándose y a punto también de expirar, le contestó: "No pude evitarlo: Es mi carácter".
Pues eso: Se ve que yo también soy un alacrán y no puedo evitarlo. La tentación es más fuerte que mi instinto de conservación. Que sea lo que Dios quiera.
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Me pregunto si me gusta este belén que acaba de montar el ayuntamiento de Barcelona en la plaza de Sant Jaume:

Imagen tomada de La Vanguardia

Me lo pregunto y en seguida me respondo que qué más da si me gusta o no. Que me guste o no me guste es completamente irrelevante; solo tiene interés para mí. En mis gustos soy soberano y, por eso mismo, nadie es quién para decirme qué me tiene que gustar y qué no. Pero, también por eso, yo tampoco soy nadie para proclamar mi gusto con afán de proselitismo ni de provocación.

Por lo tanto, como digo, que me guste no tiene ninguna importancia para nadie. Que me pregunte si me gusta creo que sí la tiene. Quiero decir: que nos estemos planteando ahora todos si nos gusta o no nos gusta tiene una importancia capital, independientemente de lo que cada uno responda. (En esto, como digo, cada uno es dueño y señor de sí mismo). Y por eso precisamente sí que me gusta, sí.

El debate, la cuestión de que esto esté coleando por ahí y haya llegado hasta mi blog es porque el ayuntamiento de Madrid ha inaugurado el otro día su belén "tradicional" en su sede de Cibeles, y los políticos de los diversos partidos se han felicitado por lo bonito que ha quedado. Pero uno de ellos, patoso por demás, ha declarado que le gusta mucho porque es "tradicional", como tiene que ser, y no como ese tan horroroso de Barcelona, que es tan feo como su alcaldesa.

Eso de que uno solo sea capaz de alabar una cosa poniendo a parir otra (y de paso el aspecto físico de alguien porque sí) dice mucho de su catadura moral y de su profundidad intelectual.

viernes, 1 de junio de 2018

Por la vanguardia

Escribo lo que sigue porque de pronto siento que la vanguardia es muy frágil, que todos nos decimos vanguardistas, o al menos simpatizantes de la vanguardia y casi ninguno lo somos, y que detrás de todo nuestro buen rollo y nuestras buenas intenciones somos mucho más conservadores de lo que estamos dispuestos a reconocer. Voy:

La vanguardia siempre triunfa, y por eso mismo siempre fracasa.

(Hala, ya está dicha la boutade, la frasecita chorra. Supongo que tendré que explicarme. Lo intentaré).

Todo movimiento de vanguardia se propone experimentar y buscar, y experimentando y buscando siempre acaba encontrando algo.
Pero, por otra parte, la mera actitud de experimentación y búsqueda es un premio en sí misma. Es una actitud vital. No somos zoquetes ni tarugos; somos entes pensantes y sintientes(1).

La vanguardia es la única forma de vivir como personas. La vanguardia es juego, aventura, prueba, riesgo, experimento, vida, búsqueda, trabajo, error, acierto, alegría, dolor.

Ante el "esto se ha hecho así toda la vida" está el "vamos a ver si somos capaces de hacerlo mejor" o "vamos a ver si haciéndolo de otra forma vemos otros aspectos". Y a menudo al hacerlo de otra forma lo estropeamos, porque la forma tradicional está ya muy probada y funciona muy bien, y la nueva es un salto en el vacío. Pero esos errores generan nuevas soluciones y mejoras.

En la ciencia es ya típico que buscando un medicamento contra la hipertensión se encuentre un remedio a la impotencia, o que estudiando la forma de que una nave espacial penetre en la atmósfera se acaba encontrando un material para hacer sartenes. En el arte pasa lo mismo: buscando una nueva manera de componer un cuadro se descubre un rincón oscuro del alma humana, o escribiendo una novela no lineal se reflexiona sobre los modelos políticos. Esas cosas pasan.

La vanguardia no puede triunfar, porque cuando triunfa se vuelve academia y ya no vale.

Ya lo he dicho al principio: La vanguardia al triunfar fracasa. Más que la meta lo que importa es el camino. La vanguardia es una actitud.


Hay gente que se dice amante del arte, e incluso artista, y que lo que hace es pintar como si preparara la imprimación para una puerta, o escribir como si estuviera haciendo un parte para el seguro. Es gente cuidadosa, meticulosa, precisa, y se aplica con atención.


Gente que termina una acuarela y la enmarca con satisfacción y con orgullo, y que la cuelga en su casa o se la regala a sus familiares.


Gente que no se complica la vida con el arte. No sufre, pero tampoco goza. Gente que está cómoda y que pasa la tarde del domingo lo más plácidamente posible.

lunes, 7 de mayo de 2018

La lección de Monet

Hoy quiero contaros una historia con moraleja, que trata de la lucha de una persona, en este caso de un gran artista y un gran creador, por sus ideas, sus principios y su dignidad, y del enfrentamiento a todos sus fracasos hasta lograr la victoria final.
Permitidme hoy ser moralista y sentimental, pero la historia de Claude Monet merece la pena.

Monet nació en 1840, y hasta los veinte años pintó en un estilo realista tal como se debía hacer, y lo hacía muy bien. Pero hacia 1860 empezó a salirse del tiesto y a hacer disparates como aplicar los colores puros y de golpe, sin degradados, modelados, esfumados y demás, y a romper las formas con manchas discontinuas.
Con esta manía que le entró sus obras dejaron de gustar a la gente y no vendía un pimiento. Esto, naturalmente, se dejó sentir en su modo de vida, que se parecía cada vez más al de un mendigo y que no auguraba nada bueno.

¿Cambió Monet de actitud por ello? Noooo. Al revés: Se encabezonó cada vez más y siguió directo hacia el abismo.

En 1872 pintó un cuadro al que tituló Impression, soleil levant (Impresión, sol naciente), que era un verdadero despropósito: Se ven unas barcas en el mar, en un puerto en el que se adivinan grúas y chimeneas, y el disco solar se refleja en el agua. Todo está desdibujado. El cielo está hecho a base de brochazos inconexos, la textura del agua se quiere hacer con picotazos azules sin criterio, todo está deslavazado.


Pero, sobre todo, lo que quiere transmitir esta obra endemoniada es que un pintor puede ir a un sitio, con sus santos güevos, y pintar así, sin más, lo que ve y tal como lo ve. Y eso acaba con siglos, con milenios de arte. ¿Dónde quedan la composición, la preparación del tema? ¿Y para qué el oscuro y polvoriento estudio del pintor, lleno de escayolas y trapos? Nada. Venga, a pintar al exterior lo primero que uno vea. Todo espontáneo. Todo a lo loco.

Porque este cuadro se titula Impression... y es eso: una impresión, un aquítepillo aquítemato sin más, sin pretensiones sublimes, sin trascendencia, sin seriedad ni rigor. Este cuadro es un cachondeo intolerable.

domingo, 18 de junio de 2017

Comentarios

Tengo ya el vicio de mirar este blog varias veces al día por si hay algún nuevo comentario. En general sois parcos o tímidos, o es que para dejar algún comentario se os piden demasiados datos y molestias y os da pereza.
El caso es que, salvo en algunas entradas muy "calientes", no suele haber demasiados comentarios. Pero, eso sí, los que hacéis suelen ser muy cariñosos y a veces hasta elogiosos. Así que me hincho como un pavo.

A menudo ocurre que cuando alguien está de acuerdo con el contenido de una entrada no se suele tomar la molestia de hacer un comentario. ¿Para qué? ¿Para decir que muy bien, que vale? Sin embargo, cuando se está en desacuerdo, y no digamos cuando la entrada le llega a indignar a uno, sí que salva todos los laberintos y tropezones que le impone el blog (los he dejado en lo mínimo posible) para hacer constar su disconformidad.

Hace dos entradas me eché al monte a hablar de un personaje muy difícil: Juan Navarro Baldeweg. Me superó. No fui capaz de decir nada interesante de él. Se me escurrió entre los dedos (como suele hacer, el cabrito) y me dejó sin nada. Mi blablablá no pudo ser más vacío ni más torpe. Esa entrada merecía comentarios acerbos, sin duda. Pero creo que no se merecía los que recibió. Porque los comentarios que tiene hasta este momento(1) no critican mi pobreza analítica y expositiva, sino el arte de Juan Navarro y la pintura y la arquitectura contemporáneas en general. Benditoseadiós.

 

A estas alturas esos argumentos. Otra vez.
Se le quitan a uno las ganas de seguir.
(Me estaban esperando desde lo de Adriansens).
Menos mal que por las redes sociales -y los más íntimos cara a cara- me hacéis comentarios y críticas de otro tipo.
¿Cómo se puede seguir alimentando, a estas alturas, ese desprecio a todo lo que supone la modernidad, la contemporaneidad? ¿Cómo se puede, para reforzar esa postura, hacer dos bandos no basados en la calidad ni en la profundidad programática, sino en la mera percepción superficial y anecdótica?

A estas alturas. Vamos, por favor.
En algún comentario detecto una sana ironía. O a lo mejor me la imagino yo, que ya no sé ni qué pensar.

viernes, 4 de febrero de 2011

Arquitectura bolchevique en el Caixafórum

Veo que las dos entradas que dediqué a Leonidov no han suscitado vuestro interés. A mí me emociona. Cuando veo la enorme cantidad de dibujos y maquetas que se quedaron en el fracaso, se me humedecen los ojos. Y cuando veo su única obra, el bodrio ampuloso que construyó, lloro desenfrenadamente.
Vuelvo a llamar vuestra atención sobre la emocionante, magnífica, fracasada arquitectura vanguardista soviética.
El Caixafórum de Barcelona muestra una exposición sobre la arquitectura de la revolución. Creo que no nos la debemos perder. Estará en Barcelona hasta abril, y en Madrid a partir de mayo. Yo quiero verla en Madrid. A ver si quedamos.

No quiero hacer comentarios políticos. No soy anticomunista, ni procapitalista, ni tampoco lo contrario. Pero hay que decir (y a voces) que la revolución bolchevique usó a los arquitectos vanguardistas (y a pintores, escultores, poetas...) como chivos expiatorios, como a primos, para ayudar a revolver el caldero. Pero cuando triunfó se instaló en los palacios neoclásicos.
A Stalin le gustó el neoclásico, y los grandes murales de musculosos obreros sacando las castañas del fuego.
Desde el ignominioso Palacio de los Soviets hasta el absurdo Metro de Moscú hay infinitas muestras de megalomanía kitsch ensuciando el nombre de la revolución.
Y las poquísimas obras vanguardistas que llegaron a construirse están que se caen a trozos. Los nuevos oligarcas tampoco van a poner ni un dólar (sí, dólar) para restaurarlas. Vistas así las cosas, lo mejor va a ser que se caigan y desaparezcan de una vez.

domingo, 11 de julio de 2010

Moholy-Nagy en Madrid

El Círculo de Bellas Artes de Madrid expone una serie de fotografías, pinturas, películas y objetos de uno de los grandes artistas de las vanguardias del siglo 20, László Moholy-Nagy.


Fue profesor de la Bauhaus, con Kandinsky, Klee, Gropius y tantos otros personajes apabullantes. Es un artista colosal. Su afán de trabajar con la materia, el movimiento y la luz le llevó de la pintura y la escultura a la fotografía, al cine, a la construcción de artefactos que se movían, producían reflejos y destellos, disolvían la forma en apariencias mutantes, etc.
No pretendo extenderme, ni dar una clase, ni nada de eso. Sólo quiero señalar un detalle: Hay un momento en que el arte de vanguardia descubre la íntima relación del tiempo y del espacio, del tiempo y la forma. Para explorar esto (la mal llamada dimensión temporal del espacio), algunos como Moholy-Nagy prueban a que los objetos artísticos se muevan, lancen destellos y reflejos, de modo que el espectador vea cómo la forma espacial evoluciona en el tiempo y queda condicionada y modificada por éste.
Otros dejan las formas quietas, y hacen que sea el espectador el que las recorra, empleando tiempo, y que ese tiempo de exploración y análisis modifique la percepción de la forma. (Pongamos por ejemplo al primer Frank Lloyd Wright y a De Stijl).
Y, por fin, otros liberan al espacio de su modificación temporal, y lo aíslan en un "cromlech" mágico, intemporal y antitrágico. Lo trágico es el tiempo, no el espacio. Aislando el espacio lo salvan. (Pongamos como ejemplo a Oteiza, al Wright del Museo Guggenheim de Nueva York y al último Mies van der Rohe).
En esta apresurada evolución, Moholy está en el primer estado. A Mies no le caía muy bien. No le gustaba nada Moholy. Pero a todos nosotros nos entusiasmará. Nos vemos en Madrid, en el calorazo de julio y agosto, sintiendo el frío sobrenatural de las fotografías y artefactos de Moholy. Una maravilla, superior incluso al aire acondicionado.