Mi compañero y amigo Miguel Barahona nos ha dejado con hambre; con ganas de más, de mucho más, al dar por terminada su sección "Casas Radicales" en la revista Diseño Interior.
El pasado mes de noviembre la revista ha publicado la última; la última de CIEN, repartidas mensualmente durante más de diez años.
Cada mes mostraba una y escribía sobre ella. O no tanto sobre ella, sino sobre qué concepto de ella consideraba él "radical". Y a partir de ahí exponía ese concepto, reflexionaba sobre él de una manera abstracta que iba más allá de la propia casa que mostraba, y daba, en definitiva, una lección estupenda sobre arquitectura, sobre cómo se concibe una idea arquitectónica y se plasma en un espacio, un programa, una función, una expresión plástica y una forma de pensamiento e incluso de concepción del mundo y del espacio.
Coincidí con él durante varios cursos impartiendo la asignatura Introducción a Proyectos en el segundo curso del Grado de Fundamentos de la Arquitectura de la URJC en Aranjuez. Es una asignatura muy importante, porque es la primera en la que las(1) estudiantes tienen que enfrentarse al desafío de diseñar un edificio, y, puesto que no poseen aún ningún conocimiento ni ninguna estrategia de "oficio" y parten de la más estricta "página en blanco" mental, importa muchísimo provocarles disparaderos y estímulos que las lancen a romper el hielo, sin importar tanto las incorrecciones o defectos de resolución como la frescura, la potencia y la claridad de concepto y de intención. Ante semejante perspectiva yo no sé qué habría hecho sin Miguel.
La asignatura empezaba con un ejercicio de pura abstracción, de mezcla de formas, colores, texturas, de búsqueda de espacios interiores y exteriores. Todo ello se insertaba en una actitud de vanguardia, que para Miguel es una forma de entender el mundo y de actuar ante él. Después se les proponía otro con una función muy básica, y más tarde tenían que diseñar una vivienda.
A todos nos ha pasado: las primeras veces que hemos tenido que pensar en una casa no hemos conocido otra referencia que la que habitamos. ¿Cómo es un dormitorio? Pues como el mío. ¿Y una sala de estar? Como la mía. Y medimos las anchuras de los pasillos, de las puertas y de todo lo que forma nuestra casa, pensando que nada de eso puede ser de otra manera. La conclusión es una vivienda tan anodina como cualquiera, pero además muy mal resuelta por la carencia de oficio. Por eso era fundamental animarles a que sacaran los pies del tiesto, pensaran opciones no habituales y propusieran soluciones seguramente incorrectas, desproporcionadas, descompensadas, pero vitales y frescas, a partir de las que, poco a poco, corrección a corrección, se empezaran a controlar las ideas. Para ello les proporcionábamos sus primeras herramientas de "cultura arquitectónica". Y, leches, era Miguel quien me las proporcionaba a mí al dárselas a las estudiantes.
Yo estoy anclado a la gran arquitectura que estudié de joven, la mayoría de cuyos autores llevaban alguna que otra década muertos ya en los 1980s, así que imaginaos en los 2020s. Tengo una buena biblioteca arquitectónica, pero es sobre estos muchachos: los aaltos, los mies, los corbusieres, los wrights, los kahns, los breuers, los tanges, los rudolphs... Muchos, pero todos viejunos y más que viejunos, y los ejemplos que proponía yo, aunque en general válidos por intemporales, se quedaban muy limitados ante muchas de las cosas que planteábamos. Sin embargo Miguel conoce estudios de arquitectura chilenos, australianos, coreanos, checos o egipcios activos y pujantes, que están experimentando ahora con nuevas formas y nuevos materiales, y no solo su cultura inacabable, sino su capacidad de análisis y de transmisión de pensamiento, eran una constante fuente de aprendizaje para mí.
Imaginaos, pues, su labor de divulgador de arquitectura radical en la revista Diseño Interior. Era una sorpresa cada mes, una exploración a las posibilidades de la arquitectura, a su enorme capacidad expresiva y funcional, a su desafío de proposición de soluciones nuevas para problemas antes impensados.
Por otra parte, Miguel es un hombre excepcionalmente discreto y cordial, que yo creo que no termina de darse cuenta del todo de la ingente labor que hace y, al menos en mi caso, de su magna obra de caridad: Enseñar al que no sabe.
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