Me cuesta mucho escribir esta entrada, porque, aunque estuve en primera fila y no me perdí detalle, no terminé de entender todo lo que pasó. Me ha costado años comprender que todo el secreto consistía en que no había nada que comprender; que la cosa era así, y es así, y fue así; y punto.
Pero ahora, al tratar de contarlo, necesito ordenar las ideas, y no sé qué ideas ordenar.
Contábamos con estos antecedentes o puntos de partida:
1.- El espíritu de las gallinas, que sufrí al comenzar la carrera y del que
escribí hace poco.
2.- Tauromaquias e interacciones diversas entre artista y animal.
3.-
Oteiza y su elogio al avestruz (en oposición al toro).
4.- Otra vez Oteiza, y el moneador andino.
5.- Mi amigo y compañero
Juan Carlos Castillo Ochandiano y su tesis sobre la prehistoria (en la que aparecen animales totémicos y mágicos).
6.-
Juan Daniel Fullaondo, mi maestro y el de Juan Carlos Castillo. Su obsesión por un gesto conceptual y metafísico.
7.-
Joseph Beuys, y su happening
Coyote (que, naturalmente, desconocíamos minuciosamente, y fue Juan Daniel Fullaondo quien nos lo explicó).
Joseph Beuys, Coyote
Galería René Block, Nueva York, 1974
8.- Instrucciones para hipnotizar una gallina.
9.- Recomendaciones para domesticar un avestruz.
Menudo lío. A ver cómo explico esto. Bueno, no; qué narices. No lo explico.
Juan Daniel Fullaondo llevaba mucho tiempo queriendo hacer un homenaje a Beuys. Pero quería que fuera algo colectivo: una acción de GRUPO. (Además, si éramos varios alguno podría salvarse). Teníamos que encerrarnos con un coyote. Pero a ver quién encontraba un coyote. No: Teníamos que encerrarnos con un meta-coyote, con un ultra-coyote. Juan Carlos Castillo, obsesionado con las cuevas prehistóricas, decía de encerrarnos con un oso. ¡Sí, hombre! O, en su defecto, con monos (el famoso
moneador andino precolombino de Jorge Oteiza), con toros o con leones. Muy bien, machote. Naturalmente.
En algún momento salió a colación el avestruz de Oteiza, y, cómo no, las recomendaciones para domesticar un avestruz, de
Gabino Alejandro Carriedo; y de ahí, sin solución de continuidad, diversas habilidades de ilusionista de pueblo hipnotizando una gallina. Juan Carlos dijo que él sabía hipnotizar una gallina: Había que trazar una línea con tiza en el suelo y ahí se quedaba clavado el animalito.
Risas y más risas, semanas de risas. Fullaondo leyendo poemas sobre gallinas o avestruces (al fin y al cabo un avestruz viene a ser una gallina grande) publicados en
Nueva Forma, Juan Carlos depurando su técnica de hipnosis (en un solitario y concienzudo toreo de salón, sin bicho) y yo asumiendo que el proyecto iba tomando forma de verdad y no me iba a poder escaquear.
Consideramos que nuestra integridad física era vital para el desarrollo de todo el potencial artístico del GRUPO y no podíamos (NO DEBÍAMOS) morir en nuestra primera actuación (SE LO DEBÍAMOS A LA HUMANIDAD), así que descartamos definitivamente coyotes, osos, monos, toros, leones e incluso avestruces, y, con una encomiable modestia que iba a caracterizar ya todos nuestros actos artísticos, elegimos la gallina.
Y decidimos (decidieron) que yo, que vivía en Seseña (Toledo), tenía mucha mayor facilidad que ellos para alquilar, comprar o robar una nave más o menos abandonada y unas cuantas gallinas más o menos sanas.
No, si ya sabía yo que mucho jijijí jajajá, pero al final me tocaba a mí la china.